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Relato sobre el hundimiento del A.R.A General Belgrano

Hola chicas y Robertos les tengo un post de la gran flauta, que es una anécdota de la guerra de Malvinas, más precisamente sobre el hundimiento de nuestro A.R.A General Belgrano relatada por el Teniente de Fragata Raúl Armando Santuoro.
El testimonio está extraído del libro “Recuerdos de Guerra” de la autora Antonia Guarini que recopila historias y testimonios de distintos ex combatientes, el cual tengo enfrente mío ahora mismo.

Ultima imagen del A.R.A General Belgrano, en Ushuaia
Raúl Armando Santuoro (ingeniero mecánico) es sobreviviente del naufragio del crucero A.R.A General Belgrano, hundido por un submarino británico el dos de mayo de 1982.

He aquí su historia:
1° de mayo de 1982, al sur de las Islas Malvinas. Tres buques de la Armada Argentina se amadrinan al buque tanque de YPF “puerto rosales” –tripulado por valientes civiles- para cargar combustible; luego parten con rumbo este en la búsqueda de la flota inglesa.


El destructor A.R.A Piedrabuena, uno de los escoltas del crucero Belgrano, junto con el A.R.A Buchard (abajo)

Historia
Buque sisterna de YPF "Puerto Rosales"

El crucero A.R.A General Belgrano acompañado por los dos destructores, forma parte de un plan de ataque general que se efectuaría contra la flota enemiga que se halla al este de las islas; esta operación se ejecutaría con otro grupo de buques de guerra argentinos (entre los que se encontraba el portaaviones A.R.A 25 de mayo) que se encontraría al norte del archipiélago.
La operación se frustra, pero ya vivimos los primeros momentos de excitación es incertidumbre; es la primera vez, en decenas de años, que la flota argentina navega en condición de combate real contra un enemigo imponente.
Al día siguiente, el Crucero navega por un sector al sudeste de la isla de los Estados, mientras aguarda órdenes de superiores. Me dirijo a tomar mu guardia cerca de las 15:45 hs., unos quince minutos antes de la hora prevista, en la central de control de averías. (Normalmente, en tiempos de paz, la tripulación del buque rondaba los 750-770 hombres, pero en este caso se llegó a 1093 tripulantes. El 100 % de la dotación fue distribuida en tres horarios de guardias rotativas. De este modo, cada tripulante cumpliría 8 horas de guardia por día, mientras no se estuviera entablando combate. Esta modalidad mantenía al buque en permanente estado operativo y con posibilidad de inmediata respuesta en todos los sistemas y servicios. Fuente; Wikipedia). Este lugar (la central de control de averías) se ubicaba prácticamente en el fondo del crucero y aproximadamente a unos 70 metros de la proa, es el que recibe información desde cinco estaciones distribuidas en el buque, en las que se aposta personal cuya misión es la de informar el estado de los compartimientos a su cargo en todo lo relativo a incendios, estanqueidad, averías provocadas por colisión o ataques, o todo lo que pudiera afectar su integridad.



(ubicación aproximada de la central de control de averías)

