Para contar una Historia Inmensa es indispensable un punto de partida, de manera que he optado por arrancar desde acá, aun sabiendo que no es éste el real comienzo sino que es apenas un mojón más en el largo y confuso decurso -ni siquiera estoy seguro de que estos hechos constituyan una posta de continuidad lineal-.
Seleccionado el tiempo y el espacio inicial, configurada en mi mente la secuencia y los personajes que narraré, advertido el lector de que la va este asunto, puedo decir entonces sin temor y sin ambages, evitando los circunloquios, yendo derecho al grano, atravesando atajos, ansioso por gritar esta verdad que presiona desde adentro, así, como ya he dicho, derecho al grano y sin rodeos, desterrando la perífrasis de los miedosos, puliendo al extremo los recursos narrativos, erradicando ambigüedades, amparándome en la honestidad, desestimando un preludio para afinar las cuerdas pero acudiendo a este prólogo necesario para contextualizar la realidad de los protagonistas y dejar en claro que... ¿de qué estaba...? Sí, cierto, para dejar en claro que... Bueno, en fin... Para decir que:
Pablo llegó hace un rato, obedeciendo un impulso; él no milita en ninguna agrupación (ni política, ni ambientalista, ni nada), no se identifica con ninguna de las tribus de adolescentes urbanos, no pertenece a ningún club de fans... ni siquiera es hincha de fútbol; tal vez podría encasillárselo dentro del mote “rocker”, pero es tan amplio y confuso el término, abarca tantos mundos (por la ropa, alguien diría “rocker del barrio de Palermo” y tal vez... sí, tal vez); desidia es la palabra que, para los ojos profanos, lo describiría con mayor precisión; Pablo está en la edad límite, a un paso de advertir que la vida es un desierto, que los hombres viven aislados (ahí nomás de comenzar a escribir poemas e historias donde la vida es un desierto y el hombre es un ente aislado); la realidad le llega mentirosa e inventada por esa ventanita que se llama tele; pero como por sus venas alguna sangre corre todavía, cuando advierte que algo no cierra, cuando ni mente ni corazón se conforman con lo que tienen ahí adelante, se manda de una impelido por una fuerza rebelde que andá a saber de dónde le sale (de la edad, de dónde más); y ahí lo ves, entonces, rocker palermitano, en medio del bardo, corriendo y arengando como el activista más curtido.
Maxi espera desde temprano; él está al tanto de la que se viene, lo supo hace tres días, cuando llegaron los de siempre para incitarlos al rapiñe (vayan, les dijeron, nadie los va a tocar; vayan tranquilos, arrasen con lo que puedan, aprovechen ahora; vayan... y ellos fueron, qué más daba). Maxi conoce ambos lados, el hambre y el oportunismo, por eso no le pesa la culpa que le reclaman las leyes de los hombres sensatos, ¿culpa por qué?; botín: nada, dos o tres días de almuerzos para el comedor; y un ojo morado, Maxi, por no defenderse; cómo defenderse, cómo pegarle al salame que se interponía al malón por temor a perder un laburo de catorce horas diarias y trescientos al mes...; pasó la noche en lo de Claudia preparando las pancartas, los palos, las botellas, el alcohol, los trapos; haciendo el amor con Claudia nada más que para no caer en la ansiedad, nada más que por eso, piensa Maxi.
Claudia está emplazada en Diagonal; de alguna manera logra mantener el orden en la columna; los pibes gritan enardecidos, se quieren comer crudos a los de la Montada desde que éstos aplastaron a los seis o siete que reclamaban sentados y en silencio recubiertos por una bandera nacional, como si una enseña pudiese insuflar argentinidad a los forajidos que los pasaron por encima... ¿De dónde sacaba el carisma esa morocha flaquita que apenas sobrepasaba el metro y medio? Quién sabe, pero no le servirá por mucho tiempo más; el desborde es inminente. Ella sabe que es mejor esperar, es mejor sincronizar el avance para confundir a los Antimotines, pero los otros no, los soldados no lo saben, ni siquiera se saben soldados.
A Hernán lo mandó el diario, está allí no como persona, sino como lente y esto de algún modo lo excita a la vez que lo fastidia; porque hubiese querido largar la cámara y gritar como los otros; pero también sabe que, de haber sido así, hubiese deseado tener la cámara en la mano para registrar el instante en lugar de transpirar como uno más del malón. Entonces dale, sincronicemos: en lugar de lente persona, persona detrás de una cámara; ésta es la explicación verbal del conflicto sin palabras que lo mantiene activo en el centro de las corridas, soportando los gases, enfocando las jetas, gatillando una y otra vez la Nikon, chacingchacingchacingchacing como si deseara inmovilizar en la realidad la secuencia que, luego en el papel, parecerá tan móvil, tan dolorosamente móvil.
