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¿Aburrido lince? Barnizate de cultura con unos cuentos rusos

¿Estás aburrido y no sabes que carajo hacer? Aprovecha y lee unos cuentos de Tolstoi Pero primero ¿Quién fue León Tolstoi? Tolstoi pudo haber seguido su carrera militar y haber muerto como un noble con múltiples medallas respetado entre los suyos, pero la experiencia vivida en su paso por el Caúcaso durante la lucha entre rusos y guerrillas locales, ser testigo del sufrimiento de los siervos y su paso por la Guerra de Crimea, especificamente en el Sitio de Sebastopol lo hizo replantearse todo y decidió dedicar su vida a la escritura. ILIA Dos Baskires retratados por Mijaíl Bukar, 1872 Vivía en la región de Ufim un bachir llamado Ilia. Hacía apenas un año que lo había casado su padre, cuando éste murió, dejándole poca cosa. Ilia tenía en aquel entonces siete yeguas, dos vacas y veinte carneros. Pero era un muchacho trabajador y ahorrativo; en poco tiempo se acrecentó su patrimonio. Todo el día trabajaba, y su mujer lo ayudaba. Se levantaba más temprano, se acostaba más tarde que los demás, y se iba enriqueciendo poco a poco. E Ilia vivió así, trabajando durante treinta y cinco años, y reunió una gran fortuna. Tenía doscientos caballos, ciento cincuenta cabezas de ganado mayor y mil doscientos corderos. Los criados conducían los rebaños a los pastos; las criadas ordeñaban a las yeguas y a las vacas, y hacían kumiss, manteca y queso. Todo era abundante en casa de Ilia, y sus paisanos lo envidiaban. -¡Qué dichoso es este Ilia! -decían-. Está repleto de bienes. Bien puede decirse de él que ha hallado el paraíso en la vida. La gente sencilla solicitaba su amistad, y de lejos acudían para verlo. Él recibía bien a todos y les daba comida y bebida. A cuantos lo visitaban, Ilia hacía hervir kumiss, té, yerba y carnero. Si llegaba un forastero, mataba un carnero o dos; y si eran varios, hasta mataba una yegua. Ilia tenia dos hijos y una hija. A los tres los casó. Cuando era pobre, sus hijos lo ayudaban en sus trabajos, y hasta guardaban las piaras de caballos. Cuando se vieron ricos, los varones empezaron a divertirse y uno se dio a beber. Al mayor lo mataron en una riña; el otro, habiéndose casado con una mujer orgullosa, dejó de escuchar a su padre; Ilia se vio precisado a separarse de él. Le dio una casa con ganados, lo que mermó la riqueza de Ilia. Al poco tiempo, se desarrolló una enfermedad entre los carneros, que le mató un gran número. Luego atravesaron un año de gran escasez; los prados no produjeron pastos y se murió el ganado en gran cantidad durante el invierno. Después, las plagas se apoderaron de una buena parte de su tierra, y cada día disminuía la hacienda de Ilia. Su miseria aumentaba, mientras que sus fuerzas desaparecían. Sucedió que, a los setenta años, se vio precisado a vender sus chubas, sus tapices, sus sillas de montar, sus kibitkas, y vendió también hasta su última cabeza de ganado. De modo que, sin advertirlo, no le quedó nada. Y tuvo que irse con su mujer, en la vejez, a servir a los demás. Sólo tenía en el mundo los vestidos que llevaba puestos, un bastón, un par de zapatos, un gorro, y su mujer, Scham-Schemaghi, tan anciana como él. Su hijo se había ido a países lejanos; su hija había muerto: a nadie tenían para ayudarlos. Su vecino, Mukhamed-Schah, de regular posición, hacía la vida uniforme de un buen hombre. Recordó la bondad de Ilia, se compadeció de él y le dijo: -Ven a vivir a mi casa con tu mujer. En verano, harás jornales para mí; en invierno, te cuidarás de dar la comida al ganado y Scham-Schemaghi ordeñará las yeguas y hará kumiss. Yo los alimentaré y vestiré a los dos. No dejaré que les falte nada. Ilia dio las gracias a su vecino y se fue con su mujer a servir a Mukhamed-Schah. Al principio, su nueva vida les pareció dura. Luego se acostumbraron y trabajaron según sus fuerzas. El amo se felicitaba de haber tomado a aquellos criados, pues los dos ancianos, habiendo sido amos también, desempeñaban