Desde antes de que la extrema derecha ascendiera al poder en Alemania, cuando el país se encontraba en ruinas tras la Primera Guerra Mundial, ya había un hombre tan famoso como poderoso al cual los incipientes Nazis de aquél entonces volteaban para obtener de él inspiración y ayuda. Pero este hombre no era un alemán, ni siquiera era un europeo.
Era un industrial norteamericano cuyos talentos innovadores en el área industrial nadie pone en tela de duda. Pero su innegable genio en las áreas de manufactura y administración de negocios terminaron siendo opacados por una faceta obscura en su personalidad.
Hablamos de Henry Ford, el empresario norteamericano que hizo realidad la producción en serie de automóviles bajo el revolucionario concepto de la división del trabajo llevándole a cada trabajador a su área asignada -por medio de una banda móvil o una cadena transportadora- las piezas sobre las cuales debía efectuar una operación de ensamble, siempre la misma operación para cada trabajador especializándolo en su propia área:
Henry Ford se veía y se presentaba a sí mismo como el típico norteamericano WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant - Blanco, Anglosajón y Protestante) nacido en un poblado norteamericano típico de muchos de su época. Al igual que otros como él, creció en un país en el cual la Guerra de Secesión había dejado heridas profundas que no lograron sanar del todo.
De 1910 a 1918, Ford fué volviéndose cada vez más anti-inmigrante, más anti-sindicalista, más anti-licor, y sobre todo, más anti-judío.
Algunos historiadores sostienen que la gratuita animadversión de Henry Ford hacia los judíos tuvo sus orígenes desde su infancia con su lectura escolar de una serie de libros muy populares en aquél entonces titulados “McGuffey Readers”, elaborados por un fundamentalista cristiano ultraconservador, el Reverendo William Holmes McGuffey (profesor de “filosofía moral” en la Universidad de Virginia de 1845 a 1873), los cuales contienen muchas referencias denigrantes hacia las minorías étnicas y religiosas (los indios nativos Americanos son identificados como “salvajes”). Los libros están repletos con imágenes negativas al referirse a los judíos y al judaísmo, y McGuffey no dudó en tachar a todos los judíos con la estereotipada imagen de codiciosos e inmorales. Inclusive la veneración judía hacia la Torah es denigrada por McGuffey. “McGuffeylandia”, la versión moralística del mundo según el Reverendo McGuffey, ha sido descrita como el mundo ordenado y rígido conjurado para infundir los hábitos de lectura en millones de niños norteamericanos en edad escolar del siglo 19, en una época en la que el influjo de inmigrantes judíos era visto con sumo recelo (al igual que en el tercer milenio el influjo de mexicanos indocumentados es visto con resentimiento por amplios sectores de la sociedad norteamericana). http://www.henry-ford.org/img/henryfordmedal2.jpg[/url] ]
En 1919 Henry Ford compró un periódico, el Dearborn Independent, y contrató a William J. Cameron, un conocido periodista, para que le escribiera una columna en dicho periódico a su nombre. Eventualmente, Ford llegó a convencerse a sí mismo sobre la existencia de una conspiración mundial judía para apoderarse del planeta, culpando a “poderosos financieros judíos" por haber fomentado la Primera Guerra Mundial para así poder enriquecerse con las ventas hechas a todas las partes en conflicto (esta fantasía fue tomada por los incipientes Nazis alemanes para culpar a los judíos por la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial), al mismo tiempo que sospechaba que comerciantes judíos con franquicias para la venta de automóviles estaban conspirando para perjudicar las políticas sobre la venta de automóviles de su empresa Ford Motor Company. Y usó su propio periódico, el Dearborn Independent, para desahogar todas sus sospechas y suspicacias en contra de los judíos, como podemos verlo en la página frontal de la edición de dicho periódico correspondiente al 6 de agosto de 1921
Los intentos para la justificación de los motivos del libro llegaron a tales extremos que los investigadores contratados por Henry Ford “descubrieron” evidencias (jamás mostradas) de que el Presidente norteamericano Woodrow Wilson recibía “órdenes secretas” por la vía telefónica (¿?) del Ministro de Justicia Louis Brandeis, y que un “miembro judío de la Reserva Federal” personalmente había echado a perder los planes de Ford para la compra de minas de nitrato del gobierno federal.