A Viviana la atrajo el ruido; salió para hacer unos trámites que le encomendaron en el estudio y cuando vio a los manifestantes se acercó, como siempre, como cada vez que veía un grupo más o menos grande de gente gritando, nada más que para ver; recién mismo se había acercado espectadora remilgada, tan “las señoritas bien no hacen esto o aquello”, pero ahora, y ni ella sabe por qué, se deja arrastrar por la marea humana hacia la Plaza; y canta con los otros; si hasta tiró al diablo las carpetas y los documentos del estudio; grita eufórica, como cuando el viejo la llevó al Obelisco para festejar la copa del 86; así canta, y siente la misma euforia, una alegría extraña, porque la genera una angustia que desconocía... o que negaba.
Raúl debe ser uno de los pocos que superan los cuarenta años; en realidad tiene cincuenta y cinco, pero aparenta mucho menos; el también luce barba, pera la suya es espesa, hirsuta y negra, tan diferente a las sombras ralas de los otros, los fuerza de diecitanto y rostro de veintiapenas; algo los asemeja, sin embargo: la opacidad de las miradas, tan de cuarentipicos. Ahora, aullando furias, no piensa ni en los años, ni en las metas, ni en los límites que imponen los años para alcanzar las metas. Ahora es uno en la multitud; un individuo necesario para que la masa ruja de la manera en que lo hace; él es un grano en el puñado de arroz que cae. Y sin embargo él es; él se siente, se reconoce.
Pablo suele pensar las cosas más absurdas en los momentos menos oportunos; esto lo saben, más que nadie, sus novias. Es capaz de preguntarles, un segundo después del orgasmo, en la penumbra rojiza del cuarto, y mientras se miran abrazados en el espejo del techo, si no les resulta extraño que la Avenida 9 de Julio cruce y corte de cuajo a la de Mayo y a la de la Independencia (que para el caso representa lo mismo), como si los que bautizaron a la “más ancha” hubiesen querido cagarse en la epónima libertad conmemorada. Pablo es así, no aprende a cerrar el pico, porque, después de todo, si un bocho no tiene remedio, al menos se puede practicar la prudencia, ¿no? Sobra decir que sus novias lo mandan a plantar rabanitos con la misma intempestividad con la cual él articula sus comentarios. Ahora se le ocurrió preguntarle a Maxi dónde consiguió el echarpe de arabescos azules y borlas blancas que utiliza para cubrirse del amoníaco de los gases. Le gusta porque es igual al que usa Arafat cuando sale en la CNN.
Maxi está en otra, no lo oye (mejor para Pablo, que de lo contrario hubiese recibido flor de carajeada); piensa en Claudia. No es amor, la etapa del boludeo quedó atrás, en los pasillos de la escuela; ahora ellos son brazos de una potencia que los necesita libres y con la mente concentrada en un objetivo concreto y real; no pueden permitirse un sentimiento que los obligaría a la mutua preservación, al miedo, a las dudas; ellos no pueden vacilar bajo ningún concepto, mucho menos por motivos egoístas; ellos son la fuerza que el pueblo ha olvidado, garras afiladas y jóvenes, zarpas ortopédicas para espíritus pisoteados, leonas celosas en procura de sustento para el rebaño desdentado. No, de ninguna manera pueden permitirse el miedo, sobre todo ahora que la Montada se rearma y los Antimotines parecen dispuestos. Maxi piensa en Claudia. No es amor, se repite una y mil veces. No es amor.
Claudia ya no sabe qué decir para que el grupo no se salga de madre; hay mucha gente y eso está bien, pero cuando haya que pelear serán tan pocos... lo sabe, por eso es preciso actuar fríamente; sin embargo su voz parece tan débil ahora que el bramido aturde. Intuye, y con razón, que la pendejada inexperta se dejará llevar por las provocaciones; la yuta está lejos, pero los gases llegan; calma, calma, dejen que vengan ellos, dejen que se desarmen; pero no la escuchan, no la escuchan, y ya se adelanta un pibe con el torso desnudo y el rostro cubierto. No lo reconoce porque no lo conoce; ella sabe quién es quién con sólo mirarles el paso. Ése pibe no es del grupo, ¡de dónde salió? Grita fuerte, mucho más que ella. Y son tantos ahí, tantos los que empujan hacia el centro, hacia la boca; empujan al grupo, la empujan a ella. No le queda más remedio que seguirlos, y gritar mientras avanza, y tratar de borrarse a Maxi mientras va, mientras grita y Maxi y avanza y cosquilla en el estómago porque avanza inexorable, grita desgarrada, piensa aunque no quiera.
