InicioTurismoPamplona, tras los pasos del encierro
Pamplona, la archiconocida ciudad convertida en un icono mundial de la fiesta de los toros. Y todo gracias a unos excasos minutos de pasión donde el valor y la inconsciencia, cada vez más a partes iguales, son los protagonistas indiscutibles. A priori, Pamplona es una ciudad con poco que ofrecer. Por más información que buscaba antes de emprender el viaje todo lo que encontraba hacía referencia a las fiestas de San Fermín. Visto así, con éstos antecedentes es inevitable no caer en los tópicos y dejarse llevar por ellos, vivir San Fermín fuera de San Fermín. Para aquellos que, como es mi caso, no tengan el suficiente valor como para correr atropelladamente delante de una manada de toros bravos, recorrer las calles del encierro de Pamplona puede resultar una experiencia gratificante que nos haga sentir como pseudo-valientes. Los orígenes del encierro de Pamplona nos lleva hasta la época medieval, cuando de madrugada las reses recorrían las calles de la ciudad desde más allá de la muralla hasta la plaza que hacía las veces de coso taurino. En su camino, los pamploneses acostumbraban a correr delante de los animales, tradición que se ha mantenido hasta nuestros días y que gracias a, entre otros motivos, la magia literaria de Ernest Hemingway se ha convertido en una de las fiestas más conocidas mundialmente. El recorrido del encierro de Pamplona comienza en el corralillo de la Cuesta de Santo Domingo, un pequeño espacio vallado al que los toros llegarán de forma anónima desde los toriles situados a orillas del río Arga junto al puente de la Rochapea. Hoy no hay toros en el corralillo, que han sido sustituídos por coches que, previo pago, utilizan las pocas plazas de aparcamiento de su interior. Poco hace pensar que se trata del conocido lugar donde dan comienzo los encierros de Pamplona, sin su puerta de madera ni su cohete esperando a dar la esperada señal, sólo un par de vallados y las paredes de piedras nos ayudan a imaginarnos los toros en su interior. Avanzando poco a poco por la empinada Cuesta de Santo Domingo, con la tranquilidad que da no tener a un animal de 500 kilos pisándonos los talones, se llega hasta la pequeña imagen de San Fermín a la que pocos minutos antes de las ocho de la mañana los mozos rogarán por su ayuda, periódico en mano. A San Fermín pedimos por ser nuestro patrón nos guíe en el encierro dándonos su bendición ¡Viva San Fermín! ¡Viva! ¡Gora San Fermin! Gora! El final de la Cuesta de Santo Domingo nos adentra en la Plaza Consistorial, que me sorprende por su reducido tamaño, siempre imaginándola grande cuando se ven las imágenes de la plaza repleta de gente esperando el comienzo de las fiestas de San Fermín. El edificio del Ayuntamiento de Pamplona es testigo de excepción del recorrido del encierro, que cruza perpendicularmente la plaza camino de la calle Mercaderes, tal y como nos ayudan a dibujar las placas metálicas que se sitúan en el suelo cubriendo los agujeros donde se colocarán los postes de las vallas. A partir de aquí entramos por la calle Mercaderes, en la que su estrechez inicial nos da la oportunidad de sentir la velocidad que empieza tomar el encierro a éstas alturas de carrera, desembocando rápidamente en su parte más ancha hasta uno de los punto míticos, el cruce de Mercaderes con la calle Estafeta, en un giro de casi noventa grados escenario de espectaculares caídas y golpes contra las vallas y la pared de un abandonado comercio. Afortunadamente, en éste recorrido ficticio no corremos ese peligro, y la entrada a la calle Estafeta se puede hacer de forma tranquila. Incluso hay tiempo para tomar un respiro en Ultramarinos Beatriz, que aunque su nombre pueda dar lugar a confusión, se trata de un obrador de pastelería, con sus famosos garroticos. O también podemos entrar en uno de sus múltiples bares a tomar un vino y un pintxo. Total, nada ni nadie nos encorre. A medida que se avanza por la calle Estafeta, entra la sensación de estar en un lugar donde se vive en un San Fermín continuo. Sus tiendas de recuerdos tienen todas un denominador común, el encierro, con sus muñecos de toros y corredores de blanco y rojo, reduciendo la realidad de Pamplona a lo efímero de la fiesta. Intentando no sucumbir a esa Pamplona intemporal, el recorrido de los encierros de San Fermín entra ya en su parte final, abandonando la calle Estafeta por detrás del teatro Gayarre, en lo que se denomina tramo de Telefónica. La plaza de Toros nos espera tras la última curva, aunque ésta vez sin el miedo a las peligrosas caídas y aglomeraciones que se pueden formar en el encierro de verdad. La puerta roja de la Plaza permanece cerrada, impidiendo terminar el encierro dentro de ella, ante los aplausos y gritos de la gente al son de la charanga. Será el precio a pagar por un tranquilo encierro. De aquí en adelante poco queda por hacer en Pamplona marcados por el guión del encierro, aunque quizás podemos ponernos el traje de guiri y volver callejeando hasta la Plaza de la Navarrería y subir a lo alto de su fuente para lanzarnos sobre una multitud inexistente, o ir a la Plaza del Castillo a dormir la noche en uno de sus jardines. Pero quizás es momento de darle una vuelta a los tópicos y pasear por el casco antigüo de Pamplona, buscando algo que nos indique que Pamplona puede ser más que un recorrido de un encierro taurino. Es difícil, pero se puede intentar encontrarlo.
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