Los gobiernos emanados de la revolución por momentos fueron muy brutos. Más papistas que el papa, asumían causas sin sentido común, exacerbaban el nacionalismo, enaltecían el sentido de lo mexicano sin ton ni son y, sobre todo, encendían el ánimo revolucionario –y robolucionario- que todo lo invadía.
Resulta ser que en 1930, Carlos Trejo Lerdo de Tejada era el Secretario de Educación Pública en los años que la historia de nuestro país tuvo como gobernante a Pascual Ortiz Rubio. Así que Don Carlos Trejo propuso que fuera Quetzalcóatl el nuevo símbolo de la navidad en México porque… ¿qué tenía que ver la imagen de Santa Claus con nuestros niños mexicanos? No, no no, había que darle identidad a nuestra cultura, a nuestra raza, aprovechar la gloria y herencia de nuestro imperio azteca. Esto salió en la prensa y podrán imaginarse la de habladurías que levantó semejante oleada en pro de nuestra identidad. En el periódico salió una caricatura donde dos culebritas salen platicando:
––¿No te respondió la serpiente ésa?
––No, mi hermano; ora se ha puesto reteorgullosa con eso de que en la Navidad le van a dar la chamba del “Santa Claus mexicano”.
De acuerdo con algún lúcido funcionario del gobierno de Pascual Ortiz Rubio, desde ese año y en adelante, sería la “serpiente emplumada” -adorada por distintas naciones indígenas en el mundo prehispánico, símbolo de civilización- y no Santa Claus quien le traería regalos a los niños la noche del 24 de diciembre.
A la mañana siguiente el escándalo: “Quetzalcóatl arma alboroto”. ¿Quién iba a repartir los regalos a los niños una “piedra emplumada”? ¿Se usaría a un “dios pagano” para celebrar el nacimiento de Cristo? ¿Soportarían los católicos –que aún tenían abiertas las heridas de la guerra cristera- una nueva ofensiva del gobierno jacobino y revolucionario sobre sus creencias, dogmas y devociones?
La sociedad se opuso por completo a la disposición oficial; no tanto por defender al de por sí antipático Santa Clós, sino porque la Navidad era una celebración católica donde se conmemoraba el nacimiento de Cristo y si dentro de esa tradición, San Nicolás ya figuraba, no había por qué hacer cambios.
Los defensores de Quetzalcóatl esgrimían razones contundentes a cada reticencia para sustituir al “exótico” viejito. El mítico héroe reunía todas las virtudes: era sabio, civilizador, artista, honesto, pacífico, divino, y hasta cristiano, pues no se había olvidado la sospecha de que realmente hubiera sido el mismísimo Santo Tomás, quien había evangelizado a los indígenas americanos antes que la corona española.
Entonces la SEP anunció que Quetzalcóatl estaría representado como lo indican los códices antiguos: un hombre rubio, eso sí, con barba, vestido elegante. ¿Y cuál iba a ser la sede del acontecimiento donde éste Santa Mexicano iba a entregar sus regalos? El Estadio Nacional. ¿La fecha? El 23 de diciembre.
Así que ni chimeneas ni trineos. Siguiendo órdenes, se construyó una réplica del templo donde se rendía culto a Quetzalcóatl. El proyecto oficial siguió adelante y el 23 de diciembre se celebró el anunciado festival en el Estadio Nacional, donde Quetzalcóatl entregó dulces, regalos y “suéteres rojos” a 15 mil niños mexicanos. Para fortuna del sentido común y de la población que rechazó la idea desde el principio, luego de esa humorada del gobierno de Ortiz Rubio, Quetzalcóatl volvió a dormir el sueño de los justos dentro del Museo de Arqueología –hoy Antropología- donde descansa en su forma de serpiente emplumada.