Chacingchacingchacingchacing. Hernán los ve venir. ¿Están locos? Dispara la cámara y cada flashazo es una advertencia; él está ahí, en el centro de la plaza, tan cerca de la Montada, ahí nomás de los escudos; enfoca el lente hacia el compacto de azul y acrílico y ve tan claro, tan hijas de putas y claras las sonrisas de algunos cascos. Hernán quisiera gritarles a los otros que no, que todavía no, pero cómo si él es un lente, el ojo para un millón de ojos, pero sin voz, nada de voz, ¿quién puede oír, ahora, ya, un flash, un color, un chacing disparado de soslayo para escrachar al que empuña la Browning (y en ésa no habrá balas de goma ni salvas)? Él no es voz, sino ojos que miran y ven, entonces chacing, entonces a cumplir con el rol que le toca en suerte. Chacingchacing mientras el yuta apunta y dispara. Chacingchacingchacing antes de rajar (una más: chacing), porque lo han visto y esos que lo vieron son narcisistas pero para otras fotos, para otros fogonazos, son narcisistas para la 9 mm. Entonces a rajar, hermano, a rajar que ahí vienen; ni Magoya le arrebata el rollo. Ni Magoya.
Viviana se ha soltado el cabello; tal vez ha caído, porque se le advierte un rasguño en la rodilla izquierda; los gases la han hecho llorar y el rímel le deforma el contorno de los ojos; una lágrima le dibujó un surco negro hasta el borde de los labios; se ha quitado el suéter de hilo para revolearlo mientras grita las consignas que surgen en cada rincón. Sus padres, si la vieran, pensarían que está endemoniada (y tal vez lo esté, pero no desde hoy, precisamente), que es un monstruo despreciable como todos esos hippies y putas que la rodean; sin embargo, si vos la vieras, creerías, como yo, que es hermosa, que el rímel desprolijo resalta la perfección azul de sus ojos, que las hebras de cabello rubio adheridas en la frente sudorosa le otorgan una luz que hasta entonces no había tenido, que la camisa blanca y sucia la viste de etiqueta.
Raúl va mirando el cielo; mira hacia arriba pero siente acá abajo; siente sangre en las venas, siente el motorcito bobo que dale y dale sin pausa como cuando era pibe, como cuando podía sentir que había sangre y un motorcito bobo dale y dale que la zampaba en las venas. Raúl respira y sonríe; él también disfruta de esa euforia extraña que nace de la miseria; ahora entiende, él que no fue ni a San Clemente, lo que quiso decir Borges cuando dijo eso de que el viajero presiente una agitación en la sangre antes de ver el mar; Raúl adivina que está trepando el último médano, y que detrás lo espera el océano inabarcable, tan amplio como alguna vez hubo sido su futuro. ¿Por qué esa extraña alegría? ¿Por qué la seguridad de que está en las puertas del destino? Debe ser uno de los pocos mayores de cuarenta; de hecho tiene cincuenta y cinco, pero parece el más joven. Si lo vieras, parece un pendejo.
Pablo es así, pero se resiste a la mediocridad de vida que le encajaron sus circunstancias (porque ya se sabe que uno no siempre es uno y sus... claro, usted la ha dicho); por eso, aunque quizá hubiese estado más a gusto con el echarpe de Yasser, sale el primero, piedra en mano, cuando ve, consternado, que los de la columna norte están siendo arrasados por la Montada. Le parece un despropósito (lo piensa en estos términos, no se le ha ocurrido siquiera sospechar una palabra como, por ejemplo, masacre); obedece a esa fuerza que andá a saber de dónde le sale y que ahora es más fuerte que nunca, y lo manda de una, así, como un kamikaze en el Pacífico (pero él acá, argentino en Argentina) hacia el núcleo mismo del desbalance. Y grita, grita como un endemoniado. También llora... por la bronca, o por la euforia, pero quién podría precisar el motivo de las lágrimas ahí, donde todos lloran por los gases... o por la bronca... o por la euforia. Y grita mientras corre y corre mientras grita.