Mucho más importante es el hecho de que algunos meses después de que la serie de artículos “El Judío Internacional” comenzaron a aparecer en el Dearborn Independent, los detectives contratados por Ford lo introdujeron a una emigrada de Rusia, Paquita de Shishmareff (casada con un aristócrata de la Rusia Zarista, escondida también bajo el pseudónimo Leslie Fry que utilizó para escribir en los Estados Unidos el libro anti-judío sensacionalista Waters flowing Eastward repleto de falsedades y mentiras directas -mezcladas con unos cuantos datos históricos tan ciertos como intrascendentales para darle algo de credibilidad a la totalidad del libro- que parece haberle dejado buenas ganancias), la cual lo introdujo a una copia de “Los Protocolos de los Sabios de Sión”, un documento apócrifo elaborado por agentes de la policía secreta del Zar (la Okhranka), el cual supuestamente contenía el resumen de una serie de acuerdos secretos tomados por ciertos “líderes judíos europeos” (sin dar nombre alguno) detallando los planes para una conspiración encabezada por judíos banqueros y revolucionarios comunistas para derrocar a los gobiernos europeos. Se dá por hecho que este documento vil fue elaborado para desviar la atención pública del pueblo ruso de los graves errores cometidos por el tambaleante gobierno zarista, enfocando la atención sobre los judíos a través de propaganda prefabricada (y los Protocolos de los Sabios de Sión no fueron ciertamente el único pecado en que incurrió la Okhranka para utilizar a los judíos como chivos expiatorios, se pueden mencionar otras fabricaciones burdas como el juicio llevado a cabo en contra de Menahem Mendel Beilis). El material, pese a que poco tiempo después se descubrió que era el producto de un burdo plagio inspirado en una sátira francesa, fue tomado de inmediato para "inspirar" los artículos anti-judíos que estaban apareciendo en el Dearborn Independent y que después pasaron a formar parte del libro de Henry Ford. “El Judío Internacional” fue rápidamente traducido al alemán por el feroz antisemita Theodor Fritsch (1852-1934)
En cuanto las primeras copias traducidas al alemán del libro de Henry Ford comenzaron a circular en Alemania, de inmediato le empezaron a meter ideas en la cabeza a individuos como Adolph Hitler, quienes asimilaron todo los materiales sin ningún tipo de análisis crítico. Después de todo, dada la fama de la que gozaba en Alemania un industrial norteamericano de la talla de Henry Ford, dado su enorme prestigio, ¿por qué habrían de dudar de él?, ¿por qué habrían de ponerlo en tela de duda?, ¿por qué alguien como Ford habría de mentirles? Si alguien como Ford lo decía, eso era más que suficiente para tomarlo como una verdad absoluta, incuestionable. A partir de estos eventos, es cuando comienzan a nacer no sólo en Alemania sino también en otros países como Italia e inclusive los Estados Unidos los movimientos que hoy conocemos como de extrema derecha, la ultraderecha. Estos son precisamente los documentos que la nutrieron en el ayer, y que la siguen nutriendo hoy.
El libro “El Judío Internacional”, como ya se dijo, es una reimpresión de los artículos anti-judíos de Ford que estuvieron apareciendo en el Dearborn Independent, y consta de cuatro secciones:
(1) El Judío Internacional (20 artículos)
(2) Actividades Judías en los Estados Unidos (42 artículos)
(3) Influencias Judías en la Vida Americana (61 artículos)
(4) Aspectos del Poder Judío en los Estados Unidos (80 artículos)
El libro aparece aún publicado y se puede consultar en varias páginas disponibles en Internet, motivo por el cual no se repetirá aquí el contenido. Cualquiera que lea el libro sin haberlo leído previamente, ocultándosele toda mención sobre el autor, podrá terminar convencido de que el libro fue producido por alguien afín al Partido Nazi en Alemania, y posiblemente quedará sorprendido al enterarse de que la publicación del libro (1920) de hecho precedió por ocho años el ascenso de Hitler al poder en Alemania (1928). En efecto, Henry Ford resultó ser el gran maestro de Hitler, el gran iniciador de la causa del Nazismo alemán.
