Como andan manga de virgos ? bueno yo bien y hoy les traigo un post sobre uno de mis escritores favoritos asi que dejen cargar bien todo y si le ponen onda pienso hacer alguno de poe y de king asi que EMPEZEMOS !!
Howard Philips Lovecraft....
(Providence, 1890 - 1937) Escritor estadounidense. Maestro indiscutible de la literatura fantástica, su obra rebasa en realidad la confluencia de géneros como la literatura de terror y la ciencia ficción hasta cristalizar en una narrativa única que recrea una mitología terrorífica de seres de un inframundo paralelo. Los paisajes de la naturaleza de su región natal, Nueva Inglaterra, influyeron en su temperamento fantasioso y melancólico. Desde niño se formó en lecturas mitológicas, en la astronomía y en las ciencias. En 1919 leyó la obra de Lord Dunsany, que lo marcó sensiblemente; lo mismo le ocurrió con Edgar Allan Poe y Arthur Machen. La mayor parte de sus obras fue publicada en la revista Weird Tales.
Cuentos cortos :
Si preferis leer algunos pone esta musica de fondo :
Aire frío:
Cool Air; H.P. Lovecraft (1890-1937)
Me piden que explique por qué temo las corrientes de aire frío, por qué tiemblo más que otros al entrar en una habitación fría. Parece como si sintiera náuseas y repulsión cuando el fresco viento del ocaso se desliza entre la calurosa atmósfera de un apacible día otoñal. Según algunos, reacciono frente al frío como otros lo hacen frente a los malos olores, impresión que no negaré. Lo que haré es referir el caso más espeluznante que me ha sucedido, para que ustedes juzguen en consecuencia si constituye o no una razonada explicación de esta particularidad.
Es una equivocación creer que el horror se asocia íntimamente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo lo sentí en plena tarde, en pleno ajetreo de la gran urbe y en medio del bullicio propio de una destartalada y modesta pensión, en compañía de una prosaica patrona y dos fornidos hombres. En la primavera de 1923 había conseguido un trabajo rutinario y mal pago en una revista de la ciudad de Nueva York; y viéndome imposibilitado de pagar un sustancioso alquiler, me mudé de una pensión barata a otra que reuniera las cualidades mínimas limpieza, un mobiliario decente y un precio lo más razonable posible. Pronto comprobé que no quedaba más remedio que elegir entre soluciones malas, pero tras algún tiempo recalé en una casa situada en la calle Catorce Oeste que me desagradó bastante menos que las otras en que me había alojado hasta entonces.
El lugar en cuestión era una mansión de piedra rojiza de cuatro pisos, que debía datar de finales de la década de 1840, y provista de mármol, cuyo herrumboso y descolorido esplendor era muestra de la exquisita opulencia que debió tener en otras épocas. En las habitaciones, amplias y de techo alto, empapeladas con el peor gusto, había un persistente olor a humedad y a dudosa cocina. Pero los suelos estaban limpios, la ropa de cama podía pasar y el agua caliente apenas se cortaba o enfriaba, de forma que llegué a considerarlo como un lugar cuando menos soportable para hibernar hasta el día en que pudiera volver realmente a vivir. La patrona, una desaliñada y casi barbuda mujer española apellidada Herrero, no me importunaba con habladurías ni se quejaba cuando dejaba encendida la luz hasta altas horas en el vestíbulo de mi tercer piso; y mis compañeros de pensión eran tan pacíficos y poco comunicativos como desearía, tipos toscos, españoles en su mayoría, apenas con el menor grado de educación. Sólo el estrépito de los coches que circulaban por la calle constituía una auténtica molestia.
Llevaría allí unas tres semanas cuando se produjo el primer extraño incidente. Una noche, a eso de las ocho, oí como si cayeran gotas en el suelo y de repente advertí que llevaba un rato respirando el acre olor característico del amoníaco. Tras echar una mirada a mi alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteaba; la humedad procedía, al parecer, de un ángulo de la fachada que daba a la calle. Deseoso de cortarla en su origen, me dirigí apresuradamente a la planta baja para decírselo a la patrona, quien me aseguró que el problema se solucionaría de inmediato.
—El doctor Muñoz —dijo en voz alta mientras corría escaleras arriba delante de mí—, ha debido derramar algún producto químico. Está demasiado enfermo para cuidar de sí mismo, cada día que pasa está más enfermo, pero no quiere que nadie lo asista. Tiene una enfermedad muy extraña. Todo el día se lo pasa tomando baños de un olor espantoso y no puede excitarse ni acalorarse. El mismo se hace la limpieza; su pequeña habitación está llena de botellas y de máquinas, y no ejerce de médico. Pero en otros tiempos fue famoso, mi padre oyó hablar de él en Barcelona, y no hace mucho le curó al fontanero un brazo que se había herido en un accidente. Jamás sale. Todo lo más se le ve de vez en cuando en la terraza, y mi hijo Esteban le lleva a la habitación la comida, la ropa limpia, las medicinas y los preparados químicos. ¡Dios mío, hay que ver la sal de amoníaco que gasta ese hombre para estar siempre fresco!
La señora Herrero desapareció por la escalera, y yo volví a mi habitación. El amoníaco dejó de gotear y, mientras recogía el que se había vertido y abría la ventana para que entrase el aire, oí arriba los macilentos pasos de la patrona. Nunca había oído hablar al doctor Muñoz, a excepción de ciertos sonidos que parecían más bien propios de un motor de gasolina. Su andar era calmo y apenas perceptible. Por unos instantes me pregunté qué extraña dolencia podía tener aquel hombre, y si su obstinada negativa a cualquier auxilio proveniente del exterior no sería sino el resultado de una extravagancia sin fundamento aparente. Hay, se me ocurrió pensar, un tremendo pathos en el estado de aquellas personas que en algún momento de su vida han ocupado una posición alta y posteriormente la han perdido.
Tal vez no hubiera nunca conocido nunca al doctor Muñoz, de no haber sido por el ataque al corazón que de repente sufrí una mañana mientras escribía en mi habitación. Los médicos me habían advertido del peligro que corría si me sobrevenían tales accesos, y sabía que no había tiempo que perder. Así pues, recordando lo que la patrona había dicho acerca de los cuidados prestados por aquel enfermo al obrero herido, me arrastré como pude hasta el piso superior y llamé débilmente a la puerta. Mis golpes fueron contestados en buen inglés por una extraña voz, situada a cierta distancia a la derecha de la puerta, que preguntó cuál era mi nombre y el objeto de mi visita; aclarados ambos puntos, se abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.
Un soplo de aire frío salió a recibirme a manera de saludo, y aunque era uno de esos días calurosos de finales de junio, me puse a tiritar al traspasar el umbral de una amplio cuarto, cuya elegante decoración me sorprendió. Una cama plegable desempeñaba ahora su diurno papel de sofá, y los muebles de caoba, lujosas cortinas, antiguos cuadros y añejas estanterías hacían pensar más en le estudio de un señor de buena crianza que en la habitación de una casa de huéspedes. Pude ver que el vestíbulo que había encima del mío, llena de botellas y máquinas a la que se había referido la dueña, no era sino el laboratorio del doctor, y que la principal habitación era la espaciosa pieza contigua a éste cuyos confortables nichos y amplio cuarto de baño le permitían ocultar todos los aparadores y engorrosos ingenios utilitarios. El doctor Muñoz, no cabía duda, era todo un caballero culto y refinado.
La figura que tenía ante mí era de estatura baja pero extraordinariamente bien proporcionada, y llevaba un traje formal. Un rostro de nobles facciones, de expresión firme aunque no arrogante, adornada por una recortada barba de color gris metálico, y unos anticuados quevedos que protegían unos oscuros y grandes ojos coronando una nariz aguileña, conferían un toque moruno a una fisonomía por lo demás predominante celtibérica. El abundante y bien cortado pelo, que era prueba de puntuales visitas al barbero, estaba partido con gracia por una raya encima de su respetable frente. Su aspecto general sugería una inteligencia fuera de lo corriente y una crianza y educación excelente.
No obstante, al ver al doctor Muñoz en medio de aquella ráfaga de aire frío, sentí una repugnancia que nada en su aspecto podía justificar. Sólo la palidez de su tez y la extrema frialdad de su tacto podrían haber proporcionado un fundamento físico para semejante sensación, e incluso ambos defectos eran excusables habida cuenta de la enfermedad que padecía aquel hombre. Mi desagradable impresión pudo deberse a aquel extraño frío, pues no tenía nada de normal en un día tan caluroso, y lo anormal suscita siempre aversión, desconfianza y miedo.