Está loco, piensa Maxi. Intenta retenerlo. ¿Quién es? No importa, ya es tarde, ya salió disparado y los otros lo imitan. Salen todos hacia el centro. Es mejor así, porque entonces los de la Montada tendrán que... No, no piensa en Claudia; o sí, pero con la misma preocupación que podría dedicarle a cualquier compañero. No es amor, porque no puede permitirse el miedo ni la autocompasión. Entonces no es amor. No, no debe ser amor. El bramido es ensordecedor, ahora gritan sin control, ahora marchan todos hacia el frente.
Los palos caen; no se ven, se sienten en el lomo. Quién podría ver si todo el mundo está en el piso tratando de respirar. Claudia intenta abrir los ojos; le arden, el humo corta como una gillette. Alcanza a ver una botas, las oye más que verlas, las siente en el estómago, como también siente el palo que le cae seco sobre el lomo, y el que le da en las piernas y la tumba por completo; de pronto, profetizando el desenlace, piensa en Maxi, debe reconocer que piensa en Maxi, debe aceptar que piensa en él, se lo exige la conciencia, o la mente, o... o aquél sentimiento tan difícil de admitir; sí, qué otra cosa puede ser aquél sentimiento que la obliga a una lágrima porque no podrá decirle a Maxi que el último palo no lo sintió, que no sufrió, que se fue tranquila y digna... pensando en él. Qué otra cosa, decime, vos que sabés.
El milico lo persigue sin tregua, a contramano del malón; Hernán carga un equipo pesado: un chaleco repleto de rollos, papeles, el celular, un bolso con doscientos lentes, la Nikkon en la mano y una Cannon medio chota colgando del cuello; encima el sudor que le empaña los anteojos (y el humo de los gases que le empañan el alma); de pronto pierde la voluntad, se reconoce entregado, disminuye la carrera lentamente hasta que por fin se detiene... y espera los dos segundos que tardará en llegar el yuta para pecharlo, empujarlo, arrojarlo al piso y aplastarle las cámaras. Sin embargo uno, dos, tres segundos y el golpe en la espalda no se da, incluso no se oyen los pasos tan únicos en aquella legión de pasos. Gira por reflejo más que por curiosidad, y ve al yuta de la Browning que apunta hacia la izquierda; no a él, sino hacia a la izquierda, desde donde avanza a los gritos un pibe de cabellos negros y largos, de cara afeitada, vestido con bermudas y una remera de rocker parlemitano... ese pibe no es del grupo, hasta Hernán puede darse cuenta, pero avanza más sacado que cualquiera con una piedra en la mano, y una piedra, como todo el mundo sabe, es un arma sumamente peligrosa para la integridad de un agente del orden, de manera que el yuta considera más que justificado ÉSTE disparo, y ÉSTE... y ÉSTE. Chacingchacingchacing. El yuta gira y AHÍ manda otro. Hernán se arroja detrás de un banco. Pif, hace la madera que se quiebra con el proyectil y le clava un astilla en la ceja derecha. Paf, le hace la cara cuando le llega el puño que lo duerme.
A Viviana le tiemblan las piernas; oye los disparos y quiere escapar; sin embargo la turbamulta empuja y la arrastra hacia el humo; ella se resiste, y llora; ha perdido un zapato, el otro lo lleva en la mano; el asfalto arde; ella es hermosa, tan hermosa que el temor no la desfigura; y avanza, aunque no quiere, se resiste; cae; alguien la toma del brazo y le ayuda a incorporarse; es inútil la resistencia cuando la Resistencia avanza. Ella es hermosa, tan hermosa que el temor no logra vencerla por completo, de manera que, forzada por la marea, se deja llevar, ahora se deja llevar. Otra vez eufórica. Se oyen disparos...
Raúl mira hacia el frente; ya no hacia arriba, sino hacia delante, podría decirse que él es el alma que contagia, la fuerza que nutre a los diecitantos y a los veintiapenas, él, que parece cuarentipico aunque tiene más de cincuenta. Mira hacia el frente esperando que llegue el mar. Y tanto humo, tanto ruido. ¡Pero claro, es la bruma! Y la rompiente de un día bravo... Está en el mar, Raúl sabe que está en el mar. Se oyen disparos...
Han pasado horas desde la escaramuza; ahora es noche; Maxi sigue llorando, llora sobre el cuerpo frío de Claudia. Ha llegado más gente, mucha gente, una infinitud de gente que canta y golpea cacerolas (la gente ¿entendés?, la que canta y golpea cacerolas). Maxi llora. Y le duele tanto que no oye ni los cantos ni el batir de bronces y aluminio teflonado, ni el rotor del helicóptero que huye... Huye; los diarios dirán que por las cacerolas.
