El plan del Conde de Aranda
Para un observador atento y sagaz de la política mundial como fue el talentoso Conde de Aranda, ministro de Carlos III, la independencia de América no sólo era inevitable, sino el mal menor, que era preciso aceptar y conducir por vías favorables a la Nación. Aranda pasa revista a la política internacional, y con lejana visión concibe un audaz proyecto presentado al rey en un Memorial, hoy muy famoso, en general conocido sólo de oídas y referido de una manera incompatible con su verdadera importancia que no reside, según se cree, en ser un vaticinio de la pérdida de las Indias, tema a la moda entonces, sino en la clarividencia con que descubre el futuro peligro estadounidense.
El ilustre Conde de Aranda (Pedro Pablo Abarca de Arbolea, 1718-1799) fue uno de los políticos de mayor influencia en la historia de España. En la carrera militar obtuvo el grado de Mariscal de Campo; en la diplomacia y política, los más altos cargos del reino. En 1765, bajo Carlos III, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros, gestión en la que prestó los mayores servicios a su país.
En 1779 cayó en desgracia y fue enviado de embajador a París, donde negoció en 1783 por parte de España el tratado de paz entre España, Francia e Inglaterra que puso fin a la guerra encendida por la intervención de España y Francia en la guerra de independencia de los Estados Unidos. Poseía en alto grado los conocimientos militares, políticos y diplomáticos necesarios para juzgar cabalmente la política internacional y dar peso a las opiniones de su célebre Dictamen.
A fin de entender cabalmente el significado del Dictamen e ilustrar el carácter universal de la geopolítica indiana, bosquejaremos a grandes rasgos el escenario geopolítico de aquellos momentos.
La guerra de los siete años (1756-1763) que azotó a toda Europa tuvo dos ganadores: Inglaterra y Prusia, y varios perdedores de los cuales Francia fue el mayor pues perdió el Canadá, la India y la isla Menorca. España perdió Florida pero recibió la Luisiana de Francia. Es comprensible entonces que Francia anhelara el desquite y aprovechara la oportunidad que se le presentó cuando Inglaterra entra en conflicto con sus colonias en Norteamérica. Ya antes de la declaración de independencia de los Estados Unidos (4 de julio de 1776), Francia auxilia con dinero, armas y pertrechos a las colonias insurrectas. Como se ve Francia va lejos en su compromiso y su contribución será decisiva para la independencia de los E.U. En efecto, Inglaterra declara la guerra a Francia; pero luego verá que el auxilio de Francia prolonga la guerra colonial y le disminuye progresivamente las perspectivas de ganarla. Para colmo de sus males, España entra en guerra al lado de la alianza franco-estadounidense (1779). Llevando ya las de perder, Inglaterra pide condiciones. Se concertan entonces el Tratado de París que pone fin a la guerra anglo-norteamericana y reconoce la independencia de los E.U.; y el Tratado de Versalles que sella la paz entre Inglaterra, Francia y España. Francia obtuvo un triunfo moral a costa de la bancarrota financiera que significó el apoyo a los E.U. y que fomentó su Revolución en 1789; España obtuvo la devolución de la Florida. Los Estados Unidos fueron el verdadero ganador pues además del reconocimiento de la independencia obtuvieron extensos territorios que estaban ocupados por Inglaterra y llegaron al Mississipí.
Comienza Aranda su Dictamen, lamentando la participación de España en la guerra de independencia de las colonias inglesas. En vez de abstenerse y ver con agrado la lucha de los rivales anglosajones, dice, Francia intervino en contra de Inglaterra y a través del pacto de familia Borbón “nos envolvió a nosotros en una guerra también en la que hemos peleado contra nuestra propia causa según voy a exponer”. A los motivos que Aranda menciona hay que añadir otro: España ha dado un mal ejemplo a sus colonias. El venezolano Francisco de Miranda, veterano de la independencia de los E.U. en cuerpo expedicionario español, concibe en Nueva York (1884) el plan de independizar Hispanoamérica con auxilio de Inglaterra, precisamente en la época en que Aranda escribe su Dictamen.
Esta república federal nació pigmea, por decirlo así y ha necesitado del apoyo y fuerza de dos Estados tan poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y aun coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento... El primer paso de esta potencia será apoderarse de las Floridas a fin de dominar el golfo de México. Después de molestarnos así y nuestras relaciones con la Nueva España, aspirará a la conquista de este vasto imperio, que no podremos defender contra una potencia formidable establecida en el mismo continente y vecina suya.
Hacia mediados del siglo siguiente quedaban confirmados los vaticinios del Conde de Aranda cuando los E.U. usurparon la mayor parte del territorio mexicano como primer paso de una expansión que amplios sectores de la opinión norteamericana deseaban ilimitada, y que con el tiempo haría del pigmeo “el coloso irresistible en aquellas regiones” y el amo del continente, según predijo aquel gran hombre de Estado.