Pero la repugnancia cedió ante la admiración, pues las extraordinarias dotes de aquel singular médico se pusieron al punto de manifiesto a pesar de aquellas heladas y temblorosas manos por las que parecía no circular sangre. Le bastó una mirada para saber lo que me pasaba, siendo sus auxilios de una destreza magistral. Al tiempo, me tranquilizaba con una voz finamente modulada, aunque hueca y carente de todo timbre, diciéndome que él era el más implacable enemigo de la muerte, y que había gastado su fortuna personal y perdido a todos sus amigos por dedicarse toda su vida a extraños experimentos para hallar la forma de detener y extirpar la muerte. Algo de benevolente fanatismo parecía advertirse en aquel hombre, mientras seguía hablando en un tono casi locuaz al tiempo que me auscultaba el pecho y mezclaba las drogas que había cogido de la pequeña habitación destinada a laboratorio hasta conseguir la dosis debida. Evidentemente, la compañía de un hombre educado debió parecerle una rara novedad en aquel miserable antro, de ahí que se lanzara a hablar más de lo acostumbrado a medida que rememoraba tiempos mejores.
Su voz tenía un efecto sedante; y ni siquiera pude percibir su respiración mientras las fluidas frases salían con exquisito esmero de su boca. Trató de distraerme de mis preocupaciones hablándome de sus teorías y experimentos, y recuerdo con qué tacto me consoló acerca de mi frágil corazón insistiendo en que la voluntad y la conciencia son más fuertes que la vida orgánica. Decía que si lograba mantenerse saludable y en buen estado el cuerpo, se podía, mediante la ciencia de la voluntad y la conciencia, conservar una especie de vida nerviosa, cualesquiera que fuesen los graves defectos, disminuciones o incluso ausencias de órganos específicos que se sufrieran. Algún día, me dijo medio en broma, me enseñaría cómo vivir, o al menos a llevar una cierta existencia consciente ¡sin corazón! Por su parte, sufría de una serie dolencias que le obligaban a seguir un régimen muy estricto, que incluía la necesidad de estar expuesto constantemente al frío. Cualquier aumento apreciable de la temperatura podía, caso de prolongarse, afectarle fatalmente; y había logrado mantener el frío que reinaba en su estancia, de unos 11 a 12 grados, gracias a un sistema absorbente de enfriamiento por amoníaco, cuyas bombas eran accionadas por el motor de gasolina que con tanta frecuencia oía desde mi habitación situada justo debajo.
Recuperado del ataque en un tiempo extraordinariamente breve, salí de aquel lugar helado convertido en ferviente discípulo y devoto del genial recluso. A partir de ese día, le hice frecuentes visitas siempre con el abrigo puesto. Le escuchaba atentamente mientras hablaba de investigaciones y resultados casi escalofriantes, y un estremecimiento se apoderó de mí al examinar los singulares y sorprendentes volúmenes antiguos que se alineaban en las estanterías de su biblioteca. Debo añadir que me encontraba ya casi completamente curado de mi dolencia, gracias a sus acertados remedios. Al parecer, el doctor Muñoz no desdeñaba los conjuros de los medievalistas, pues creía que aquellas fórmulas crípticas contenían raros estímulos psicológicos que bien podrían tener efectos indecibles sobre la sustancia de un sistema nervioso en el que ya no se dieran pulsaciones orgánicas. Me impresionó lo que me contó del anciano doctor Torres, de Valencia, con quien realizó sus primeros experimentos y que le atendió a él en el curso de la grave enfermedad que padeció 18 años atrás, y de la que procedían sus actuales trastornos, al poco tiempo de salvar a su colega, el anciano médico sucumbió víctima de la gran tensión nerviosa a que se vió sometido.
A medida que transcurrían las semanas, observé con dolor que el aspecto físico de mi amigo iba desmejorándose, lenta pero irreversiblemente, tal como me había dicho la señora Herrero. Se intensificó el lívido aspecto de su semblante, su voz se hizo más hueca e indistinta, sus movimientos musculares perdían coordinación y su cerebro y voluntad desplegaban menos flexibilidad e iniciativa. El doctor Muñoz parecía darse perfecta cuenta del empeoramiento, y poco a poco su expresión y conversación fueron adquiriendo un matiz de horrible ironía que me hizo recobrar algo de la indefinida repugnancia que experimenté al conocerle. El doctor Muñoz adquirió con el tiempo extraños caprichos, aficionándose a las especias exóticas y al incienso egipcio, hasta el punto de que su habitación se impregnó de un olor semejante al de la tumba de los faraones. Al mismo tiempo, su necesidad de aire frío fue en aumento, y, con mi ayuda, amplió los conductos de amoníaco de su habitación y transformó las bombas y sistemas de alimentación de la máquina de refrigeración hasta lograr que la temperatura descendiera a un punto entre uno y cuatro grados, y, finalmente, incluso a dos bajo cero; el cuarto de baño y el laboratorio conservaban una temperatura algo más alta, a fin de que el agua no se helara y pudieran darse los procesos químicos. El huésped que habitaba en la habitación contigua se quejó del aire glacial que se filtraba a través de la puerta de comunicación, así que tuve que ayudar al doctor a poner unos tupidos cortinajes para solucionar el problema. Una especie de creciente horror, desmedido y morboso, pareció apoderarse de él. No cesaba de hablar de la muerte, pero estallaba en sordas risas cuando, en le curso de la conversación, se aludía con suma delicadeza a cosas como los preparativos para el entierro o los funerales.
Con el tiempo, el doctor acabó convirtiéndose en una desconcertante y desagradable compañía. Pero, en mi gratitud por haberme curado, no podía abandonarle en manos de los extraños que le rodeaban, así que tuve buen cuidado de limpiar su habitación y atenderle en sus necesidades cotidianas. Asimismo, le hacía sus compras, aunque no salía de mi estupor ante algunos de los artículos que me encargaba comprar en las farmacias y almacenes de productos químicos.
Una creciente e indefinible atmósfera de pánico parecía desprenderse de su cuarto. La casa entera, como ya he dicho, despedía un olor a humedad; pero el olor de las habitaciones del doctor Muñoz era aún peor, y, no obstante las especias, el incienso y el acre, perfume de los productos químicos de los ahora incesantes baños (que insistía en tomar sin asistencia), comprendí que aquel olor debía guardar relación con su enfermedad, y me estremecí al pensar cual podría ser. La señora Herrero se santiguaba cada vez que se cruzaba con él, y finalmente lo abandonó por entero en mis manos, no dejando siquiera que su hijo Esteban siguiese haciéndole los recados. Cuando yo le sugería la conveniencia de avisar a otro médico, el paciente montaba en cólera. Temía sin duda el efecto físico de una violenta emoción, pero su voluntad y coraje crecían en lugar de menguar, negándose a acostarse. La lasitud de los primeros días de su enfermedad dio paso a un retorno de su vehemente ánimo, hasta el punto de que parecía desafiar a gritos al demonio de la muerte aun cuando corriese el riesgo de que el tradicional enemigo se apoderase de él. Dejó prácticamente de comer, algo que curiosamente siempre dio la impresión de ser una formalidad en él, y sólo la energía mental que le restaba parecía librarle del colapso definitivo.
Adquirió la costumbre de escribir largos documentos, que sellaba con cuidado y llenaba de instrucciones para que a su muerte los remitiera yo a sus destinatarios. Estos eran en su mayoría de las Indias Occidentales, pero entre ellos se encontraba un médico francés famoso en otro tiempo y al que ahora se daba por muerto, y del que se decían las cosas más increíbles. Pero lo que hice en realidad, fue quemar todos los documentos antes de enviarlos o abrirlos. El aspecto y la voz del doctor Muñoz se volvieron absolutamente espantosos y su presencia casi insoportable. Un día de septiembre, una inesperada mirada suscitó una crisis epiléptica en un hombre que había venido a reparar la lámpara eléctrica de su mesa de trabajo, ataque éste del que se recuperó gracias a las indicaciones del doctor mientras se mantenía lejos de su vista. Aquel hombre, harto sorprendentemente, había vivido los horrores de la gran guerra sin sufrir tamaña sensación de terror.
Un día, a mediados de octubre, sobrevino el horror de los horrores de forma repentina. Una noche se rompió la bomba de la máquina de refrigeración, por lo que pasadas tres horas resultó imposible mantener el proceso de enfriamiento del amoníaco. El doctor Muñoz me avisó dando golpes en el suelo, y yo hice lo imposible por repara la avería, mientras mi vecino no cesaba de lanzar imprecaciones. Mis esfuerzos resultaron inútiles; y cuando al cabo de un rato me presenté con un mecánico de un garaje nocturno cercano, comprobamos que nada podía hacerse hasta la mañana siguiente, pues hacía falta un nuevo pistón. La rabia y el pánico del moribundo ermitaño adquirieron proporciones grotescas, dando la impresión de que fuera a quebrarse lo que quedaba de su debilitado físico, hasta que en un momento dado un espasmo le obligó a llevarse las manos a los ojos y precipitarse hacia el cuarto de baño. Salió de allí a tientas con el rostro fuertemente vendado y ya no volví a ver sus ojos.
