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La Familia San Martín


La vida de don Juan de San Martín, a partir de su instalación como funcionario real en el Río de la Plata, y su posterior casamiento con doña Gregoria Matorras, es sumamente conocida, como para ponerse a insistir en ella.



Asimismo, se sabe con certeza que los tres primeros hijos del matrimonio - María Elena, Manuel Tadeo y Juan Fermín - nacieron en la Banda Oriental, en la estancia de Calera de las Vacas, donde don Juan era el administrador, hasta que fue destinado como teniente gobernador de un Departamento de pueblos de las Misiones Occidentales. En la capital de esas poblaciones, Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú, nacieron los dos hijos menores: Justo Rufino, en febrero de 1776, y José Francisco, el 25 de febrero de 1778.

La familia era muy adicta a la Orden Dominicana, y en su estadía en Buenos Aires don Juan y doña Gregoria se convirtieron en miembros de la Tercera Orden. Quizá por eso, hicieron bautizar a su hija mayor María Elena por Fray Francisco Cano de la Pera, Obispo Provincial en la Banda Oriental, y a los menores en Yapeyú por el mismo fraile. Esto último por un simple motivo. Yapeyú "fue el principal de los diez pueblos que tocaron en suerte a la Orden Dominicana (tras la expulsión de los jesuitas) y la capital de aquellos". Y, como el correntino P. Pera fue párroco de Yapeyú entre 1776 y 1781, lo más natural es que fuera él a quien tocara bautizar a los dos hijos menores del matrimonio San Martín.



Como fuere, lo cierto es que al día siguiente del nacimiento del niño, el 26 de febrero de 1778, Fray Francisco Cano de la Pera, bautizó a José Francisco San Martín y Matorras, hijo legítimo del teniente Gobernador D. Juan de San Martín y de Doña Gregoria Matorras, siendo padrinos del acto el comerciante de Buenos Aires Don Cristóbal Aguirre y doña Josefa Matorras, pariente de doña Gregoria.

Justo Rufino San Martín

Los San Martín continuaron en el Departamento de Yapeyú hasta comienzos de 1781; trasladándose a Buenos Aires, donde vivieron hasta fines de 1783. Entonces, se embarcaron en la fragata "Santa Balbina", y arribaron a Cádiz, el 23 de marzo de 1784.

Residentes en Málaga, España, los varones mayores, Manuel Tadeo y Juan Fermín Rafael, pronto se incorporaron al Regimiento de Infantería de Soria. Justo Rufino consiguió entrar en la Guardia de Corps. Y José Francisco, el 15 de julio de 1789, ingresó como cadete del Regimiento de Infantería de Murcia. Todos ellos pudieron seguir la carrera militar dados los limpios antecedentes de su padre, el Capitán don Juan de San Martín.

El tema de la filiación está asociado al linaje y la confesión. En efecto: en el Ejército Real no se podía ser oficial si se era bastardo o no católico. En este último sentido, la Ordenanza Militar de Carlos III - sección I, tratado VIII, título X, artículo 3 - disponía que: "no se admitiera en su servicio soldado que no fuera católico, apostólico romano".

En ese mismo orden de cosas, el ex-Ministro de Educación de la Segunda República Española, y grado 33 del Gran Oriente de la Masonería Española, D. Augusto Barcia Trelles, afirma que los San Martín eran "leoneses de pura cepa, cristianos viejos y honestos hidalgos). Agrega que en la foja de servicios de José se leía: "Calidad Noble"; lo cual suponía ser de "sangre limpia, y no haber cumplido ejercicio vil, ni tráfico deshonroso", "no ser hereje, ni judío, ni converso, ni haber merecido censura o condena de la Santa Inquisición".

En efecto: en la instancia que realizó Justo Rufino, para ingresar en el Regimiento de Guardias de Corps, tuvo que efectuar una información sumarial en el pueblo de Villa de las Paredes de Nava, de Palencia, en el que declaró:
"Don Justo Rufino de San Martín, natural del pueblo de Yapeyú, obispado de Buenos Aires en América, ante usted, como mejor proceda, comparezco y digo: que a mi derecho conviene se me reserve información de testigo como es cierto haber conocido en esta villa a doña Gregoria Matorras, mi madre, natural de ella, igualmente a don Domingo Matorras su padre y mi abuelo, vecine que fue de esta villa en las que se les tuvo y reputó por cristianos viejos, honrados y de sangre limpia, sin haber sido procesados por ningún exceso ni vicio torpe, ni ser herejes, ni judíos nuevamente convertidos, ni delatados en el Santo Oficio de la Inquisición, ni castigados por éste, ni ejercido oficio libre...". En ese mismo sentido testimoniaron Manuel Lovete, Manuel López y León Gónzalez, por lo que el sumariante resolvió otorgar la certificación peticionada.

