Twisted Ink Productions & Elige Tu Propia Aventura Presents:
Raccoon City
By Chebing
Estábamos en el cuarto descansando, acostados en la cama debajo de la ventana, mientras que Marcelo y Jazmín estaban en la cama contra la pared. Abajo, en el living, Gabriel y Javier cuidaban de los hijos de Rodrigo, mientras él tenía unos asuntos pendientes en la ciudad.
Caí en un profundo sueño, sin embargo, no puedo recordar qué fue lo que soñé, lo que sí recuerdo fue el sobresalto que tuve al momento de despertarme. Un grito desgarrador rompió mi trance y me asustó como nada lo había hecho hasta entonces. Rápidamente miré alrededor, Sofía seguía al lado mío y se notaba que también se había despertado con el grito. En el otro lado de la habitación, Marcelo parecía estar en las mismas condiciones que nosotros. De quien no había noticias era de Jazmín.
Marcelo se levantó de la cama y fue corriendo hacia abajo, Sofía y yo hicimos lo mismo. El living estaba a oscuras, y en un rincón, cerca de la ventana, Jazmín estaba tirada en el suelo, con su mano en el corazón. Al lado de ella se acomodó Marcelo, que le preguntaba qué había pasado. Sin importar cuán fuerte la movió y cuán fuerte le gritó, no pudo conseguir que Jazmín diga palabra alguna, sólo consiguió una seña, aunque eso sería suficiente para entender la situación.
Jazmín sólo atinó a señalar la ventana con su dedo índice, acto seguido Marcelo se asomó a ver qué pasaba. No pudimos resistir la curiosidad y con Sofía también nos acercamos al objeto de la discordia. Al principio no entendimos qué había asustado a Jazmín de esa manera, puesto que afuera estaba todo a oscuras y era muy difícil distinguir las siluetas que se veían a lo lejos. Pero luego, lo entendimos a la perfección.
En el suelo, a unos cincuenta metros aproximadamente, se encontraba nuestro vecino tirado boca arriba, y a su costado se encontraban dos personas más cuya identidad no pudimos reconocer. Al principio pensamos que él se había lastimado y que los desconocidos lo estaban ayudando, ya que parecía que le practicaban una suerte de resucitación, sin embargo, luego entendimos que no lo estaban intentando salvar, sino que lo estaban mordiendo.
Sofía cayó en el suelo, con la misma cara de perturbación que Jazmín, y Marcelo se quedó impactado, en estado de shock. Yo quise estar seguro de lo que veían mis ojos así que abrí muy lentamente la ventana y salí a través de ella, todo sin hacer ningún ruido. Fui gateando muy suavemente hasta poder comprender mejor la situación. No necesite acercarme mucho para poder distinguir las mandíbulas de estos caníbales arrancando pedazos de los intestinos y órganos del vecino. Contuve mis ganas de vomitar y volví a la casa, cerré la ventana detrás mió y empecé a rezar.
Lo primero que pensé fue en Gabriel y Javier, que estaban cuidando a los pequeños. Grité su nombre, los busqué por toda la casa, y nada, no estaban por ningún lado. Los llamé al celular pero no funcionaba la línea telefónica, intenté llamar a la policía pero el resultado fue el mismo. Sólo quedaba ir a buscarlos a la casa de Rodrigo, ya que seguramente habían ido a llevar a los chicos. Cuando estaba por salir, Sofía agarró mi brazo y me dijo que lo piense mejor, que no era seguro abandonar la casa, y que ellos volverían en cuanto pudieran. Yo no estaba de acuerdo y quise irme de todas maneras, sin embargo me di cuenta que allí también necesitaban mi ayuda, así que prometí darles una hora, y que si no volvían en ese tiempo, que los iría a buscar.
Nuestra desesperación nos llevó al galpón en busca de maderas y herramientas para trabar las puertas y ventanas. Nos repartimos las habitaciones y los materiales y empezamos con el trabajo. Un rato después, éste había concluido. Volví a probar suerte con la policía pero el resultado no varió, lo mismo pasó cuando probé con el celular de los muchachos. Luego encendimos la televisión tan sólo para aumentar nuestra preocupación.
De los ochenta canales que había para elegir, ninguno estaba transmitiendo. Algunos estaban con dificultades técnicas, otros decían que volvían en un momento, pero la mayoría presentaban una pantalla en negro. Fuimos a la computadora sólo para descubrir que tampoco andaba la Internet y miramos nuestros celulares para confirmar que estos no eran la excepción a la crisis de comunicación.
Volvimos al living para espiar a través de los espacios entre las maderas de las ventanas y así ver qué estaban haciendo esos caníbales. Para nuestra sorpresa no estaban ni ellos ni el cuerpo del vecino. Nos sentamos en el sofá y sin decir una palabra nos quedamos mirando al vacío, pensando en lo que sucedía. El disparo de una escopeta rompió nuestra concentración. Rápidamente volvimos a la ventana, esta vez el paisaje era completamente distinto.
Decenas de personas estaban caminando de una manera muy rara hacia la casa de los otros vecinos, quienes también habían cerrado sus puertas y ventanas y les disparaban a estos visitantes del infierno desde las terrazas y techos. Estos caníbales formaban un grupo muy numeroso que a medida que pasaba el tiempo iban ganando reclutas. Era cuestión de minutos hasta que lleguen a nuestra casa. Miré a mis amigos y les dije que debía ir a buscar a Gabriel y Javier antes de que sea demasiado tarde. Ellos me dijeron que era una tontería, que ellos probablemente estaban a salvo con Rodrigo y que si salía de la casa, que me matarían. Yo sabía que era un peligro, pero estos monstruos todavía no habían llegado a la casa de Rodrigo, y yo era muy ágil, tenía una buena chance de llegar hasta allí sin ser visto. Era cuestión de decidir mi próximo paso.
Si decides quedarte en la casa, busca el título: “La última resistencia”
Si decides ir en busca de Gabriel y Javier, busca el título: “La casa de los horrores”
La Última Resistencia
Decidí quedarme con ellos, pensé que Gabriel y Javier podrían defenderse solos. Seguimos mirando para afuera, vimos que los asaltantes no tenían ningún tipo de organización ni nada, que simplemente empleaban la fuerza bruta y que mientras más se acercaban a los vecinos, más se desesperaban.
Pensamos en conseguir armas para defendernos en el caso de que nos llegue el turno a nosotros, pero en mi casa no había ninguna. Entonces tuvimos que idear un plan de escape, ya que era imposible la resistencia. Sabíamos que en algún momento de la noche la madera cedería y nos entregaría a la muerte. Lo discutimos mucho tiempo, Jazmín se quería quedar ahí, Marcelo estaba indeciso y Sofía confiaba en mí, dijo que me seguiría a donde fuera.
