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El que se sienta Juan Perez que pase..

Arte•Fecha desconocida
En la memoria de los tontos, siempre se está mal; pero cuando los tontos nos rinden culto, se está peor. Nada más molesto, nada más cómico y desconcertador que los parabienes y laudatorias del modisto de la señora, pongo por caso; tienen todas las inflexiones de una invitación a la puntualidad. El vulgo quiere gestos, "paradas", ademanes trágicos; porque el vulgo tiene alma de esteta, aunque rudimentaria, y las actitudes de cuadro histórico y de estatua simbólica lo cautivan; las actitudes esas, buscan eso. Para la turbamulta -desde los porteros hasta los presidenciables-, un eximio cualquiera sin su gesto diario, es como una revista sin monos: no vale la pena. Como las posturas demasiado elocuentes y siempre al pelo nunca son espontáneas -puesto que requieren ensayo previo-, el vulgo sabe tanto de los hombres que aclama o vitupera, como la concurrencia del teatro infantil respecto de los cómicos que la hacen reír. No solamente bajo los golpes de la adversidad se quiebran los caracteres; se quiebran más ruidosamente bajo los dedazos imbecilizadores de una voluntad pública demasiado adhesiva. Muy contados son los famosos que se mantienen extraños a la presión centrípeta de la curiosidad que despertaron. Todo admirador es un amo, o pretende serlo; jamás te pongas al alcance de su adhesión. De cien admiradores que se acerquen, los ochenta -perdóneme Juan Pueblo-, son claques voluntarias que vienen a cobrar sus palmadas. Si pagas, se mofarán de ti; si no pagas, te pondrán como no te pondrían tus dueñas: tu elegirás. Hay gente que no se admira de nada y ejerce el oficio de cortejar a los admirables. También hay holgazanes que gustan de visitar al carpintero en su banco y al albañil en su andamio. Como en la casa de las solteronas millonarias, entre los habituales de los famosos no se encuentra un tonto ni para remedio. Los hombres superiores no ensayan posturas: obligan a las medianías que les siguen de cerca o de lejos, a bailar al son que ellos tocan. El alma de los pueblos es un misterio cuya dirección corresponde a la providencia: aquel que se vale de artificios protocolares y de perspectiva, para mantener la ilusión de una excelsitud de que realmente carece, no pasa de un prestidigitador. Pedro B. Palacios (Almafuerte) Más conocido por su seudónimo "Almafuerte", Pedro Bonifacio Palacios nació en San Justo (Buenos Aires), el 13 de mayo de 1854 y falleció en 1917 en la ciudad de La Plata. Pierde a su madre a los cinco años y su padre hace abandono del hogar. Su familia era muy humilde y desprovista de recursos, por lo que tan sólo alcanzó a realizar pocos estudios primarios. También fue deficiente la cultura que logró adquirir más adelante por su solo esfuerzo, ya que su vida azarosa y llena de privaciones no le permitió superar la categoría de un rudimentario autodidacto. Es así como a partir de los siete años el niño vive en Buenos Aires en compañía de su tía, Carolina Palacios, y concurre a la escuela primaria. A los quince o dieciséis un hecho insólito lo aleja de quien para él fuera su segunda madre y comienza su labor solitaria. Es sucesivamente ayudante en la escuela donde había cursado sus estudios elementales, profesor de dibujo y declamación en Balbanera, aspirante a una beca para continuar sus estudios de pintura en Europa, fundador junto a algunos amigos de un club político... Ejerció como maestro y director de escuelas durante la presidencia de Sarmiento; por causa de sus artículos y poemas, siempre combativos, los que provocaban apasionados ataques y defensas, llegó a ser dejado cesante en una escuela. Pero debe alejarse de sus proyectos y aspiraciones, incluso de su novia (que le resulta infiel)... Parte al interior de su provincia natal y se desempeña como maestro rural en Mercedes, Chacabuco, Salto y Trenque Lauquen mientras que a su vez, alternativamente, se desempeña como periodista de combate en Mercedes, Chacabuco y La Plata. Su civismo se vigoriza desde los días iniciales de la Unión Cívica, le apasiona la revolución del '90, en 1904 apoya a Marco Avellaneda. En 1896 queda cesante en su actividad por carecer de título habilitante (en Trenque Lauquen), y es designado prosecretario de la Cámara de Diputados bonaerense y más tarde bibliotecario-traductor de la Dirección de Estadística. Hacia 1902 vive en la Capital Federal con un puesto