En esos minutos me dedico a confeccionar un listado de materiales junto a un suboficial que esta por dejar su guardia; termino el trabajo y asumo mi puesto pocos minutos antes de las 16:00. Me encuentro sentado en el banco que tiene el local, acompañado por el Cabo Ernesto Arce y el conscripto Claudio Bosana, mis compañeros de guardia; ellos están a cargo de las comunicaciones con las distintas estaciones y el puente de mando. Súbitamente nos sorprenden dos sacudones laterales y un bamboleo que estremecen al buque, seguidos por un corte total de luz. A continuación percibo la desaceleración que se produce, siento que el buque se frena. Mi cuerpo es empujado hacia adelante. Estamos sin propulsión.
Automáticamente recuerdo un accidente que había ocurrido un par de años atrás entre el portaaviones y un destructor y pienso que hemos colisionado con un destructor de nuestra escolta; en una fracción de segundo descarto la idea porque sé que en el exterior hay una relativa buena visibilidad y que estamos navegando distantes a nuestros buques. ¡Hijos de puta, nos torpedearon!, me grita mi cerebro al llegar a la verdad. Siento la sien caliente por la impotencia y la bronca de haber sido atacados, de que nos “mojen la oreja”.
Listo, a apechugarla y ver que se puede hacer. No hubo ni hay ruidos de explosiones; evidentemente los impactos son lejanos y la compartimentación del buque sirve como barrera auditiva. El buque se inclina hacia babor, pido a mis compañeros de guardia que reclamen información a las estaciones de control de averías. La única que acusa recibo de nuestro pedido es la que cubre toda la cubierta principal y la parte alta del buque. Mal síntoma, nadie contesta desde las cuatro estaciones que cubren los sectores inferiores del mismo. Me pongo el salvavidas y el casco que había dejado colgados dentro de la central. Iluminando con mi linterna de mano, vigilo el indicador de inclinación del buque ubicado frente a mí, mientras escucho el crepitar lúgubre de la estructura de acero del buque que se queja por la escora. La ausencia total de ruidos, de maquinaria y ventiladores, producto de la falta de energía magnifica su lamento.
¿Qué carajo estará pasando allá afuera? Al fin contesta la estación, pero no hay mucha información. Saben que hay dos impactos de torpedos, uno en proa que afectó la sección delantera y otro en popa hacia la cuaderna 101, a la altura de la cantina. También ven salir humo de la torre de cañones número tres; paso la información al puente de comando que la está requiriendo con urgencia.
Seguimos llamando a las otras estaciones pero nadie contesta. No puedo ordenar a nadie que verifique su sector porque, simplemente, no hay nadie que conteste en las estaciones de abajo.
No lo quiero pensar pero no puedo deshacerme de la idea de que un tercer torpedo viene en viaje para rematar la tarea de los dos primeros. Mi instinto de supervivencia me dice que es el momento de salir de este lugar. La ubicación de la central de control de averías no es el lugar más saludable para alentar esperanzas; estamos muy abajo, a unos cuatro metros debajo de la línea de flotación y rodeados de combustible y munición que se encuentran diseminados en todos los cuartos vecinos. La sensación de claustrofobia es opresiva. Si llegaran a tirar otro…
Miro el indicador de inclinación. La escora crece rápidamente pero no tengo idea de cuánto nos estamos hundiendo.
Saco del mueble de planos que tiene la central, el llamado “diagrama de efecto de inundación” donde se detallan los tanques de agua, aceite, y combustible que tiene el buque. Este plano informa sobre la ubicación de los tanques, su capacidad y la inclinación que se puede corregir si se pasan fluidos de un lateral del buque al costado contrario por el mero traspaso de peso.
Llega a la central el suboficial asesor de cargas líquidas; le pregunto sobre la posibilidad de trasvasar los contenidos de los tanques. Mala respuesta, estamos hasta el tope luego del aprovisionamiento de combustible efectuado el día anterior, por lo tanto la maniobra no es posible. Después supe que otros factores la hubieran hecho también imposible: compartimientos inundados, personal muerto, falta de vapor y energía para iluminar los sectores y accionar de las bombas…
Miro el indicador de inclinación. Pasaron unos 15 minutos, y ya estamos escorados unos 15 grados, es decir que el barco se inclina a razón de un grado por minuto. Sé que hasta los 33 grados, en condiciones normales, la estabilidad del buque no es afectada porque el agua no llega a la cubierta principal. Trato de consolarme con eso pero sigo desconociendo cuanto se está hundiendo el buque y con que velocidad avanza el agua en su interior, además de inclinarse. Mi cerebro está tan ocupado que por suerte no tengo tiempo de pensar en un tercer torpedo. Informo al puente las pocas novedades disponibles.
Llega a la central mi jefe directo y lo pongo al tanto de las novedades. Me ordena ir a proa y estancar el sector. Salgo por fin del agujero por la empinada escalera y llego al dormitorio de maquinistas. En medio de la oscuridad y gracias a mi linterna miro el lugar pleno de cuchetas. Normalmente esta ordenado pero ahora es un revoltijo. Evidentemente, por aquí la evacuación ha sido muy rápida. Silencio por todos lados.
Sorprendido veo que los tubos por donde se introducen sondas para medir el nivel de combustible de los tanques ubicados mas abajo derramaron fuel oil, tal es la fuerza de los cimbronazos que padecimos. Al seguir andando en la oscuridad, al iluminar con mi linterna, me encuentro con un conscripto en crisis que bajó hasta el dormitorio para buscar su salvavidas y se extravió. Grita que se va a morir, que lo ayude a salir. Le pido a un guardiamarina, que pasa por allí con una linterna que lo lleve a los sectores superiores.
Sigo hacia proa y paso por la enfermería. Alumbro y veo que ya no queda nadie allí; obviamente, lo enfermos y un tripulante que un par de días atrás lo operaron de apendicitis ya fueron evacuados.
Subo una cubierta más y ya estoy debajo de la principal. Llego al sector de la estación de control de averías que debía cubrir el sector de proa pero no veo a nadie. Veo que la radio que comunica con la central de averías está caída, por eso nadie respondía; el resto del lugar está intacto, pese a que la explosión delantera estuvo más que próxima. Al menos no hay heridos, no veo rastros de sangre.
Finalmente, me asomo a la cubierta principal y gritando pregunto por la gente de la estación de control de averías; observo que el personal en este sector del buque ya se encuentra ordenado en cercanías de sus respectivas balsas salvavidas. Alguien me responde también a los gritos: “¡Señor, vaya a su balsa porque en cualquier momento se da la orden de abandonar el buque. Ya estamos por tirar las balsas al agua!”.
Entonces decido pasar por mi camarote, del que me encuentro cerca, para tomar el bolso de supervivencia que tengo ya preparado para cualquier emergencia. En él puse ropa interior, un toallón de baño, un pulóver, un overol, y chocolates. Abro mi camarote y veo que, producto de la explosión de proa, se abrió la puerta del botiquín y el frasco de afeitar está roto en el piso. Tomo mi bolso y me pongo la “parka” (abrigo pesado), cierro la puerta del botiquín y el camarote. Salgo a la cubierta principal, doy una mirada, y observo que en la popa la cubierta esta mucho mas cerca del agua que en la proa. Evidentemente las cosas están peor por allá que acá. Decido ir a ver que puedo hacer en ese sector.