admirablemente los trabajos de la casa, y no estaban nunca sin hacer o en la medida que sus fuerzas se lo permitían. Pero a Mukhamed-Schah le daba mucha compasión verlos a ellos, antes tan ricos, y ahora sin nada suyo. Llegó un día en que unos parientes vinieron desde muy lejos a visitar a Mukhamed-Schah. Entre ellos había un noble. Mandó que tomaran un carnero y que lo mataran. Ilia mató uno, lo hizo asar, y lo mandó a los huéspedes de su amo. Estos comieron, pues, carnero, luego tomaron té y kummis y hablaron entre sí. Pasó en aquel momento Ilia por delante de la puerta, ya que había concluido su trabajo, Mukhamed-Schah lo vio, y dijo a uno de sus comensales: -¿Has visto al anciano que acaba de pasar? -Lo he visto. ¿Qué tiene de notable ese hombre? -Verás. Era el más rico del país. Se llama Ilia: quizá has oído nombrarle alguna vez… -¡Ya lo creo! -dijo el otro-. No lo había visto nunca, pero su fama es grande. -Pues ahora no tiene nada absolutamente. Vive en mi casa de criado y su mujer ordeña mis yeguas. El otro, sorprendido, meneó la cabeza en señal de duda. -Sí puedes creerme: la dicha da vueltas como una rueda que eleva a unos y baja a los otros. -¿Y está triste ese anciano? -¿Quién puede decirlo? Vive apaciblemente y trabaja bien. -¿Será posible hablarle? -dijo el huésped entonces-; ¿preguntarle sobre su vida? -¿Por qué no? -dijo el dueño. Y gritó entonces fuera de la kibitka: -¡Babai! (es decir, «abuelo», en lengua baschkir). Ven a beber kumiss con nosotros, y tráete a Scham-Schemaghi. Entró Ilia con su mujer. Saludaron al dueño y a los huéspedes. Luego Ilia dijo la oración y se agachó cerca de la puerta, mientras que su mujer pasó por detrás de la cortina, y fue a sentarse con su amo. Dieron una taza de kumiss a Ilia, se inclinó, bebió un sorbo y dejó la taza. -Dime, abuelo -profirió el huésped-, debe afligirte el mirarnos, pensando en tu vida pasada, y comparando tu dicha de antes con la vida triste que tienes actualmente. Ilia se sonrió y contestó: -Si te hablase yo mismo de mi felicidad o de mi desgracia, acaso no me creerías. Pregúntale mejor a mi babá; tiene el corazón en la lengua; te dirá la verdad. Y el otro gritó hacia la cortina: -Ea, babuchka, dime lo que piensas acerca de tu pasada dicha y de tu actual desgracia. Y Scham-Shemaghi contestó desde su sitio: -Verás lo que pienso: Hemos vivido cincuenta años con mi marido buscando la felicidad, sin poder hallarla. Sólo ahora, desde dos años que no tenemos nada y vivimos a expensas de otro, sólo ahora hemos hallado la verdadera dicha. No pedimos otra cosa. Se quedaron el dueño y los huéspedes muy sorprendidos. El primero se levantó y alzó la cortina para ver a la babuchka. Y la vio en pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, y se sonreía al mirar a su esposo, y el esposo se sonreía también. Y la anciana prosiguió: -He dicho la verdad, hablo en serio. Durante medio siglo habíamos buscado la dicha; siendo ricos no la encontramos. Y ahora que no nos queda nada nuestro, y que vivimos en casa ajena, hemos hallado la felicidad, y no deseamos otra cosa más. -¿En qué consiste la dicha de que gozan ahora? -Sencillamente, en que cuando éramos ricos no teníamos ni él ni yo un momento de descanso. No podíamos ni hablar un rato solos, ni pensar en la salvación de nuestra alma, ni rogar a Dios. ¡Cuántas preocupaciones! A lo mejor nos llegaba un huésped, y pensábamos: -«Qué le serviremos? ¿Qué le regalaremos para que tenga buena opinión de nosotros? «Luego, cuando el huésped se marchaba, era preciso vigilar a los criados, siempre dispuestos a no trabajar y a comer bien, y cuidábamos de que nuestra hacienda no se malgastara, y esto es un pecado. Otras veces temíamos que algún lobo se llevara un pollino o una ternera, o que nos robaran. Y una vez acostados, no podíamos dormir: ¡con tal de que los carneros no aplasten a los corderitos! Nos levantábamos, íbamos a verlo por la noche. En cuanto estábamos tranquilos por este lado, nuevas preocupaciones nos asaltaban. ¿Cómo haremos las