InicioApuntes Y MonografiasLa noche de las merluzas (relato de un náufrago en tierra)
La noche de las merluzas


Nada parecía muy diferente. Otra noche más, sin ningún sobresalto, ninguna motivación al tan temido cambio de rutina, ese arrebato de la burda burocracia que ha llegado, sí, es verdad, hasta los más recónditos espacios de nuestra existencia, entre ellos, la Web. Ni siquiera el corto pensar de una maravillosa sesión de la generalizada locura, presente tantas veces en eventos masificados, como el fútbol, la coreografía de YMCA o un segmento de puteadas grupales a un usuario de Taringa! Que asegura recibir petes al paso.
Así es, nada parecía fuera de lo normal aquél nueve de julio, sólo quizás la sorpresiva nota final con que Charly García cerraba el Himno Nacional, para irse luego a ingerir esa sana dosis de té rojo, mezclado con nuggets de pollo y soda cáustica en el Palito Ortega’s Resort, de Burzaco.


La noche de las merluzas (relato de un náufrago en tierra)

dos segundos depués, Pamela tenía hasta una gaviota en el culo



Yo disfrutaba, casi con decoro, la llegada de mi oveja del espacio exterior en mi granja de Farmville, mientras caían en contraste los caros reproches de “no sé por qué abandonaste la facultad, te hubiera ido bárbaro, no se ven muchos diseñadores gráficos hoy en día”, pero sin darle importancia continué el camino hacia la gloria de un level 21, que con sus laureles clama por el regocijo de un John Deere tuneado, y una lata de aceitunas al revés con la etiqueta ontológica de “coleccionable”.
Y así fue como, abriendo la pestaña de regalos, un retardo insignificante para el ojo común, pero quizá devastador hacia quienes operan sobre los scripts de mi plug-in de flash, en un desacuerdo de hecho con mi, lisa y llanamente, pelotuda necesidad de toquetear el About:config del firefox, ocasionó lo paradójicamente esperado en el momento más inoportuno… se me congeló la mierda esa (¡puta madre!).
Triste, en un estado de confusión casi troglodita, me encontré en ese momento, completamente abandonado a mi soledad. ¿Podría acaso haber, en un valiente recurso del destino, presionado f5, con el fin de rescatar mis tan preciados tesoros?, sí, hubiera podido, pero me dio paja, así que decidí entrar a Taringa!. Allí comenzó todo.
Casi con timidez presioné aquél botón en la barra de marcadores, como intuyendo lo que se venía, pero con cierta inocencia, aquella que alguna vez me llegó a querer auto concederme puntos en mi post de (no es por nada, pero está de puta madre para ser una boludez!).
Cargó como nunca, ansiosa por mostrarme un mundo nuevo, o quizá, un mundo desconocido , vil y caótico, salido por momentos de algún bastardo escrito Nietzscheano, o una coreografía salsera con connotaciones sexistas ejecutada por un macho aceitado pero asexuado y un "cheapcat” en bailoteando por un queso.
Fue entonces cuando lo vi, o mejor dicho los vi, uno tras otro, seguidos, intercalados por noticias sobre Justin Bieber calando una sandía o los más representativos y nunca bien ponderados repetidos FAILS!; una y otra muestra gastronómica que involucraba como elemento catalizador del paladar a… la merluza.
Merluza a la plancha, merluza en escabeche, estofado de merluza, licuado de merluza, merluza “Boy Olmi”, merluza a la Fort (con pepinos lustrados). Era demasiado para esta pobre cabeza, así que decidí abrir un post de parecidos; ¡por qué me has hecho esto señor!, ¡no he pecado a la manera de peluchín… jamás he falsificado tarjetas de crédito!
Una laguna mental me llevó nuevamente a la página principal, la hecatombe seguía: “las merluzas y sus propiedades”, “Merluza y yo”, “la verdad de la merluza”, “yo acuso, a la merluza”. No podía seguir aguantando, tenía que presionar aquellas líneas perpendiculares que nos salvan de algunas que otras banalidades, pero no podía. Fue en ese instante cuando me dí cuenta. La merluza se había apoderado de mí.Una necesidad imperiosa llegó a mi cansado hemisferio derecho, la de sumergirme en un estanque de agua salada. Nunca sabré por qué, pero así fue, invocado tal vez por aquellas voces guturales, que resonaban en mis oídos palabras inentendibles, pero que sin embargo podía traducir en acciones e inacciones, “glog!” “bphauuuu, bphauuuu” “Lobato, Lobato”. Sin pensarlo fui hasta la cocina, y tomé la Cuchara de madera más grande que encontré, con tal adminículo en mano, en un abrir y cerrar de ojos me encontraba en el baño, revolviendo con el mencionado instrumento, el agua de la taza del inodoro, y maravillándome ante cada pequeña ola que describía, sentí el llamado del deber, ese no, otro, uno nuevo, uno diferente, uno… a la merluza.
Eran los susurros de los demás elegidos, los otros, lo únicos, esos que me pertenecían, y a los que yo pertenecía, en ese momento nos di un nombre, “Los Merlucitos”
Las calles de mi pueblo se habían colmado de adeptos, bailando, gritando, moviendo las manos a los costados del cuello en una célebre emulación a las añoradas branquias, ¡ah, añoranzas!, como la más fuerte en ese momento, el agua. Nos dirigimos en desordenado grupo hacia la laguna más cercana, gritando y girando sobre nosotros mismos, a la vez que gritábamos “¡a mi no me lastró Mitch!, ¡a mi no me lastró Mitch!”, abriéndonos paso entre las gentes que haciendo oídos sordos al llamado Merluciano, nos apedreaban, y nos tiraban palos, al grito de ¡¿que somos?...tiburones!