La misma exigencia de "limpieza de sangre" debía acreditarse para ingresar en el Seminario de Nobles de Madrid, donde se examinaba hasta la calidad de los abuelos, como consta que lo hizo Justo Rufino San Martín. Entonces, como lo afirma el historiador español Rafael Luis Gómez Carrasco, para pertenecer al Ejército Español los postulantes debían acreditar que sus padres eran "cristianos viejos, honrados y de sangre limpia, sin haber sido procesados por exceso ni vicio torpe, etc".

En consecuencia, cualquier sospecha en contra, hubiera impedido ese ingreso militar.

Ya viuda, doña Gregoria Matorras, el 10 de julio de 1803, otorgó Testamento. Por él, establecía:
"Dejo, instituyo y nombro por mis únicos y universales herederos a los significados don Manuel Tadeo, don Juan Fermín, don Justo Rufino, don José Francisco y doña María Elena de San Martín y Matorras, mis cinco hijos legítimos y del enunciado don Juan de San Martín, mi difundo marido, para que así se verifique, lo hallen, lleven, gocen y hereden con la bendición de Dios a quien me encomienden".


Además, indicada los desembolsos efectuados para educar a sus cuatro hijos varones legítimos, añadiendo que podía "asegurar que el menos costo me ha tenido el Dn. José Francisco". Esa era la palabra solemne de esta esforzada dama cristiana, en el postrer acto jurídico de su vida. Y contra la declaración jurada de doña Gregoria Matorras van los chatarreros (los difamadores y tergiversadores de la historia del General).

El incendio de Yapeyú


Lo antes expuesto contiene la síntesis del problema filiatorio. Que, en sí mismo, no implica ningún problema. Sin embargo, han existido sucesos lamentables que han contribuido a generar la cuestión.

En primer término, está el acontecimiento del incendio de Yapeyú por los portugueses, el 12 de febrero de 1817; cuando se incendió su templo con toda la documentación que protegía. Este es un hecho bien conocido por los historiadores. "En 1817, cuando la gesta heroica de Andresito Guacuarí (o Artigas), su población (la de Yapeyú) fue destruida e incendiada por el ejército luso-brasileño del gobernador de Río Grande, Marqués de Alegrete, al mando del Brigadier Francisco de los Santos Chagas. Se mató a mansalva... plata, caballada, ornamentos, libros, etc. todo fue presa de la voracidad de los portugueses. El marqués de Alegrete, capitán general y gobernador de Río Grande, ordenó a Chagas invadir las Misiones Occidentales, quemar y arrasar todos los pueblos, capillas, estancias... El coronel José María Lobo arrasó y quemó Yapeyú... Ni los templos ni las cabañas fueron respetados... A propósito de ese hecho dice el escritor brasileño Almeida Coelho... "el invadir un territorio extranjero, devastar, saquear poblaciones inermes, reducir a cenizas los templos y los lugares... es sólo propio de las naciones bárbaras". Chagas informa al marqués de Alegrete que había... devastado la campaña en un radio de 50 leguas. A raíz de ese ataque - y los posteriores de 1828, de Fructuoso Rivera - quedaron envueltos en el dolor y la tragedia, aquellos famosos centros misionales que otrora pudieron contarse entre los más notables de la cristiandad".

Ha habido algún historiador que ha pretendido que el incendio de Yapeyú no fue completo. Pero esa hipótesis ya había sido contemplada y bien rebatida por Martiniano Leguizamón en su libro "La casa natal de San Martín",de 1915.

Por eso, Juan Carlos Wirth anotaba:
"Ya en 1801 el virrey Gabriel de Avilés elevaba un informe al Rey, dando cuenta de la despoblación casi completa de Yapeyú. Entre 1816 y 1818 las tropas portugueso-brasileñas al mando del brigadier Chagas, cumpliendo instrucciones del marqués de Alegrete, redujeron a escombros y despoblaron totalmente, en forma sistemática, a quince pueblos misioneros, entre ellos Yapeyú".
("San Martín antes de 1812", Wirth Juan Carlos)

Pues, con el incendio de la iglesia de Yapeyú, se quemaron las partida de bautismo de Justo Rufino y de José Francisco de San Martín. Desgracia bélica de antaño que permitiría a los desgraciados periodistas de hogaño intentar una aventura calumniosa.