Relato sobre el hundimiento del A.R.A General Belgrano

Comienzo a caminar hacia la popa por la banda de babor. Al llegar aproximadamente al sector medio del buque, veo un conscripto de los que forman parte de la dotación de una de las estaciones de control de averías del sector inferior del buque. Está junto a otros tripulantes cercanos a su balsa tiritando.
-¿Qué te pasó?, ¿Por qué no estás en tu puesto?- le pregunto.
-“Se llenó de golpe todo de humo, tuvimos que salir corriendo”- me contesta entrechocando los dientes. Su respuesta me da una idea de lo que debe haber pasado en su sector…
Lo dejo y sigo caminando. ¡Increíble! En la cubierta principal veo combustible, a pesar de que los tanques están en el fondo del buque. ¡No puede ser! ¿Cómo llegó hasta aquí? Rápidamente me doy cuenta que el torpedo que impactó en popa entró por debajo de la línea de flotación, y al estallar reventó los tanques del fondo. La explosión destruyó las cubiertas inferiores y la onda expansiva atravesó todo ese espacio a través de las roturas y las aberturas propias del buque, llevando el combustible hasta arriba, arrasando todo lo que había a su paso. Mejor no pienso en la gente que estaba en ese sector, en los dormitorios, en las maquinas…


(Puntos de impactos de los torpedos. Aprox)