El frío reinante en la estancia empezó a disminuir de forma apreciable y a eso de las cinco de la mañana el doctor se retiró al cuarto de baño, al tiempo que me encargaba le procurase todo el hielo que pudiera conseguir en las tiendas y cafeterías abiertas durante la noche. Cada vez que regresaba da alguna de mis desalentadoras correrías y dejaba el botín delante de la puerta cerrada del baño, podía oír un incansable chapoteo dentro y una voz ronca que gritaba: ¡Más! ¡Más!. Finalmente, amaneció un caluroso día, y las tiendas fueron abriendo una tras otra. Le pedí a Esteban que me ayudara en la búsqueda del hielo mientras yo me encargaba de conseguir el pistón. Pero, siguiendo las órdenes de su madre, el muchacho se negó en redondo.
En última instancia, contraté los servicios de un haragán, a fin de que le subiera al paciente hielo de una pequeña tienda, mientras yo me entregaba con la mayor diligencia a la tarea de encontrar un pistón para la bomba y conseguir los servicios de unos obreros competentes que lo instalaran. La tarea parecía interminable, y casi llegué a desalentarme al ver cómo transcurrían las horas yendo de acá para allá sin aliento y sin ingerir alimento alguno. Serían las doce cuando muy lejos del centro encontré un almacén de repuestos donde tenían lo que buscaba, y aproximadamente hora y media después llegaba a la pensión con el instrumental necesario y dos fornidos y avezados mecánicos. Había hecho todo lo que estaba en mi mano, y sólo me quedaba esperar que llegase a tiempo.
Sin embargo, un indecible terror me había precedido. La casa estaba totalmente alborotada, y por encima del incesante parloteo de las voces pude oír a un hombre que rezaba con voz profunda. Algo diabólico flotaba en el ambiente, y los huéspedes pasaban las cuentas de sus rosarios al llegar hasta ellos el olor que salía por debajo de la atrancada puerta del doctor. Al parecer, el tipo que había contratado salió precipitadamente dando histéricos alaridos al poco de regresar de su segundo viaje en busca de hielo: quizá se debiera todo a un exceso de curiosidad. En la precipitada huida no pudo, desde luego, cerrar la puerta tras de sí; pero lo cierto es que estaba cerrada y, a lo que parecía, desde el interior. Dentro no se oía el menor ruido, salvo un indefinible goteo lento y espeso.
Tras consultar brevemente con la dueña y los obreros, no obstante el miedo que me tenía atenazado, opiné que lo mejor sería forzar la puerta; pero la patrona halló el modo de hacer girar la llave desde el exterior sirviéndose de un artilugio de alambre. Con anterioridad, habíamos abierto las puertas del resto de las habitaciones de aquel ala del edificio, y otro tanto hicimos con todas las ventanas. A continuación, y protegidas las narices con pañuelos, penetramos temblando de miedo en la hedionda habitación del doctor que, orientada al mediodía, abrasaba con el caluroso sol de primeras horas de la tarde.
Una especie de rastro oscuro y viscoso llevaba desde la puerta abierta del cuarto de baño a la puerta de vestíbulo, y desde aquí al escritorio, donde se había formado un horrible charco. Encima de la mesa había un trozo de papel, garrapateado a lápiz por una repulsiva y ciega mano, terriblemente manchado, también, al parecer, por las mismas garras que trazaron apresuradamente las últimas palabras. El rastro llevaba hasta el sofá en donde finalizaba inexplicablemente.
Lo que había, o hubo, en el sofá es algo que no puedo ni me atrevo a decir aquí. Pero esto es lo que, en medio de un estremecimiento general, descifré del embardunado papel, antes de sacar una cerilla y prenderla fuego, lo que conseguí descifrar aterrorizado mientras la patrona y los dos mecánicos salían disparados de aquel infernal lugar hacia la comisaría más próxima para balbucear sus incoherentes historias. Las nauseabundas palabras resultaban poco menos que increíbles en aquella amarillenta luz solar, con el estruendo de los coches y camiones que subían calle, pero debo confesar que en aquel momento creí lo que decían. Si las creo ahora es algo que sinceramente ignoro. Hay cosas acerca de las cuales es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que no soporto el olor a amoníaco y que me siento desfallecer ante una corriente de aire excesivamente frío.
—Ha llegado el final —rezaban aquellos hediondos garabatos— No queda hielo... El hombre ha lanzado una mirada y ha salido corriendo. El calor aumenta por momentos, y los tejidos no pueden resistir. Me imagino que lo sabe... lo que dije sobre la voluntad, los nervios y la conservación del cuerpo una vez que han dejado de funcionar los órganos. Como teoría era buena, pero no podía mantenerse indefinidamente. No conté con el deterioro gradual. El doctor Torres lo sabía, pero murió de la impresión. No fue capaz de soportar lo que hubo de hacer: tuvo que introducirme en un lugar extraño y oscuro, cuando hizo caso a lo que le pedía en mi carta, y logró curarme. Los órganos no volvieron a funcionar. Tenía que hacerse a mi manera pues, ¿comprende?, yo fallecí en aquel entonces, hace ya dieciocho años.
H.P. Lovecraft (1890-1937)
El pescador del Cabo del Halcón:
-The fisherman of Falcon Point-
Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)
August Derleth (1909-1971)
Por la costa de Massachusetts se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger. Algunas de ellas sólo se comentan en voz muy baja y con grandes precauciones. Tan extraños rumores circulan a lo largo de toda la costa, difundidos por los hombres del mar del puerto de Innsmouth, sus vecinos, ya que él vivía a unas pocas millas más al sur, en el Cabo del Halcón. Ese nombre se debe a que allí, en las épocas migratorias, se puede ver a los halcones peregrinos, los esmerejones y aun los grandes gerifaltes sobrevolar aquella estrecha lengua de tierra que se adentra en el mar. Allí vivió Enoch Conger, hasta que no se le vio más, pues nadie puede afirmar que haya muerto.
Era fuerte, de pecho y hombros anchos, y con largos brazos musculosos. Pese a no ser un hombre viejo, llevaba barba, y coronaba su cabeza una cabellera muy larga. Sus ojos azules se hundían en un rostro cuadrado. Cuando llevaba su chubasquero de hombre de mar, con el sombrero haciendo juego, parecía un marino desembarcado de alguna vieja goleta siglos atrás. Era un hombre taciturno. Vivía solo en la casa de piedra y madera que él mismo había construido, donde podía sentir el viento soplar y escuchar las voces de las gaviotas, de las golondrinas, del aire y del mar, y desde donde podía admirar el vuelo de las grandes aves migratorias en sus viajes hacia tierras lejanas. Se decía de él que se entendía con ellas, que hablaba con las gaviotas y las golondrinas, con el viento y con el golpeante mar, y aun con otros seres invisibles que, sin embargo, emitían, en unos tonos extraños, algo parecido a los mudos sonidos de ciertas grandes bestias batracias, desconocidas en los pantanos y ciénagas de la tierra.
Conger vivía de la pesca, y aunque ésta escaseaba, le era suficiente. Por el día y por la noche echaba sus redes al mar; lo que sacaba lo llevaba a Innsmouth, a Kingsport, o aún más lejos, para venderlo. Pero una noche le vieron llegar solo a Innsmouth; no traía nada de pesca y permanecía con los ojos muy abiertos, atónitos, como si hubiese estado mirando mucho tiempo la puesta del sol y se hubiese quedado ciego. En las afueras de la ciudad, entró en una de las tabernas donde solía ir, se sentó en una silla, solo, y se puso a tomar una cerveza. Algunos curiosos que estaban acostumbrados a verle se acercaron a su mesa para beber con él, hasta que bajo los efectos del alcohol empezó a balbucear. Pero hablaba como si lo hiciese para sí mismo, y sus ojos no parecían ver a nadie.
Decía que había visto algo maravilloso esa noche. Había sacado su barca hasta el Arrecife del Diablo, situado a más de una milla de Innsmouth, y allí había echado su red. Sí, había sacado muchos peces; pero en su red había algo más; algo que era una mujer y que, sin embargo, no lo era; algo que le hablaba como un ser humano, pero con el tono gutural de una rana y con el acompañamiento de una música aflautada como la que, en los meses de primavera, se oye en los pantanos; algo que tenía una gran incisión, profunda y ancha, en lugar de una boca, pero una infinita dulzura en sus ojos; algo que llevaba, bajo el pelo largo que caía de su cabeza, hendiduras como agallas; algo que le rogaba y le suplicaba para que le dejara volver a los fondos del mar; algo que le prometió, a cambio, su propia vida si alguna vez la necesitaba.