El lector es invitado a leer por sí mismo, o cuando menos hojear, el libro “El Judío Internacional”, pero de antemano se le hace una advertencia que debe tomar con toda seriedad: mucho de lo que el libro contiene son citas sacadas fuera de contexto (por ejemplo, si un prominente historiador judío dijo “para que nuestra presencia en este planeta sea trascendentalmente benéfica, debemos conquistar el mundo con el buen ejemplo y la pureza de nuestra fé” entonces el historiador será citado textualmente pero lo único que se pondrá de él será la frase “debemos conquistar el mundo”, lo cual le dá un giro de 180 grados al significado), o señalamientos para los cuales no se presenta evidencia documental alguna, o de plano acusaciones e invenciones que bien podrían haber salido de las filas de una organización racista norteamericana como el Ku Klux Klan, y para muestra basta lo siguiente tomado de los artículos que forma parte del libro de Henry Ford:
“Una introducción a Los Protocolos Judíos”
Esta es una referencia directa al libelo apócrifo Los Protocolos de los Sabios de Sión.
(primera sección, artículo 10)
“Los apostadores judíos corrompen el beisbol norteamericano”
(tercera sección, artículo 45)
“El aspecto judío del problema de las películas”
(segunda sección, artículo 31)
Esta es una referencia directa al libelo apócrifo Los Protocolos de los Sabios de Sión.
(primera sección, artículo 10)
“Los apostadores judíos corrompen el beisbol norteamericano”
(tercera sección, artículo 45)
“El aspecto judío del problema de las películas”
(segunda sección, artículo 31)
Una de las primeras cosas que hicieron los detectives contratados por Henry Ford para substanciar sus historias fue hacer una lista de todos aquellos judíos-norteamericanos que por méritos propios hubieran destacado en las artes, en las finanzas, y en la política. Hecho esto, el paso siguiente fué quitarles el mérito y adjudicar los éxitos logrados por ellos a la obediencia ciega al “plan judío para la conquista planetaria”. Usando esta lógica, también se podría construír un argumento similar para acusar a los mexicanos de querer apoderarse de los Estados Unidos (de hecho, grupos paramilitares norteamericanos como los Minutemen alegan que el éxodo masivo de millones de mexicanos indocumentados hacia los Estados Unidos es parte de un plan secreto para que México por la fuerza de los números pueda reconquistar el territorio que le fué arrebatado). También se podría usar un argumento similar para acusar a los fundamentalistas islámicos de querer llevar a cabo la conquista del mundo. Lo malo es que, si las patrañas están bien urdidas, hay quienes terminan creyendo en las historietas.
Para darnos una idea sobre cómo trabajaba la mente de Henry Ford, echemos un vistazo sobre una perspectiva moderna de una práctica que él contribuyó a popularizar enormemente en los círculos de la extrema derecha, y para ello vamos a partir de algunos hechos ciertos, verificables. Tomemos los nombres de varias personas conocidas. Estas personas cambiaron -sospechosamente, muy sospechosamente- su verdadero nombre por otro, como si quisieran ocultar algo. Así tenemos que el verdadero nombre del famoso boxeador negro Muhammad Ali era en realidad Cassius Marcellus Clay. Y el verdadero nombre del famoso abolicionista negro Frederick Douglass era Frederick Augustus Washington Bailey. Del mismo modo, el famoso soldado y escritor inglés Thomas Edward Lawrence (mejor conocido como Lawrence of Arabia) cambió su nombre por el de T. E. Shaw. Y el también escritor inglés Lewis Carroll (autor del libro Alicia en el País de las Maravillas) se llamaba realmente Charles Lutwidge Dodgson. Otro inglés famoso, el actor Cary Grant, no se llamaba así. Su verdadero nombre era Archibald Alexander Leach. Asimismo, el verdadero nombre de la famosa actriz Rita Hayworth era Margarita Carmen Cansino. Por otro lado, el actor mexicano Mauricio Garcés se llamaba realmente Mauricio Férez Yásbek. Y el conocido político mexicano Porfirio Muñoz Ledo, nacido en la Ciudad de México el 23 de julio de 1933, se llama realmente Joshua Rabinovich Menashri, descendiente de una familia de judíos sefarditas españoles.
