Una vez, hace no mucho tiempo, Dios encomendó a uno de sus ángeles favoritos la misión de acercar un mensaje de optimismo a los habitantes de un miserable pueblo de la provincia de Santa Fe. En aquel distrito la hambruna era tal, que no se vacilaba en matar a los gatos para hacer de ellos un chat sauté aux ognions verts et sauce aux huitres. La gente había perdido irremediablemente la fe y sólo un milagro podría hacerles recuperar las esperanzas.
El ángel llegó al poblado un caluroso día de noviembre. En un principio, el gentío puso en tela de juicio la autenticidad del enviado celestial, pero un par de pruebas, como el vuelo del alado querubín y su aureola resplandeciente, bastaron para despejar las dudas de los más incrédulos.
Las sensibles y esperanzadoras palabras que el ángel brindó a aquellos desdichados fueron bellísimas, rebosantes de amor y eran capaces de llenar hasta al más inmenso vacío espiritual. Sin embargo los vacíos estomacales solo se curan con comida. Ese mismo día, producto del inconformismo, la muchedumbre decidió faenar al espíritu celeste para darse un gran banquete. “¿Muslo o pechuga?” fue la natural pregunta entre los comensales reunidos alrededor de la parrilla.
Todos coincidieron con la similitud de sabor con el pollo.