-Una sirena -dijo uno con una risotada.
-No era una sirena -dijo Enoch Conger-, porque tenía piernas, aunque los dedos de sus pies eran como los de los palmípedos, y tenía manos, aunque los dedos de sus manos eran como los de sus pies, y la piel de su cara era como la mía, aunque su cuerpo tenía el color del mar.
Se rieron de él, pero él no les escuchó. Sólo uno de ellos no se rió, porque había oído a los viejos hombres y mujeres de Innsmouth contar unas historias muy extrañas, que se remontaban a los tiempos de los barcos clíper y del comercio con las Indias Orientales. Según esos ancianos, en aquellos tiempos se habían celebrado algunas bodas entre hombres de Innsmouth y mujeres de las islas del Pacífico Sur; hablaban luego de extraños acontecimientos ocurridos en el mar, cerca de Innsmouth. Ese hombre no se rió, simplemente escuchó, se calló y luego se marchó, sin haberse unido a las risas burlonas de sus compañeros. Pero Enoch Conger no reparó en él, como tampoco se dio cuenta de las risas que había provocado. Continuó su relato; explicó cómo había sacado a la criatura de las redes en sus brazos, describió la sensación que le había producido el contacto con su piel fría y la textura de su cuerpo; contó cómo la había soltado, cómo la vio nadar y sumergirse entre las rocas del Arrecife del Diablo, cómo la vio aparecer de nuevo, levantar sus brazos una última vez hacia arriba y desaparecer para siempre.
Después de aquella noche, Enoch Conger volvió poco a la taberna. Cuando venía era para sentarse solo y eludir a cuantos le preguntaban por su «sirena» y querían saber si le había hecho alguna proposición antes de dejarla libre. Volvió a mostrarse taciturno, hablaba poco, bebía su cerveza y se iba. Lo único que se sabía era que ya no pescaba cerca del Arrecife del Diablo, que echaba sus redes en algún otro lugar próximo al Cabo del Halcón. Aunque se rumoreaba que temía volver a ver la cosa extraña que había cogido aquella noche entre sus redes, se le veía con frecuencia en la punta de la estrecha lengua de tierra, de pie, mirando al mar, como si esperase ver aparecer una embarcación en el horizonte, o el mañana que siempre ronda y nunca llega para los buscadores de futuro e incluso para muchos hombres, sea lo que sea lo que esperan y piden a la vida.
Enoch Conger se volvió cada vez más introvertido y él, que había sido un asiduo cliente de la taberna de Innsmouth, acabó por no aparecer más por allí. Se limitaba a traer el pescado al mercado y volvía apresuradamente a su casa con las provisiones que necesitaba. Mientras tanto, la historia de su sirena se extendió a lo largo de toda la costa, y tierra adentro hacia Arkham y Dunwich, por el Miskatonic, e incluso más allá, en las negras y tupidas colinas donde vivía la gente menos inclinada a tomarse a broma estas cosas.
Pasó un año, y otro, y otro, y una noche llegó a Innsmouth la noticia de que Enoch Conger había resultado gravemente herido durante su solitaria pesca. Dos pescadores le habían visto al pasar tendido en su barca y le habían socorrido. Como su casa del Cabo del Halcón era el único lugar adonde quería ir, le llevaron allí, antes de ir rápidamente a buscar al doctor Gilman de Innsmouth. Cuando volvieron a casa de Enoch Conger, acompañados del médico, el viejo pescador había desaparecido.
El doctor Gilman se abstuvo de comunicar su opinión, pero los dos pescadores que le habían traído cuchichearon y contaron a quien quería oírlo el singular relato. Hablaron de la gran humedad que reinaba en la casa, de las innumerables gotas de agua que se deslizaban a lo largo de las paredes, que colgaban del picaporte de la puerta y que empapaban la cama donde habían dejado a Enoch Conger, antes de salir en busca del doctor. Hablaron de las huellas mojadas dejadas en el suelo por unos pies palmípedos. Aquellas huellas eran muy profundas a lo largo de todo su recorrido desde la casa hasta el mar, como si un gran peso, tan grande como el de Enoch Conger, hubiese sido llevado por esos pies, obligados a hundirse en el suelo a cada paso, hasta dejar la nítida impresión de su dibujo.
Pronto se enteró todo el mundo de lo sucedido. Pero la gente se reía de los pescadores, pues no había más que una sola línea de huellas, y Enoch Conger era un hombre demasiado pesado como para que alguien pudiese cargar con él todo ese recorrido. El doctor Gilman no había hecho el menor comentario, salvo que había visto pies palmípedos en algunos habitantes de Innsmouth, pero que los dedos de Enoch Conger, que había examinado en alguna ocasión, eran normales y no palmípedos. Algunos curiosos fueron a la casa del Cabo del Halcón para ver si podían descubrir algo nuevo. Pero volvieron desilusionados. No vieron nada, y se sumaron a los que se burlaban de los infelices pescadores. Al cabo de algún tiempo, aquellos dos pobres hombres fueron reducidos al silencio, y no faltaron quienes dejaron caer la sospecha de que ellos eran quienes habían hecho desaparecer a Enoch Conger y habían inventado aquella historia para encubrir su acción. Ese rumor se extendió también a otros lugares.
Dondequiera que haya ido, Enoch Conger no volvió a su casa del Cabo del Halcón. El viento y el tiempo la destrozaron a su antojo: arrancaron una tabla aquí y otra allá, desgastaron los ladrillos de la chimenea, rompieron las ventanas y hundieron el tejado. Las gaviotas, las golondrinas y los halcones que la sobrevolaban no volvieron a oír la voz que, en un tiempo, les había contestado. Poco a poco, a lo largo de la costa, los rumores que circulaban en torno al asesinato se acallaron, pero surgieron ciertos signos oscuros que, si bien descartaban cualquier posibilidad de homicidio, inducían a pensar en algún fenómeno mucho más aterrador e inexplicable.
Un día en que el venerable Jedediah Harper, patriarca de los pescadores de la costa, bajó a tierra con sus hombres, juró haber visto cerca del Arrecife del Diablo a un extraño grupo de criaturas que nadaban. Esos seres, según decía, no eran humanos del todo, ni batracios tampoco; eran criaturas anfibias que cruzaban el agua mitad al estilo de los seres humanos y mitad como ranas; formaban un grupo de más de cuarenta, y eran machos y hembras. Habían pasado cerca de su barca y brillaban a la luz de la luna, como unos seres espectrales surgidos de las profundidades del Atlántico. Parecían estar cantando a Dagon, un canto de alabanza. Y entre ellos, sí, formando parte del mismo grupo, había visto a Enoch Conger, nadando con los demás, desnudo como ellos, y uniendo su voz a las suyas en el cántico de alabanza. Atónito, le había llamado, Enoch se había vuelto para mirarle, y le había visto la cara. Luego todos, así como Enoch Conger. se sumergieron bajo las olas y no volvió a verlos más.
Cuentan que, por haber hablado tanto, el viejo hombre fue reducido al silencio por miembros de los clanes Marsh y Martin, que, según se decía, estaban emparentados con algunos habitantes del mar. La barca Harper no volvió a salir a la mar, el viejo no tenía ya que ganarse la vida, ni los hombres que habían formado su tripulación.
Transcurrió mucho tiempo hasta que, un día, un hombre joven; que había pasado su niñez en Innsmouth y se acordaba de Enoch Conger, regreso al puerto de esta ciudad y contó cómo él, en compañía de su hijo pequeño, habían salido a remar a la luz de la luna. Ya habían pasado el Cabo del Halcón cuando, de repente, justo detrás de su barca y tan cerca que hubiesen podido tocarle con un remo, surgió el torso desnudo de un hombre entre las olas. Se mantenía en el agua tal como si otros, a quienes no podían ver, le estuvieran sosteniendo por debajo. Su cara, el rostro de Enoch Conger, se volvía hacia el Cabo del Halcón y parecía mirar con nostalgia la casa que seguía allí en ruinas. El agua chorreaba de su largo pelo, de su barba, y resbalaba sobre su cuerpo oscuro; su piel, debajo de las orejas, tenía como dos grandes agallas. Y luego, tan extraña y repentinamente como había surgido, desapareció, sumergiéndose en el mar.
A lo largo de la costa de Massachusetts, cerca de Innsmouth, se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger, y otras se insinúan en voz baja...
H.P. Lovecraft (1890-1937)
August Derleth (1909-1971)
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al ser tan extenso les dejo un link a la wiki que explaya las caracteristicas y clase de cada uno :
Wallpapers :
Un par de frases...