Todo esto es sospechoso, muy sospechoso. ¿Por qué otra razón habrían de cambiar sus nombres si no para ocultar algo muy gordo, algo muy siniestro en lo que están o estaban metidos? Sí, eso debe ser, sin lugar a dudas. Todos ellos deben formar o haber formado parte de una conspiración, de un gran complot para algo tan odioso y tan grandioso como ... ¡apoderarse del mundo! Pero a nosotros no nos engañan con su cambio de nombres, porque somos demasiado listos para ellos, los tenemos muy bien ubicados.
Esta es precisamente la lógica utilizada por Henry Ford. A continuación se presentan algunos extractos relevantes del artículo 70 de la cuarta sección del libro “El Judío Internacional”, un artículo publicado en el Dearborn Independent en su edición del 12 de noviembre de 1921:
Existen evidencias de que Henry Ford le proporcionó ayuda financiera a Adolfo Hitler cuando éste último apenas comenzaba a incursionar en la política. Si bien es cierto que Hitler también fue respaldado en su ascenso por prominentes empresarios alemanes tales como Alfried Krupp y Fritz Thyssen respondiendo a la campaña de miedo montada por Hitler asustándolos con el “coco” del comunismo, acusando a todos sus opositores políticos de ser un peligro para Alemania capaces de traer únicamente inflación, crisis, devaluación y desempleo (misma táctica de los Nazis que fue adoptada casi un siglo después por la Organización Nacional del Yunque en contra de Andrés Manuel López Obrador en México para garantizarle el triunfo a Felipe Calderón), la ayuda recibida de tan prominente empresario norteamericano lleva gran parte de la responsabilidad de haber instalado a Hitler en el poder. La evidencia de esta ayuda está respaldada por declaraciones hechas por Kurt Ludecke, el representante de Alemania ante los Estados Unidos en los años veinte, y Winifred Wagner, hija política de Richard Wagner, quienes afirmaron haberle solicitado ayuda a Ford para impulsar la causa del Nacional-Socialismo en Alemania. Por otra parte, el historiador Konrad Heiden, uno de los primeros biógrafos de Hitler, asienta: “El que Henry Ford, el famoso fabricante de automóviles, le haya dado dinero a los Nazis directa o indirectamente, jamás ha sido cuestionado”. Y el escritor Upton Sinclair dijo en su libro “The Flivver King”, un libro acerca de Henry Ford, que los Nazis obtuvieron 40 mil dólares de Ford para reimprimir panfletos antijudíos en traducciones al Alemán, y que 300 mil dólares adicionales le fueron enviados a Hitler a través de un nieto del ex-Kaiser que actuó como un intermediario. Por su parte, el Embajador norteamericano en Alemania, William E. Dodd, dijo en una entrevista que “ciertos industriales norteamericanos tuvieron mucho que ver en el ascenso de regímenes fascistas tanto en Alemania como en Italia”. Cuando hizo estas críticas, el público en general estaba consciente de que el Embajador Dodd estaba hablando de Henry Ford porque la misma prensa se encargó de hacer la asociación directa entre las declaraciones de Dodd y los reportes documentados sobre el anti-semitismo de Ford.
Fue tan grande la contribución de Henry Ford a la causa del Nazismo alemán, que después de que Hitler llegó al poder, no tuvo duda alguna en investirlo (el 30 de julio de 1938, al celebrar Ford su 75avo cumpleaños) con la Gran Cruz de la Orden Suprema del Aguila Alemana
La más alta condecoración que Alemania le podía conferir a un extranjero (esta condecoración fue creada por el mismo Hitler el primero de mayo de 1937).
Para darnos una idea sobre cómo trabajaba la mente de Henry Ford, echemos un vistazo sobre una perspectiva moderna de una práctica que él contribuyó a popularizar enormemente en los círculos de la extrema derecha, y para ello vamos a partir de algunos hechos ciertos, verificables. Tomemos los nombres de varias personas conocidas. Estas personas cambiaron -sospechosamente, muy sospechosamente- su verdadero nombre por otro, como si quisieran ocultar algo. Así tenemos que el verdadero nombre del famoso boxeador negro Muhammad Ali era en realidad Cassius Marcellus Clay. Y el verdadero nombre del famoso abolicionista negro Frederick Douglass era Frederick Augustus Washington Bailey. Del mismo modo, el famoso soldado y escritor inglés Thomas Edward Lawrence (mejor conocido como Lawrence of Arabia) cambió su nombre por el de T. E. Shaw. Y el también escritor inglés Lewis Carroll (autor del libro Alicia en el País de las Maravillas) se llamaba realmente Charles Lutwidge Dodgson. Otro inglés famoso, el actor Cary Grant, no se llamaba así. Su verdadero nombre era Archibald Alexander Leach. Asimismo, el verdadero nombre de la famosa actriz Rita Hayworth era Margarita Carmen Cansino. Por otro lado, el actor mexicano Mauricio Garcés se llamaba realmente Mauricio Férez Yásbek. Y el conocido político mexicano Porfirio Muñoz Ledo, nacido en la Ciudad de México el 23 de julio de 1933, se llama realmente Joshua Rabinovich Menashri, descendiente de una familia de judíos sefarditas españoles.