Analizamos nuestro posible escape, la única posibilidad era por la puerta trasera, corriendo a toda prisa a campo abierto hasta llegar al bosque o a algún lugar seguro. Noté el miedo en la cara de todos al decir estas palabras. Nos quedamos callados pensando en lo que sería de nuestro futuro, luego fui a mirar a través de la ventana, a ver si podía observar algo que nos ayude a sobrevivir.
Para ese momento los caníbales habían rodeado la casa de Rodrigo y estaban golpeándola a más no poder, no resistiría mucho más. No sólo nos preocupamos por nuestros amigos sino también por nosotros, ya que la nuestra era la siguiente casa en la lista. Los apuré a tomar una decisión, era ahora o nunca, teníamos que reunir el coraje suficiente, salir a correr y esperar a que Dios nos ayude. Jazmín se cruzó de brazos y dijo que no iba a abandonar la casa, luego, Marcelo dijo que se quedaba con ella. La miré a Sofía y ella simplemente dijo que no había cambiado de parecer.
Le pregunté una vez más si estaba de acuerdo en correr y ella dijo que sí, pero que teníamos que apurarnos. Fuimos a sacar las maderas de la puerta trasera de la cocina para así escapar sin ser vistos. Habíamos aflojado la mayoría de las maderas cuando escuchamos golpes en la puerta principal, luego, Jazmín gritando a todo volumen. Corrimos hasta allí, los asaltantes habían roto las maderas mucho más rápido de lo que habíamos imaginado, y ya podíamos ver sus brazos a través de la puerta intentando agarrarnos. Había llegado el momento de actuar y no sabía que hacer, tomé del brazo a Sofía y fuimos a la cocina, la idea era escapar según lo planeado, sin embargo, los caníbales ya estaban adentro gracias a que nosotros habíamos aflojado muchas de las maderas. Subimos las escaleras y nos quedamos paralizados al escuchar los gritos de Marcelo y Jazmín, de inmediato supimos lo que había pasado. Sofía tomó mi mano y me dijo que me quería, yo le prometí que la sacaría de ahí con vida. Sólo debía pensar cómo.
Ella me dijo que quizás en vez de intentar escapar sería mejor tomarnos un tiempo para aceptar lo inevitable. Esas palabras retumbaron en mi cabeza: “Lo inevitable… lo inevitable”. No sabía que hacer pero sabía que debía decidirlo rápido.
Si decides intentar escapar, busca el título: “Enemigos”
Si decides quedarte, busca el título: “El dulce aroma de la muerte”
La Casa de los Horrores
Les dije que no podía quedarme, que debía ir en busca de nuestros amigos. Le pedí a Marcelo que se quede con las chicas y las cuide bien. Antes de irme me despedí con un abrazo de él y de Jazmín, a Sofía le di un beso, quizás nuestro último. Las instrucciones eran que en cuanto yo salga, ellos volverían a trabar la puerta lo más rápido posible, y que si llegaba a volver, que mi señal sería golpear tres veces, hacer una pausa y volver a golpear una vez más.
Quitamos las maderas, abrí la puerta, dije “chau” y sin mirar atrás corrí lo más rápido que jamás había corrido en mi vida. Por suerte la casa de Rodrigo estaba muy cerca. Aproveché para mirar lo que sucedía allá adelante, los malditos estaban destrozando las puertas de las casas de los vecinos y entrando a la fuerza. Se seguían escuchando estruendos y disparos por doquier, y ahora eran acompañados por pequeñas bombas molotov que eran preparadas en forma casera y a los apurones. Era un paisaje verdaderamente de la muerte, con gente suplicando por su vida, y con los pastizales prendidos fuego, no había mucha esperanza.
Llegué a la casa de Rodrigo, me metí por el patio e intenté abrir la puerta pero estaba trabada. Empecé a gritar y a tirarle piedras a las ventanas, rápidamente mis amigos me gritaron que en cuestión de segundos abrirían la puerta, que sólo debía resistir lo suficiente. Tardaron una eternidad pero al fin me dejaron entrar, me abracé con todos al verlos, lágrimas caían de mi cara, ellos me confesaron que pensaban que nosotros estábamos muertos, yo les dije que pensábamos lo mismo de ellos.
Recordamos que la puerta estaba abierta y pusimos unas maderas de inmediato, luego nos sentamos en el sillón y les pedí que relaten lo que había sucedido mientras los demás habíamos estado durmiendo. Al parecer en las noticias habían dicho que un virus muy peligroso, conocido con el nombre del T-Virus se había esparcido por la ciudad, y que ahora se encontraba en cuarentena. No podían decir mucho más por falta de datos, pero al parecer un par de infectados se habían escapado y estaban en los alrededores causando problemas a los vecinos. También decían que había que tener mucho cuidado, ya que los infectados eran muy peligrosos. Luego de escuchar eso, Gabriel y Javier llamaron a Rodrigo y le dijeron que vuelva de inmediato a su casa, que había un virus suelto y que era muy contagioso.
Entonces, una vez en la casa con los chicos, pusieron las noticias de nuevo, pero ningún canal funcionaba, como consecuencia intentaron llamarnos por teléfono para prevenirnos, pero las líneas estaban caídas. En un último intento por ayudarnos, Gabriel y Javier quisieron volver para la casa, pero cuando estaban a punto de salir vieron a los infectados comiendo al mismo vecino que habíamos visto nosotros. Entonces, por miedo y curiosidad, se quedaron viendo qué pasaba con él y el resultado fue escalofriante. Luego de comer todos sus intestinos, los infectados se fueron, y al poco tiempo, el vecino se levantó del suelo y empezó a caminar como ellos, balanceándose de un lado al otro, a poca velocidad y en una forma bastante torpe.
Fue ahí que comprendimos lo que estaba pasando. El virus se contagiaba a través de la mordida de una de esas criaturas, las cuales las bautizamos con el nombre de muertos vivos. Me levanté y fui hasta la ventana, no tenía mucha visión de lo que sucedía afuera, pero pude ver que habían dos o tres casas prendidas fuego, y que cada vez los muertos vivos eran más y más y no sólo eso, estaban a pocos metros de nuestra ubicación.
Miré a los demás, les dije que la casa no iba a soportar a tantos atacantes, y que en el transcurso de la noche, nosotros seríamos muertos vivos también. Le pregunté a Rodrigo si tenía armas en la casa, trajo una escopeta y dos cuchillos, yo tomé uno y Gabriel el otro, el dueño de la casa se quedó con el arma de fuego.