Pese a que estoy viendo perfectamente mi camino, con confío y piso dos veces la mancha de combustible, sin tomar precauciones. No tardo en pagar las consecuencias; con el buque inclinado y con la cubierta de madera aceitada por el combustible, resbalo y caigo en ambas oportunidades. Si no fuera por el trancanil, un reborde perimetral que recubre la cubierta principal, podría haber caído al agua.
Llego a la altura de la carpintería, rodeo el sector porque allí también hay combustible y cruzo hacia la banda de estribor. Me asomo por la escalera que conduce hacia la primera cubierta inferior y, hacia el sector de la cantina. No veo nada, no alcanzo a distinguir la cubierta que debe estar unos tres metros más abajo. El humo proveniente de las cubiertas inferiores solo me permite divisar algunos peldaños de la escalera de acero que, bañada en combustible, comunica con la cantina. Desde abajo proviene un ruido semejante a aceite hirviendo en una sartén. Intento accionar una válvula de incendio en la cubierta principal, logro abrirla pero la manguera permanece achatada. No hay caso, la falta de energía afectó todo el buque, no hay presión de incendio.
Me asomo nuevamente a la cantina, quiero tratar de ver que pasa abajo, que origina ese ruido, hasta donde llega el agua que invade el buque. El humo me impide cualquier apreciación. De repente reptando por los peldaños de la escalera, en medio del humo, comienza a emerger una figura humana. El hombre robusto, con la ropa pegada al cuerpo, quemado y totalmente impregnado en combustible, avanza lentamente hacia arriba y alcanza a pedir ayuda. Le pido colaboración a un cabo que está cerca de mí, entre ambos lo tomamos de los brazos y lo llevamos tambaleando a la cubierta principal donde está el personal médico. ¿Dónde habrá estado, como habrá hecho para salir? Le debe haber tomado media hora de lucha para llegar a la cubierta principal. Seguramente tuvo que pelear en la oscuridad contra el humo, soportando sus quemaduras, transitando por cubiertas, escaletas inclinadas y resbaladizas. Brr… mejor no lo pienso.
Son las 16:30 hs. Inmerso en esta situación no oigo la orden que dieron de abandonar el buque. El comandante tomó esa decisión al ver que la situación era irreversible y que el barco se hundiría pronto y nada se podía hacer por él ni por los tripulantes que no lograron salir. Cuando me doy cuenta veo las balsas con gente en su interior. Algunas de ellas ya están alejándose.
El dolor es infinito pero es hora de dejar el crucero y hay que pensar en ver cómo salir de esta.
Me dirijo a la balsa de la cual soy jefe, cercana al sector donde estoy pero en la banda de babor. No la encuentro, ya se fue. Después me enteré de que la encontraron con tres personas en su interior muertas por congelamiento. Supongo que esperaron un tiempo prudencial antes de abandonar el buque pero quizás por temor a ser alcanzados por la succión se alejaron prematuramente. Horas después, el calor de sus cuerpos no fue suficiente para contrarrestar el frio implacable que atravesaba el piso y las paredes de la balsa. ¡Pobres, habían logrado sobrevivir a los torpedos pero en su apuro sellaron su destino!