provisiones para el ganado durante el invierno? No estábamos siempre de acuerdo mi marido y yo: él quería hacer esto y yo lo otro, y de ahí el pecado. Así, pues, una angustia seguía a la otra y un pecado a otro: y no era feliz nuestra existencia». -¿Y ahora? -Ahora nos levantamos con mi marido siempre unidos y en buen acuerdo. Ni una discusión, ni un disgusto. Sólo tenemos una preocupación: servir bien al amo. Trabajamos como podemos: trabajamos con gusto, para que las cosas sean de provecho para el amo y no lo perjudiquen. Llegamos: el kumiss está dispuesto, la comida servida. Si hace frío, tenemos kisiaks y chuba. Y podemos hablar cuanto queremos, pensar en la salvación de nuestra alma, y rogar a Dios. Buscamos la felicidad durante cincuenta años: y hasta ahora no la hemos encontrado. Los invitados se echaron a reír. E Ilia les dijo: -No se rían, hermanos míos: no es broma lo que ha dicho mi babá, así es toda la vida del hombre. ¡Cuán necios éramos, cuando al principio llorábamos por nuestras riquezas! Mas ahora, Dios nos ha hecho ver la verdad; y no es por gusto nuestro, sino para el provecho de ustedes, que se la revelamos ahora. Y el noble dijo: -Eso es hablar con juicio. Ilia os ha dicho la verdad cierta: así la dice el Corán. Y los invitados, dejando de reír, se quedaron pensativos. EL PRIMER DESTILADOR Cosaco azotando a un Mujik Un pobre mujik se fue al campo a labrar, sin haber almorzado. Llevó un pedazo de pan. Después de haber preparado su arado, escondió su mendrugo debajo de un matorral, y lo cubrió todo con su caftán. El caballo se había cansado; el mujik tenía hambre. Desenganchó su caballo y lo dejó pacer; luego se acercó para comer. Levanta el caftán; el mendrugo había desaparecido. Busca por todos lados, vuelve y revuelve el caftán, lo sacude: no aparece el mendrugo. “¡Qué raro es esto! -pensaba-. ¡No he visto pasar a nadie, y, sin embargo, alguien me ha llevado el mendrugo!” El mujik quedó sorprendido. Y era un diablillo que, mientras labraba el mujik le había robado la comida. Luego se escondió detrás del matorral, para escuchar al mujik y ver cómo se enfadaba y nombraba al demonio. El mujik distaba de estar contento. -¡Bah! -dijo-. No me moriré de hambre. El que me haya quitado la comida la necesitaba, sin duda: ¡que le haga buen provecho! El mujik se fue al pozo, bebió agua, descansó un momento, y volvió a enganchar el caballo, tomó el arado y se puso de nuevo a trabajar. El diablillo se enfureció mucho al ver que no había logrado hacer pecar al mujik. Fue a pedir al diablo jefe que lo aconsejase. Le refirió cómo había tomado el pan al mujik, y cómo este, en vez de enfadarse, había dicho: «¡Buen provecho!» El diablo en jefe se enojó. -Ya que el mujik -le dijo- se ha burlado de ti en esta ocasión, es que tú mismo has dejado de cumplir tu deber. No has sabido hacerlo bien. Si dejamos que los mujiks y las babás se nos suban a las barbas, esto va a ser intolerable… No puede esto concluir de este modo. Vete, vuelve a casa de ése, y gánate el mendrugo, si quieres comértelo. Si antes de tres años no has vencido a ese mujik, te daré un baño de agua bendita. Se estremeció el diablillo. Volvió rápidamente a la tierra, reflexionó largo tiempo sobre el modo de reparar su falta. Pensaba y pensaba el diablillo; y, por fin, dio con lo que buscaba. Se transformó en un buen hombre y se puso al servicio del mujik. En previsión de que vería seco el verano, aconsejó a su dueño que sembrara el trigo en terrenos pantanosos. El mujik siguió el consejo de su criado y sembró el trigo en tierras pantanosas. El trigo de los demás mujiks fue quemado por el sol: el del pobre mujik creció lozano y fresco; tuvo para comer hasta la otra cosecha, y le quedó aún mucho pan. Aquel verano, el criado convenció al mujik de que sembrara el trigo en las alturas; y precisamente hubo muchas lluvias. El trigo de los demás se inundó, se pudrieron los tallos, y no sacaron espigas. En cambio, el mujik recogió en las alturas un trigo magnífico. Y tuvo tanto trigo