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Regreso - Cuento

Arte•Fecha desconocida
REGRESO Con su agudo oído atento a cada una de sus huellas perdidas en el horizonte, la silueta de su bosque se dibujó al fin en la distancia apenas bajo destellos de luna. La furtiva mirada volvía sobre su espalda constantemente haciendo que tropezara cada pocos pasos y el cansancio lo hacia renguear sin heridas. Por su mente confundida no se cruzó la idea de regresar ni de detenerse; tampoco pensaba en avanzar, pero no dejaba de hacerlo. La tierra lo llamaba, su origen lo empujaba a caminar, alejarse, huir. Arrastrándose logró refugiarse bajo los árboles, oculto en las sombras sin más compañía que su mente y sólo los latidos en su pecho rompiendo el silencio. Se dejó caer, sintiéndose al fin seguro en terreno conocido aunque largamente abandonado. Disfrutó del aire frío y cortante sobre su piel, llenó sus pulmones con olor a tierra y abrazó el silencio inabarcable con sus oídos. No pudo dormir. No pretendía hacerlo. Sabía que era demasiado pronto, que necesitaría algún tiempo para adaptarse a su vieja vida otra vez, pero no tenía apuro; ahora su tiempo volvía a ser propio. Abrigado por las sombras recordó la noche en la que había decidido correr tras una estrella. Al menos, el momento en que simplemente abandonó su bosque para hacerlo, hay cosas que no se deciden y esa era una de ellas. Casi sin darse cuenta, había caminado hasta estar junto a la entrada del circo de los hombres. Cuando reaccionó, sólo atinó a retroceder con un salto asustado. Aunque no sabía cómo había llegado hasta ese sitio que nunca había intentado pisar, algo desde adentro lo llamaba. Husmeó por los alrededores un buen rato antes de atreverse a ingresar, atraído por el calor que se le prometía adentro. Sabía que era su destino entrar allí tarde o temprano; es lo que se espera de todos y pocos se niegan sin arrepentirse. Titubeante, finalmente se deslizó dentro de la carpa que sería su hogar por un tiempo y por la cual olvidaría su bosque. Un lecho mullido y el calor del fuego lo hicieron sentir tan cómodo que no sólo no le molestaban las cadenas, además él mismo se ató con ellas. Se acostumbró a hacer lo que esperaba el público del circo y el circo mismo, aunque algo desde adentro le susurrara que no duraría. Por las noches soñaba que corría en el bosque bajo la mirada indiferente de las estrellas y la luna, pero al amanecer lo olvidaba bajo el ruido de la alegría y la comodidad. Como esperaba, no duró por siempre. El circo de los hombres dejó de interesarle y su mirada volvió a perderse en la distancia, añorando su antiguo hogar. Las cadenas nunca le pesaron ni las jaulas lo ahogaron, pero ocasionalmente se escapaba a echarse en la hierba y aullar a la luna en secreto, añorando su soledad. Aunque siempre regresaba, cada vez se le hacía más difícil. Porque, aunque había sido feliz bajo la carpa y abrigado en su calor, su corazón volvía siempre a la montaña donde había vivido siempre solitario. El domador no tardó en notar que su felicidad se apagaba y, aunque intentó revivir para él lo que lo había hecho entrar allí, no lo detuvo cuando necesitó alejarse. Sabía que su alma se había alejado tiempo antes que su cuerpo, que se negaba a abandonar las comodidades y el calor para volver al frío refugio bajo los árboles, por lo que le abrió la puerta para que se decidiera a marcharse pero sin atreverse a echarlo fuera. Despertó cuando un rayo de sol se filtró hasta sus párpados, rasgando el frío de la noche. Se incorporó, algo indeciso, sin estar seguro de cómo seguir adelante. Aunque cada tanto creía sentir entre sus patas las cadenas que lo habían abrigado y las extrañaba, sabía que no era su momento. Algún día volvería, seguramente. Quizás incluso buscaría bajo la carpa al mismo viejo domador, pero no podía saberlo ni le interesaba demasiado en ese momento. Pasó el día buscando a su manada, imaginando como sería el reencuentro. Las bestias del bosque solitario le contaron que muchos habían partido corriendo estrellas como él mismo había hecho y ninguno había vuelto aún e imaginó que seguirían cumpliendo el rol que se espera de ellos en el circo de los hombres. El lobo volvió a su bosque, a la vida solitaria que su naturaleza siempre lo empujó. Volvió a disfrutar del silencio, recordando con cariño el calor y sus cadenas. Y por las noches aullar a su amante la luna, llorando por su soledad, la que lo llama y él extraña cada vez que se aleja; la que lo envuelve en sombras y lo oculta del mundo que no lo busca; de la que huye apuñalado igual que huye del sol y las estrellas perseguidas. Regresó al bosque melancólico. Todas sus criaturas regresan cada tanto. Unos pocos (siempre lobos) no desean irse. No les interesa jugar en el circo su rol para que todos miren. Sin embargo, es también su destino. Tarde o temprano, de tanto aullar a la luna ella se compadece y le entrega una estrella para perseguir. FUENTE http://limaduracerebral.blogspot.com
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