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Florence Jenkins, la peor soprano de la historia

Florence Jenkins, la peor soprano de la historia
Hoy os traigo a alguien cuyo arte no ha podido ser superado en toda la historia de la música. Se trata de Florence Jenkins, posiblemente la peor cantante de la historia (no, Wendy Sulca no cuenta porque no la considero cantante).


Nacida como Florence Foster en 1868 en Wilkes-Barre, Pennsylvania, Florence Foster Jenkins recibió lecciones de música en su niñez y pronto expresó su deseo de viajar al extranjero para continuar tales estudios. Aun siendo de familia acomodada, su padre rehusó pagarle el billete, así que se fugó a Filadelfia con Frank Thornton Jenkins, un médico que más tarde se convertiría en su marido (se divorciaron en 1902). Tras su llegada a Filadelfia empezó a ganarse la vida como maestra y pianista. Después de la muerte de su padre en 1909, Jenkins heredó una suma de dinero que le permitió comenzar su carrera musical, habiendo sido antes disuadida por sus padres y su antiguo marido, que ya habían visto los resultados de sus clases. Entró a formar parte de la vida musical de Filadelfia y más tarde de la de Nueva York, donde fundó y financió The Verdi Club, hecho que le permitió dar recitales a pesar de su total falta de talento y de vergüenza.

Basándose en sus grabaciones, es evidente que Jenkins tenía muy poco sentido del oído y el ritmo y era a duras penas capaz de mantener una nota. Era normal que su acompañante hiciera ajustes para compensar sus variaciones de tempo y fallos rítmicos. Aun así se hizo tremendamente famosa, al parecer el público la adoraba por la diversión que proveía en lugar de por su habilidad musical. Los críticos a menudo eran tan crueles que bien pudieron servir para picar la curiosidad del público.

A pesar de su patente falta de habilidad, Jenkins estaba firmemente convencida de su grandeza y disculpaba las risas que a menudo provenían de la audiencia durante sus actuaciones como procedentes de rivales consumidos por “envidia profesional”. Era consciente, sin embargo, de sus críticas, a las que una vez respondió: “La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté”.

Después de un accidente de taxi en 1943 descubrió que podía cantar “Un Fa más alto que nunca” . En lugar de una demanda contra la compañía de taxis le envió una caja de caros puros al conductor.

En 1944, con 76 años, después de decenas de recitales en el salón de baile del Ritz-Carlton de Nueva York, Jenkins pudo cumplir con el sueño de su vida: cantar en el Carnegie Hall, un teatro con capacidad para tres mil personas. Las entradas volaron: el lleno fue total, y la ridiculez aún mayor. Pero Florence no se dio por aludida. Ella estaba feliz con su performance. Poco tiempo después falleció.

He aquí unas muestras del arte de esta señora:
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Queen of the night (Mozart).




Laughing Song from Die Fledermaus (Strauss).


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