Pero no, Maxi sabe que no. Las cacerolas, para lo único que sirven, son para cocer fideos.
Seleccionado el tiempo y el espacio inicial, configurada en mi mente la secuencia y los personajes que narraré, advertido el lector de que la va este asunto, puedo decir entonces sin temor y sin ambages, evitando los circunloquios, yendo derecho al grano, atravesando atajos, ansioso por gritar esta verdad que presiona desde adentro, así, como ya he dicho, derecho al grano y sin rodeos, desterrando la perífrasis de los miedosos, puliendo al extremo los recursos narrativos, erradicando ambigüedades, amparándome en la honestidad, desestimando un preludio para afinar las cuerdas pero acudiendo a este prólogo necesario para contextualizar la realidad de los protagonistas y dejar en claro que... ¿de qué estaba...? Sí, cierto, para dejar en claro que... Bueno, en fin... Para decir que:
Pablo llegó hace un rato, obedeciendo un impulso; él no milita en ninguna agrupación (ni política, ni ambientalista, ni nada), no se identifica con ninguna de las tribus de adolescentes urbanos, no pertenece a ningún club de fans... ni siquiera es hincha de fútbol; tal vez podría encasillárselo dentro del mote “rocker”, pero es tan amplio y confuso el término, abarca tantos mundos (por la ropa, alguien diría “rocker del barrio de Palermo” y tal vez... sí, tal vez); desidia es la palabra que, para los ojos profanos, lo describiría con mayor precisión; Pablo está en la edad límite, a un paso de advertir que la vida es un desierto, que los hombres viven aislados (ahí nomás de comenzar a escribir poemas e historias donde la vida es un desierto y el hombre es un ente aislado); la realidad le llega mentirosa e inventada por esa ventanita que se llama tele; pero como por sus venas alguna sangre corre todavía, cuando advierte que algo no cierra, cuando ni mente ni corazón se conforman con lo que tienen ahí adelante, se manda de una impelido por una fuerza rebelde que andá a saber de dónde le sale (de la edad, de dónde más); y ahí lo ves, entonces, rocker palermitano, en medio del bardo, corriendo y arengando como el activista más curtido.
Maxi espera desde temprano; él está al tanto de la que se viene, lo supo hace tres días, cuando llegaron los de siempre para incitarlos al rapiñe (vayan, les dijeron, nadie los va a tocar; vayan tranquilos, arrasen con lo que puedan, aprovechen ahora; vayan... y ellos fueron, qué más daba). Maxi conoce ambos lados, el hambre y el oportunismo, por eso no le pesa la culpa que le reclaman las leyes de los hombres sensatos, ¿culpa por qué?; botín: nada, dos o tres días de almuerzos para el comedor; y un ojo morado, Maxi, por no defenderse; cómo defenderse, cómo pegarle al salame que se interponía al malón por temor a perder un laburo de catorce horas diarias y trescientos al mes...; pasó la noche en lo de Claudia preparando las pancartas, los palos, las botellas, el alcohol, los trapos; haciendo el amor con Claudia nada más que para no caer en la ansiedad, nada más que por eso, piensa Maxi.
Claudia está emplazada en Diagonal; de alguna manera logra mantener el orden en la columna; los pibes gritan enardecidos, se quieren comer crudos a los de la Montada desde que éstos aplastaron a los seis o siete que reclamaban sentados y en silencio recubiertos por una bandera nacional, como si una enseña pudiese insuflar argentinidad a los forajidos que los pasaron por encima... ¿De dónde sacaba el carisma esa morocha flaquita que apenas sobrepasaba el metro y medio? Quién sabe, pero no le servirá por mucho tiempo más; el desborde es inminente. Ella sabe que es mejor esperar, es mejor sincronizar el avance para confundir a los Antimotines, pero los otros no, los soldados no lo saben, ni siquiera se saben soldados.
A Hernán lo mandó el diario, está allí no como persona, sino como lente y esto de algún modo lo excita a la vez que lo fastidia; porque hubiese querido largar la cámara y gritar como los otros; pero también sabe que, de haber sido así, hubiese deseado tener la cámara en la mano para registrar el instante en lugar de transpirar como uno más del malón. Entonces dale, sincronicemos: en lugar de lente persona, persona detrás de una cámara; ésta es la explicación verbal del conflicto sin palabras que lo mantiene activo en el centro de las corridas, soportando los gases, enfocando las jetas, gatillando una y otra vez la Nikon, chacingchacingchacingchacing como si deseara inmovilizar en la realidad la secuencia que, luego en el papel, parecerá tan móvil, tan dolorosamente móvil.