Espero que les haya gustado !!
Howard Philips Lovecraft....
(Providence, 1890 - 1937) Escritor estadounidense. Maestro indiscutible de la literatura fantástica, su obra rebasa en realidad la confluencia de géneros como la literatura de terror y la ciencia ficción hasta cristalizar en una narrativa única que recrea una mitología terrorífica de seres de un inframundo paralelo. Los paisajes de la naturaleza de su región natal, Nueva Inglaterra, influyeron en su temperamento fantasioso y melancólico. Desde niño se formó en lecturas mitológicas, en la astronomía y en las ciencias. En 1919 leyó la obra de Lord Dunsany, que lo marcó sensiblemente; lo mismo le ocurrió con Edgar Allan Poe y Arthur Machen. La mayor parte de sus obras fue publicada en la revista Weird Tales.
Cuentos cortos :
Si preferis leer algunos pone esta musica de fondo :
Aire frío:
Cool Air; H.P. Lovecraft (1890-1937)
Me piden que explique por qué temo las corrientes de aire frío, por qué tiemblo más que otros al entrar en una habitación fría. Parece como si sintiera náuseas y repulsión cuando el fresco viento del ocaso se desliza entre la calurosa atmósfera de un apacible día otoñal. Según algunos, reacciono frente al frío como otros lo hacen frente a los malos olores, impresión que no negaré. Lo que haré es referir el caso más espeluznante que me ha sucedido, para que ustedes juzguen en consecuencia si constituye o no una razonada explicación de esta particularidad.
Es una equivocación creer que el horror se asocia íntimamente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo lo sentí en plena tarde, en pleno ajetreo de la gran urbe y en medio del bullicio propio de una destartalada y modesta pensión, en compañía de una prosaica patrona y dos fornidos hombres. En la primavera de 1923 había conseguido un trabajo rutinario y mal pago en una revista de la ciudad de Nueva York; y viéndome imposibilitado de pagar un sustancioso alquiler, me mudé de una pensión barata a otra que reuniera las cualidades mínimas limpieza, un mobiliario decente y un precio lo más razonable posible. Pronto comprobé que no quedaba más remedio que elegir entre soluciones malas, pero tras algún tiempo recalé en una casa situada en la calle Catorce Oeste que me desagradó bastante menos que las otras en que me había alojado hasta entonces.
El lugar en cuestión era una mansión de piedra rojiza de cuatro pisos, que debía datar de finales de la década de 1840, y provista de mármol, cuyo herrumboso y descolorido esplendor era muestra de la exquisita opulencia que debió tener en otras épocas. En las habitaciones, amplias y de techo alto, empapeladas con el peor gusto, había un persistente olor a humedad y a dudosa cocina. Pero los suelos estaban limpios, la ropa de cama podía pasar y el agua caliente apenas se cortaba o enfriaba, de forma que llegué a considerarlo como un lugar cuando menos soportable para hibernar hasta el día en que pudiera volver realmente a vivir. La patrona, una desaliñada y casi barbuda mujer española apellidada Herrero, no me importunaba con habladurías ni se quejaba cuando dejaba encendida la luz hasta altas horas en el vestíbulo de mi tercer piso; y mis compañeros de pensión eran tan pacíficos y poco comunicativos como desearía, tipos toscos, españoles en su mayoría, apenas con el menor grado de educación. Sólo el estrépito de los coches que circulaban por la calle constituía una auténtica molestia.
Llevaría allí unas tres semanas cuando se produjo el primer extraño incidente. Una noche, a eso de las ocho, oí como si cayeran gotas en el suelo y de repente advertí que llevaba un rato respirando el acre olor característico del amoníaco. Tras echar una mirada a mi alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteaba; la humedad procedía, al parecer, de un ángulo de la fachada que daba a la calle. Deseoso de cortarla en su origen, me dirigí apresuradamente a la planta baja para decírselo a la patrona, quien me aseguró que el problema se solucionaría de inmediato.
—El doctor Muñoz —dijo en voz alta mientras corría escaleras arriba delante de mí—, ha debido derramar algún producto químico. Está demasiado enfermo para cuidar de sí mismo, cada día que pasa está más enfermo, pero no quiere que nadie lo asista. Tiene una enfermedad muy extraña. Todo el día se lo pasa tomando baños de un olor espantoso y no puede excitarse ni acalorarse. El mismo se hace la limpieza; su pequeña habitación está llena de botellas y de máquinas, y no ejerce de médico. Pero en otros tiempos fue famoso, mi padre oyó hablar de él en Barcelona, y no hace mucho le curó al fontanero un brazo que se había herido en un accidente. Jamás sale. Todo lo más se le ve de vez en cuando en la terraza, y mi hijo Esteban le lleva a la habitación la comida, la ropa limpia, las medicinas y los preparados químicos. ¡Dios mío, hay que ver la sal de amoníaco que gasta ese hombre para estar siempre fresco!
La señora Herrero desapareció por la escalera, y yo volví a mi habitación. El amoníaco dejó de gotear y, mientras recogía el que se había vertido y abría la ventana para que entrase el aire, oí arriba los macilentos pasos de la patrona. Nunca había oído hablar al doctor Muñoz, a excepción de ciertos sonidos que parecían más bien propios de un motor de gasolina. Su andar era calmo y apenas perceptible. Por unos instantes me pregunté qué extraña dolencia podía tener aquel hombre, y si su obstinada negativa a cualquier auxilio proveniente del exterior no sería sino el resultado de una extravagancia sin fundamento aparente. Hay, se me ocurrió pensar, un tremendo pathos en el estado de aquellas personas que en algún momento de su vida han ocupado una posición alta y posteriormente la han perdido.
Tal vez no hubiera nunca conocido nunca al doctor Muñoz, de no haber sido por el ataque al corazón que de repente sufrí una mañana mientras escribía en mi habitación. Los médicos me habían advertido del peligro que corría si me sobrevenían tales accesos, y sabía que no había tiempo que perder. Así pues, recordando lo que la patrona había dicho acerca de los cuidados prestados por aquel enfermo al obrero herido, me arrastré como pude hasta el piso superior y llamé débilmente a la puerta. Mis golpes fueron contestados en buen inglés por una extraña voz, situada a cierta distancia a la derecha de la puerta, que preguntó cuál era mi nombre y el objeto de mi visita; aclarados ambos puntos, se abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.
Un soplo de aire frío salió a recibirme a manera de saludo, y aunque era uno de esos días calurosos de finales de junio, me puse a tiritar al traspasar el umbral de una amplio cuarto, cuya elegante decoración me sorprendió. Una cama plegable desempeñaba ahora su diurno papel de sofá, y los muebles de caoba, lujosas cortinas, antiguos cuadros y añejas estanterías hacían pensar más en le estudio de un señor de buena crianza que en la habitación de una casa de huéspedes. Pude ver que el vestíbulo que había encima del mío, llena de botellas y máquinas a la que se había referido la dueña, no era sino el laboratorio del doctor, y que la principal habitación era la espaciosa pieza contigua a éste cuyos confortables nichos y amplio cuarto de baño le permitían ocultar todos los aparadores y engorrosos ingenios utilitarios. El doctor Muñoz, no cabía duda, era todo un caballero culto y refinado.
La figura que tenía ante mí era de estatura baja pero extraordinariamente bien proporcionada, y llevaba un traje formal. Un rostro de nobles facciones, de expresión firme aunque no arrogante, adornada por una recortada barba de color gris metálico, y unos anticuados quevedos que protegían unos oscuros y grandes ojos coronando una nariz aguileña, conferían un toque moruno a una fisonomía por lo demás predominante celtibérica. El abundante y bien cortado pelo, que era prueba de puntuales visitas al barbero, estaba partido con gracia por una raya encima de su respetable frente. Su aspecto general sugería una inteligencia fuera de lo corriente y una crianza y educación excelente.
No obstante, al ver al doctor Muñoz en medio de aquella ráfaga de aire frío, sentí una repugnancia que nada en su aspecto podía justificar. Sólo la palidez de su tez y la extrema frialdad de su tacto podrían haber proporcionado un fundamento físico para semejante sensación, e incluso ambos defectos eran excusables habida cuenta de la enfermedad que padecía aquel hombre. Mi desagradable impresión pudo deberse a aquel extraño frío, pues no tenía nada de normal en un día tan caluroso, y lo anormal suscita siempre aversión, desconfianza y miedo.
