Escrito sobre el
vacío
: apuntes críticos
Nada más será. Nada, nada, nada.
¡Oh! Esta perspectiva hacia el:
¡ Vacío absoluto!
Philipp Mainländer
Abunda el vacío en el mundo : eterna contradicción. Su abundancia está dada por su absoluta ausencia. ¡Paradoja para los mortales! El mundo no está constituido básicamente por el sentido y la presencia. Esos solo son artilugios de nuestra razón para procurarnos una anestesia y aliviar la congoja ante la siempre posible y molesta pregunta: ¿Para qué, finalmente, existir? ¿Qué sentido tiene la vida? Tras el ser se esconde la nada, o bien en todo abunda la posibilidad del vacío , del sinsentido, del absurdo y del nihilismo. Al unísono resuena en mis palabras la severa pero delicada voz de Emil Cioran: «La vida no es sino una respuesta a la muerte» (De lágrimas y de santos).
Un optimista, un predicador de la «buena fe en el mundo » (o en lo que sea), podría replicar a mi sentencia, señalando de buena fe que la vida posee en sí un sentido y decir luego que ese sentido es Dios, que ese sentido es la vida por la vida y poseer mercancías. Que aquél sentido es el «ser alguien»… ¿Ser alguien? ¡Qué osadía! Me parece irrisorio que alguien hoy en día pueda decirse ser-alguien o sentirse orgulloso de esa «ficción» (la de ser-alguien). ¡Cuánto resentimiento! ¡Cuánto miedo se esconde tras esa necesaria ficción! ¡Cuántas máscaras para evitar la fatal verdad! La ausencia está implícita silenciosamente en todo: en nuestras creencias, en nuestros valores, en nuestras acciones y, en fin, en todo aquello que decimos que existe o que nos constituye como seres vivos.
Ahora bien, ¿es digna la resignación ante el Vacío ? ¡No! La ausencia absoluta, la posibilidad de que todo sea una simple ilusión o un sueño cosmogónico solo nos desafía constantemente a mantener la fortaleza y el ímpetu de continuar representándonos el mundo a pesar de la vacuidad que el modo de vida capitalista imprime a la vida y la naturaleza: «en los pasos más vigorosos de la vida resuena la muerte», nos dice Nietzsche en 1873. El vacío sólo emerge ahí donde la conciencia se ha agotado de escarbar en las cosas. Ahí donde la conciencia desea ir «más allá» y ninguna de sus verdades parecen satisfacer aquél «más allá». ¿Un punto de no retorno? ¿Una fatal prueba existencial? Como bien indica Heidegger, la muerte es la posibilidad más remota al Dasein. Yendo más allá: la vida solo adquiere sentido pensarla cuando se ha tomado una posición frente a la muerte, o bien: la vida solo adquiere sentido en la medida que se ha pensado la muerte (parafraseando a Cioran).
Mirando desde una panorámica instantánea a nuestra época, caracterizada por el «mono-tono-teísmo» del Capital virtualmente encriptado en nuestra vida orgánica y material, el ser-alguien carece de auténtico resplandor. Quiero decir que la realidad está determinada por la metafísica del capital, en tanto define los ámbitos de posibilidad de ser (por ejemplo, en los estereotipos) siempre marcados por la mediatización del valor-capital. Su realizabilidad es la imposición de la mera-apariencia y su valoración radical, en tanto que sustrato del individuo moderno, reducido así a apariencia inauténtica. «fetichización del ser», consagración del espectáculo como realidad (guiño a Guy Debord), es decir: como verdad en sentido estricto.
La crítica a los «intelectuales burgueses» repercute en esto: rehúyen del mundo en el cual son. No se puede hacer vista ciega de la ideología, que no es sino una interpretación sistemática del conjunto histórico de apariencias que se imponen como verdad a través del imperativo de la cultura que normaliza, mediante la imposición de formas de vida generalmente corrosivas para las subjetividades individuales. No podemos hacer vista ciega, en tanto que la ideología prescribe la imagen del mundo que nos es dada, a saber: ocultada por la inversión mercantil del valor de la vida.
Una sociedad de autómatas con mayor o menor grado de conciencia de sus ficciones … y de las realidades creadas y reproducidas a través de estas ficciones . Una panorámica histórica, en fin, que ha perdurado no sin cambiar sus velos.
¿Acaso no es evidente el absurdo que impera en nuestra existencia gobernada por la forma de la falsa conciencia? No es que quiera hacer una apología del joven Marx, pero el fantasma de la alienación siempre vuelve —como realidad y metáfora— a describir la esencia de nuestra sociedad moderna actual y la miseria concomitante de los individuos ajenos a sí mismos: automatizados por la conformidad y absoluta entrega a las expectativas de la cultura del espectáculo.
