InicioApuntes Y MonografiasTensión entre los jesuitas y Rosas (1841)
Los jesuitas

Mal están las relaciones de los jesuitas con Rosas. Corre la voz - los padres culpan a Rosas como autor de esta mentira - que el padre Superior está con los unitarios. Rosas se ha quejado de ellos por pequeñeces. Ha habido anónimos insultantes, pasquines en las esquinas y amenazas de muerte. Han ido a ver a Rosas. Manuelita les ha dicho que, según los federales, no marchan de frente. Entrevista con el Restaurador. "Tengan cuidado - les aconsejó- de proceder de un modo enteramente federal, porque, de otra manera, acaso no podría contener a los federales y yo mismo, incomodado, podría proferir algunas expresiones contra ustedes, que los irritasen más". También ha dicho Rosas: "Soy tanto mejor para amigo cuanto más terrible como enemigo", y "el que no está conmigo está contra mí".

Cuando la máquina infernal, los padres han dicho misa cantada, pero sin invitaciones, sólo para los colegiales; y han escrito una carta que a Rosas no le ha satisfecho, pues no la publica La Gaceta. En la fiesta de San Ignacio, el 31 de julio de 1841, han ido a la iglesia muchos federales exaltados y agentes de la policía. Parece que había orden de Rosas de no pisar la iglesia, ni para oír misa. Nada ocurrió ese día; pero al siguiente, don Eusebio pegó un pasquín en la puerta del colegio: insultos, y una pistola apuntando a una cruz. Nueva entrevista con Manuelita.
Quéjase ella de que los padres sólo confiesan a unitarios y que ni en el confesionario ni en el púlpito imponen la Federación. Conócense síntomas detestables: Mariño, el vicepresidente de los serenos, invitado por un amigo al funeral de su mujer, en San Ignacio, le contesta que no va porque en esa iglesia tendría que rozarse con los salvajes unitarios padres jesuitas, "que hoy contaminan su abominación esa morada santa".

Octubre de 1841. Pasquines en las paredes, con un jesuita colgado de la horca. Se insulta a los padres en las calles. La noche del día en que se celebra el triunfo de Famaillá, un sujeto grita, en el patio de la casa de Rosas, atestado de gente: "¡Mueran los jesuitas, salvajes unitarios ingratos!"

Noche del 5 de octubre. Desde temprano los padres se han refugiado en casas particulares, por temor a las turbas. Sólo queda el Superior, que, al ver reunirse gente frente al colegio y oír gritos, se va a la casa del obispo Medrano. El obispo, muy anciano y casi ciego y sumamente sordo, es un servil de Rosas. Allí el Superior se entera del plan del padre Majesté y de un canónigo rosista, de poner a los padres bajo las órdenes y protección del obispo, vale decir, de someterlos a Rosas. La noche es de gran angustia, pero nada sucede. Al día siguiente, el doctor Tomás de Anchorena manda a buscar los muebles de su hijo, que es interno. ¡El fin del colegio! Y mientras, en las calles, los pasquines muestran a los jesuitas ahorcados, llegan a la puerta del colegio caravanas de carros que van a buscar los muebles de los alumnos.

El Superior le escribe a Rosas. Pídele designe una persona para encargarse de la iglesia, y proteger las vidas de los padres, que son extranjeros, hasta que puedan irse del país. Rosas llama a Majesté. La marcha del Superior no es de frente, sino "unitaria gambetera". Que anden con cuidado, porque él "no siempre podía contener al pueblo y al entusiasmo federal". El Superior se oculta en la casa de unos protestantes. Sus amigos y el gobierno lo buscan inútilmente, y el 20 se embarca en un bote hacia una fragata francesa y de allí a Montevideo. Quedan en Buenos Aires diez sacerdotes, cinco escolares y diez coadjutores o legos. En el mensaje a la legislatura, Rosas dice que la marcha de los jesuitas, "opuesta al sentimiento federal, desagradaba altamente, mucho a la opinión pública, contenida por los respetos del gobierno", y que pronunciada esta opinión fuertemente, poco después, "los padres, de suyo, dejaron el colegio".

Rosas intenta, por medio de Majesté, restablecer el colegio. Algunos padres se van, y el 22 de marzo de 1843, Rosas ordenará la salida de los no secularizados.

Nadie, en la ciudad católica, ha defendido a los jesuitas. Y eso que se los quiere mucho. Pruébalo el mes de María - noviembre - de 1841, que lo realizan en diversas casas de familia, llegando en alguna a reunirse más de trescientas personas. Nada muestra mejor el miedo a Rosas que esta actitud negativa de los creyentes. ¿Y cómo explicar la conducta del Restaurador? Ignorante en materia de doctrina católica, como casi todos en su tiempo, inclusive los más devotos, no comprende que el sacerdote no puede predicar el exterminio de ningún partido. Ve que los franciscanos, los dominicos y los clérigos hacen propaganda por la Federación, y no admite que los jesuitas no puedan hacer lo mismo. Por otra parte, Rosas no considera a los unitarios como un partido, sino como criminales sin ley ni Dios: criminales, porque viven haciendo guerras, causando la muerte de millares de argentinos; y hombres sin Dios, porque sus dirigentes son en su mayoría ateos, masones, materialistas o racionalistas y han hecho obra antirreligiosa.

No le falta razón a Rosas en juzgar a los unitarios como enemigos de la Iglesia. A los hechos ya conocidos, puede agregarse que Esteban Echeverría, poco años más tarde, escribe un "Manual de Enseñanza Moral" para las escuelas, que el gobierno de Montevideo adopta como texto y en donde se lee - lo que basta para probar su heterodoxia - que al protestante lo "certifican de hereje algunos sacerdotes fanáticos". Rosas ve a los unitarios como todo el mundo, algunas décadas más tarde, a los anarquistas. A Vicente González, que está en Córdoba, le ha dicho: "Me habla usted de los jesuitas. Éstos ya no han de ser buenos hasta que sean reformados por su General. Sólo hay tres que están en oposición a la marcha salvaje unitaria de los demás. Estos tres son buenos amigos de Dios y de esta tierra porque son federales virtuosos.

Temen los tales jesuitas a los salvajes unitarios, de puro miedo obran así. ¿Esto es virtud? ¿Es esto lo que mandan los Evangelios de Jesucristo? Pero ellos se engañan, porque en las gentes federales se va formando una terrible indignación, y no sería extraño que, en una tormenta borrascosa, amanecieran degollados".


Manuel Gálvez

Este post es una transcripción del libro "Vida de don Juan Manuel de Rosas" de Manuel Gálvez, Editorial Claridad
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