Pero la repugnancia cedió ante la admiración, pues las extraordinarias dotes de aquel singular médico se pusieron al punto de manifiesto a pesar de aquellas heladas y temblorosas manos por las que parecía no circular sangre. Le bastó una mirada para saber lo que me pasaba, siendo sus auxilios de una destreza magistral. Al tiempo, me tranquilizaba con una voz finamente modulada, aunque hueca y carente de todo timbre, diciéndome que él era el más implacable enemigo de la muerte, y que había gastado su fortuna personal y perdido a todos sus amigos por dedicarse toda su vida a extraños experimentos para hallar la forma de detener y extirpar la muerte. Algo de benevolente fanatismo parecía advertirse en aquel hombre, mientras seguía hablando en un tono casi locuaz al tiempo que me auscultaba el pecho y mezclaba las drogas que había cogido de la pequeña habitación destinada a laboratorio hasta conseguir la dosis debida. Evidentemente, la compañía de un hombre educado debió parecerle una rara novedad en aquel miserable antro, de ahí que se lanzara a hablar más de lo acostumbrado a medida que rememoraba tiempos mejores.
Su voz tenía un efecto sedante; y ni siquiera pude percibir su respiración mientras las fluidas frases salían con exquisito esmero de su boca. Trató de distraerme de mis preocupaciones hablándome de sus teorías y experimentos, y recuerdo con qué tacto me consoló acerca de mi frágil corazón insistiendo en que la voluntad y la conciencia son más fuertes que la vida orgánica. Decía que si lograba mantenerse saludable y en buen estado el cuerpo, se podía, mediante la ciencia de la voluntad y la conciencia, conservar una especie de vida nerviosa, cualesquiera que fuesen los graves defectos, disminuciones o incluso ausencias de órganos específicos que se sufrieran. Algún día, me dijo medio en broma, me enseñaría cómo vivir, o al menos a llevar una cierta existencia consciente ¡sin corazón! Por su parte, sufría de una serie dolencias que le obligaban a seguir un régimen muy estricto, que incluía la necesidad de estar expuesto constantemente al frío. Cualquier aumento apreciable de la temperatura podía, caso de prolongarse, afectarle fatalmente; y había logrado mantener el frío que reinaba en su estancia, de unos 11 a 12 grados, gracias a un sistema absorbente de enfriamiento por amoníaco, cuyas bombas eran accionadas por el motor de gasolina que con tanta frecuencia oía desde mi habitación situada justo debajo.
Recuperado del ataque en un tiempo extraordinariamente breve, salí de aquel lugar helado convertido en ferviente discípulo y devoto del genial recluso. A partir de ese día, le hice frecuentes visitas siempre con el abrigo puesto. Le escuchaba atentamente mientras hablaba de investigaciones y resultados casi escalofriantes, y un estremecimiento se apoderó de mí al examinar los singulares y sorprendentes volúmenes antiguos que se alineaban en las estanterías de su biblioteca. Debo añadir que me encontraba ya casi completamente curado de mi dolencia, gracias a sus acertados remedios. Al parecer, el doctor Muñoz no desdeñaba los conjuros de los medievalistas, pues creía que aquellas fórmulas crípticas contenían raros estímulos psicológicos que bien podrían tener efectos indecibles sobre la sustancia de un sistema nervioso en el que ya no se dieran pulsaciones orgánicas. Me impresionó lo que me contó del anciano doctor Torres, de Valencia, con quien realizó sus primeros experimentos y que le atendió a él en el curso de la grave enfermedad que padeció 18 años atrás, y de la que procedían sus actuales trastornos, al poco tiempo de salvar a su colega, el anciano médico sucumbió víctima de la gran tensión nerviosa a que se vió sometido.
A medida que transcurrían las semanas, observé con dolor que el aspecto físico de mi amigo iba desmejorándose, lenta pero irreversiblemente, tal como me había dicho la señora Herrero. Se intensificó el lívido aspecto de su semblante, su voz se hizo más hueca e indistinta, sus movimientos musculares perdían coordinación y su cerebro y voluntad desplegaban menos flexibilidad e iniciativa. El doctor Muñoz parecía darse perfecta cuenta del empeoramiento, y poco a poco su expresión y conversación fueron adquiriendo un matiz de horrible ironía que me hizo recobrar algo de la indefinida repugnancia que experimenté al conocerle. El doctor Muñoz adquirió con el tiempo extraños caprichos, aficionándose a las especias exóticas y al incienso egipcio, hasta el punto de que su habitación se impregnó de un olor semejante al de la tumba de los faraones. Al mismo tiempo, su necesidad de aire frío fue en aumento, y, con mi ayuda, amplió los conductos de amoníaco de su habitación y transformó las bombas y sistemas de alimentación de la máquina de refrigeración hasta lograr que la temperatura descendiera a un punto entre uno y cuatro grados, y, finalmente, incluso a dos bajo cero; el cuarto de baño y el laboratorio conservaban una temperatura algo más alta, a fin de que el agua no se helara y pudieran darse los procesos químicos. El huésped que habitaba en la habitación contigua se quejó del aire glacial que se filtraba a través de la puerta de comunicación, así que tuve que ayudar al doctor a poner unos tupidos cortinajes para solucionar el problema. Una especie de creciente horror, desmedido y morboso, pareció apoderarse de él. No cesaba de hablar de la muerte, pero estallaba en sordas risas cuando, en le curso de la conversación, se aludía con suma delicadeza a cosas como los preparativos para el entierro o los funerales.
Con el tiempo, el doctor acabó convirtiéndose en una desconcertante y desagradable compañía. Pero, en mi gratitud por haberme curado, no podía abandonarle en manos de los extraños que le rodeaban, así que tuve buen cuidado de limpiar su habitación y atenderle en sus necesidades cotidianas. Asimismo, le hacía sus compras, aunque no salía de mi estupor ante algunos de los artículos que me encargaba comprar en las farmacias y almacenes de productos químicos.
Una creciente e indefinible atmósfera de pánico parecía desprenderse de su cuarto. La casa entera, como ya he dicho, despedía un olor a humedad; pero el olor de las habitaciones del doctor Muñoz era aún peor, y, no obstante las especias, el incienso y el acre, perfume de los productos químicos de los ahora incesantes baños (que insistía en tomar sin asistencia), comprendí que aquel olor debía guardar relación con su enfermedad, y me estremecí al pensar cual podría ser. La señora Herrero se santiguaba cada vez que se cruzaba con él, y finalmente lo abandonó por entero en mis manos, no dejando siquiera que su hijo Esteban siguiese haciéndole los recados. Cuando yo le sugería la conveniencia de avisar a otro médico, el paciente montaba en cólera. Temía sin duda el efecto físico de una violenta emoción, pero su voluntad y coraje crecían en lugar de menguar, negándose a acostarse. La lasitud de los primeros días de su enfermedad dio paso a un retorno de su vehemente ánimo, hasta el punto de que parecía desafiar a gritos al demonio de la muerte aun cuando corriese el riesgo de que el tradicional enemigo se apoderase de él. Dejó prácticamente de comer, algo que curiosamente siempre dio la impresión de ser una formalidad en él, y sólo la energía mental que le restaba parecía librarle del colapso definitivo.
Adquirió la costumbre de escribir largos documentos, que sellaba con cuidado y llenaba de instrucciones para que a su muerte los remitiera yo a sus destinatarios. Estos eran en su mayoría de las Indias Occidentales, pero entre ellos se encontraba un médico francés famoso en otro tiempo y al que ahora se daba por muerto, y del que se decían las cosas más increíbles. Pero lo que hice en realidad, fue quemar todos los documentos antes de enviarlos o abrirlos. El aspecto y la voz del doctor Muñoz se volvieron absolutamente espantosos y su presencia casi insoportable. Un día de septiembre, una inesperada mirada suscitó una crisis epiléptica en un hombre que había venido a reparar la lámpara eléctrica de su mesa de trabajo, ataque éste del que se recuperó gracias a las indicaciones del doctor mientras se mantenía lejos de su vista. Aquel hombre, harto sorprendentemente, había vivido los horrores de la gran guerra sin sufrir tamaña sensación de terror.
Un día, a mediados de octubre, sobrevino el horror de los horrores de forma repentina. Una noche se rompió la bomba de la máquina de refrigeración, por lo que pasadas tres horas resultó imposible mantener el proceso de enfriamiento del amoníaco. El doctor Muñoz me avisó dando golpes en el suelo, y yo hice lo imposible por repara la avería, mientras mi vecino no cesaba de lanzar imprecaciones. Mis esfuerzos resultaron inútiles; y cuando al cabo de un rato me presenté con un mecánico de un garaje nocturno cercano, comprobamos que nada podía hacerse hasta la mañana siguiente, pues hacía falta un nuevo pistón. La rabia y el pánico del moribundo ermitaño adquirieron proporciones grotescas, dando la impresión de que fuera a quebrarse lo que quedaba de su debilitado físico, hasta que en un momento dado un espasmo le obligó a llevarse las manos a los ojos y precipitarse hacia el cuarto de baño. Salió de allí a tientas con el rostro fuertemente vendado y ya no volví a ver sus ojos.
