Describir la felicidad en ese rostro era tarea casi imposible. Los cabellos al viento, los ojos entrecerrados, y una sonrisa de chico con juguete nuevo. Lentamente se acercaba para ponerse a la par del colectivo en movimiento. Después ascendía, bajaba en picada y se apoyaba en la parte trasera, como si descansase. El semáforo estaba en verde desde hace rato, pero yo no podía dejar de mirarlo. Me quedé parado con la cabeza alta y la mandíbula baja. Estaba viendo volar a un tipo. ¡Volar! ¿Quién no soñó alguna vez con poder volar? Bueno, este hombre lo había logrado y lo estaba disfrutando. No sé si volaba por primera vez, pero lo hacía como si fuese la última. Así me encontraba yo en mis cavilaciones, pensando que hasta sería capaz de dar años de mi vida por poder volar, cuando alguien me miró. Apoyado en el semáforo, un morocho bajito, de pelo corto me miró con aire de superación y me dijo: -"¿Y se puede, eh?"- "Cinco..." -agregó mientras me mostraba, nostálgico, su palma abierta-. "Cinco... cinco años di yo... y apenas me alcanzó para sobrevolar un poquito la ciudad". El otro tipo seguía volando cada vez más alto, recortándose sobre el sol de las siete de la tarde. -"¿Cinco años de su vida?" -le pregunté-. "Sí, cinco años" -me contestó-. -"Pero entonces este se va a morir! Hace rato que está volando como loco"- le dije confundido. -"Sí, ya le queda poco" -me contestó mientras se cruzaba de brazos nuevamente- "¿Linda forma de morir, no?" -me dijo-. Y los dos nos quedamos viéndolo, mientras se perdía en el atardecer.