Presentamos esa tesis en forma de diálogo. Para ahorrar nombres, los que dialogan son simples guiones…
- ¿A qué te refieres con “epistemología evolutiva”?
- A la tesis que sostiene que el conocimiento humano es un resultado de la evolución, concretamente, de la selección natural.
- ¿Qué tiene eso de absurdo?
- Esa tesis supone que nuestro conocimiento ha sido seleccionado por su valor adaptativo, y eso quiere decir, que las creencias o teorías que el ser humano adopta, se imponen por la mayor capacidad que le otorgan de sobrevivir y reproducirse, no por su carácter de verdad objetiva.
- ¿No sería posible que fuese justamente la verdad objetiva de nuestros conocimientos lo que los hiciese aptos para fomentar la supervivencia y la reproducción?
- Es fácil mostrar que no es así. Es fácil imaginar que una creencia errónea ayuda al sujeto que la posee a sobrevivir y reproducirse. La selección natural no puede discernir, por tanto, entre las creencias verdaderas y las falsas.
- Bien, y si las cosas son así ¿porqué de ahí se sigue que la epistemología evolucionista es absurda?
- Porque no puede menos que pretender que es verdadera. El epistemólogo evolucionista nos está diciendo que es verdad objetiva que nuestras capacidades cognoscitivas son fruto de la selección natural, por lo cual no tenemos razones para pensar que son capaces de darnos a conocer la verdad objetiva. De ahí se sigue que no podemos afirmar la verdad objetiva de ninguna de nuestras creencias o teorías, y por tanto, no podemos afirmar la verdad objetiva de la teoría de la evolución.
- Ya veo. Tal como lo presentas, el epistemólogo evolucionista nos estaría diciendo que pensamos que hubo una evolución porque la evolución nos hizo de tal manera que lo pensemos. La evolución aparece a la vez como algo objetivo y no objetivo en la misma frase. Hay, por tanto, una contradicción.
- Algunos darwinistas que reconocen al menos en parte la importancia de la filosofía han tratado de lidiar con la dificultad. Por ejemplo Michael Ruse, en “Tomándose a Darwin en serio” (1986), dice:
- “¿Qué sucede con la circularidad que amenaza a cualquier discusión de las del tipo que hemos desarrollado? Hemos aceptado como punto de partida la teoría darwinista de la evolución – incluyendo su aplicación a los procesos humanos de pensamiento. Desde ella, hemos proporcionado argumentos a favor de una epistemología neodarwinista, pretendiendo que nuestra captación de nociones como la de causalidad es, en gran parte, dependiente de la naturaleza humana. Pero ¿no podemos – debemos – darle la vuelta al argumento? ¿No están las mismas nociones de Darwin sobre la evolución afectadas por esta misma subjetividad?” (p. 260).
- Continúa diciendo:
- “La objeción se dirige a los métodos utilizados para establecer y confirmar el darwinismo. Si tales métodos no tienen un fundamento último, distinto de su mera utilidad biológica, ¿qué debe detener al crítico que se niega a tomarlos en serio? No es posible contestar: “Si no lo haces, perecerás”. Aparte que es difícil creer que esta respuesta trata sobre verdad alguna, presupone exactamente lo que se está poniendo en cuestión” (ibid.)
- Bien, ¿y qué responde?
- Lo que sigue:
- “…en último término, el darwinista rechaza la teoría de la verdad como correspondencia. Es decir (…) rechaza la idea de que su pensamiento se corresponda con la realidad verdadera, donde “realidad” en este contexto es algún tipo de entidad absoluta como la “cosa en sí”. Por supuesto, trabajando dentro del nivel del sentido común, el darwinista acepta las “correspondencias” como cualquiera. (“¿Se corresponde la libido de Freud con los fluidos del cuerpo humano?”) Pero en el último estadio, en que se defiende la realidad del sentido común, el darwinista se apunta a una teoría de la verdad como coherencia.“ (p. 265).
- Al parecer, dice que la contradicción sería sí insalvable, si se acepta la idea de la verdad como “correspondencia”, pero se la logra evitar, si se acepta la idea de la verdad como “coherencia”.
- En efecto, la idea de fondo parece ser la siguiente: no podemos decir que la evolución haya ocurrido realmente, en el sentido de realidad objetiva independiente de nuestras necesidades de supervivencia y reproducción, pero sí que es una teoría coherente en sí misma y con nuestras experiencias.
- Es sintomático que la forma que encuentra de resolver la dificultad es reconociendo prácticamente que la teoría de la evolución no nos dice cómo ocurrieron las cosas realmente. Ahora bien, si no podemos decir que la evolución ocurrió realmente ¿sí podemos decir que nuestro conocimiento es realmente fruto de la selección natural?