El frío reinante en la estancia empezó a disminuir de forma apreciable y a eso de las cinco de la mañana el doctor se retiró al cuarto de baño, al tiempo que me encargaba le procurase todo el hielo que pudiera conseguir en las tiendas y cafeterías abiertas durante la noche. Cada vez que regresaba da alguna de mis desalentadoras correrías y dejaba el botín delante de la puerta cerrada del baño, podía oír un incansable chapoteo dentro y una voz ronca que gritaba: ¡Más! ¡Más!. Finalmente, amaneció un caluroso día, y las tiendas fueron abriendo una tras otra. Le pedí a Esteban que me ayudara en la búsqueda del hielo mientras yo me encargaba de conseguir el pistón. Pero, siguiendo las órdenes de su madre, el muchacho se negó en redondo.
En última instancia, contraté los servicios de un haragán, a fin de que le subiera al paciente hielo de una pequeña tienda, mientras yo me entregaba con la mayor diligencia a la tarea de encontrar un pistón para la bomba y conseguir los servicios de unos obreros competentes que lo instalaran. La tarea parecía interminable, y casi llegué a desalentarme al ver cómo transcurrían las horas yendo de acá para allá sin aliento y sin ingerir alimento alguno. Serían las doce cuando muy lejos del centro encontré un almacén de repuestos donde tenían lo que buscaba, y aproximadamente hora y media después llegaba a la pensión con el instrumental necesario y dos fornidos y avezados mecánicos. Había hecho todo lo que estaba en mi mano, y sólo me quedaba esperar que llegase a tiempo.
Sin embargo, un indecible terror me había precedido. La casa estaba totalmente alborotada, y por encima del incesante parloteo de las voces pude oír a un hombre que rezaba con voz profunda. Algo diabólico flotaba en el ambiente, y los huéspedes pasaban las cuentas de sus rosarios al llegar hasta ellos el olor que salía por debajo de la atrancada puerta del doctor. Al parecer, el tipo que había contratado salió precipitadamente dando histéricos alaridos al poco de regresar de su segundo viaje en busca de hielo: quizá se debiera todo a un exceso de curiosidad. En la precipitada huida no pudo, desde luego, cerrar la puerta tras de sí; pero lo cierto es que estaba cerrada y, a lo que parecía, desde el interior. Dentro no se oía el menor ruido, salvo un indefinible goteo lento y espeso.
Tras consultar brevemente con la dueña y los obreros, no obstante el miedo que me tenía atenazado, opiné que lo mejor sería forzar la puerta; pero la patrona halló el modo de hacer girar la llave desde el exterior sirviéndose de un artilugio de alambre. Con anterioridad, habíamos abierto las puertas del resto de las habitaciones de aquel ala del edificio, y otro tanto hicimos con todas las ventanas. A continuación, y protegidas las narices con pañuelos, penetramos temblando de miedo en la hedionda habitación del doctor que, orientada al mediodía, abrasaba con el caluroso sol de primeras horas de la tarde.
Una especie de rastro oscuro y viscoso llevaba desde la puerta abierta del cuarto de baño a la puerta de vestíbulo, y desde aquí al escritorio, donde se había formado un horrible charco. Encima de la mesa había un trozo de papel, garrapateado a lápiz por una repulsiva y ciega mano, terriblemente manchado, también, al parecer, por las mismas garras que trazaron apresuradamente las últimas palabras. El rastro llevaba hasta el sofá en donde finalizaba inexplicablemente.
Lo que había, o hubo, en el sofá es algo que no puedo ni me atrevo a decir aquí. Pero esto es lo que, en medio de un estremecimiento general, descifré del embardunado papel, antes de sacar una cerilla y prenderla fuego, lo que conseguí descifrar aterrorizado mientras la patrona y los dos mecánicos salían disparados de aquel infernal lugar hacia la comisaría más próxima para balbucear sus incoherentes historias. Las nauseabundas palabras resultaban poco menos que increíbles en aquella amarillenta luz solar, con el estruendo de los coches y camiones que subían calle, pero debo confesar que en aquel momento creí lo que decían. Si las creo ahora es algo que sinceramente ignoro. Hay cosas acerca de las cuales es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que no soporto el olor a amoníaco y que me siento desfallecer ante una corriente de aire excesivamente frío.
—Ha llegado el final —rezaban aquellos hediondos garabatos— No queda hielo... El hombre ha lanzado una mirada y ha salido corriendo. El calor aumenta por momentos, y los tejidos no pueden resistir. Me imagino que lo sabe... lo que dije sobre la voluntad, los nervios y la conservación del cuerpo una vez que han dejado de funcionar los órganos. Como teoría era buena, pero no podía mantenerse indefinidamente. No conté con el deterioro gradual. El doctor Torres lo sabía, pero murió de la impresión. No fue capaz de soportar lo que hubo de hacer: tuvo que introducirme en un lugar extraño y oscuro, cuando hizo caso a lo que le pedía en mi carta, y logró curarme. Los órganos no volvieron a funcionar. Tenía que hacerse a mi manera pues, ¿comprende?, yo fallecí en aquel entonces, hace ya dieciocho años.
H.P. Lovecraft (1890-1937)
El pescador del Cabo del Halcón:
-The fisherman of Falcon Point-
Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)
August Derleth (1909-1971)
Por la costa de Massachusetts se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger. Algunas de ellas sólo se comentan en voz muy baja y con grandes precauciones. Tan extraños rumores circulan a lo largo de toda la costa, difundidos por los hombres del mar del puerto de Innsmouth, sus vecinos, ya que él vivía a unas pocas millas más al sur, en el Cabo del Halcón. Ese nombre se debe a que allí, en las épocas migratorias, se puede ver a los halcones peregrinos, los esmerejones y aun los grandes gerifaltes sobrevolar aquella estrecha lengua de tierra que se adentra en el mar. Allí vivió Enoch Conger, hasta que no se le vio más, pues nadie puede afirmar que haya muerto.
Era fuerte, de pecho y hombros anchos, y con largos brazos musculosos. Pese a no ser un hombre viejo, llevaba barba, y coronaba su cabeza una cabellera muy larga. Sus ojos azules se hundían en un rostro cuadrado. Cuando llevaba su chubasquero de hombre de mar, con el sombrero haciendo juego, parecía un marino desembarcado de alguna vieja goleta siglos atrás. Era un hombre taciturno. Vivía solo en la casa de piedra y madera que él mismo había construido, donde podía sentir el viento soplar y escuchar las voces de las gaviotas, de las golondrinas, del aire y del mar, y desde donde podía admirar el vuelo de las grandes aves migratorias en sus viajes hacia tierras lejanas. Se decía de él que se entendía con ellas, que hablaba con las gaviotas y las golondrinas, con el viento y con el golpeante mar, y aun con otros seres invisibles que, sin embargo, emitían, en unos tonos extraños, algo parecido a los mudos sonidos de ciertas grandes bestias batracias, desconocidas en los pantanos y ciénagas de la tierra.
Conger vivía de la pesca, y aunque ésta escaseaba, le era suficiente. Por el día y por la noche echaba sus redes al mar; lo que sacaba lo llevaba a Innsmouth, a Kingsport, o aún más lejos, para venderlo. Pero una noche le vieron llegar solo a Innsmouth; no traía nada de pesca y permanecía con los ojos muy abiertos, atónitos, como si hubiese estado mirando mucho tiempo la puesta del sol y se hubiese quedado ciego. En las afueras de la ciudad, entró en una de las tabernas donde solía ir, se sentó en una silla, solo, y se puso a tomar una cerveza. Algunos curiosos que estaban acostumbrados a verle se acercaron a su mesa para beber con él, hasta que bajo los efectos del alcohol empezó a balbucear. Pero hablaba como si lo hiciese para sí mismo, y sus ojos no parecían ver a nadie.
Decía que había visto algo maravilloso esa noche. Había sacado su barca hasta el Arrecife del Diablo, situado a más de una milla de Innsmouth, y allí había echado su red. Sí, había sacado muchos peces; pero en su red había algo más; algo que era una mujer y que, sin embargo, no lo era; algo que le hablaba como un ser humano, pero con el tono gutural de una rana y con el acompañamiento de una música aflautada como la que, en los meses de primavera, se oye en los pantanos; algo que tenía una gran incisión, profunda y ancha, en lugar de una boca, pero una infinita dulzura en sus ojos; algo que llevaba, bajo el pelo largo que caía de su cabeza, hendiduras como agallas; algo que le rogaba y le suplicaba para que le dejara volver a los fondos del mar; algo que le prometió, a cambio, su propia vida si alguna vez la necesitaba.