Estábamos contemplando un plan de acción cuando se escucharon golpes en las puertas y ventanas. Con cada minuto que pasaba los golpes aumentaban en cantidad y en fuerza, cada vez teníamos más muertos vivos circuncidando la casa. Javier fue a buscar a los niños, nos encontramos todos en la terraza. Fui a observar lo que pasaba alrededor, noté que había una forma de escapar, era por las cloacas que daban a unos metros afuera de la residencia de Rodrigo, pero para acceder a ellas debíamos ir a la planta baja y salir por el patio.
Comenté mi plan con el resto, todos estuvieron de acuerdo. Fuimos deprisa hacia el patio, mientras escuchábamos el ruido de la madera que ya no resistía más y se rendía ante los golpes desenfrenados de los muertos vivos. Estábamos a mitad de camino cuando se infiltraron en la casa, Rodrigo se paró y empezó a dispararles, nos dijo que nos apuremos, que él iba a ganar tiempo y después se encontraría con nosotros. Supe que era una mentira en ese preciso momento, pero también supe que no había tiempo para discutir, así que seguí con los chicos camino al patio.
Como el patio daba hacia el otro lado del ataque, ninguno de los muertos vivos había intentando entrar por ahí, así que la puerta estaba intacta. Nos apuramos a destrabarla, cada disparo de escopeta era seguido por otro, cada vez más y más rápido, cada vez más y más desesperado. Tiramos todas las maderas, abrimos la puerta y corrimos a toda prisa, mientras que un último disparo ahogaba el último grito de Rodrigo, clavándose como un puñal en mi corazón, quedándose para siempre en mi memoria.
Nos metimos en las cloacas y tuvimos que arrastrarnos por el agua sucia, pero todo era mejor que enfrentar a los muertos vivos. Ya me dolían los brazos cuando encontramos la salida. Empuje la tapa, asomé la cabeza y reconocí el lugar al instante, estábamos a unos cuantos metros del patio de nuestra casa, la cual ahora se encontraba con todas las luces apagadas.
Lo primero que pensé fue en Sofía, necesitaba saber qué había pasado con ella. Ayudé a salir a todos y subí a ambos chicos a la espalda de Gabriel y Javier, de esa manera escaparían más rápido. Mientras, yo estaba pensando mi próximo movimiento, pero no había llegado a una decisión. ¿Qué haría? ¿Iría con los chicos a intentar salvar mi pellejo? ¿O volvería a la casa para buscarla a Sofía para escapar juntos?
Si decides ir en busca de Sofía, busca el título: “El péndulo de la muerte”
Si decides escapar con los chicos, busca el título: “La noche de la eterna oscuridad”
Enemigos
Me levanté y la levanté de un tirón, le dije que no moriríamos allí esa noche. Rápidamente bajamos la escalera, encontramos muchos asaltantes, así que fuimos para la escalera principal, aquella que da al living, pero también estaba repleto de caníbales. Volvimos, pero esta vez el destino fue el cuarto, ella me dijo que de ahí no habría escapatoria, pero yo le dije que tenía un plan.
Tiré de una soga en el techo para bajar la escalera del ático y luego subir, una vez arriba subí la escalera para que los visitantes no puedan subir. En el más absoluto de los silencios la abracé y le dije que tenga paciencia, que debíamos esperar a que se vayan. Yo sabía que eran tontos, así que era supuestamente no iban a estar toda la noche allí. Los siguientes minutos fueron perturbadores, se escuchaba como estas criaturas recorrían toda la casa y hacían todo tipo de sonidos, uno más asqueroso que el otro.
Los sentíamos merodear por debajo nuestro, en el cuarto, buscándonos desesperadamente y enojados por su fracaso. Un tiempo después, los sonidos empezaron a callar. Le dije a Sofía que se acueste y que intente conciliar el sueño, que yo la despertaría cuando sea seguro salir. Al poco tiempo yo también caí rendido al cansancio y despertamos varias horas después.
Estuvimos más de una hora en silencio intentando escuchar algo, pero no había nada, nada excepto silencio. Con mucho miedo bajé a ver si había algún visitante indeseado dando vueltas en la casa, pero por suerte no había nada. Le dije a Sofía que era seguro bajar, y luego nos fuimos para el living. La casa estaba en ruinas, completamente destruida, los caníbales se habían puesto muy violentos y habían destrozado todo a su paso.
Miré hacia fuera y no había señal de ninguno de ellos, estaba todo libre. Le dije a Sofía que era el momento para huir, ella me preguntó a dónde y yo le dije que a cualquier lado. Antes de salir probamos la televisión y los teléfonos por última vez, pero seguían sin funcionar. Tomamos un par de cosas, entre ellas comida y nos dirigimos para la puerta. El plan era correr lo más alejado posible de la ciudad, a donde no nos puedan encontrar.
Empezamos a correr a toda prisa y de repente algo a la distancia llamó mi atención, me acerqué sólo para comprobar que mis miedos estaban en lo cierto. En el suelo yacía muerto Gabriel, de boca hacia el suelo. Sofía se agachó y empezó a llorar mientras que yo seguí recorriendo con la vista aquellos pastizales, no pasó mucho antes de que encuentre a Javier a unos pocos metros.
Fui hasta donde estaba él y Sofía vino detrás mió, era horrible el estado en el que se encontraba. De repente escuchamos pasos detrás de nosotros acercándose lentamente. Nos dimos vuelta y lo vimos a Gabriel caminando en nuestra dirección, un poco torpe pero vivo. Sofía se paró y fue a su encuentro, yo noté algo raro e intenté detenerla, me paré para ir a buscarla mientras le gritaba que se aleje de Gabriel cuando sentí un tirón en la pierna. Miré y era Javier que estaba reteniéndome, imposibilitando que alcancé a Sofía.
No pude más que contemplar como Gabriel se abalanzaba sobre ella, mordiéndola una y otra vez, hasta que sus gritos y los míos se dejaron de escuchar.
El Dulce Aroma de la Muerte
La tomé de la mano y juntos fuimos a ver cómo estaban la cocina y el living. Lamentablemente ambos lugares estaban infestados de estos visitantes, la única escapatoria era a través de la ventana, pero probablemente la caída nos mataría o nos dejaría lesionados como para correr. Le expliqué la situación, pero ella la sabía mejor que yo. Le dije que confíe en mí, tomamos las maderas que quedaban y las herramientas. Fuimos para el cuarto y trabamos la puerta con todo lo que pudimos.
Luego, pusimos nuestra canción, aquella con la que bailamos el día que nos conocimos. La pusimos tan alto que los caníbales no se escuchaban. Fui al baño, abrí la canilla de la bañera, puse unas sales y deje que se llene. Mientras, busqué unas velas, las encendí y las puse alrededor de la bañera. Por último, rompí la llave de gas de la calefacción del baño, dejándola lo más abierta posible.