Todo esto es sospechoso, muy sospechoso. ¿Por qué otra razón habrían de cambiar sus nombres si no para ocultar algo muy gordo, algo muy siniestro en lo que están o estaban metidos? Sí, eso debe ser, sin lugar a dudas. Todos ellos deben formar o haber formado parte de una conspiración, de un gran complot para algo tan odioso y tan grandioso como ... ¡apoderarse del mundo! Pero a nosotros no nos engañan con su cambio de nombres, porque somos demasiado listos para ellos, los tenemos muy bien ubicados.
Esta es precisamente la lógica utilizada por Henry Ford. A continuación se presentan algunos extractos relevantes del artículo 70 de la cuarta sección del libro “El Judío Internacional”, un artículo publicado en el Dearborn Independent en su edición del 12 de noviembre de 1921:
Existen evidencias de que Henry Ford le proporcionó ayuda financiera a Adolfo Hitler cuando éste último apenas comenzaba a incursionar en la política. Si bien es cierto que Hitler también fue respaldado en su ascenso por prominentes empresarios alemanes tales como Alfried Krupp y Fritz Thyssen respondiendo a la campaña de miedo montada por Hitler asustándolos con el “coco” del comunismo, acusando a todos sus opositores políticos de ser un peligro para Alemania capaces de traer únicamente inflación, crisis, devaluación y desempleo (misma táctica de los Nazis que fue adoptada casi un siglo después por la Organización Nacional del Yunque en contra de Andrés Manuel López Obrador en México para garantizarle el triunfo a Felipe Calderón), la ayuda recibida de tan prominente empresario norteamericano lleva gran parte de la responsabilidad de haber instalado a Hitler en el poder. La evidencia de esta ayuda está respaldada por declaraciones hechas por Kurt Ludecke, el representante de Alemania ante los Estados Unidos en los años veinte, y Winifred Wagner, hija política de Richard Wagner, quienes afirmaron haberle solicitado ayuda a Ford para impulsar la causa del Nacional-Socialismo en Alemania. Por otra parte, el historiador Konrad Heiden, uno de los primeros biógrafos de Hitler, asienta: “El que Henry Ford, el famoso fabricante de automóviles, le haya dado dinero a los Nazis directa o indirectamente, jamás ha sido cuestionado”. Y el escritor Upton Sinclair dijo en su libro “The Flivver King”, un libro acerca de Henry Ford, que los Nazis obtuvieron 40 mil dólares de Ford para reimprimir panfletos antijudíos en traducciones al Alemán, y que 300 mil dólares adicionales le fueron enviados a Hitler a través de un nieto del ex-Kaiser que actuó como un intermediario. Por su parte, el Embajador norteamericano en Alemania, William E. Dodd, dijo en una entrevista que “ciertos industriales norteamericanos tuvieron mucho que ver en el ascenso de regímenes fascistas tanto en Alemania como en Italia”. Cuando hizo estas críticas, el público en general estaba consciente de que el Embajador Dodd estaba hablando de Henry Ford porque la misma prensa se encargó de hacer la asociación directa entre las declaraciones de Dodd y los reportes documentados sobre el anti-semitismo de Ford.
Fue tan grande la contribución de Henry Ford a la causa del Nazismo alemán, que después de que Hitler llegó al poder, no tuvo duda alguna en investirlo (el 30 de julio de 1938, al celebrar Ford su 75avo cumpleaños) con la Gran Cruz de la Orden Suprema del Aguila Alemana