de cartero, al que renuncia cuando Quintana asume la presidencia. a fines de 1904 se instala en La Plata y allí continúan sus miserias, amarguras, protestas y rebeldías. En la misma ciudad publica su libro de poemas Lamentaciones (1906) y proyecta sus obras completas. En 1913 ofrece en el Teatro Odeón de Buenos Aires un ciclo de lecturas de sus Poemas y Evangélicas, que extiende luego a otras ciudades y pueblos. El Congreso Nacional le acuerda en septiembre de 1916 una pensión vitalicia de 200 pesos mensuales, que no llegará a cobrar, pues muere en La Plata el 28 de febrero de 1917 en medio de la pobreza extrema. Su trágica existencia templó un espíritu luchador. ¡AVANTI! Si te postran diez veces, te levantas otras diez, otras cien, otras quinientas: no han de ser tus caídas tan violentas ni tampoco, por ley, han de ser tantas. Con el hambre genial con que las plantas asimilan el humus avarientas, deglutiendo el rencor de las afrentas se formaron los santos y las santas. Obsesión casi asnal, para ser fuerte, nada más necesita la criatura, y en cualquier infeliz se me figura que se mellan los garfios de la suerte . . . ¡Todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de su muerte! ¡PIU AVANTI! No te des por vencido, ni aun vencido, no te sientas esclavo, ni aun esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo, y arremete feroz, ya mal herido. Ten el tesón del clavo enmohecido que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo; no la cobarde estupidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido. Procede como Dios que nunca llora; o como Lucifer, que nunca reza; o como el robledal, cuya grandeza necesita del agua y no la implora... Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo, tu cabeza! ¡MOLTO PIU AVANTI! Los que vierten sus lágrimas amantes sobre las penas que no son sus penas; los que olvidan el son de sus cadenas para limar las de los otros antes; Los que van por el mundo delirantes repartiendo su amor a manos llenas, caen, bajo el peso de sus obras buenas, sucios, enfermos, trágicos,... ¡sobrantes! ¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos! ¡nunca sigas impulsos compasivos! ¡ten los garfios del Odio siempre activos los ojos del juez siempre despiertos! ¡Y al echarte en la caja de los muertos, menosprecia los llantos de los vivos! ¡MOLTO PIU AVANTI ANCORA! El mundo miserable es un estrado donde todo es estólido y fingido, donde cada anfitrión guarda escondido su verdadero ser, tras el tocado: No digas tu verdad ni al mas amado, no demuestres temor ni al mas temido, no creas que jamás te hayan querido por mas besos de amor que te hayan dado. Mira como la nieve se deslíe sin que apostrofe al sol su labio yerto, cómo ansía las nubes el desierto sin que a ninguno su ansiedad confíe... ¡Trema como el infierno, pero rie! ¡Vive la vida plena, pero muerto! ¡MOLTISSIMO PIU AVANTI ANCORA! Si en vez de las estúpidas panteras y los férreos estúpidos leones, encerrasen dos flacos mocetones en esa frágil cárcel de las fieras, No habrían de yacer noches enteras en el blando pajar de sus colchones, sin esperanzas ya, sin reacciones lo mismo que dos plácidos horteras; Cual Napoleones pensativos, graves, no como el tigre sanguinario y maula, escrutarían palmo a palmo su aula, buscando las rendijas, no las llaves... ¡Seas el que tú seas, ya lo sabes: a escrutar las rendijas de tu jaula! VERA VIOLETA En pos de su nivel se lanza el río por el gran desnivel de los breñales; el aire es vendaval, y hay vendavales por la ley del no fin, del no vacío; la más hermosa espiga del estío ni sueña con el pan en los trigales; el más dulce panal de los panales no declaró jamás: yo no soy mío. Y el sol, el padre sol, el raudo foco que fomenta la vida en la Natura, por calentar los polos no se apura, ni se desvía un ápice tampoco: ¡Todo lo alcanzarás, solemne loco, siempre que lo permita tu estatura! LA YAPA Como una sola estrella no es el cielo, ni una gota que salta, el Océano, ni una falange rígida, la mano, ni una brizna de paja, el santo suelo: tu gimnasia de cárcel, no es el vuelo, el sublime tramonto soberano, ni nunca podrá ser anhelo humano tu miserable personal anhelo. ¿Qué saben de lo eterno las esferas; de las borrascas de la mar, la gota; de puñetazos, la falange rota; de harina y pan, la paja de las eras?... ¡Detente, por piedad, pluma no quieras que abandone sus armas el idiota!
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