Tomo la balsa más próxima a la que me correspondía cuyo jefe es un médico. Flota muy cerca de la cubierta principal debido al efecto de la inclinación y al pronunciado hundimiento que tiene el buque en este sector. Doy un pequeño salto y ya estoy en su interior. Hasta ahora todo va bien.
Como la balsa ya está completa de tripulantes, la desprendemos del buque. Comenzamos con la tarea de tratar de alejarnos de él; no es fácil porque el oleaje nos mantiene pegados al casco y lo único que logramos es avanzar hacia proa pegados a su estructura. En el trayecto seguimos subiendo gente dado que la balsa queda muy a mano para abordarla. Entre otros sube el segundo comandante, el cual – como yo – tampoco pertenece a la misma.
Me asomo por una de las aberturas de entrada para colaborar con los intentos de separarnos del crucero; nos apoyamos con ambas manos en el acero frio y empujamos. Nada. Pruebo con un remo de madera, nos alejábamos unos centímetros pero nos volvemos a acercar. Oímos el sonido de la cadena del ancla de babor que cae al agua; se zafó de su traba y el ancla, ciega, cae sobre una balsa cargada con tripulantes, empujándola hasta el fondo del mar con su preciada carga humana…
Seguimos esforzándonos. Nos preocupa que el buque se pueda hundir en cualquier momento. Además de seguir en esta situación y acercarnos más a proa corremos el riesgo de que la balsa entre en contacto con la misma, destrozada por el torpedo. Lo que antes fue una esbelta nariz metálica afilada, se transformó en un amasijo de hierros, perfiles y chapa con varias aristas amenazantes. Esas fauces abiertas en las que se arremolina el agua pueden llegar a desinflar nuestra balsa como un globo que se pincha como una aguja.
A remar como sea: con las manos, con mi casco, con los remos. Los que podemos y estamos en posición de hacerlo redoblamos el esfuerzo. ¡Vamos carajo, tenemos que poder alejarnos!
Lentamente, conseguimos separarnos y la balsa comienza a derivar hacia el mar, por delante del buque. Pasamos cerca de la proa sin ningún inconveniente. Agotado, me meto adentro de la balsa. Un guardiamarina llega nadando hasta nosotros. Su balsa se pinchó y tuvo que abandonarla. Lo ayudan a subir, se sienta a mi lado y comienza a tiritar de frio. Tuvo suerte, le doy mi pulóver para que se abrigue; se lo pone encima de su ropa mojada.
Nos encontramos a unos cien metros del barco, lo veo de frente; la inclinación es muy fuerte y aún con muchas balsas alrededor imitando a un desmadejado collar de cuentas anaranjadas que resalta en la oscuridad del agua. El final se aproxima, deben ser ya como las 17:00 hs. Tengo la mirada clavada, fija en el buque, no puedo dejar de mirarlo. De repente, en un lento y majestuoso vaivén su imponente silueta se recuesta pesadamente sobre babor. Pienso en las balsas que aún puedo ver a su costado. ¡Pobres tipos, a estos se los lleva! – pienso, y se me encoje el corazón.
El oleaje que produce el buque con su último movimiento aleja milagrosamente las balsas que lo apuntalan. Ninguna es alcanzada por mástiles o chimeneas. Zafaron.
En un último espasmo el crucero desprende vapores y aire caliente, el agua lo termina de invadir y desaloja los gases de sus sectores mas altos. En pocos segundos su figura es abrazada por las aguas y desaparece de la superficie…
¡Se va nuestro crucero, nuestro buque, nuestro hogar, un hermano metálico al que le dábamos vida! ¡Quién sabe cuántos murieron! ¡Hijos de puta, no debería ser así!
Me quedo absorto, es difícil digerir todo lo vivido en las últimas horas. De repente y en medio del silencio en el que estábamos, dos tremendas explosiones, desde el fondo del mar, nos conmueven.
-¡¡¡Blummm, blummm!!!, parece que estuviéramos dentro de un gigantesco tambor y que una mano descomunal lo azota. El buque explotó debajo del agua, es su último alarido de rabia.


Testimonio
(ultimos momentos del crucero Gral. Belgrano)

Comentario: El Belgrano antes de la guerra había sufrido una avería en la proa por la cual unos 20/30 m tuvieron que ser reparados. En las fotos se ve claramente como falta toda la sección de proa hasta la primer torre triple, pudiendo ser este un indicio de que la zona había quedado debilitada.
Comentario 2: En relación al comentario anterior no me explico cómo fue la parte del ancla que cayó sobre la balsa.


Bueno gente, hasta acá el post. Es sólo la parte del hundimiento la que armé. Si el post tiene algo de exito armo la parte del rescate. Saludos!

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