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El mito de las Yeguas de Diomedes

La mitología griega está repleta de interesantes historias, aunque algunas de ellas merecerían el calificativo de terroríficas. Entre los seres fantásticos que encontramos en los mitos hay varios equinos portentosos: PegasoPegaso, el caballo alado, AriónArión, el caballo inmortal de pezuñas negras que tenía el don de la palabra y también las terribles Yeguas de Diomedes comedoras de carne humana. Su mito explica el octavo de los famosos Trabajos de Heracles (Hércules).


Diomedes era un gigante rey de Tracia que habitaba en la costa del Mar Negrocosta del Mar Negro. Era un rey cruel y malvado que tenía una recua de yeguas con una peculiaridad: comían únicamente carne humana y despreciaban la avena y el grano. Diomedes disfrutaba alimentándolas con viajeros y prisioneros que llegaban a su ciudad. Las yeguas de Diomedes eran completamente salvajes e incontrolables y estaban atadas a su pesebre con cadenas de bronce ya que las cuerdas normales no servían para nada y escapaban.

El mito de las Yeguas de Diomedes

Entre los doce Trabajos que se encomendaron a Heracles estaba el de capturar a las Yeguas de Diomedes. El héroe, conocedor de lo que el rey de Tracia hacía con los extranjeros, lo llevó hacia los establos y allí lo retó a luchar. El enfrentamiento estuvo en un principio igualado ya que Diomedes era hijo del dios AresAres. Sin embargo, finalmente venció Heracles y arrojó al vencido rey al establo de las yeguas. Estas se lanzaron sobre su amo y lo devoraron. Cuentan algunas versiones del mito que automáticamente, una vez se hubieron comido a Diomedes, las yeguas salvajes se volvieron tranquilas y controlables quedando sanadas de su pasión por consumir carne humana. En realidad, parece que únicamente anhelaban el sabor de la sangre de su amo para romper sus costumbres alimentarias.

Mito

Heracles condujo a las yeguas de Diomedes hasta Tirinto para que Euristeo viera que había finalizado con éxito su octavo Trabajo. Euristeo dedicó los animales a la diosa Hera y fueron liberados para que pudieran vagar libremente por Argos. Dice la tradición que el caballo de Alejandro Magno, Bucéfalo, era hijo de una de esas yeguas. Otras versiones del mito dicen que Euristeo las liberó en el Monte Olimpo y que al poco tiempo fueron devoradas por las fieras que habitaban en la montaña.
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