- Probablemente Ruse diría que no hace falta que nuestro conocimiento sea fruto de la selección natural “realmente”, en el sentido de “realmente” que implica objetividad metafísica o verdad como “correspondencia” con la realidad.
- ¿Bastaría con el “realmente” del sentido común? Ruse puede decir que toda la realidad que afirma el darwinista es la realidad de “sentido común”, no la realidad en sentido metafísico, que es la que se relaciona con la verdad como “correspondencia”.
- Pero es que el “sentido común” es “metafísico”, y es del sentido común que procede la idea de la verdad como “correspondencia”…El sentido común es justamente el que piensa que los árboles siguen existiendo en el bosque cuando nadie los ve. Cuando se nos dice que la selección natural ha hecho que creamos que existen los árboles, el sentido común interpreta la selección natural como “cosa en sí”, y a los árboles, como “fenómenos”, y del mismo modo cuando se nos dice que el cerebro hace que veamos los colores, piensa el cerebro como “cosa en sí”, y los colores como “fenómenos”.
- En definitiva, ¿no podría decir Ruse que basta con un “realmente” en el sentido de “coherencia”?
- Sin duda, si aceptamos el darwinismo, podemos defender que es coherente, y que es coherente con ello decir que nuestro conocimiento es fruto de la selección natural. Pero ¿no es eso mismo lo que introduce una gran incoherencia?
- ¿Cuál?
- La que mencionamos arriba. Deberemos decir que es coherente pensar a la vez que sabemos que existió una evolución y que nuestro saber, evolución incluida, es fruto de la evolución. Y que por tanto, que es coherente afirmar que sabemos que la evolución es objetiva y que sabemos que no podemos afirmar que sea objetiva.
- El argumento de fondo de Ruse parece ser que no podemos razonablemente dudar de la evolución, aunque tampoco podamos establecerla como una verdad objetiva. Ahora bien, si hay una evolución, entonces nuestro conocimiento también es fruto de la evolución. Dice, en efecto:
- “(…) dentro de tales términos de coherencia, el darwinista no puede en absoluto afectado por la objeción de su crítico. En la medida en que estamos implicados, diferentes formas de pensamiento son (literalmente) imposibles de imaginar. Y lo inimaginable no es amenaza alguna a lo que de hecho creemos. Dentro de nuestro mundo, vemos que el conocimiento científico progresa hacia perspectivas más amplias; que el darwinismo parece estar bien instalado en este desarrollo, y que, por tanto, es legítimo concebir que la selección natural proporciona una buena base para la epistemología” (p. 265).
- Pero justamente, eso nos lleva, prosiguiendo con la “coherencia”, a decir que es la evolución la que nos ha hecho pensar que hay una evolución. No hay forma de escapar a esto. Es justamente dentro de nuestro mundo, y cuando estamos “implicados”, que la forma de pensar de los darwinistas nos lleva inevitablemente a hacer esta doble afirmación: realmente hay una evolución, realmente es la evolución la que ha hecho que pensemos que hay una evolución. Y es entonces precisamente en nuestro mundo y en nuestra forma de pensar que se produce la contradicción: “luego, la evolución a la vez es algo objetivo, y no lo es”.
- Tampoco la verdad como “coherencia”, entonces, sirve de escapatoria a los darwinistas. Al contrario, se les reprocha justamente la incoherencia implícita en decir que la evolución nos ha hecho pensar que hay una evolución.
- A no ser que se reconozca que la teoría de la evolución no es una metafísica, ni una filosofía, ni una teoría del conocimiento, ni una epistemología, sino, más humildemente, una teoría biológica. Que es posible que funcione bien a nivel de los seres irracionales, e incluso, respecto de los aspectos meramente biológicos del ser humano. Pero que existen también en el hombre fenómenos “transbiológicos”, como es por ejemplo, el conocimiento, y que ahí ya no es la teoría de la evolución ni la biología en general la que es competente, sino la filosofía.
- En esa hipótesis, se podría sostener a la vez la teoría de la evolución (no, seguramente, el “evolucionismo” ni el “darwinismo”) y la objetividad de nuestro conocimiento, en particular, la objetividad de nuestro conocimiento de la evolución.
Pues no veo el por qué de esa afirmación. Los principios morfológicos implicados en el desarrollo de estructuras como los ojos han sido seleccionados por su utilidad para la supervivencia y el objeto de su función sí tiene mucho que ver con la realidad objetiva que es la existencia de fotones que pueden ser captados por receptores visuales. En el caso del conocimiento está claro que no podría evolucionar si no fuera a base de "pensar" la realidad. La realidad objetiva es el objeto del pensamiento como los fotones son el objeto del aparato visual y la evolución ha proporcionado ventajas a aquellos organismos que podrían "ver" mejor o "pensar" mejor la realidad que les rodeaba.