La fui a buscar a Sofía, nos metimos en el baño, cerré la puerta detrás mió y ambos nos sumergimos en el agua esperando lo inevitable, pero disfrutando cada momento. Le dije cuanto la amaba y lo mucho que agradecía su confianza, esa era la manera en la cual quería morir, a su lado.
En la tranquilidad del baño los caníbales no eran más que un mero recuerdo, en ese momento sólo estábamos nosotros dos, y nada más. Nosotros dos, el dulce aroma de la muerte, y nada más.
El Péndulo de la Muerte
No pude resistir, la quería demasiado para dejarla morir. Terminé de acomodar a los chicos en la espalda de mis amigos y les dije: “Perdón, pero deben continuar sin mí”, di media vuelta y corrí sin detenerme. Ellos gritaron varias veces por mí, pero no respondí ningún llamado, simplemente seguí mi camino. Una vez en el patio de nuestra casa, me subí por la escalera que daba a mi ventana, en ese momento no recordé que se hallaba bloqueada por maderas. Intenté romperlas pero no hubo caso, no pude entrar. Volví a bajar al patio, sabía que del otro lado estaban todos los muertos vivos, así que debía apurarme y bajo ningún concepto podía hacer ruido.
Pensé y pensé, hasta que se me ocurrió la manera perfecta para entrar. Con el cuchillo que me había dado Rodrigo desatornillé la entrada para el perro que se encontraba en la puerta que daba a la cocina, y luego, a través de ese espacio, rompí las maderas que bloqueaban el paso con patadas. Luego me escurrí por esa pequeña abertura y entré a la casa. Resistí mi impulso de gritar por Sofía y caminé sigilosamente hasta el living. En la misma ventana donde empezó todo estaban Marcelo y Jazmín, me alegró mucho encontrarlos ahí. Los llamé en voz baja pero no se daban vuelta, luego, a medida que me acercaba, los iba llamando un poco más fuerte, pero seguía sin haber respuesta. Todo eso me pareció demasiado sospechoso y me frené. Miré alrededor, la puerta estaba sin maderas, rota, abierta. Los muertos vivos habían estado allí. Inmediatamente comprendí que aquellos dos no eran mis amigos, se habían convertido en algo más.
A medida que mis lágrimas se esparcían por mi cara, subí las escaleras, esperando que Sofía haya tenido un mejor destino que aquellos dos. Recorrí toda la casa pero no la encontré, pensé que quizás había escapado o que quizás era uno de ellos y estaba en busca de comida, pensaba demasiadas cosas. Seguí caminando, volví a entrar en todas las habitaciones, baños, volví a recorrer todo nuevamente, sólo me faltaba volver a mirar el living.
Bajé lentamente, ellos seguían en el mismo lugar. Sin hacer ruido miré a todos los rincones pero no pude encontrarla, la oscuridad no ayudaba en lo más mínimo. Decidí salir, así que me dirigí a la puerta. Antes miré a ver dónde se encontraban los muertos vivos, ellos estaban avanzando al resto de las casas que se encontraban próximas a la nuestra, así que podía salir. Cuando estaba en ello, moví la puerta y, sorprendentemente, ese ruido fue el necesario para que mis antiguos amigos me encuentren con su mirada y vengan en mi búsqueda. Me apuré en salir, hice unos metros y me di vuelta para ver qué tan rápidos eran, sin embargo, me encontré con un paisaje aún peor.
Cuando miré hacia la puerta de entrada, noté que desde la ventana del primer piso se extendía una gruesa cuerda, con un nudo al final. Aquel nudo estaba enroscado en el cuello de mí, ahora, ahorcada novia, quien se balanceaba de un lado a otro, como el péndulo de un reloj, un péndulo de muerte.
Caí en mis rodillas, no podía creer lo que estaba viendo. Estaba completamente devastado. Mientras mi mirada se mantenía fija en ella, escuchaba el ruido que desprendían Marcelo y Jazmín al acercarse, ruido que no habían hecho antes, pero que seguramente estaría haciendo yo a la brevedad.
La Noche de la Eterna Oscuridad
Apreté los dientes, me odie a mi mismo y seguí camino con mis amigos. Sabía que jamás me perdonaría, pero también sabía que no había escapatoria en el caso de que regresara. Corrimos durante horas a través del campo, tanto que ni siquiera se podían ver las llamas de las casas prendidas fuego atrás nuestro. Los chicos ya casi habían dejado de llorar para rendirse al sueño, sin embargo, hay que reconocer que fueron muy valientes. Quizás el momento más difícil fue cuando preguntaron por Rodrigo, cosa que seguramente volverían a hacer al día siguiente, cuando se les haya pasado el shock de la noche que acababan de vivir.
Llegamos hasta una casa en el medio de la nada, había un hombre en la puerta que nos indicó que vayamos con él. Ninguno de nosotros quería ir, pero sabíamos que quizás era nuestra única oportunidad. Se presentó como Mario y nos dijo que tenía un refugio en donde podríamos estar a salvo y con comida por un buen tiempo. Entramos sin hacer demasiadas preguntas y nos sentamos en donde pudimos, estábamos exhaustos.
Resulta que Mario tenía una radio en el refugio, y se había enterado de todo lo que había pasado. Además, tenía varias armas y provisiones como para aguantar un largo tiempo. Nos relató los hechos que habían ocurrido. La corporación Umbrella había desarrollado el T-Virus que no sólo hacía más fuerte a un ser humado sino que además, imposibilitaba la muerte del mismo. El problema es que a los infectados que ya estaban muertos, los revivía, transformándolos en criaturas que sólo se movían por su necesidad de comer carne humana que no estuviera contaminada. Es por eso que el virus se contagia por saliva y los mordidos se volvían muertos vivos también.
Además, parece que esta corporación controlaba a todos los medios de comunicación y prohibió que la noticia se expanda más allá de ciertos detalles y en ciertos canales controlados. Lo que pasó es que la infección sobrepasó toda la capacidad de Umbrella y para cuando cerraron Raccoon City para su posterior destrucción, muchos muertos vivos ya habían escapado hacia otras ciudades y alrededores. Es por eso que todas las comunicaciones dejaron de funcionar, porque los muertos vivos tomaron el control, convirtieron a todos en uno de ellos. Sólo la minoría vino para estos lados.
Al escuchar esto, lo primero que pensé fue en cómo íbamos a sobrevivir, y si éste no sería el fin de la humanidad. Nos quedamos sentados escuchando a Mario, y viendo si podíamos enganchar alguna transmisión clandestina en la radio. Allá fuera no había nada, nada más que la noche, una noche sumergida en oscuridad. La noche más oscura en la historia de la humanidad, la noche de la eterna oscuridad.