El espectáculo no es creación, sino pura reproducción. La imagen del mundo es solo la que es reconocida por el valor-capital. El arte culto es solo un ejemplo sofisticado de esta idea. Quienes estiman, con ingenuo optimismo, la vida «porque sí» (todos los fanáticos coinciden en esto), deben ser capaces, inclusive por su profundo supuesto amor a la humanidad (es decir, por su repulsiva compasión), de mirar con otros ojos, de volver a mirar los prejuicios con los cuales han sepultado la vida. Desde los pro-vida hasta los altos economistas, por ejemplo, no son más que burgueses mediocres, arlequines aburguesados, que han consagrado la reproducción de la imagen- mundo a través de consignas publicitarias vacías y autoritarias que definen y reproducen una idea de vida, que parten del prejuicio: «consume o muere». Una vida no garantizada a priori para todas y todos. Una vida que ni ellos mismos logran comprender en sus insípidas formulaciones pseudorealistas. Una concepción de vida que reproduce y preserva los intereses de la clase política dominante, diciéndolo de pasada. Una vida, en fin, que no es sino una negación a la vida, que parte de los supuestos de la diferenciación económica y cultural estructural.
De toda esta reflexión, me surge la siguiente moraleja: la crítica solo es virtuosa cuando se convierte en un estilo de vida y creo que esta es una de las enseñanzas implícitas en todos aquellos pensadores que, de alguna manera, abrazaron el pesimismo. Ella nos interpela profundamente. La crítica aquí entendida es una actitud vital que parte por el deseo de querer transgredir y crear nuevas verdades, sin reproches ni ademanes sofisticados (políticas mainstream). La crítica debe abrazar el absurdo de momento, solo así podrá forjar nuevos puntos de vista desde los cuales poder mirar hacia nuevas formas de vida. Solo así el «arte de criticar» podrá reconquistar su fuerza transfiguradora de la falsa-conciencia y la realidad, dejando de ser ella misma falsa-conciencia.
Si es que acaso el virus de la humanidad no sea acaso una enfermedad irreversible implantada en el planeta Tierra. Y quién sabe, quizás ya no estaremos en el peor de los mundos posibles (aludiendo a la sentencia burlesca de Schopenhauer).
Nada más será. Nada, nada, nada.
¡Oh! Esta perspectiva hacia el:
¡ Vacío absoluto!
Philipp Mainländer
Abunda el vacío en el mundo : eterna contradicción. Su abundancia está dada por su absoluta ausencia. ¡Paradoja para los mortales! El mundo no está constituido básicamente por el sentido y la presencia. Esos solo son artilugios de nuestra razón para procurarnos una anestesia y aliviar la congoja ante la siempre posible y molesta pregunta: ¿Para qué, finalmente, existir? ¿Qué sentido tiene la vida? Tras el ser se esconde la nada, o bien en todo abunda la posibilidad del vacío , del sinsentido, del absurdo y del nihilismo. Al unísono resuena en mis palabras la severa pero delicada voz de Emil Cioran: «La vida no es sino una respuesta a la muerte» (De lágrimas y de santos).
Un optimista, un predicador de la «buena fe en el mundo » (o en lo que sea), podría replicar a mi sentencia, señalando de buena fe que la vida posee en sí un sentido y decir luego que ese sentido es Dios, que ese sentido es la vida por la vida y poseer mercancías. Que aquél sentido es el «ser alguien»… ¿Ser alguien? ¡Qué osadía! Me parece irrisorio que alguien hoy en día pueda decirse ser-alguien o sentirse orgulloso de esa «ficción» (la de ser-alguien). ¡Cuánto resentimiento! ¡Cuánto miedo se esconde tras esa necesaria ficción! ¡Cuántas máscaras para evitar la fatal verdad! La ausencia está implícita silenciosamente en todo: en nuestras creencias, en nuestros valores, en nuestras acciones y, en fin, en todo aquello que decimos que existe o que nos constituye como seres vivos.
Ahora bien, ¿es digna la resignación ante el Vacío ? ¡No! La ausencia absoluta, la posibilidad de que todo sea una simple ilusión o un sueño cosmogónico solo nos desafía constantemente a mantener la fortaleza y el ímpetu de continuar representándonos el mundo a pesar de la vacuidad que el modo de vida capitalista imprime a la vida y la naturaleza: «en los pasos más vigorosos de la vida resuena la muerte», nos dice Nietzsche en 1873. El vacío sólo emerge ahí donde la conciencia se ha agotado de escarbar en las cosas. Ahí donde la conciencia desea ir «más allá» y ninguna de sus verdades parecen satisfacer aquél «más allá». ¿Un punto de no retorno? ¿Una fatal prueba existencial? Como bien indica Heidegger, la muerte es la posibilidad más remota al Dasein. Yendo más allá: la vida solo adquiere sentido pensarla cuando se ha tomado una posición frente a la muerte, o bien: la vida solo adquiere sentido en la medida que se ha pensado la muerte (parafraseando a Cioran).