sobrante, que no sabía qué hacer con él. Entonces, el criado le enseñó a hacer vodka, se puso a beberla y dio a beber a los demás. Entonces, el diablillo se fue a encontrar al diablo jefe, diciéndole que había ganado el mendrugo. El diablo jefe quiso ver si era verdad. Se fue a casa del mujik y vio que éste, habiendo invitado a las personas principales, les daba vodka a todas. La esposa misma servía la bebida; pero, al pasar cerca de la mesa, se enganchó con el ángulo, y derramó un vaso. El mujik se enfadó; riñó a su mujer. -¡Cuidado con esa tonta de mil demonios! -dijo-. ¿Acaso te figuras que esto es agua de lejía, para derramarla de este modo? El diablillo tocó con el codo al diablo, su jefe. -Fíjate bien -le dijo-. Ahora veremos cómo le duele el mendrugo. Después de haber reñido a su mujer, el mujik quiso servir él mismo, y que brindaran todos. Llegó un pobre mujik que nadie esperaba. Viendo que los demás bebían vodka, habría querido también beber un poco para animarse. Allí estaba el pobre mujik tragando saliva. El dueño se negó a hacerlo beber: iba murmurando: -¿Se figuran que he hecho bastante vodka para dar a cuántos vengan? También esto gustó al diablo jefe. Y el diablillo, enorgulleciéndose: -Aguarda, aguarda un poco -le dijo-. No es esto todo. Los mujiks ricos, y con ellos el dueño, después de haber bebido la vodka, se adulaban unos a otros, se prodigaban mutuas alabanza, y sus palabras eran melosas. El diablo jefe iba escuchando, y felicitaba al diablillo: -Si esta bebida los hace ser hipócritas -le dijo- y se engañan unos a otros, están en nuestro poder. -Aguarda aún lo que falta -le dijo el diablillo-. Déjalos que beban sólo otra copita. Ahora están como zorros que menean la cola delante de los demás, y procuran engañarse: mas luego los verás feroces como lobos. Los mujiks bebieron otra copa. Y empezaron a gritar y a hablar groseramente. En vez de palabras melosas, se injuriaban unos a otros; se enfurecieron, se pelearon y se rompieron las narices; y habiéndose el dueño de casa metido en la pelea, recogió su parte de porrazos. El diablo jefe miraba y se ponía contento. -¡Esto marcha perfectamente! -dijo. Y el diablillo repuso: -Aguarda todavía lo que va a suceder. Deja que beban otra copita más. Ahora están como lobos furiosos; cuando hayan bebido otra copa, estarán como cerdos. Cada uno de los mujiks bebió otra copita. Todos estaban atontados. Gruñían, gritaban sin saber lo que decían, y no se escuchaban unos a otros. Se fueron cada cual por su lado, unos solos, otros de dos en dos o de tres en tres: todos fueron a caerse al suelo en su calle. El dueño de la casa, que había salido para acompañar a sus huéspedes, cayó en un charco, se ensució completamente, y se quedó allí tendido como un cerdo que gruñe. Y esto acabó de alegrar al diablo jefe. -¡Vaya! -dijo-. Has inventado una hermosa bebida. Te has ganado tu mendrugo. Dime ahora cómo has fabricado este brebaje. Juraría que lo has compuesto de sangre de zorro, y así los mujiks se han vuelto traidores como los zorros; luego sangre de lobo, que les hiciera ser crueles como lobos, y por fin, sangre de cerdo, que los ha convertido en cerdos. -No -dijo el diablillo-. No lo he hecho así. Me he limitado a hacer que cosechara demasiado trigo. En el mismo estaba la sangre de esas bestias; pero esta sangre no podía obrar mientras el trigo le diese apenas lo necesario. Y entonces era cuando no le dolía su último mendrugo y cuando empezó a pensar cómo lo hacía para utilizar el sobrante, entonces le enseñé a beber vodka. Y cuando empezó a destilar, para su gusto el don de Dios en vodka, la sangre del zorro, la del lobo y la del cerdo han salido; y ahora, le bastará que beba vodka para ser al punto como esas bestias. El diablo jefe felicitó al diablillo, le dio su mendrugo y le hizo ascender un grado. ¿Qué te parecieron lince? Comentalo y recomienda otros cuentos de cualquier autor o país. link: https://www.youtube.com/watch?v=SWTAwD42468
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