GIF Déjate querer, porque el amor que es bonito y auténtico no duele ni traiciona, ni tampoco entiende de lágrimas. El amor que vale la alegría es aquel que se ofrece con los ojos abiertos y el corazón encendido, es una relación madura y consciente donde no se llenan vacíos ni se alivian egoístas soledades. Si pensamos en ello durante un momento, nos daremos cuenta de lo arraigado que está en nuestra cultura popular la clásica idea del “quien bien te quiere te hará sufrir”. Es algo erróneo. El dolor y el amor son dos cosas muy distintas. Porque la relación sincera basada en la reciprocidad, jamás tendrá en su composición un aditivo tóxico ni venenoso. Deja que te quiera bonito, permite que te quiera como mereces, porque mi querer no duele, y el amor que es real siempre vale la alegría, nunca las penas. Una de las características más notables de esas personas que logran establecer una relación de pareja basada en el respeto, la alegría y el crecimiento es que son capaces de amar como si nunca antes hubiesen sido heridas, sin volcar jamás en la nueva pareja el posible dolor de relaciones anteriores. No hay desconfianza ni rezuman amargura. Ahora bien, a su vez, encontramos esos otros perfiles convencidos de que el sí amor duele, y duele porque sus experiencias pasadas así se lo han confirmado. Hablamos claro está, del desamor. Ante una ruptura o una decepción afectiva nuestro cerebro reacciona de igual modo que ante el dolor físico. El amor bonito, el que no duele ni sabe a lágrimas Lo que duele es el desamor nunca el AMOR en mayúsculas. Lo que apaga y desconsuela es la batalla perdida, el cansancio de un corazón yermo, hueco de esperanzas. Ahí donde ya no se confía en el “te prometo que voy a cambiar” o “estoy seguro de que las cosas van a ser diferentes ahora”. Quiero un amor así, de miradas cómplices, de palabras llenas, de corazón humilde y caminos compartidos. Hemos de negarnos en rotundo a que nos vendan un amor con sabor a lágrimas. A que nos convenzan de que el auténtico aprendizaje de la vida llega con el sufrimiento, y que todos, de algún modo, hemos de experimentarlo para poder así nacer de nuevo, nacer de verdad. Ahora bien, la felicidad también enseña y mucho. Porque en el amor con letras mayúsculas no hay acentos hirientes, ni minúsculas cargadas de egos, miedos y desconfianzas. El cariño que es bonito no duele ni busca herir y si en algún momento aparece la sonrisa apagada y la mirada baja, la otra persona buscará la razón de esa nube pasajera y la escampará al instante.
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