Mirando desde una panorámica instantánea a nuestra época, caracterizada por el «mono-tono-teísmo» del Capital virtualmente encriptado en nuestra vida orgánica y material, el ser-alguien carece de auténtico resplandor. Quiero decir que la realidad está determinada por la metafísica del capital, en tanto define los ámbitos de posibilidad de ser (por ejemplo, en los estereotipos) siempre marcados por la mediatización del valor-capital. Su realizabilidad es la imposición de la mera-apariencia y su valoración radical, en tanto que sustrato del individuo moderno, reducido así a apariencia inauténtica. «fetichización del ser», consagración del espectáculo como realidad (guiño a Guy Debord), es decir: como verdad en sentido estricto.
La crítica a los «intelectuales burgueses» repercute en esto: rehúyen del mundo en el cual son. No se puede hacer vista ciega de la ideología, que no es sino una interpretación sistemática del conjunto histórico de apariencias que se imponen como verdad a través del imperativo de la cultura que normaliza, mediante la imposición de formas de vida generalmente corrosivas para las subjetividades individuales. No podemos hacer vista ciega, en tanto que la ideología prescribe la imagen del mundo que nos es dada, a saber: ocultada por la inversión mercantil del valor de la vida.
Una sociedad de autómatas con mayor o menor grado de conciencia de sus ficciones … y de las realidades creadas y reproducidas a través de estas ficciones . Una panorámica histórica, en fin, que ha perdurado no sin cambiar sus velos.
¿Acaso no es evidente el absurdo que impera en nuestra existencia gobernada por la forma de la falsa conciencia? No es que quiera hacer una apología del joven Marx, pero el fantasma de la alienación siempre vuelve —como realidad y metáfora— a describir la esencia de nuestra sociedad moderna actual y la miseria concomitante de los individuos ajenos a sí mismos: automatizados por la conformidad y absoluta entrega a las expectativas de la cultura del espectáculo.
El espectáculo no es creación, sino pura reproducción. La imagen del mundo es solo la que es reconocida por el valor-capital. El arte culto es solo un ejemplo sofisticado de esta idea. Quienes estiman, con ingenuo optimismo, la vida «porque sí» (todos los fanáticos coinciden en esto), deben ser capaces, inclusive por su profundo supuesto amor a la humanidad (es decir, por su repulsiva compasión), de mirar con otros ojos, de volver a mirar los prejuicios con los cuales han sepultado la vida. Desde los pro-vida hasta los altos economistas, por ejemplo, no son más que burgueses mediocres, arlequines aburguesados, que han consagrado la reproducción de la imagen- mundo a través de consignas publicitarias vacías y autoritarias que definen y reproducen una idea de vida, que parten del prejuicio: «consume o muere». Una vida no garantizada a priori para todas y todos. Una vida que ni ellos mismos logran comprender en sus insípidas formulaciones pseudorealistas. Una concepción de vida que reproduce y preserva los intereses de la clase política dominante, diciéndolo de pasada. Una vida, en fin, que no es sino una negación a la vida, que parte de los supuestos de la diferenciación económica y cultural estructural.
De toda esta reflexión, me surge la siguiente moraleja: la crítica solo es virtuosa cuando se convierte en un estilo de vida y creo que esta es una de las enseñanzas implícitas en todos aquellos pensadores que, de alguna manera, abrazaron el pesimismo. Ella nos interpela profundamente. La crítica aquí entendida es una actitud vital que parte por el deseo de querer transgredir y crear nuevas verdades, sin reproches ni ademanes sofisticados (políticas mainstream). La crítica debe abrazar el absurdo de momento, solo así podrá forjar nuevos puntos de vista desde los cuales poder mirar hacia nuevas formas de vida. Solo así el «arte de criticar» podrá reconquistar su fuerza transfiguradora de la falsa-conciencia y la realidad, dejando de ser ella misma falsa-conciencia.
Si es que acaso el virus de la humanidad no sea acaso una enfermedad irreversible implantada en el planeta Tierra. Y quién sabe, quizás ya no estaremos en el peor de los mundos posibles (aludiendo a la sentencia burlesca de Schopenhauer).