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Muchas gracias por leerlo, espero que les haya gustado.
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Saludos!
Raccoon City
By Chebing
Estábamos en el cuarto descansando, acostados en la cama debajo de la ventana, mientras que Marcelo y Jazmín estaban en la cama contra la pared. Abajo, en el living, Gabriel y Javier cuidaban de los hijos de Rodrigo, mientras él tenía unos asuntos pendientes en la ciudad.
Caí en un profundo sueño, sin embargo, no puedo recordar qué fue lo que soñé, lo que sí recuerdo fue el sobresalto que tuve al momento de despertarme. Un grito desgarrador rompió mi trance y me asustó como nada lo había hecho hasta entonces. Rápidamente miré alrededor, Sofía seguía al lado mío y se notaba que también se había despertado con el grito. En el otro lado de la habitación, Marcelo parecía estar en las mismas condiciones que nosotros. De quien no había noticias era de Jazmín.
Marcelo se levantó de la cama y fue corriendo hacia abajo, Sofía y yo hicimos lo mismo. El living estaba a oscuras, y en un rincón, cerca de la ventana, Jazmín estaba tirada en el suelo, con su mano en el corazón. Al lado de ella se acomodó Marcelo, que le preguntaba qué había pasado. Sin importar cuán fuerte la movió y cuán fuerte le gritó, no pudo conseguir que Jazmín diga palabra alguna, sólo consiguió una seña, aunque eso sería suficiente para entender la situación.
Jazmín sólo atinó a señalar la ventana con su dedo índice, acto seguido Marcelo se asomó a ver qué pasaba. No pudimos resistir la curiosidad y con Sofía también nos acercamos al objeto de la discordia. Al principio no entendimos qué había asustado a Jazmín de esa manera, puesto que afuera estaba todo a oscuras y era muy difícil distinguir las siluetas que se veían a lo lejos. Pero luego, lo entendimos a la perfección.
En el suelo, a unos cincuenta metros aproximadamente, se encontraba nuestro vecino tirado boca arriba, y a su costado se encontraban dos personas más cuya identidad no pudimos reconocer. Al principio pensamos que él se había lastimado y que los desconocidos lo estaban ayudando, ya que parecía que le practicaban una suerte de resucitación, sin embargo, luego entendimos que no lo estaban intentando salvar, sino que lo estaban mordiendo.
Sofía cayó en el suelo, con la misma cara de perturbación que Jazmín, y Marcelo se quedó impactado, en estado de shock. Yo quise estar seguro de lo que veían mis ojos así que abrí muy lentamente la ventana y salí a través de ella, todo sin hacer ningún ruido. Fui gateando muy suavemente hasta poder comprender mejor la situación. No necesite acercarme mucho para poder distinguir las mandíbulas de estos caníbales arrancando pedazos de los intestinos y órganos del vecino. Contuve mis ganas de vomitar y volví a la casa, cerré la ventana detrás mió y empecé a rezar.
Lo primero que pensé fue en Gabriel y Javier, que estaban cuidando a los pequeños. Grité su nombre, los busqué por toda la casa, y nada, no estaban por ningún lado. Los llamé al celular pero no funcionaba la línea telefónica, intenté llamar a la policía pero el resultado fue el mismo. Sólo quedaba ir a buscarlos a la casa de Rodrigo, ya que seguramente habían ido a llevar a los chicos. Cuando estaba por salir, Sofía agarró mi brazo y me dijo que lo piense mejor, que no era seguro abandonar la casa, y que ellos volverían en cuanto pudieran. Yo no estaba de acuerdo y quise irme de todas maneras, sin embargo me di cuenta que allí también necesitaban mi ayuda, así que prometí darles una hora, y que si no volvían en ese tiempo, que los iría a buscar.
Nuestra desesperación nos llevó al galpón en busca de maderas y herramientas para trabar las puertas y ventanas. Nos repartimos las habitaciones y los materiales y empezamos con el trabajo. Un rato después, éste había concluido. Volví a probar suerte con la policía pero el resultado no varió, lo mismo pasó cuando probé con el celular de los muchachos. Luego encendimos la televisión tan sólo para aumentar nuestra preocupación.
De los ochenta canales que había para elegir, ninguno estaba transmitiendo. Algunos estaban con dificultades técnicas, otros decían que volvían en un momento, pero la mayoría presentaban una pantalla en negro. Fuimos a la computadora sólo para descubrir que tampoco andaba la Internet y miramos nuestros celulares para confirmar que estos no eran la excepción a la crisis de comunicación.
Volvimos al living para espiar a través de los espacios entre las maderas de las ventanas y así ver qué estaban haciendo esos caníbales. Para nuestra sorpresa no estaban ni ellos ni el cuerpo del vecino. Nos sentamos en el sofá y sin decir una palabra nos quedamos mirando al vacío, pensando en lo que sucedía. El disparo de una escopeta rompió nuestra concentración. Rápidamente volvimos a la ventana, esta vez el paisaje era completamente distinto.
Decenas de personas estaban caminando de una manera muy rara hacia la casa de los otros vecinos, quienes también habían cerrado sus puertas y ventanas y les disparaban a estos visitantes del infierno desde las terrazas y techos. Estos caníbales formaban un grupo muy numeroso que a medida que pasaba el tiempo iban ganando reclutas. Era cuestión de minutos hasta que lleguen a nuestra casa. Miré a mis amigos y les dije que debía ir a buscar a Gabriel y Javier antes de que sea demasiado tarde. Ellos me dijeron que era una tontería, que ellos probablemente estaban a salvo con Rodrigo y que si salía de la casa, que me matarían. Yo sabía que era un peligro, pero estos monstruos todavía no habían llegado a la casa de Rodrigo, y yo era muy ágil, tenía una buena chance de llegar hasta allí sin ser visto. Era cuestión de decidir mi próximo paso.
Si decides quedarte en la casa, busca el título: “La última resistencia”
Si decides ir en busca de Gabriel y Javier, busca el título: “La casa de los horrores”
La Última Resistencia
Decidí quedarme con ellos, pensé que Gabriel y Javier podrían defenderse solos. Seguimos mirando para afuera, vimos que los asaltantes no tenían ningún tipo de organización ni nada, que simplemente empleaban la fuerza bruta y que mientras más se acercaban a los vecinos, más se desesperaban.
Pensamos en conseguir armas para defendernos en el caso de que nos llegue el turno a nosotros, pero en mi casa no había ninguna. Entonces tuvimos que idear un plan de escape, ya que era imposible la resistencia. Sabíamos que en algún momento de la noche la madera cedería y nos entregaría a la muerte. Lo discutimos mucho tiempo, Jazmín se quería quedar ahí, Marcelo estaba indeciso y Sofía confiaba en mí, dijo que me seguiría a donde fuera.
