Dibujito
Me había clavado una pepa, no sé qué porquería me vendió el Ventana y al toque nomas estaba flasheando. Luces y toda esa mierda. En una me meto adentro de mi cerebro, así, con las ojotas embarradas como estaba, y camino por unos correderos grises, hechos de una cosa blanda. Y chau, camino y camino. De repente en una pared hay un cartel, un papel como de fotocopia pegado y voy y lo miro. Era un dibujo, una cosa así como esta. No sé de donde saco yo una hoja y una birome y me pongo a copiarlo. Me pinta bajón, mientras dibujo me dan ganas de llorar, y no es que me estaba quedando feo, no, me venía dando maña, casi igualito. Terminé y lloraba como un nabo.

Después me voy a lo de la paraguaya y le compro un vino. Estaban los pibes y nos quedamos en la vereda hablando giladas y terminando el cartón. En eso me acuerdo.
—¿A dónde vas, risa? — me pregunta Emilio, el hijo del Canario.
—Banquen un toque que les traigo un dibujo reloco que hice — y me metí en la casa. Volví con el dibujo en la mano. Lagrimeaba. Se lo pase a los pibes y cada uno que lo miraba se largaba a llorar.
—¡Eh, pará! No me lo mojen —dije y lo rescaté. No es para tanto.
Me termine el vino y me metí de nuevo. Estuve un rato espiando. Los giles lloraban. Casi no hablaban entre ellos y les había pintado flor de bajón. Guarde el dibujo adentro de una bolsa y me fui a dormir-. Mañana voy a lo del Ventana y lo cago a trompadas.

Me levante temprano, agarre la bolsa y me mande. La puerta de la casa estaba abierta y el ventana destroncado en un colchón, tirado en el piso ahí nomás a la entrada. Tenía los pantalones meados, siempre que vuelca se mea dormido, el boludo, y el olor se ponía bravo. Le di tres o cuatro patadas y reaccionó.
—¿Qué querés?¿Que venís a joder?
—Tengo que hablar con vos –le dije–, rescátate y te espero afuera. Acá no se puede respirar.
Al rato salió. Se había puesto el short ese de Brown que tiene siempre, que de tan usado el negro ya era violeta. Se sentó en el piso y apoyo la espalda en la pared. El sol le quemaba los ojos y se hacía visera con la mano.
—¿Qué pasa? –dijo sin mirarme.
—La mierda esa que me vendiste ayer…
—¿Qué tiene?
—Mira –abrí la bolsa y le pase el dibujo–, esto tiene.
El ventana agarro el papel y trato de hacer foco. Se ve que al rato empezó a registrar y le dio como un temblor. Después el llantito, lloraba como mina y se sorbía los mocos.
—Dame para acá, me lo vas a arruinar –dije y se lo saqué–. ¿viste? Eso pasa.
El no contesto. Seguía llorisqueando con la cabeza baja. Estuvimos un rato sin hablar y al final le pregunte.
—¿Qué tenés?¿Tenés merca?
—Sí, hay arriba de la mesa –dijo señalando para adentro.
—¿Cuánto el papel?
—No sé, llévatela –decía mientras se apretaba las piernas contra el estómago y no paraba de llorar–. Miré y volví a salir.
—Pero hay una bocha, ¿Cuánto me llevo?
—No sé, llévate lo que quieras. No me rompas más las bolas ¿no ves que me siento como el orto?
Pase la mano por la mesa y agarre como veinte papelitos. Abrí la bolsa y me los guardé. Salude al ventana y me rajé. Estaba tan deprimido que ni me miró. Loco de la vida apreté el dibujo y antes de irme para casa pasé por lo de la Gladys.

—Estas re duro, chabón, ¿Cómo van a mirar un dibujito y se van a poner a llorar? –me deliraba la Gladys que hacía dos horas no paraba de tomar.
—Te lo juro, es muy loco
—A ver, mostrame.
—no, después.
—¿Por qué después?
—Porque yo sé lo que va a pasar, te va a pintar bajón, te vas a poner a llorar y no vamos a garchar.
—¿Así que me trajiste toda esta mierda para que me ponga dura y cogerme?
—Bueno, si tenés ganas… después.
—¡Andáte! Agarra tus porquerías y ándate a la mierda.
—Esperá, Gladys, no te calentés.
Ella cazó la escoba al revés y me amenazaba con el palo.
—Está bien, está bien –le dije sacando el papelito– tomá, no te pongas loca, míralo, pero yo te avisé.
Le tuve que arrancar el dibujo de las manos. Se retorcía de llanto al costado de la cama y yo tenía una calentura que me jodia para caminar. Era al pedo que me quedara, el bajón le iba a durar un rato y yo precisaba aflojar tensiones.