La cuestión de las partidas


Quienes ignoraban el ataque portugués a Yapeyú de 1817, se interrogaban acerca de por qué no estaría la partida de bautismo José de San Martín, y, de entre ellos, los más mal pensados comenzaron a fabular eventualidades; en ninguna de las cuales se incluía el caso de su hermano Justo Rufino, cuya partida también había sido quemada por las tropas de Lobo.

Sin embargo, dado que por la época el curato de Yapeyú dependía de la diócesis de Buenos Aires, se buscó en sus archivos y aparecieron unos testimonios de asientos en libros curiales. En septiembre de 1921, Fray Reginaldo de la Cruz Saldaña Retamar, O.P., dio a conocer el extracto de la partida, con los datos antes consignados. ("Apuntes para la historia dominicana en Argentina", 1921). José Pacífico Otero en su gran obra publicada en 1932 puso en discusión el documento, sobre la conjetura de que María Elena San Martín sería la menor de los hermanos, por haber sido nombrada por su madre en último término en el testamento citado, y por lo tanto, José no habría nacido el año 1778 sino en 1777.

En verdad, acá se mezclaban las cosas. Un tema era el de la copia de bautismo desaparecida, y otro, diferente, el de la fecha de nacimiento de los hijos del matrimonio San Martín. Este último tópico ya llevaba años de debate. La polémica la había iniciado el museólogo Juan A. Pradére, con un artículo en el diario "La Nación" del 17 de noviembre de 1915. Sostenía Pradére que -en función de dos declaraciones de San Martín en regimientos hispanos- debía haber nacido en 1781, y no en 1778. En sentido contrario, el coronel Juan Beverina, en un artículo del diario "La Prensa", del 24 de noviembre de 1935, insistía en el argumento de Otero, del año 1777.

Por suerte, tales suposiciones fueron aventadas por el historiador uruguayo Luis Enrique Azarola Gil, en su libro, "Los San Martín en la Banda Oriental", de 1936, al reproducir los textos de las partidas de bautismo de María Elena (18/7/1771), Manuel Tadeo (28/10/1772), y Juan Fermín Rafael (25/2/1774). Así demostraba que la hermana mujer, por su condición femenina, había sido mencionada después de sus hermanos varones a pesar de ser la de mayor edad. Esos mismos documentos fueron reproducidos en la obra, premiada por el Congreso Nacional de Historia del Libertador, de Virgilio Martínez de Sucre, "La educación del Libertador San Martín".


Además, en el dictamen de la Junta de Historia y Numismática Americana (redactado por Mario Belgrano, Carlos Correa Luna y Emilio Ravignani), de 1935, quedaba establecido el año 1778 como el del nacimiento fehaciente de don José de San Martín. Dato que, por lo demás, siempre había estado registrado por los biógrafos principales, a partir de Mitre, basado nada menos que en el acta de defunción del prócer extendida en Boulogne-Sur-Mer el 18 de agosto de 1850.

El debate, en apariencia, se cerraba.

No obstante, el 16 de junio de 1955, otros salvajes quemaron la Curia Metropolitana y con ella, el archivo eclesiástico donde se resguardaba el asiento correntino antedicho.

Luego, al no poder compulsar aquel extracto, tornaron a reaparecer las controversias. Rodolfo A. Pacheco, en "Una incógnita en la vida de San Martín", indicó que las certificaciones mencionadas por el Padre Saldaña Retamar, según testimonio del Cnel. Beverina, no pasarían de ser sino una construcción ideal, a partir de datos por él conocidos. De lo que concluía Pacheco que existía una incógnita, "sin que nadie pueda despejarla".

Podrían quedar dudas. Sin embargo, cuando alguien con paciencia completa pasara el peine fino sobre la actuación de don Juan de San Martín y de su familia en aquellos años, nada hallaría que pudiera justificar algún tipo de sospecha" (El Yapeyú de los San Martín, Erich Poenitz).

Claro que, hasta ese entonces, el debate se realizaba dentro del mayor decoro, por personas decentes y bien informadas. Más adelante, el asunto cambió de rumbo.