-Una sirena -dijo uno con una risotada.
-No era una sirena -dijo Enoch Conger-, porque tenía piernas, aunque los dedos de sus pies eran como los de los palmípedos, y tenía manos, aunque los dedos de sus manos eran como los de sus pies, y la piel de su cara era como la mía, aunque su cuerpo tenía el color del mar.
Se rieron de él, pero él no les escuchó. Sólo uno de ellos no se rió, porque había oído a los viejos hombres y mujeres de Innsmouth contar unas historias muy extrañas, que se remontaban a los tiempos de los barcos clíper y del comercio con las Indias Orientales. Según esos ancianos, en aquellos tiempos se habían celebrado algunas bodas entre hombres de Innsmouth y mujeres de las islas del Pacífico Sur; hablaban luego de extraños acontecimientos ocurridos en el mar, cerca de Innsmouth. Ese hombre no se rió, simplemente escuchó, se calló y luego se marchó, sin haberse unido a las risas burlonas de sus compañeros. Pero Enoch Conger no reparó en él, como tampoco se dio cuenta de las risas que había provocado. Continuó su relato; explicó cómo había sacado a la criatura de las redes en sus brazos, describió la sensación que le había producido el contacto con su piel fría y la textura de su cuerpo; contó cómo la había soltado, cómo la vio nadar y sumergirse entre las rocas del Arrecife del Diablo, cómo la vio aparecer de nuevo, levantar sus brazos una última vez hacia arriba y desaparecer para siempre.
Después de aquella noche, Enoch Conger volvió poco a la taberna. Cuando venía era para sentarse solo y eludir a cuantos le preguntaban por su «sirena» y querían saber si le había hecho alguna proposición antes de dejarla libre. Volvió a mostrarse taciturno, hablaba poco, bebía su cerveza y se iba. Lo único que se sabía era que ya no pescaba cerca del Arrecife del Diablo, que echaba sus redes en algún otro lugar próximo al Cabo del Halcón. Aunque se rumoreaba que temía volver a ver la cosa extraña que había cogido aquella noche entre sus redes, se le veía con frecuencia en la punta de la estrecha lengua de tierra, de pie, mirando al mar, como si esperase ver aparecer una embarcación en el horizonte, o el mañana que siempre ronda y nunca llega para los buscadores de futuro e incluso para muchos hombres, sea lo que sea lo que esperan y piden a la vida.
Enoch Conger se volvió cada vez más introvertido y él, que había sido un asiduo cliente de la taberna de Innsmouth, acabó por no aparecer más por allí. Se limitaba a traer el pescado al mercado y volvía apresuradamente a su casa con las provisiones que necesitaba. Mientras tanto, la historia de su sirena se extendió a lo largo de toda la costa, y tierra adentro hacia Arkham y Dunwich, por el Miskatonic, e incluso más allá, en las negras y tupidas colinas donde vivía la gente menos inclinada a tomarse a broma estas cosas.
Pasó un año, y otro, y otro, y una noche llegó a Innsmouth la noticia de que Enoch Conger había resultado gravemente herido durante su solitaria pesca. Dos pescadores le habían visto al pasar tendido en su barca y le habían socorrido. Como su casa del Cabo del Halcón era el único lugar adonde quería ir, le llevaron allí, antes de ir rápidamente a buscar al doctor Gilman de Innsmouth. Cuando volvieron a casa de Enoch Conger, acompañados del médico, el viejo pescador había desaparecido.
El doctor Gilman se abstuvo de comunicar su opinión, pero los dos pescadores que le habían traído cuchichearon y contaron a quien quería oírlo el singular relato. Hablaron de la gran humedad que reinaba en la casa, de las innumerables gotas de agua que se deslizaban a lo largo de las paredes, que colgaban del picaporte de la puerta y que empapaban la cama donde habían dejado a Enoch Conger, antes de salir en busca del doctor. Hablaron de las huellas mojadas dejadas en el suelo por unos pies palmípedos. Aquellas huellas eran muy profundas a lo largo de todo su recorrido desde la casa hasta el mar, como si un gran peso, tan grande como el de Enoch Conger, hubiese sido llevado por esos pies, obligados a hundirse en el suelo a cada paso, hasta dejar la nítida impresión de su dibujo.
Pronto se enteró todo el mundo de lo sucedido. Pero la gente se reía de los pescadores, pues no había más que una sola línea de huellas, y Enoch Conger era un hombre demasiado pesado como para que alguien pudiese cargar con él todo ese recorrido. El doctor Gilman no había hecho el menor comentario, salvo que había visto pies palmípedos en algunos habitantes de Innsmouth, pero que los dedos de Enoch Conger, que había examinado en alguna ocasión, eran normales y no palmípedos. Algunos curiosos fueron a la casa del Cabo del Halcón para ver si podían descubrir algo nuevo. Pero volvieron desilusionados. No vieron nada, y se sumaron a los que se burlaban de los infelices pescadores. Al cabo de algún tiempo, aquellos dos pobres hombres fueron reducidos al silencio, y no faltaron quienes dejaron caer la sospecha de que ellos eran quienes habían hecho desaparecer a Enoch Conger y habían inventado aquella historia para encubrir su acción. Ese rumor se extendió también a otros lugares.
Dondequiera que haya ido, Enoch Conger no volvió a su casa del Cabo del Halcón. El viento y el tiempo la destrozaron a su antojo: arrancaron una tabla aquí y otra allá, desgastaron los ladrillos de la chimenea, rompieron las ventanas y hundieron el tejado. Las gaviotas, las golondrinas y los halcones que la sobrevolaban no volvieron a oír la voz que, en un tiempo, les había contestado. Poco a poco, a lo largo de la costa, los rumores que circulaban en torno al asesinato se acallaron, pero surgieron ciertos signos oscuros que, si bien descartaban cualquier posibilidad de homicidio, inducían a pensar en algún fenómeno mucho más aterrador e inexplicable.
Un día en que el venerable Jedediah Harper, patriarca de los pescadores de la costa, bajó a tierra con sus hombres, juró haber visto cerca del Arrecife del Diablo a un extraño grupo de criaturas que nadaban. Esos seres, según decía, no eran humanos del todo, ni batracios tampoco; eran criaturas anfibias que cruzaban el agua mitad al estilo de los seres humanos y mitad como ranas; formaban un grupo de más de cuarenta, y eran machos y hembras. Habían pasado cerca de su barca y brillaban a la luz de la luna, como unos seres espectrales surgidos de las profundidades del Atlántico. Parecían estar cantando a Dagon, un canto de alabanza. Y entre ellos, sí, formando parte del mismo grupo, había visto a Enoch Conger, nadando con los demás, desnudo como ellos, y uniendo su voz a las suyas en el cántico de alabanza. Atónito, le había llamado, Enoch se había vuelto para mirarle, y le había visto la cara. Luego todos, así como Enoch Conger. se sumergieron bajo las olas y no volvió a verlos más.
Cuentan que, por haber hablado tanto, el viejo hombre fue reducido al silencio por miembros de los clanes Marsh y Martin, que, según se decía, estaban emparentados con algunos habitantes del mar. La barca Harper no volvió a salir a la mar, el viejo no tenía ya que ganarse la vida, ni los hombres que habían formado su tripulación.
Transcurrió mucho tiempo hasta que, un día, un hombre joven; que había pasado su niñez en Innsmouth y se acordaba de Enoch Conger, regreso al puerto de esta ciudad y contó cómo él, en compañía de su hijo pequeño, habían salido a remar a la luz de la luna. Ya habían pasado el Cabo del Halcón cuando, de repente, justo detrás de su barca y tan cerca que hubiesen podido tocarle con un remo, surgió el torso desnudo de un hombre entre las olas. Se mantenía en el agua tal como si otros, a quienes no podían ver, le estuvieran sosteniendo por debajo. Su cara, el rostro de Enoch Conger, se volvía hacia el Cabo del Halcón y parecía mirar con nostalgia la casa que seguía allí en ruinas. El agua chorreaba de su largo pelo, de su barba, y resbalaba sobre su cuerpo oscuro; su piel, debajo de las orejas, tenía como dos grandes agallas. Y luego, tan extraña y repentinamente como había surgido, desapareció, sumergiéndose en el mar.
A lo largo de la costa de Massachusetts, cerca de Innsmouth, se rumorean muchas cosas acerca de Enoch Conger, y otras se insinúan en voz baja...
H.P. Lovecraft (1890-1937)
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NO PIDAN LOS LINKS POR QUE NO LOS TENGO ...
Bestiario :
al ser tan extenso les dejo un link a la wiki que explaya las caracteristicas y clase de cada uno :
Wallpapers :
Un par de frases...
Espero que les haya gustado !!