Analizamos nuestro posible escape, la única posibilidad era por la puerta trasera, corriendo a toda prisa a campo abierto hasta llegar al bosque o a algún lugar seguro. Noté el miedo en la cara de todos al decir estas palabras. Nos quedamos callados pensando en lo que sería de nuestro futuro, luego fui a mirar a través de la ventana, a ver si podía observar algo que nos ayude a sobrevivir.
Para ese momento los caníbales habían rodeado la casa de Rodrigo y estaban golpeándola a más no poder, no resistiría mucho más. No sólo nos preocupamos por nuestros amigos sino también por nosotros, ya que la nuestra era la siguiente casa en la lista. Los apuré a tomar una decisión, era ahora o nunca, teníamos que reunir el coraje suficiente, salir a correr y esperar a que Dios nos ayude. Jazmín se cruzó de brazos y dijo que no iba a abandonar la casa, luego, Marcelo dijo que se quedaba con ella. La miré a Sofía y ella simplemente dijo que no había cambiado de parecer.
Le pregunté una vez más si estaba de acuerdo en correr y ella dijo que sí, pero que teníamos que apurarnos. Fuimos a sacar las maderas de la puerta trasera de la cocina para así escapar sin ser vistos. Habíamos aflojado la mayoría de las maderas cuando escuchamos golpes en la puerta principal, luego, Jazmín gritando a todo volumen. Corrimos hasta allí, los asaltantes habían roto las maderas mucho más rápido de lo que habíamos imaginado, y ya podíamos ver sus brazos a través de la puerta intentando agarrarnos. Había llegado el momento de actuar y no sabía que hacer, tomé del brazo a Sofía y fuimos a la cocina, la idea era escapar según lo planeado, sin embargo, los caníbales ya estaban adentro gracias a que nosotros habíamos aflojado muchas de las maderas. Subimos las escaleras y nos quedamos paralizados al escuchar los gritos de Marcelo y Jazmín, de inmediato supimos lo que había pasado. Sofía tomó mi mano y me dijo que me quería, yo le prometí que la sacaría de ahí con vida. Sólo debía pensar cómo.
Ella me dijo que quizás en vez de intentar escapar sería mejor tomarnos un tiempo para aceptar lo inevitable. Esas palabras retumbaron en mi cabeza: “Lo inevitable… lo inevitable”. No sabía que hacer pero sabía que debía decidirlo rápido.
Si decides intentar escapar, busca el título: “Enemigos”
Si decides quedarte, busca el título: “El dulce aroma de la muerte”
La Casa de los Horrores
Les dije que no podía quedarme, que debía ir en busca de nuestros amigos. Le pedí a Marcelo que se quede con las chicas y las cuide bien. Antes de irme me despedí con un abrazo de él y de Jazmín, a Sofía le di un beso, quizás nuestro último. Las instrucciones eran que en cuanto yo salga, ellos volverían a trabar la puerta lo más rápido posible, y que si llegaba a volver, que mi señal sería golpear tres veces, hacer una pausa y volver a golpear una vez más.
Quitamos las maderas, abrí la puerta, dije “chau” y sin mirar atrás corrí lo más rápido que jamás había corrido en mi vida. Por suerte la casa de Rodrigo estaba muy cerca. Aproveché para mirar lo que sucedía allá adelante, los malditos estaban destrozando las puertas de las casas de los vecinos y entrando a la fuerza. Se seguían escuchando estruendos y disparos por doquier, y ahora eran acompañados por pequeñas bombas molotov que eran preparadas en forma casera y a los apurones. Era un paisaje verdaderamente de la muerte, con gente suplicando por su vida, y con los pastizales prendidos fuego, no había mucha esperanza.
Llegué a la casa de Rodrigo, me metí por el patio e intenté abrir la puerta pero estaba trabada. Empecé a gritar y a tirarle piedras a las ventanas, rápidamente mis amigos me gritaron que en cuestión de segundos abrirían la puerta, que sólo debía resistir lo suficiente. Tardaron una eternidad pero al fin me dejaron entrar, me abracé con todos al verlos, lágrimas caían de mi cara, ellos me confesaron que pensaban que nosotros estábamos muertos, yo les dije que pensábamos lo mismo de ellos.
Recordamos que la puerta estaba abierta y pusimos unas maderas de inmediato, luego nos sentamos en el sillón y les pedí que relaten lo que había sucedido mientras los demás habíamos estado durmiendo. Al parecer en las noticias habían dicho que un virus muy peligroso, conocido con el nombre del T-Virus se había esparcido por la ciudad, y que ahora se encontraba en cuarentena. No podían decir mucho más por falta de datos, pero al parecer un par de infectados se habían escapado y estaban en los alrededores causando problemas a los vecinos. También decían que había que tener mucho cuidado, ya que los infectados eran muy peligrosos. Luego de escuchar eso, Gabriel y Javier llamaron a Rodrigo y le dijeron que vuelva de inmediato a su casa, que había un virus suelto y que era muy contagioso.
Entonces, una vez en la casa con los chicos, pusieron las noticias de nuevo, pero ningún canal funcionaba, como consecuencia intentaron llamarnos por teléfono para prevenirnos, pero las líneas estaban caídas. En un último intento por ayudarnos, Gabriel y Javier quisieron volver para la casa, pero cuando estaban a punto de salir vieron a los infectados comiendo al mismo vecino que habíamos visto nosotros. Entonces, por miedo y curiosidad, se quedaron viendo qué pasaba con él y el resultado fue escalofriante. Luego de comer todos sus intestinos, los infectados se fueron, y al poco tiempo, el vecino se levantó del suelo y empezó a caminar como ellos, balanceándose de un lado al otro, a poca velocidad y en una forma bastante torpe.
Fue ahí que comprendimos lo que estaba pasando. El virus se contagiaba a través de la mordida de una de esas criaturas, las cuales las bautizamos con el nombre de muertos vivos. Me levanté y fui hasta la ventana, no tenía mucha visión de lo que sucedía afuera, pero pude ver que habían dos o tres casas prendidas fuego, y que cada vez los muertos vivos eran más y más y no sólo eso, estaban a pocos metros de nuestra ubicación.
Miré a los demás, les dije que la casa no iba a soportar a tantos atacantes, y que en el transcurso de la noche, nosotros seríamos muertos vivos también. Le pregunté a Rodrigo si tenía armas en la casa, trajo una escopeta y dos cuchillos, yo tomé uno y Gabriel el otro, el dueño de la casa se quedó con el arma de fuego.
