Para aceptar la idea de Dios hay que ver más allá de la finitud humana y nuestro plano actual de entendimiento. Si Dios fuese comprobable mediante la Matemática, sería un teorema, y no Dios; si lo fuese por la Física o la Química, sería una ley o una fórmula, y no Dios; si lo fuese por Astronomía, sería un cuerpo celeste, y no Dios. Dios es Amor y Paz. Nunca podrá conocerse a Dios en los planos de la materialidad, sea ésta empírica, científica o filosófica. Por ello la liturgia cristiana reza ‘y que la Paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento…’.
Entiendo la bronca de mucha gente por no poder experimentar materialmente a Dios. El amor a la naturaleza, animales, plantas, es un escaño hacia realidades superiores, que por rechazarlas o no comprenderlas bien significa que no sean, que no estén allí. Lo que se necesita es evolucionar el espíritu, para poder sentir y entender a planos superiores de la realidad.
Carl Sagan hablaba de lo probabilísticamente inverosímil que resultaba el universo sin una inteligencia superior tras su diseño. Stephen Hawking, por otra parte, plantea el surgimiento del universo como una casualidad, un curso azaroso de eventos que devinieron en la realidad que es, y que bien habría podido ser de muchas otras maneras. Pero él mismo ha terminado aceptando, -por los indicios que la Probabilística actual plantea, sobre la base de modelos y corridas que han requerido de una capacidad de cálculo que no se disponía en tiempos de Sagan-, que la posibilidad de surgimiento de un universo ordenado y evolutivo es demasiado precaria como para negar ‘científica y contundentemente’ la existencia de un Arquitecto Superior, aunque él personalmente no lo acepte.
Lo importante, en todo caso, es tener una mente abierta y no tomar por cierto únicamente lo que vemos y conocemos. La realidad siempre termina superando, primero a los prejuicios, y luego a la ficción.