Aranda describia con más de 100 años de antelación la realidad a la que se tuvo que enfrentar el recién independizado México en la Guerra contra los Estados Unidos en 1846.
Que Vuestra Majestad se desprenda de todas las posesiones del continente de América, quedándose únicamente con las Islas de Cuba y Puerto Rico, en la parte septentrional, y algunas que más convengan en la parte meridional, con el fin de que ellas sirvan de escala o depósito para el comercio español
Para verificar este vasto pensamiento de un modo conveniente a la España se deben colocar tres Infantes en América, el uno de Rey de Nueva España, el otro del Perú, y el otro de los restante de Tierra Firme, tomando V.M. el título de Emperador
Para evitar malentendidos, precisa aclarar que bajo Nueva España se debe entender México y Centroamérica; bajo Tierra Firme, Venezuela, Colombia, Ecuador; bajo Perú, todo el cono sur del Continente.
Las condiciones de esta grande cesión pueden consistir en que los tres Soberanos y sus sucesores reconocerán a V.M. y a los príncipes que en adelante ocupen el trono español por suprema cabeza de la familia.
Que el Rey de Nueva España le pague anualmente por la cesión de aquel reino una contribución de los marcos de la plata en pasta o barras para acuñarlo en moneda en las casa de Madrid o Sevilla.
Que el Perú haga lo mismo con el oro de sus dominios.
Y que la Tierra Firme envíe cada año su contribución en efectos coloniales, especialmente tabaco para surtir los estancos de estos reinos.
Que los dichos Soberanos y sus hijos casen siempre con Infantas de España o de su familia y los de aquí con Príncipes o Infantes de allá, para que de este modo subsista siempre una unión indisoluble entre las cuatro coronas, debiendo todos jurar estas condiciones a su advenimiento al trono.
Que las cuatro naciones se consideren como una en cuanto a su comercio recíproco, subsistiendo perpetuamente entre ellas la más estrecha alianza ofensiva y defensiva para su conservación y fomento.
Las mercancías que no pudiera suministrar España a los reinos americanos, las remitiría la aliada Francia. Inglaterra quedaría excluida del comercio americano. Y continuaba Aranda:
Las ventajas de este plan son que la España, con la contribución de los tres Reyes del Nuevo Mundo, sacará mucho más producto líquido que ahora de aquellas posesiones; que la población del reino se aumentará sin la emigración continua de gente que pasa a aquellos dominios; que establecidos y unidos estrechamente estos tres reinos bajo las bases que he indicado, no habrá fuerzas en Europa que puedan contrarrestar su poder en aquellas regiones ni tampoco el de España y Francia en este continente; que además se hallarán en disposición de contener el engrandecimiento de las Colonias Americanas o de cualquiera nueva potencia que quiera erigirse en aquella parte del mundo; que España por medio de este tráfico despachará bien el sobrante de sus efectos y adquirirá los coloniales que necesite para su consumo; que con este tráfico podrá aumentar considerablemente su marina mercante, y por consiguiente la de guerra para hacerse respetar en todos los mares; que con las Islas que he dicho no necesitamos más posesiones, fomentándolas y poniéndolas en el mejor estado de defensa, y sobre todo disfrutaremos de todos los beneficios que producen las Américas sin los gravámenes de su posesión.
¡Cuán diferente sería la historia, si este plan se hubiera realizado!. Se habría mantenido la unión, se habría impedido el desarrollo del imperialismo estadounidense, que la República Criolla ha fomentado; y se habría cimentado la primacía de Hispanoamérica en el continente. En consecuencia, la frontera de Hispanoamérica en el norte sería el Mississipí, y en el sur estaría trazada por el Tratado de 1750, que habría contenido el avance del Brasil.
Desgraciadamente todo el revolucionario plan no solo no fue ignorado por el rey sino que, a la larga, causó que el propio Aranda cayera en desgracia siendo sustitudo por Manuel Godoy, amante de la reina Maria Luisa, el Conde fue desterrado primero a Jaén y luego a Épila donde murio en 1798.
Apenas 100 años después de la muerte de Aranda, América era un continente de naciones libres y Estados Unidos arrebataba España sus últimas posesiones coloniales en el desastre del 98.
Resulta inevitable, cuando uno lee las premonitorias palabras del Conde de Aranda, dejar volar la imaginación sobre como podría haber cambiado la historia, si Carlos III se hubiese decidido a llevar a cabo este increible proyecto de Conmonwealt a la Española, ese visionario proyecto para cambiarlo todo sin que nada cambie:
¿Un desembarco de tropas hispanoamericanas en Cádiz en ayuda de la España ocupada por Napoleón?, ¿Una triple entente contra Estados Unidos en la guerra del 98?, ¿Hubiesen los Estados Unidos entrado en guerra contra México en 1846 o se habrían decantado por la expansión hacia el norte, hacia territorios británicos?