Estábamos contemplando un plan de acción cuando se escucharon golpes en las puertas y ventanas. Con cada minuto que pasaba los golpes aumentaban en cantidad y en fuerza, cada vez teníamos más muertos vivos circuncidando la casa. Javier fue a buscar a los niños, nos encontramos todos en la terraza. Fui a observar lo que pasaba alrededor, noté que había una forma de escapar, era por las cloacas que daban a unos metros afuera de la residencia de Rodrigo, pero para acceder a ellas debíamos ir a la planta baja y salir por el patio.
Comenté mi plan con el resto, todos estuvieron de acuerdo. Fuimos deprisa hacia el patio, mientras escuchábamos el ruido de la madera que ya no resistía más y se rendía ante los golpes desenfrenados de los muertos vivos. Estábamos a mitad de camino cuando se infiltraron en la casa, Rodrigo se paró y empezó a dispararles, nos dijo que nos apuremos, que él iba a ganar tiempo y después se encontraría con nosotros. Supe que era una mentira en ese preciso momento, pero también supe que no había tiempo para discutir, así que seguí con los chicos camino al patio.
Como el patio daba hacia el otro lado del ataque, ninguno de los muertos vivos había intentando entrar por ahí, así que la puerta estaba intacta. Nos apuramos a destrabarla, cada disparo de escopeta era seguido por otro, cada vez más y más rápido, cada vez más y más desesperado. Tiramos todas las maderas, abrimos la puerta y corrimos a toda prisa, mientras que un último disparo ahogaba el último grito de Rodrigo, clavándose como un puñal en mi corazón, quedándose para siempre en mi memoria.
Nos metimos en las cloacas y tuvimos que arrastrarnos por el agua sucia, pero todo era mejor que enfrentar a los muertos vivos. Ya me dolían los brazos cuando encontramos la salida. Empuje la tapa, asomé la cabeza y reconocí el lugar al instante, estábamos a unos cuantos metros del patio de nuestra casa, la cual ahora se encontraba con todas las luces apagadas.
Lo primero que pensé fue en Sofía, necesitaba saber qué había pasado con ella. Ayudé a salir a todos y subí a ambos chicos a la espalda de Gabriel y Javier, de esa manera escaparían más rápido. Mientras, yo estaba pensando mi próximo movimiento, pero no había llegado a una decisión. ¿Qué haría? ¿Iría con los chicos a intentar salvar mi pellejo? ¿O volvería a la casa para buscarla a Sofía para escapar juntos?
Si decides ir en busca de Sofía, busca el título: “El péndulo de la muerte”
Si decides escapar con los chicos, busca el título: “La noche de la eterna oscuridad”
Enemigos
Me levanté y la levanté de un tirón, le dije que no moriríamos allí esa noche. Rápidamente bajamos la escalera, encontramos muchos asaltantes, así que fuimos para la escalera principal, aquella que da al living, pero también estaba repleto de caníbales. Volvimos, pero esta vez el destino fue el cuarto, ella me dijo que de ahí no habría escapatoria, pero yo le dije que tenía un plan.
Tiré de una soga en el techo para bajar la escalera del ático y luego subir, una vez arriba subí la escalera para que los visitantes no puedan subir. En el más absoluto de los silencios la abracé y le dije que tenga paciencia, que debíamos esperar a que se vayan. Yo sabía que eran tontos, así que era supuestamente no iban a estar toda la noche allí. Los siguientes minutos fueron perturbadores, se escuchaba como estas criaturas recorrían toda la casa y hacían todo tipo de sonidos, uno más asqueroso que el otro.
Los sentíamos merodear por debajo nuestro, en el cuarto, buscándonos desesperadamente y enojados por su fracaso. Un tiempo después, los sonidos empezaron a callar. Le dije a Sofía que se acueste y que intente conciliar el sueño, que yo la despertaría cuando sea seguro salir. Al poco tiempo yo también caí rendido al cansancio y despertamos varias horas después.
Estuvimos más de una hora en silencio intentando escuchar algo, pero no había nada, nada excepto silencio. Con mucho miedo bajé a ver si había algún visitante indeseado dando vueltas en la casa, pero por suerte no había nada. Le dije a Sofía que era seguro bajar, y luego nos fuimos para el living. La casa estaba en ruinas, completamente destruida, los caníbales se habían puesto muy violentos y habían destrozado todo a su paso.
Miré hacia fuera y no había señal de ninguno de ellos, estaba todo libre. Le dije a Sofía que era el momento para huir, ella me preguntó a dónde y yo le dije que a cualquier lado. Antes de salir probamos la televisión y los teléfonos por última vez, pero seguían sin funcionar. Tomamos un par de cosas, entre ellas comida y nos dirigimos para la puerta. El plan era correr lo más alejado posible de la ciudad, a donde no nos puedan encontrar.
Empezamos a correr a toda prisa y de repente algo a la distancia llamó mi atención, me acerqué sólo para comprobar que mis miedos estaban en lo cierto. En el suelo yacía muerto Gabriel, de boca hacia el suelo. Sofía se agachó y empezó a llorar mientras que yo seguí recorriendo con la vista aquellos pastizales, no pasó mucho antes de que encuentre a Javier a unos pocos metros.
Fui hasta donde estaba él y Sofía vino detrás mió, era horrible el estado en el que se encontraba. De repente escuchamos pasos detrás de nosotros acercándose lentamente. Nos dimos vuelta y lo vimos a Gabriel caminando en nuestra dirección, un poco torpe pero vivo. Sofía se paró y fue a su encuentro, yo noté algo raro e intenté detenerla, me paré para ir a buscarla mientras le gritaba que se aleje de Gabriel cuando sentí un tirón en la pierna. Miré y era Javier que estaba reteniéndome, imposibilitando que alcancé a Sofía.
No pude más que contemplar como Gabriel se abalanzaba sobre ella, mordiéndola una y otra vez, hasta que sus gritos y los míos se dejaron de escuchar.
El Dulce Aroma de la Muerte
La tomé de la mano y juntos fuimos a ver cómo estaban la cocina y el living. Lamentablemente ambos lugares estaban infestados de estos visitantes, la única escapatoria era a través de la ventana, pero probablemente la caída nos mataría o nos dejaría lesionados como para correr. Le expliqué la situación, pero ella la sabía mejor que yo. Le dije que confíe en mí, tomamos las maderas que quedaban y las herramientas. Fuimos para el cuarto y trabamos la puerta con todo lo que pudimos.
Luego, pusimos nuestra canción, aquella con la que bailamos el día que nos conocimos. La pusimos tan alto que los caníbales no se escuchaban. Fui al baño, abrí la canilla de la bañera, puse unas sales y deje que se llene. Mientras, busqué unas velas, las encendí y las puse alrededor de la bañera. Por último, rompí la llave de gas de la calefacción del baño, dejándola lo más abierta posible.
