Registrate y eliminá la publicidad! EL ODIO A mis drugos. A la mortecina luz de una espléndida tarde se reflejaban los cabellos cobrizos de la barba del bohemio, sucio, aquel joven abatido. Pasos largos y casi seguros, su pelo por los hombros en bucles poco definidos, y esa apariencia de sucio, sucio, sucio. De cerca, en realidad, uno podría darse cuenta de la pulcritud del sujeto, e incluso el fragante perfume que usaba. Y esa horrible camisa con caracteres en alemán, seguramente aborrecibles, llenos de mensajes nihilistas y obscenos. Claro que pocos entendían el alemán. Pero su sola apariencia era aborrecible, torturante, odiosa. La misma apariencia del bohemio que se cree importante y nunca lo será, por su sola naturaleza bohemia. Sus largos pasos lo llevaron a la magnificencia de la lumbre de un templo: blancas paredes, altas puertas de doble hoja, esa esencia de pureza y santidad, esa idiosincrasia pustulosa y vomitiva detrás del oro y el platino. La luz del sol refractó contra las níveas paredes de la iglesia, hiriendo los ojos del joven, cuyos ojos rojizos buscaron en ello la excusa para su color. Pasos dentro. Suntuosas estatuas de inconcebible importancia lo miraban, ¡no!, no lo miraban, más bien lo observaban; sí, eso era: una fijeza de ojos que parecía cuestionar su presencia en tan sagrado lugar, instando a que apartara sus pies de la pulcra alfombra destinada a pies mas respetables que los suyos. El joven bajó la mirada, sus ojos marrones posados en la escarlata alfombra, sangre hecha tela bajo sus suelas en la penumbra con olor a iglesia. Pero no se amedrentó y siguió transitando por ella, como un condenado marcha hacia el patíbulo sabiendo que el atrás no existe, nunca existió. En el primer banco de madera de la fila izquierda lo esperaba el sacerdote, todo negro y ceremonioso, hecho santidad, hombre de bien y blancura del firmamento. Su cara de pingüino impertérrito apuntó afilada hacia el joven bohemio. Sin dejar terminar al clérigo su saludo, que aunque no lo oyó le pareció frívolo y antinatural, el muchacho comenzó: -Buenas tardes, señor. He venido a confesarme, Sí, sí, así como oye, aunque parezca inpropio de una persona como yo el atravesar tranquilamente las estancias sagradas de una religión en la que no creo. Pues en mentiras he dejado de creer. Pero, sabe usted, toda persona necesita a veces apoyo espiritual, o bien psicoespiritual, y pues a eso he venido- le pareció que el sacerdote lo invitaba a sentarse a su lado, y así procedió, reposando en el primer banco de madera de la fila izquierda-. Entonces, dispuestas las formalidades, pasaré a relatarle el porqué de mi necesidad. "Resulta, señor sacerdote, que tengo yo un problema. Uno de los grandes, no una mera incomodidad mundana que me arroja a la desesperación total. Se trata de algo más profundo. Tanto como pueda usted imaginar. Lo que me aqueja a mi es el odio. El sacerdote pareció presto a reír (aunque dudo severamente que comprendiera el culto léxico del mierdoso nihilista). -Parece simple, parece humano, pero no lo es, señor - aseveró el joven antes de ser interrumpido-. Es un éxtasis sentimental al que pocos llegan, ¿sabe? Es una espina clavada en el corazón..., no exagero, más de una vez en pleno odio me pregunté si no me estaría volviendo cardíaco. El odio es como el amor. "Nada más cierto, señor. Es como el amor. No todos llegan a él; es más, pocos enamorados alcanzan el pleno amor, así como muy pocas personas han llegado al odio como yo lo padezco; no es un virus, pero parece una enfermedad. Lo mismo que el amor: no se puede dejar de pensar en la persona amada, así como la persona odiada lo perturba a uno todo el tiempo. Todo el día. Un tormento perpetuo, el odio. "Lo mismo que el amor, rojo de furia y apagado de grises, el odio se gesta con el tiempo. Comienza siendo un leve cosquilleo en el estómago, un pequeño fragor por las noches de sueño; luego crece, se convierte en una serpiente que llena de veneno el alma, un vástago pútrido que nunca caerá. Imperecedero. Lo mismo que el amor. "Elevo mis plegarias para que esto pase, señor, sabiendo muy bien que jamás pasará (lo mismo que el amor), pues los sentimientos fuertes son más que sentires, son más que convicciones; son determinaciones del destino, implacables. Pero aún así elevo mis plegarias. No hay ateos en las trincheras de guerra dicen por ahí, y el odio es una guerra, créame usted. Dicen tantas cosas..., aunque dudo que muchos hayan tenido la espina que yo tengo clavada en medio del corazón. También he oído que estar enamorado es estar en el corazón de Dios; no me atrevo a pensar en el corazón de quien estoy yo, pues. Parecía que el sacerdote, en su rígido mutismo, impermeable, iba a meter bocado, pero el joven se adelantó, echando atrás sus cabellos marrones en la creciente penumbra del templo. Las estatuas de santos se volvían más tenebrosas a medida que el violeta iba ganando lugar en el atardecer sangriento. -Señor, he cultivado el odio. Así como el enamorado siembra sus campos de rosas, yo he sembrado los míos con sus espinas. Pues el alma es un campo fértil, y se debe tener cuidado con qué se lo abona. Pero ahora me veo solitario entre las espinas son rosales, odiando sin ser odiado; lo mismo que el amor, señor. Lo mismo. "Pero el mundo también es un campo, señor. Lo es y está muy mal abonado, pues todo lo que hemos cultivado se ha pudrido con el tiempo. ¿Por qué no tener un mundo de rosas, de semillas para cultivar, sin destino que la ate al odio o al amor? ¿Por qué no un mundo sin sombreros, pero con elefantes dentro de boas? Tanto tiempo llevamos tapándonos; nos hemos cansado de contar y contar números, de vivir a medias. Me siento tan lejano que no me extrañaría si una mañana me levantara convertido en un... "Y mientras mis palabras me guían -continuaba el joven, con su tenue voz, gris en el ocaso violeta, cada vez mas violeta-, cuenta me doy de que no tengo cura. La enfermedad me ha ganado de antemano, pues no hay remedio para los designios del destino. No puede el enamorado encontrar otro amor, y yo no me puedo salir ya de mi sendero. Tal vez usted tenga algo que decirme, señor.- se resignó finalmente el joven a callar y a oír. Fija la mirada quieta del clérigo en la del muchacho. El muchacho contestó recíprocamente, inundado de atardecer, pero el sacerdote ya no le devolvió la mirada quieta. Cayó hacia atrás con un sordo ruido infinitamente efímero. Era de cartón. El joven regresaba sobre sus pasos, violeta de atardecer, gris de su alma. Pocos colores para esa hora triste, en que el sol terminaba de morir en el puerto, a sus espaldas, en el occidente sangriento. Sin bocinas los barcos se despedían, y las grúas oxidadas quedaban sordas de oscuridad. Sintió algunas personas caminando cerca suyo, pero no levantó la cabeza: ellas también eran de cartón. Grande pena, el mundo tan superfluo que siempre había sido, retorcido. Y a sus espaldas -él no lo sabía, claro que no- el atardecer se incendiaba, el mundo se prendía fuego mientras el sol se suicidaba en el poniente. Rojo el puerto detrás, y frío el violeta por delante, sin estrellas de un mundo signado por un destino de odio, amor, y prejuicios de cartones que se prendían fuego a sus espaldas.
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