Reaparecen los Alvear


En el corriente año (el libro fue escrito en el 2000) se ha echado a correr una versión difamatoria sobre la filiación del Padre de la Patria. En ella se afirma que la hija de Carlos de Alvear, Joaquina de Alvear Quintanilla y Arrotea, redactó en el año 1877 un manuscrito titulado "Cronología de mis antepasados". Conforme, dicen, a esta narración, don José de San Martín no era hijo legítimo de don Juan de San Martín y de doña Gregoria Matorras. En cambio, sería un bastardo, hijo adulterino de Diego Alvear y Ponce de León y de una india guaraní llamada Rosa Guarú, entregado después en adopción ilegal al matrimonio San Martín. También, en los mencionados apuntes, se atribuiría a don Diego un auxilio posterior para su hijo ilegítimo, consistente en recomendaciones ante el Gobierno español para que éste pudiera ingresar en el Ejército Real.

Los lectores se silban de memoria los nombres de los supuestos historiadores autores del engendro. Nosotros preferimos omitirlos y reproducir la argución por una voz deliciosamente ingenua. Dice al respecto la periodista Guadalupe Hinostrosa:

"Según varias evidencias (????) el Libertador no habría sido parte de la progenie de aquel matrimonio (de los San Martín). Aparte de los documentos (????) conocidos por la familia Alvear y varias otras evidencias (????) dan viso de realidad a la versión"
"Según parece los integrantes de esta tradicional familia (Alvear) siempre supieron que estaban emparentados con San Martín".
"Según cuentan (los chatarreros) existe una fuerte tradición oral (!!!!) en Corrientes que asegura que esa india era Rosa Guarú".

Excelente síntesis para examinar.

Resumen que, obviamente, corresponde al acervo de la chatarreada.

Por lo tanto, corresponde ver ya la verdad histórica.

Pues resulta, al pronto, que aquella mentira tiene unas patas sumamente cortitas, toda vez que se destruye con noticias sacadas de las propias historias alvearistas.

En primer lugar, hubiera sido bueno consultar el libro de doña Sabina de Alvear y Ward, hija de don Diego de Alvear y Ponce de León, publicado en Madrid, en 1891. Como nosotros no hemos tenido esa suerte, nos conformamos con un "e-mail" enviado por el historiador Cristian García Godoy, quien sí revisó el libro en la biblioteca de Washington.

Este libro registra una cronología de los viajes de don Diego Alvear por las Misiones Occidentales guaraníticas, luego que fuera nombrado por el Gobierno Español para integrar la Comisión de Límites, acordada por el Tratado de San Idelfonso. Tal cronología se basa en el propio "Diario" llevado por el marino español.

Pues, entonces, doña Sabina Alvear y Ward nos informa que don Diego Alvear recién en 1784 se integró en Montevideo a la Comisión demarcadora de fronteras, y que, en dichas funciones, recién estuvo por primera vez en el pueblo de Yapeyú en el año de 1792.

En segundo lugar, hay que compulsar el referido "Diario" titulado "Relación geográfica e histórica de la Provincia de Misiones del Brigadier D. Diego de Alvear".

Allí se establece que D. Diego dejó Río de Janeiro el 25 de diciembre de 1783 para dirigirse al punto fronterizo del Chuy. Reunido con los comisarios hispanos y lusitanos instalaron el campamento base de la expedición. A continuación Diego señala que la normatividad que regía su tarea eran las Reales Ordenanzas hispanas: la de Intendentes sobre las Misiones, y la sobre los Pueblos del Paraná, Uruguay y Paraguay, ambas en 1783.
Luego, es obvio, que el "Diario" se empezó a escribir después de 1783.

El tercer libro de asesoramiento, es mucho más divulgado que los anteriores. Se trata de la "Historia de Alvear", de Gregorio F. Rodríguez.

En esta obra hay algunas variaciones respecto de las anteriores. Así, se dice que Diego Alvear, designado en 1783, salió de Buenos Aires el 23 de diciembre de 1783, acompañado de su esposa, con quien se estableció en el pueblo de Santo Angel Custodio, de Río Grande, y de allí fue a Montevideo. Que las comisiones se separaron en 1786, llegando a San Borja en 1787, a Iguazú en 1788, a Candelaria en 1789, a Curitiba el 14 de junio de 1791m y a partir de ahí recorrió Misiones, sometiendo sus investigaciones al Virrey de Buenos Aires en 1793. Añade que el 17 de marzo de 1801, abandonó don Diego sus funciones trasladándose a Montevideo. Entonces, sus tareas habían durado 18 años.

