En 1968, el productor, escritor, director y hombre orquesta Irwin Allen dio a luz la serie Tierra de Gigantes y por tres años y 51 episodios vimos como los tripulantes del Spindrift trataban de escapar de pantagruélicos gatos, perros y humanoides. Pero para los amantes de la ciencia ficción de “mostros” esto no era nada nuevo, ya que de King Kong en adelante, hormigas, arañas, polillas, matis religiosas, escarabajos, cangrejos, camaleones, pulpos, seres extraterrestres y humanos gigantescos habían estado visitado nuestro mundo con el propósito de destruirlo todo a su paso.
Esta moda surge seguramente en la idea de que algo malo y enorme debe por fuerza ser más terrible que algo sencillamente malo. Una pulga del tamaño de un hombre podría de un solo salto cubrir casi dos kilómetros y en altura llegar a los cien metros, destruyendo todo a su paso… ¡Horror! ¿Cómo podríamos salvarnos de una amenaza de este tipo? ¿El ejército? ¿Bombas nucleares? ¿Rayos N? Nada de eso. Como en La Guerra de los Mundos, algo muy pequeño viene en ayuda nuestra: la Ley Cuadrado-Cúbica.
Expuesta a principios del 1600 por Galileo Galilei, esta ley dice básicamente lo siguiente: si un cuerpo tridimensional –irregular o no– crece manteniendo sus proporciones, su superficie lo hará como el cuadrado de cualquiera de sus líneas y su volumen como el cubo de las mismas.
La ley ya era conocida por el astrónomo canadiense Simón Newcomb, quien, a principios del siglo XX, le explicó a los primeros aviadores que no iban a poder construir cacharros volantes más pesados que el aire. Cuando los hermanos Wright hicieron volar a su aeroplano con una persona dentro, Newcomb insistió que con dos no iba a ser posible. ¿Su error? Supuso que –al construir aeroplanos mayores– se conservarían sus proporciones, o que, en cada caso, los materiales serían los mismos.
El volumen crece mucho más rápido que la superficie y esto es sumamente importante a la hora de enfrentarnos con los gigantes. El ejemplo más patético es el pobre de King Kong: con sus quince metros de altura y una perfecta y proporcionada estructura de gorila, estaría en las 120 toneladas de peso (unas 20 veces más que el querido Gigantosaurus, el animal más pesado que ha caminado sobre el planeta). Ya no digamos escalar el Empire State sino simplemente levantar la pata por sobre un árbol… Cada sección de hueso tendría que soportar doce veces más peso de lo normal y cada músculo realizar doce veces más tensión. Kong se desplomaría como una ballena tratando de hacer la vertical en medio de la 9 de Julio.
¿Y si nos ataca una araña, una hormiga o una mantis religiosa de 61 metros de altura proveniente de un deshielo antártico? Da igual. Manteniendo las proporciones, las patas de cualquier bicho serían ridículamente delgadas como para sostenerlo; además, los insectos respiran a través de un conducto en su abdomen y de no modificarse por completo su aparato respiratorio, les sería imposible asimilar suficiente oxígeno. Como dijo una vez el Buen Doctor Isaac Asimov: “No hay nada tan inofensivo, indefenso y muerto como un insecto gigante”
Pero en la serie Tierra de Gigantes todo era doce veces más grande que en nuestro planeta. Para verlo más claro, imaginemos dos hombres. Uno, al que llamaremos Lucho, medirá 1,80 metros de altura y pesará 80 kilos. Si multiplicamos a Lucho por 12, nace un segundo hombre a quien bautizaremos cariñosamente Orlok. Es un gigante que mide casi 22 metros y pesa unas 138 toneladas de peso.
LUCHO CAMINA. Lucho distribuye sus 80 Kg. en unos 323 centímetros cuadrados de suela de cada uno de sus zapatos. Orlok debería distribuir sus 138 toneladas en sólo 4, 65 metros cuadrados. De no mediar una espantosa rotura de huesos, el pobre Orlok se hundiría hasta el centro de la tierra.
LUCHO PIENSA. Aunque Lucho no es un genio, su cerebro de 1,3 Kg. maneja a la perfección todo su organismo, cosa que no podríamos decir de nuestro gigante amigo… El cerebro de Orlok conservaría una buena proporción en el peso, pero no en la superficie. Sus circunvoluciones y surcos cerebrales necesitarían ser doce veces mayores para gobernar su gran cuerpo con relativa astucia. A lo sumo sería un peligroso imbécil de 138 toneladas.
LUCHO RESPIRA. Los pulmones de Lucho están tapizados en su interior por unas celdillas semejantes a un panal de abejas llamadas alvéolos –unos 250 por milímetro cúbico de pulmón-, los cuales permiten la absorción del oxígeno y conforman unos 80 metros cuadrados de superficie. Y otra vez para desgracia de Orlok, sus pulmones serían tan inútiles como bolsas de supermercado, ya que su superficie pulmonar se habría multiplicado por 144, pero la materia a oxigenar por 1728. O muere asfixiado o de azotemia prerrenal.
Ni hablar de un Lucho volador: el biólogo inglés John B. Haldane, quien aceptó divertido la idea de poner sus conocimientos científicos al servicio de la imaginación, calculó que una nueva versión de Orlok –alado, por ejemplo– necesitaría que su pecho tuviera un grosor de unos 120 cm. sólo para alojar los músculos de las alas. Y debería andar en zancos para ahorrar peso.
Pero ¿todo esto invalida a Tierra de Gigantes, Tarántula o El ataque de la mujer de los 15 metros? Científicamente puede que sí, pero no al punto de que una bolsa de pochoclo no lo pueda solucionar.
¡Gracias por pasar!