A Viviana la atrajo el ruido; salió para hacer unos trámites que le encomendaron en el estudio y cuando vio a los manifestantes se acercó, como siempre, como cada vez que veía un grupo más o menos grande de gente gritando, nada más que para ver; recién mismo se había acercado espectadora remilgada, tan “las señoritas bien no hacen esto o aquello”, pero ahora, y ni ella sabe por qué, se deja arrastrar por la marea humana hacia la Plaza; y canta con los otros; si hasta tiró al diablo las carpetas y los documentos del estudio; grita eufórica, como cuando el viejo la llevó al Obelisco para festejar la copa del 86; así canta, y siente la misma euforia, una alegría extraña, porque la genera una angustia que desconocía... o que negaba.
Raúl debe ser uno de los pocos que superan los cuarenta años; en realidad tiene cincuenta y cinco, pero aparenta mucho menos; el también luce barba, pera la suya es espesa, hirsuta y negra, tan diferente a las sombras ralas de los otros, los fuerza de diecitanto y rostro de veintiapenas; algo los asemeja, sin embargo: la opacidad de las miradas, tan de cuarentipicos. Ahora, aullando furias, no piensa ni en los años, ni en las metas, ni en los límites que imponen los años para alcanzar las metas. Ahora es uno en la multitud; un individuo necesario para que la masa ruja de la manera en que lo hace; él es un grano en el puñado de arroz que cae. Y sin embargo él es; él se siente, se reconoce.
Pablo suele pensar las cosas más absurdas en los momentos menos oportunos; esto lo saben, más que nadie, sus novias. Es capaz de preguntarles, un segundo después del orgasmo, en la penumbra rojiza del cuarto, y mientras se miran abrazados en el espejo del techo, si no les resulta extraño que la Avenida 9 de Julio cruce y corte de cuajo a la de Mayo y a la de la Independencia (que para el caso representa lo mismo), como si los que bautizaron a la “más ancha” hubiesen querido cagarse en la epónima libertad conmemorada. Pablo es así, no aprende a cerrar el pico, porque, después de todo, si un bocho no tiene remedio, al menos se puede practicar la prudencia, ¿no? Sobra decir que sus novias lo mandan a plantar rabanitos con la misma intempestividad con la cual él articula sus comentarios. Ahora se le ocurrió preguntarle a Maxi dónde consiguió el echarpe de arabescos azules y borlas blancas que utiliza para cubrirse del amoníaco de los gases. Le gusta porque es igual al que usa Arafat cuando sale en la CNN.
Maxi está en otra, no lo oye (mejor para Pablo, que de lo contrario hubiese recibido flor de carajeada); piensa en Claudia. No es amor, la etapa del boludeo quedó atrás, en los pasillos de la escuela; ahora ellos son brazos de una potencia que los necesita libres y con la mente concentrada en un objetivo concreto y real; no pueden permitirse un sentimiento que los obligaría a la mutua preservación, al miedo, a las dudas; ellos no pueden vacilar bajo ningún concepto, mucho menos por motivos egoístas; ellos son la fuerza que el pueblo ha olvidado, garras afiladas y jóvenes, zarpas ortopédicas para espíritus pisoteados, leonas celosas en procura de sustento para el rebaño desdentado. No, de ninguna manera pueden permitirse el miedo, sobre todo ahora que la Montada se rearma y los Antimotines parecen dispuestos. Maxi piensa en Claudia. No es amor, se repite una y mil veces. No es amor.
Claudia ya no sabe qué decir para que el grupo no se salga de madre; hay mucha gente y eso está bien, pero cuando haya que pelear serán tan pocos... lo sabe, por eso es preciso actuar fríamente; sin embargo su voz parece tan débil ahora que el bramido aturde. Intuye, y con razón, que la pendejada inexperta se dejará llevar por las provocaciones; la yuta está lejos, pero los gases llegan; calma, calma, dejen que vengan ellos, dejen que se desarmen; pero no la escuchan, no la escuchan, y ya se adelanta un pibe con el torso desnudo y el rostro cubierto. No lo reconoce porque no lo conoce; ella sabe quién es quién con sólo mirarles el paso. Ése pibe no es del grupo, ¡de dónde salió? Grita fuerte, mucho más que ella. Y son tantos ahí, tantos los que empujan hacia el centro, hacia la boca; empujan al grupo, la empujan a ella. No le queda más remedio que seguirlos, y gritar mientras avanza, y tratar de borrarse a Maxi mientras va, mientras grita y Maxi y avanza y cosquilla en el estómago porque avanza inexorable, grita desgarrada, piensa aunque no quiera.