La fui a buscar a Sofía, nos metimos en el baño, cerré la puerta detrás mió y ambos nos sumergimos en el agua esperando lo inevitable, pero disfrutando cada momento. Le dije cuanto la amaba y lo mucho que agradecía su confianza, esa era la manera en la cual quería morir, a su lado.
En la tranquilidad del baño los caníbales no eran más que un mero recuerdo, en ese momento sólo estábamos nosotros dos, y nada más. Nosotros dos, el dulce aroma de la muerte, y nada más.
El Péndulo de la Muerte
No pude resistir, la quería demasiado para dejarla morir. Terminé de acomodar a los chicos en la espalda de mis amigos y les dije: “Perdón, pero deben continuar sin mí”, di media vuelta y corrí sin detenerme. Ellos gritaron varias veces por mí, pero no respondí ningún llamado, simplemente seguí mi camino. Una vez en el patio de nuestra casa, me subí por la escalera que daba a mi ventana, en ese momento no recordé que se hallaba bloqueada por maderas. Intenté romperlas pero no hubo caso, no pude entrar. Volví a bajar al patio, sabía que del otro lado estaban todos los muertos vivos, así que debía apurarme y bajo ningún concepto podía hacer ruido.
Pensé y pensé, hasta que se me ocurrió la manera perfecta para entrar. Con el cuchillo que me había dado Rodrigo desatornillé la entrada para el perro que se encontraba en la puerta que daba a la cocina, y luego, a través de ese espacio, rompí las maderas que bloqueaban el paso con patadas. Luego me escurrí por esa pequeña abertura y entré a la casa. Resistí mi impulso de gritar por Sofía y caminé sigilosamente hasta el living. En la misma ventana donde empezó todo estaban Marcelo y Jazmín, me alegró mucho encontrarlos ahí. Los llamé en voz baja pero no se daban vuelta, luego, a medida que me acercaba, los iba llamando un poco más fuerte, pero seguía sin haber respuesta. Todo eso me pareció demasiado sospechoso y me frené. Miré alrededor, la puerta estaba sin maderas, rota, abierta. Los muertos vivos habían estado allí. Inmediatamente comprendí que aquellos dos no eran mis amigos, se habían convertido en algo más.
A medida que mis lágrimas se esparcían por mi cara, subí las escaleras, esperando que Sofía haya tenido un mejor destino que aquellos dos. Recorrí toda la casa pero no la encontré, pensé que quizás había escapado o que quizás era uno de ellos y estaba en busca de comida, pensaba demasiadas cosas. Seguí caminando, volví a entrar en todas las habitaciones, baños, volví a recorrer todo nuevamente, sólo me faltaba volver a mirar el living.
Bajé lentamente, ellos seguían en el mismo lugar. Sin hacer ruido miré a todos los rincones pero no pude encontrarla, la oscuridad no ayudaba en lo más mínimo. Decidí salir, así que me dirigí a la puerta. Antes miré a ver dónde se encontraban los muertos vivos, ellos estaban avanzando al resto de las casas que se encontraban próximas a la nuestra, así que podía salir. Cuando estaba en ello, moví la puerta y, sorprendentemente, ese ruido fue el necesario para que mis antiguos amigos me encuentren con su mirada y vengan en mi búsqueda. Me apuré en salir, hice unos metros y me di vuelta para ver qué tan rápidos eran, sin embargo, me encontré con un paisaje aún peor.
Cuando miré hacia la puerta de entrada, noté que desde la ventana del primer piso se extendía una gruesa cuerda, con un nudo al final. Aquel nudo estaba enroscado en el cuello de mí, ahora, ahorcada novia, quien se balanceaba de un lado a otro, como el péndulo de un reloj, un péndulo de muerte.
Caí en mis rodillas, no podía creer lo que estaba viendo. Estaba completamente devastado. Mientras mi mirada se mantenía fija en ella, escuchaba el ruido que desprendían Marcelo y Jazmín al acercarse, ruido que no habían hecho antes, pero que seguramente estaría haciendo yo a la brevedad.
La Noche de la Eterna Oscuridad
Apreté los dientes, me odie a mi mismo y seguí camino con mis amigos. Sabía que jamás me perdonaría, pero también sabía que no había escapatoria en el caso de que regresara. Corrimos durante horas a través del campo, tanto que ni siquiera se podían ver las llamas de las casas prendidas fuego atrás nuestro. Los chicos ya casi habían dejado de llorar para rendirse al sueño, sin embargo, hay que reconocer que fueron muy valientes. Quizás el momento más difícil fue cuando preguntaron por Rodrigo, cosa que seguramente volverían a hacer al día siguiente, cuando se les haya pasado el shock de la noche que acababan de vivir.
Llegamos hasta una casa en el medio de la nada, había un hombre en la puerta que nos indicó que vayamos con él. Ninguno de nosotros quería ir, pero sabíamos que quizás era nuestra única oportunidad. Se presentó como Mario y nos dijo que tenía un refugio en donde podríamos estar a salvo y con comida por un buen tiempo. Entramos sin hacer demasiadas preguntas y nos sentamos en donde pudimos, estábamos exhaustos.
Resulta que Mario tenía una radio en el refugio, y se había enterado de todo lo que había pasado. Además, tenía varias armas y provisiones como para aguantar un largo tiempo. Nos relató los hechos que habían ocurrido. La corporación Umbrella había desarrollado el T-Virus que no sólo hacía más fuerte a un ser humado sino que además, imposibilitaba la muerte del mismo. El problema es que a los infectados que ya estaban muertos, los revivía, transformándolos en criaturas que sólo se movían por su necesidad de comer carne humana que no estuviera contaminada. Es por eso que el virus se contagia por saliva y los mordidos se volvían muertos vivos también.
Además, parece que esta corporación controlaba a todos los medios de comunicación y prohibió que la noticia se expanda más allá de ciertos detalles y en ciertos canales controlados. Lo que pasó es que la infección sobrepasó toda la capacidad de Umbrella y para cuando cerraron Raccoon City para su posterior destrucción, muchos muertos vivos ya habían escapado hacia otras ciudades y alrededores. Es por eso que todas las comunicaciones dejaron de funcionar, porque los muertos vivos tomaron el control, convirtieron a todos en uno de ellos. Sólo la minoría vino para estos lados.
Al escuchar esto, lo primero que pensé fue en cómo íbamos a sobrevivir, y si éste no sería el fin de la humanidad. Nos quedamos sentados escuchando a Mario, y viendo si podíamos enganchar alguna transmisión clandestina en la radio. Allá fuera no había nada, nada más que la noche, una noche sumergida en oscuridad. La noche más oscura en la historia de la humanidad, la noche de la eterna oscuridad.
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