En amor, como en literatura, las simpatías son involuntarias; sin embargo, es necesario verificarlas como la razón.
Las verdaderas simpatías son excelentes, pues constituyen dos en uno; las falsas son detestables, pues son uno, menos la indiferencia primitiva, que vale más que el odio, consecuencia necesaria del engaño y la desilución.
Por eso admito y admiro la camaradería, mientras se funda sobre relaciones esenciales de pensamiento y sensibilidad. Es una de las sanas manifestaciones de la naturaleza, una de las numerosas aplicaciones del sagrado proverbio: la unión hace la fuerza.
La misma ley de franqueza y de ingenuidad debe regir las antipatías. Sin embargo, existen personas que se fabrican tanto odios como admiraciones, irreflexivamente. Esto constituye una imprudencia; es granjearse enemigos sin razón ni provecho. Un golpe mal dirigido no hiere menos el corazón del rival al que estaba destinado, sin contar con que puede herir a derecha o a izquierda a uno de los testigos del combate.
Cierta vez, durante una lección de esgrima, un acreedor vino a fastidiarme; lo perseguí por la escalera a golpes de florete. Cuando regresé, el profesor de armas, un gigante pacífico que podría haberme lanzado a tierra con un suspiro, me dijo: ''¡De qué manera prodiga su antipatía! ¡Un poeta! ¡Un filósofo! ¡Que no se diga!'' Yo había perdido el tiempo de realizar dos asaltos, estaba cansado, avergonzado, y despreciado por un hombre --El acreedor-- a quien no le había hecho gran daño.
En efecto, el odio es un licor precioso, un veneno más caro que aquel de los Borgia, pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño, y dos terceras partes de nuestro amor. Es necesario ser avaro con él.
eso es la fuente.