Chacingchacingchacingchacing. Hernán los ve venir. ¿Están locos? Dispara la cámara y cada flashazo es una advertencia; él está ahí, en el centro de la plaza, tan cerca de la Montada, ahí nomás de los escudos; enfoca el lente hacia el compacto de azul y acrílico y ve tan claro, tan hijas de putas y claras las sonrisas de algunos cascos. Hernán quisiera gritarles a los otros que no, que todavía no, pero cómo si él es un lente, el ojo para un millón de ojos, pero sin voz, nada de voz, ¿quién puede oír, ahora, ya, un flash, un color, un chacing disparado de soslayo para escrachar al que empuña la Browning (y en ésa no habrá balas de goma ni salvas)? Él no es voz, sino ojos que miran y ven, entonces chacing, entonces a cumplir con el rol que le toca en suerte. Chacingchacing mientras el yuta apunta y dispara. Chacingchacingchacing antes de rajar (una más: chacing), porque lo han visto y esos que lo vieron son narcisistas pero para otras fotos, para otros fogonazos, son narcisistas para la 9 mm. Entonces a rajar, hermano, a rajar que ahí vienen; ni Magoya le arrebata el rollo. Ni Magoya.
Viviana se ha soltado el cabello; tal vez ha caído, porque se le advierte un rasguño en la rodilla izquierda; los gases la han hecho llorar y el rímel le deforma el contorno de los ojos; una lágrima le dibujó un surco negro hasta el borde de los labios; se ha quitado el suéter de hilo para revolearlo mientras grita las consignas que surgen en cada rincón. Sus padres, si la vieran, pensarían que está endemoniada (y tal vez lo esté, pero no desde hoy, precisamente), que es un monstruo despreciable como todos esos hippies y putas que la rodean; sin embargo, si vos la vieras, creerías, como yo, que es hermosa, que el rímel desprolijo resalta la perfección azul de sus ojos, que las hebras de cabello rubio adheridas en la frente sudorosa le otorgan una luz que hasta entonces no había tenido, que la camisa blanca y sucia la viste de etiqueta.
Raúl va mirando el cielo; mira hacia arriba pero siente acá abajo; siente sangre en las venas, siente el motorcito bobo que dale y dale sin pausa como cuando era pibe, como cuando podía sentir que había sangre y un motorcito bobo dale y dale que la zampaba en las venas. Raúl respira y sonríe; él también disfruta de esa euforia extraña que nace de la miseria; ahora entiende, él que no fue ni a San Clemente, lo que quiso decir Borges cuando dijo eso de que el viajero presiente una agitación en la sangre antes de ver el mar; Raúl adivina que está trepando el último médano, y que detrás lo espera el océano inabarcable, tan amplio como alguna vez hubo sido su futuro. ¿Por qué esa extraña alegría? ¿Por qué la seguridad de que está en las puertas del destino? Debe ser uno de los pocos mayores de cuarenta; de hecho tiene cincuenta y cinco, pero parece el más joven. Si lo vieras, parece un pendejo.
Pablo es así, pero se resiste a la mediocridad de vida que le encajaron sus circunstancias (porque ya se sabe que uno no siempre es uno y sus... claro, usted la ha dicho); por eso, aunque quizá hubiese estado más a gusto con el echarpe de Yasser, sale el primero, piedra en mano, cuando ve, consternado, que los de la columna norte están siendo arrasados por la Montada. Le parece un despropósito (lo piensa en estos términos, no se le ha ocurrido siquiera sospechar una palabra como, por ejemplo, masacre); obedece a esa fuerza que andá a saber de dónde le sale y que ahora es más fuerte que nunca, y lo manda de una, así, como un kamikaze en el Pacífico (pero él acá, argentino en Argentina) hacia el núcleo mismo del desbalance. Y grita, grita como un endemoniado. También llora... por la bronca, o por la euforia, pero quién podría precisar el motivo de las lágrimas ahí, donde todos lloran por los gases... o por la bronca... o por la euforia. Y grita mientras corre y corre mientras grita.
Está loco, piensa Maxi. Intenta retenerlo. ¿Quién es? No importa, ya es tarde, ya salió disparado y los otros lo imitan. Salen todos hacia el centro. Es mejor así, porque entonces los de la Montada tendrán que... No, no piensa en Claudia; o sí, pero con la misma preocupación que podría dedicarle a cualquier compañero. No es amor, porque no puede permitirse el miedo ni la autocompasión. Entonces no es amor. No, no debe ser amor. El bramido es ensordecedor, ahora gritan sin control, ahora marchan todos hacia el frente.