Don Diego de Alvear y Ponce de León

En los libros citados se relata más adelante el viaje de regreso a España, que los Alvear emprendieron el 9 de agosto de 1804, en los buques "Medea", "Mercedes", "Clara", y "La Fama". El 5 de octubre de ese año fueron atacados por fragatas británicas, las cuales hundieron el "Mercedes", donde viajaba la señora María Josefa Balbastro de Alvear, con siete hijos. La "Medea" fue apresada con su tripulación, en la cual se contaba don Diego y su hijo menor Carlos Antonio. Fueron llevados a Inglaterra, donde recibieron un trato excepcional, pudiendo entrevistarse con el Primer Ministro George Canning, con saludos del Rey Jorge III, e indemnizaciones por doce mil libras esterlinas.
George Canning

No se indica con exactitud el año que los dos Alvear, padre e hijo partieron de Londres hacia Cádiz. Sólo se sabe que en enero de 1807, D. Diego contrajo matrimonio con la inglesa Luisa Ward, y que en mayo de 1808 fue nombrado Comisario Provincial de Artillería; que alternó con los "ingleses aliados", y que: "la oficialidad inglesa hizo punto de reunión social y hospitalidad de la Casa de Alvear, obsequiosidad que éste manifestó desde el primer momento, correspondiendo así a la que había recibido de la sociedad inglesa, cuya esposa tan vinculada a ella, convirtió su casa en un centro de sociabilidad británica".

Bien: en las obras aludidas está la realidad de la vida de Don Diego en esa época. A estar a lo transcrito, José de San Martín ya contaba con seis años de edad, cuando su supuesto "padre" se encaminaba a Montevideo y cerca de 14 años cuando éste arribaba a Yapeyú para engendrarlo. Con el mismo efecto retroactivo, en 1807 debió prestar ayuda al ya Comandante de Caballería José Francisco de San Martín para que pudiera ingresar (o reingresar) al Ejército Real, como cadete...

No nos detengamos a colocar adjetivos. Simplemente, digamos que los chatarreros no son buenos amigos de la cronología... Como no lo son de la fisonomía, puesto que el rubio de nariz respingada de Diego de Alvear poco se parecía al trigueño o cetrino, de nariz aguileña, de Don José; mientras que la angulosidad del rostro de Mercedes Tomasa San Martín y Escalada es idéntica a la de doña Gregoria Matorras... Carecen además, de espíritu crítico, desde que nunca se preguntan por qué un matrimonio de moderados o bajos ingresos, que ya tenía cuatro hijos, iba a adoptar clandestinamente un quinto hijo. No brillan por la congruencia, desde que si argumento reposa en la falta de la partida de bautismo de José Francisco, otra tanta bastardía debió predicarse de Justo Rufino, de quien también existe la misma ausencia documental. Y menos cariño sienten por la lógica: si San Martín era, como ellos sostienen, hijo de Diego de Alvear y de la india Rosa Guarú, no deberían continuar hablando de "San Martín", sino de José Francisco de Alvear y Guarú...

Resulta que los chatarreros son gente desafortunada (bien que han hecho rápida fortuna económica). Y, como tales, eligieron mal el candidato para enlodar al General: justo aquél que no podía ser de modo alguno su padre. Porque, desde su óptica difamatoria, podrían haber inventado que San Martín era hijo de una india -llamada, según una "fuerte tradición oral" correntina, Violeta Ñandubay, o, según otras: Azucena Cuñataí, Hortensia Ibicuy, Petunia Humaitá, Gardenia Curuzú, Clavelina Curupaity, Margarita Tereré y Orquidea Itapirú- y de un hombre blanco. En este caso, de cualquiera de los miles de varones europeos que anduvieron por esa zona misionera. De cualquiera, con una sola excepción: la de don Diego de Alvear y Ponce de León, quien recién apareció por Yapeyú tres lustros después...

En síntesis: que en esta ocasión los chatarreros erraron el vizcachazo. Creyeron comprar bronce barato, y les vendieron cartón pintado (o papel higiénico de segunda mano). Fueron por lana, y salieron esquilados. Paciencia, muchachos... ¡Otra vez será!


FUENTES:
"Don José y los Chatarreros" del Dr. Enrique Díaz Araujo (págs 42-55)


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