Me guarde tres papeles que quedaron y me fui para casa. Camine para la ruta, al lado del basural había unos perros. Me pintó probar, saque el dibujo y me agache. Los bichos pensando que tenía comida se me vinieron al humo. Se arrimó uno grandote y blanco. Tenía el lomo medio pelado, como que lo quemaron con agua hirviendo o algo. Le planté el papel en la jeta, justo frente a los ojos. Lo miró, me miró y lo volvió a mirar. Nada. Con animales no anda. Con perros por lo menos.

Cuando me paré, ahí enfrente clavo los frenos un patrullero. Era Gastón, el hijo del Nelson. Vigilante de mierda. Bajo la ventanilla y me llamó.
—¿Qué andarás haciendo vos por estos lados? –dijo y se bajó.
—Paseando nomas. ¿Cómo anda tu viejo?
—A vos que carajo te importa –dijo y del auto se bajó otro yuta, con mas cara de sorete que este-. ¿Qué tenés ahí guardado? –y me señalo el bolsillo.
Metí la mano y saque los pelpa. Me ilumine, si salía bien me iba a cagar de risa.
—Mira lo que tiene acá el puto – dijo el Gastón hablándole al otro–. ¿y no tenés mas nada?
—Sí, esto- y pele el dibujito. El otro se había arrimado y se los puse frente a los ojos. Gastón largó primero. Se le hacían globitos en la nariz y miraba al compañero. Pareció que se iba a pelear, pero al rato ni ganas. Lloraban recostados contra el patrullero a grito pelado. Manoteé la merca que había quedado en el capot y me fui. Caminé media cuadra y me volví. Estaban a full, ahí tirados en la calle a moco tendido, no se veía un alma. Mire para todos lados, los ayude a levantarse y los lleve hasta el basural. Se volvieron a caer, lloraban como locos, estaban blanditos y no tenían ni fuerza. Le metí mano al hijo del Nelson y le saque el fierro –cuando se les pase me van a venir a buscar, estos putos-, pensé y le metí un tiro en la frente a cada uno.
A una cuadra de casa recién me di vuelta por primera vez. Ahí estaba el perro blanco. Cuando lo mire se hizo el boludo y se puso a dar vueltas. No le di bola y seguí. Llegue y deje el dibujo en la mesa. Peine un par de rayas y me las mande. Por la puerta entornada se asomaba la nariz del perro, meta olfatear. Los dientes era como que se me apretaban para adentro y tenía la lengua muerta. Un moco duro me subía y me bajaba, y cuando movía la mandíbula hacia ruidito de huesos. Junté con el dedo un resto de polvito y se lo encaje en la nariz al perro. Echo un salto para atrás y se fue de un pique. Abrí la puerta del todo. Se quedó ahí nomás, mirando con sospecha. Se relamió. Los ojitos le hicieron esa cosa, como para atrás y despacito vino de nuevo –ah, ¡te gusto! Vení, Vení que papi te convida–, le dije y le pase el resto del papel por la lengua. Corrió hasta el paredón y subió de un salto tres metros. Cayo perfecto y se vino para casa. Se reía. Por ahí yo estaba duro, pero te juro que se reía. Con todos los dientes para afuera, se cagaba de risa. Mita mita nos clavamos otro papel. –Quédate piola que tuve un día bravo –le dije–, después te llevo a dar una vuelta –y me recosté en el piso.

Cuando me desperté la casa era un quilombo. Blanquito se había puesto re loco y rompió todo el colchón. Saco la frazada a la calle y me mordió las ojotas. Lamio toda la merca de la mesa y le clavo los dientes al dibujo. Me dio la re bronca, busque el ultimo pelpa y lo hice mierda. Blanquito miraba –¿Qué pasa, gil?¿viste el quilombo que hiciste? – y el perro agacho la cabeza como sabiendo-. Dale, vení que vamos a buscar algo de morfar– le dije mientras emprolijaba el dibujo.
Nos mandamos para el macdonals. Tenia veinte pesos.
—Dame un Big Mac grande. Coca la gaseosa.
—Muy bien, señor –dijo la minita– son veinticinco pesos.
—uh, pará, tengo veinte. Dámelo mediano
—Son veintidós.
Ahí me despabile y saque el dibujito. Estaba arrugado y con los dientes de Blanquito marcados. La mina lo miro. Un rato lo miro y nada. Lo apoye en el mostrador y trate de alisarlo. Volví a mostrárselo y nada.
—Son veintidós pesos, señor –dijo y extendió la mano.
Manotee la nueve del Gastón y se la puse en la cara.
—¿Me das o no me das el Big Mac?
Me lo dieron, y con tres sachets de kétchup. Me llevé la bandeja a una mesa y me puse a comer. Cuando llegaron con los autos hicieron flor de quilombo. Blanquito se les fue encima rabioso. Fue el primero en comerse un tiro.
*Relato por: Gonzalo Gálvez.