Los palos caen; no se ven, se sienten en el lomo. Quién podría ver si todo el mundo está en el piso tratando de respirar. Claudia intenta abrir los ojos; le arden, el humo corta como una gillette. Alcanza a ver una botas, las oye más que verlas, las siente en el estómago, como también siente el palo que le cae seco sobre el lomo, y el que le da en las piernas y la tumba por completo; de pronto, profetizando el desenlace, piensa en Maxi, debe reconocer que piensa en Maxi, debe aceptar que piensa en él, se lo exige la conciencia, o la mente, o... o aquél sentimiento tan difícil de admitir; sí, qué otra cosa puede ser aquél sentimiento que la obliga a una lágrima porque no podrá decirle a Maxi que el último palo no lo sintió, que no sufrió, que se fue tranquila y digna... pensando en él. Qué otra cosa, decime, vos que sabés.
El milico lo persigue sin tregua, a contramano del malón; Hernán carga un equipo pesado: un chaleco repleto de rollos, papeles, el celular, un bolso con doscientos lentes, la Nikkon en la mano y una Cannon medio chota colgando del cuello; encima el sudor que le empaña los anteojos (y el humo de los gases que le empañan el alma); de pronto pierde la voluntad, se reconoce entregado, disminuye la carrera lentamente hasta que por fin se detiene... y espera los dos segundos que tardará en llegar el yuta para pecharlo, empujarlo, arrojarlo al piso y aplastarle las cámaras. Sin embargo uno, dos, tres segundos y el golpe en la espalda no se da, incluso no se oyen los pasos tan únicos en aquella legión de pasos. Gira por reflejo más que por curiosidad, y ve al yuta de la Browning que apunta hacia la izquierda; no a él, sino hacia a la izquierda, desde donde avanza a los gritos un pibe de cabellos negros y largos, de cara afeitada, vestido con bermudas y una remera de rocker parlemitano... ese pibe no es del grupo, hasta Hernán puede darse cuenta, pero avanza más sacado que cualquiera con una piedra en la mano, y una piedra, como todo el mundo sabe, es un arma sumamente peligrosa para la integridad de un agente del orden, de manera que el yuta considera más que justificado ÉSTE disparo, y ÉSTE... y ÉSTE. Chacingchacingchacing. El yuta gira y AHÍ manda otro. Hernán se arroja detrás de un banco. Pif, hace la madera que se quiebra con el proyectil y le clava un astilla en la ceja derecha. Paf, le hace la cara cuando le llega el puño que lo duerme.
A Viviana le tiemblan las piernas; oye los disparos y quiere escapar; sin embargo la turbamulta empuja y la arrastra hacia el humo; ella se resiste, y llora; ha perdido un zapato, el otro lo lleva en la mano; el asfalto arde; ella es hermosa, tan hermosa que el temor no la desfigura; y avanza, aunque no quiere, se resiste; cae; alguien la toma del brazo y le ayuda a incorporarse; es inútil la resistencia cuando la Resistencia avanza. Ella es hermosa, tan hermosa que el temor no logra vencerla por completo, de manera que, forzada por la marea, se deja llevar, ahora se deja llevar. Otra vez eufórica. Se oyen disparos...
Raúl mira hacia el frente; ya no hacia arriba, sino hacia delante, podría decirse que él es el alma que contagia, la fuerza que nutre a los diecitantos y a los veintiapenas, él, que parece cuarentipico aunque tiene más de cincuenta. Mira hacia el frente esperando que llegue el mar. Y tanto humo, tanto ruido. ¡Pero claro, es la bruma! Y la rompiente de un día bravo... Está en el mar, Raúl sabe que está en el mar. Se oyen disparos...
Han pasado horas desde la escaramuza; ahora es noche; Maxi sigue llorando, llora sobre el cuerpo frío de Claudia. Ha llegado más gente, mucha gente, una infinitud de gente que canta y golpea cacerolas (la gente ¿entendés?, la que canta y golpea cacerolas). Maxi llora. Y le duele tanto que no oye ni los cantos ni el batir de bronces y aluminio teflonado, ni el rotor del helicóptero que huye... Huye; los diarios dirán que por las cacerolas.
Pero no, Maxi sabe que no. Las cacerolas, para lo único que sirven, son para cocer fideos.