Alguien le dijo que tal vez la esencia de su felicidad residía en ir en busca de aquel sol que parecía tan lejano, y ella solo pudo sonreír y suspirar a la vez, porque en ese instante su corazón estaba tan dañado que no alcanzaba a ver la luz. Ella siente que todo el mundo se derrumba a sus pies, pierde las fuerzas para continuar su camino, un camino que se torna cada vez más difícil y oscuro, pero cuando llegue al final todos están seguros que ella podrá ver la luz. Las lágrimas tendrán que recorrer otras mejillas porque las suyas ya están muy húmedas y necesitan un aire de alegría, una pizca de ese amor que ella tanto ha sembrado a su alrededor. Nadie puede aliviar su dolor, pero todos estarán junto a ella hasta que sanen sus heridas y la ayudarán a caminar en busca del sol, ese sol aparentemente lejano pero imprescindible para que conozca un nuevo amanecer. Ella necesita llegar hasta ese sol, para que cada rayo ilumine sus días y pueda recoger los frutos de tanto amor sembrado; y la cosecha será abundante porque cuando alguien descubra el tesoro que se esconde en su alma la cuidará tanto que nunca más sus ojitos estarán tristes.
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