Sin duda que el conocimiento objetivo de la realidad puede jugar un rol favorable de cara a la selección natural, pero el caso es que el error también puede hacerlo. Cito al darwinista Ruse:
“¿De qué modo podría un epistemólogo como yo afrontar el siguiente argumento? “Sabemos que la selección natural puede “engañar” a los organismos por su propio bien (biológico)”. (…) Obviamente, el Sol no tiene alma. Sin embargo, hay quienes creen que la tiene, y la razón por la que lo creen es, precisamente, el que tales creencias tienen un valor adaptativo. Por tanto, es obvio que tales creencias son ilusiones que se nos han impuesto por razones de poder reproductivo. (…) Es posible, quizá, que el engaño de la selección natural se extienda mucho más allá de lo que podemos imaginar. Es posible que muchos de nuestros principios metodológicos básicos sean ilusorios.” (p. 261-262)
Por lo tanto, como decimos arriba, la selección natural no distingue entre lo que es bueno adaptativamente porque es conocimiento objetivo, y lo que es bueno adaptativamente porque es un error ventajoso. Y por eso mismo, si nuestras capacidades cognoscitivas dependen de la selección natural, no tenemos forma de saber si sus productos corresponden a la realidad objetiva o no.
El argumento acerca de la contradicción interna de la epistemología evolucionista se puede exponer también de este modo: según esa teoría, nuestras capacidades de conocimiento, sus principios, sus leyes, su estructura, son un resultado de nuestra historia evolutiva y por tanto, tienen un carácter contingente: podrían haber sido de otro modo.
Si esas facultades nuestras son las que son hoy día, es porque han sido seleccionadas al cabo de miles o millones de años por su mayor capacidad adaptativa a un medio ambiente cambiante y contingente él también.
Otro medio ambiente habría exigido otras capacidades, las cuales habrían sido seleccionadas en lugar de éstas que tenemos ahora.
Por tanto, si hoy sostenemos que hubo una evolución, es porque así nos lo hacen ver esas facultades cognoscitivas nuestras que sin embargo habrían podido ser muy otras y en ese caso nada impide que nos hubiesen mostrado una pintura totalmente distinta de la realidad, un universo no evolutivo.
Es más, no podemos negar la posibilidad de que en otros mundos hayan evolucionado otros seres cuya historia evolutiva, muy distinta de la nuestra, los hubiese dotado de capacidades cognoscitivas tan diferentes de las que tenemos nosotros, que la ciencia de esos organismos inteligentes los lleve, válidamente según sus principios, a la conclusión de que no hubo evolución.
Pero ¿porqué nuestras estructuras cognoscitivas serían mejores que o preferibles a las de ellos?
Por supuesto, al llegar aquí ya navegamos en pleno absurdo, y con las velas desplegadas. Resulta que es la evolución la que nos incapacita para poder afirmar que hubo una evolución. Pero ese absurdo se sigue inevitablemente de la hipótesis de que nuestra capacidad de conocer se explica por la evolución y la selección natural, es decir, de la epistemología evolutiva. Por tanto, dicha hipótesis es falsa.
En general, nuestro conocimiento no puede ser explicado “desde fuera”, porque eso arruina la explicación misma. Si mi conocimiento no es más que un segregado accidental de las neuronas, entonces no puedo afirmar que haya neuronas, ni segregados accidentales, ni conocimiento, ni nada.
La pregunta sería, ¿por qué no?
Toda afirmación nuestra supone ciertos principios que son necesarios, no pueden no ser verdaderos, mientras que lo que es accidental es contingente, puede no ser como es. Si nuestro conocimiento es algo accidental, surgido históricamente al vaivén de las contingencias del medio ambiente y la adaptación al mismo, entonces no hay principios necesarios, y entonces, no hay conocimiento.
Por ejemplo, como decimos en otra respuesta, la evolución a la vez podría haber ocurrido y no ocurrido, porque el mismo principio de no contradicción sería contingente, no necesario, podría ser, por tanto, falso.
Y entonces sería falso, porque lo que afirma, justamente, es una necesidad, es decir, la imposibilidad de que las cosas sean de otro modo, concretamente, de que algo sea y no sea al mismo tiempo y en el mismo sentido.
Porque todo eso lo puedo afirmar precisamente gracias a mis facultades cognoscitivas. El conocimiento no puede ser explicado por factores no – cognoscitivos, sin que esa misma explicación deje por eso mismo de tener valor.
La única forma, por tanto, de afirmar algo con coherencia acerca de la realidad de las cosas, y de dar una explicación del conocimiento y de cualquier cosa en general que no sea autoinvalidante, es partir de base de que los principios que gobiernan nuestra capacidad de conocer son necesarios, universales, absolutos e inmutables. Por ejemplo, el primero de todos ellos, el principio de no contradicción.
De lo cual se sigue que esas facultades cognoscitivas nuestras no pueden explicarse en última instancia por la selección natural.