El desierto de Atacama es uno de los lugares más áridos y calientes de nuestro planeta.
Es una vasta región compuesta de lagos de sal, arenas y lavas félsicas. Es decir un terreno rico en elementos ligeros como el silicio, oxígeno, aluminio, sodio y potasio.
Se encuentra al norte de Chile y ocupa una franja costera entre el océano Pacífico y la cordillera de los Andes. Se trata de una zona desértica de 105 000 km² de clase fría que se extiende por las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá, Antofagasta y el norte de la región de Atacama.
En el desierto de Atacama las lluvias son raras (una media de menos de una pulgada anual). De hecho, en su zona central, han llegado a transcurrir 400 años sin registro de precipitaciones. Estas mediciones se basan en la detección de lluvias de 1 mm o más, es decir, las mínimas mediciones posibles.
Resulta sorprendente sin embargo constatar en esta zona del planeta fenómenos ajenos a su climatología.
En efecto, a finales de agosto del 2013, habitantes y visitantes de la zona fueron sorprendidos por la nevada más fuerte de los últimos treinta años. La misma trajo como consecuencia deslizamientos de tierra e inundaciones. Además hubo de cerrarse temporalmente el camino a San Pedro. En Carabaya, al sur del Perú, la nieve y el hielo aislaron una comunidad indígena de más de 12000 habitantes. Allí el frío se cobró varias vidas humanas.
En estos días y en el mismo escenario asistimos a un fenómeno completamente diferente. Atacama florece y nos enseña su cara más amable. Como cada cinco o siete años las arenas se cubren de flores malvas. Son suspiros, celestinas y patas de guanaco que transforman la vista y el olfato del paisaje.
La razón principal de este fenómeno es que en 2017 las lluvias se han repartido por todas las estaciones y de manera más abundante que años anteriores. Esto no ocurría desde el 2007 y se debe principalmente al fenómeno de El Niño. Además las heladas características de la zona también disminuyeron este año. Como consecuencia de la combinación de ambos fenómenos el período de floración fue más intenso y largo.
Pero, ¿de dónde vienen las semillas necesarias? Ellas son las verdaderas heroínas de este magnífico acontecimiento. Son semillas de hasta 2000 especies, endémicas en Chile, que llevaban hasta seis años dormidas y soportando las inclemencias climáticas del desierto. Esperaban las condiciones climáticas favorables para germinar y florecer. Todo un ejemplo del potencial de resistencia y la capacidad de supervivencia encerrado en las plantas de esta zona.
Extraña e inquietante lección nos deja este fenómeno: hasta la región más inhóspita del planeta puede mutar a la floración y ofrecer el maravilloso espectáculo de la vida.
Este es tu amigo Roy, gracias y hasta pronto.
Es una vasta región compuesta de lagos de sal, arenas y lavas félsicas. Es decir un terreno rico en elementos ligeros como el silicio, oxígeno, aluminio, sodio y potasio.
Se encuentra al norte de Chile y ocupa una franja costera entre el océano Pacífico y la cordillera de los Andes. Se trata de una zona desértica de 105 000 km² de clase fría que se extiende por las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá, Antofagasta y el norte de la región de Atacama.
En el desierto de Atacama las lluvias son raras (una media de menos de una pulgada anual). De hecho, en su zona central, han llegado a transcurrir 400 años sin registro de precipitaciones. Estas mediciones se basan en la detección de lluvias de 1 mm o más, es decir, las mínimas mediciones posibles.
Resulta sorprendente sin embargo constatar en esta zona del planeta fenómenos ajenos a su climatología.
En efecto, a finales de agosto del 2013, habitantes y visitantes de la zona fueron sorprendidos por la nevada más fuerte de los últimos treinta años. La misma trajo como consecuencia deslizamientos de tierra e inundaciones. Además hubo de cerrarse temporalmente el camino a San Pedro. En Carabaya, al sur del Perú, la nieve y el hielo aislaron una comunidad indígena de más de 12000 habitantes. Allí el frío se cobró varias vidas humanas.
En estos días y en el mismo escenario asistimos a un fenómeno completamente diferente. Atacama florece y nos enseña su cara más amable. Como cada cinco o siete años las arenas se cubren de flores malvas. Son suspiros, celestinas y patas de guanaco que transforman la vista y el olfato del paisaje.
La razón principal de este fenómeno es que en 2017 las lluvias se han repartido por todas las estaciones y de manera más abundante que años anteriores. Esto no ocurría desde el 2007 y se debe principalmente al fenómeno de El Niño. Además las heladas características de la zona también disminuyeron este año. Como consecuencia de la combinación de ambos fenómenos el período de floración fue más intenso y largo.
Pero, ¿de dónde vienen las semillas necesarias? Ellas son las verdaderas heroínas de este magnífico acontecimiento. Son semillas de hasta 2000 especies, endémicas en Chile, que llevaban hasta seis años dormidas y soportando las inclemencias climáticas del desierto. Esperaban las condiciones climáticas favorables para germinar y florecer. Todo un ejemplo del potencial de resistencia y la capacidad de supervivencia encerrado en las plantas de esta zona.
Extraña e inquietante lección nos deja este fenómeno: hasta la región más inhóspita del planeta puede mutar a la floración y ofrecer el maravilloso espectáculo de la vida.
Este es tu amigo Roy, gracias y hasta pronto.