El hombre de los puños de acero
Ya no tenia presente. El cielo seguía alumbrando aunque, cada día más débil. Sus ojos eran los de un marinero y sus brazos los de un minero. Cada puño de él era la marca de la lucha obrera, cada marca en su rostro era el signo de la victoria. Su cabello se torno gris como el humo de sus maquinas y su voz nunca acalló el grito de la libertad.
Nunca nadie pudo detener su pensamiento, nunca nadie pudo dejar de admirarlo. Los médicos le diagnosticaron una enfermedad de la vejez, todos coincidían en que él tenía alzheimer.
Nunca se entrego a los diagnósticos, su memoria le jugaba malas pasadas que él marcó con su puño sobre la mesa derruida. La mañana marcaba el ritmo de sus quehaceres y las noches traían los fantasmas de sus recuerdos.
Pocos hablaron con él en los últimos diez años, quizás por temor a que no los recordara. Decían que cuando fue dejado fuera de la fábrica su vida ya no era la misma. La noche más larga de su vida tomo coraje y volvió al lugar que tiño su vida de rojo. Ingresó por la puerta mas pequeña al último galpón de la estación. Fue en ese momento que nos dimos cuenta que él no estaba enfermo y que su memoria funcionaba excelente. Todos sus recuerdos estaban allí junto a las maquinas y tornos; junto a las calderas y pinzas.
A partir de ese momento ya nadie pudo negar que la memoria de los días esta en los lugares que uno más ama, en los lugares que dignifican al ser humano. La historia esta hecha de grandes momentos en que somos felices y pequeños momento que nos llevan a comprender el porque debemos revolucionar nuestros días hora a hora.
Ya no tenia presente. El cielo seguía alumbrando aunque, cada día más débil. Sus ojos eran los de un marinero y sus brazos los de un minero. Cada puño de él era la marca de la lucha obrera, cada marca en su rostro era el signo de la victoria. Su cabello se torno gris como el humo de sus maquinas y su voz nunca acalló el grito de la libertad.
Nunca nadie pudo detener su pensamiento, nunca nadie pudo dejar de admirarlo. Los médicos le diagnosticaron una enfermedad de la vejez, todos coincidían en que él tenía alzheimer.
Nunca se entrego a los diagnósticos, su memoria le jugaba malas pasadas que él marcó con su puño sobre la mesa derruida. La mañana marcaba el ritmo de sus quehaceres y las noches traían los fantasmas de sus recuerdos.
Pocos hablaron con él en los últimos diez años, quizás por temor a que no los recordara. Decían que cuando fue dejado fuera de la fábrica su vida ya no era la misma. La noche más larga de su vida tomo coraje y volvió al lugar que tiño su vida de rojo. Ingresó por la puerta mas pequeña al último galpón de la estación. Fue en ese momento que nos dimos cuenta que él no estaba enfermo y que su memoria funcionaba excelente. Todos sus recuerdos estaban allí junto a las maquinas y tornos; junto a las calderas y pinzas.
A partir de ese momento ya nadie pudo negar que la memoria de los días esta en los lugares que uno más ama, en los lugares que dignifican al ser humano. La historia esta hecha de grandes momentos en que somos felices y pequeños momento que nos llevan a comprender el porque debemos revolucionar nuestros días hora a hora.