peluchin

I'm your father... glob!


La batalla estaba a la orden del día.
No duró mucho, pero los pocos que pudimos escapar de tal carnicería marítima, llegamos orgullosos a la costa de la laguna, de un azul profundo y misterioso, rematando su imagen con el reflejo de una luna menguante en su centro. En un ataque exhaustivo de alegría, corrimos incansables, aunque con las fuerzas casi extintas, y nos lanzamos sin dudarlo… ¡que dicha, el ensueño alcanzado, luego de tanto luchar!, era liberador, era un grito de libertad más exactamente, era la sensación de tocar el agua como si fuera la primera vez, y de alguna forma lo era. Llegó luego esa inesperada sensación... ¡¡¡QUE FRÍO OJETUDO!!!, ¡¡DIOS!! ¡QUE MIERDA PASA!.



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Era como si mil cuchillos se nos clavaran en la aleta dorsal. Pero, ¿cuál aleta?.
Estábamos todos sin saber qué hacer, algunos pedían auxilio al encontrarse con que no sabía cómo nadar de mariposa, otros preferían callar, y temblar ante los 2 grados de térmica que hacía en el pueblo. No dijimos nada, los que pudimos reaccionar ayudamos a los convalecientes y nos marchamos a casa, sin palabras mediante, casi con vergüenza.
Fue todo muy raro aquél nueve de julio, nunca supimos qué pasó exactamente. Tal vez esa cantidad de información sobre aquél animal nos corrompió las entrañas, empujando nuestro inconciente hacia su parte más superficial, tal vez un ligero acceso de locura dominó nuestros pensamientos, o quizá, ese desaprovecho policíaco y burocrático, el de quemar marihuana a cielo abierto en el centro del pueblo, amalgamado con una noche taringuera, haya provocado tal incierto… nunca lo sabremos, aunque tampoco queremos saberlo, el mejor pacto es el del silencio. Pero una cosa es cierta, este relato es tan real como mis manos sobre este teclado, porque yo lo viví, yo estuve, y sobreviví, a la noche de las merluzas.

Finoli


relato


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