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Felisberto Hernández- Literatura fantastica

Arte8/6/2008

Felisberto Hernández

(Montevideo, 1902-1964)





En el año 2002 se cumplió el centenario del nacimiento del escritor uruguayo Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964). Fundador de una singular epistemología literaria, este narrador fantástico explora la subjetividad en busca de extrañas realidades, que sólo son posibles por la existencia del yo que las inventa. Considerado como un «narrador ingenuo», Hernández construye y deconstruye una subjetividad fantástica que cuestiona a fondo los conceptos de tiempo y espacio. El autor inventa mundos que se perciben desde el extrañamiento del sujeto y en el que personas, animales y cosas interactúan en la misma dimensión vital del misterio, a la vez que constituyen una amenaza. Este músico-narrador excéntrico que peregrinó con su piano por la provincia uruguaya y argentina, interpretando a Prokofiev y Stravinski, fue descubierto por Cortázar, su más ferviente valedor. Como ocurre con la buena literatura, su importancia se ha revelado con el tiempo, al margen de las modas y del favor de las instituciones.


INTRODUCCION

Cada vez es más clara la presencia de Felisberto Hernández (1902-1964) en el círculo de las devociones literarias. Junto a otros narradores iberoamericanos que gozan de muy justa fama, el uruguayo ha pasado a pertenecer a ese grupo de autores cuyo nombre va de boca en boca, recomendado por curiosos, aficionados y analistas, deslizados todos ellos con placer por el camino de la extrañeza, la maravilla y el desdoblamiento. Visiblemente, la producción de Felisberto ejemplifica ese tipo de literatura que exige un lector modelo cómplice, participativo, capaz de disfrutar en esa periferia de la consciencia que define la patria imaginaria de nuestro autor.

Felisberto Hernández no es un escritor habitual. Como clave de su singularidad, está esa vocación musical que alimenta y acaba por determinar una pasión literaria en la cual derrota e incomprensión van alimentando el temario. Nótese que Hernández asume su condición de contemplador desde dos actitudes. Una de ellas —la del memorialista— lo une a la estirpe de Proust, tan fecunda en matices. La otra, emparentada con lo antedicho, esboza un psicoanálisis propio de diletantes, como si la identidad profunda del sujeto-narrador fuese mostrando su evolución en cada página.

Como bien saben sus admiradores, la propuesta felisbertiana implica un extraño abordaje de lo real; una categoría, por cierto, que él mismo explicaba con sutileza. A su juicio, lo real no era solamente aquello que es exterior a nosotros, sino cuanto pensamos que existe en nosotros. Esta aclaración se enlaza con otra que atañe a los objetos, por él observados con una riqueza metafórica tan sugerente que roza el animismo. Por esa vía, queda fundada una cosmovisión oblicua, ciertamente ambigua y también asombrosa, donde lo inanimado varía su naturaleza y cada imagen parece fruto de un sueño expectante.

Ya escribió Italo Calvino acerca de las zarabandas mentales de Felisberto. Otros autores, como Julio Cortázar, han destacado sus galas de estilo y de argumento. Para completar este cuadro no escasea la bibliografía. No obstante, a modo de preámbulo en su pesquisa, el lector puede echar mano del artefacto crítico y biográfico que se da por extenso en la muestra inaugurada por estas líneas.



Felisberto Hernández «fue uno de los más importantes escritores
de su país», escribe Juan Carlos Onetti en un artículo que, leído en su fecha, resultó muy revelador. Cosa curiosa, al elogio se añadía una constatación, esta vez relativa al general desconocimiento que del escritor uruguayo mostraban los lectores españoles del momento. Subrayando esta omisión, Onetti exponía una insólita certeza —aún más intranquilizadora—, y es que la ausencia de Hernández en el imaginario libresco de los españoles «no debe preocupar, cuanto la ignorancia de su obra es también comprobable en el Uruguay. Hace poco tiempo la editorial montevideana Arca inició la publicación de sus escritos completos. Tal vez esto mejore las cosas, aunque Felisberto nunca fue ni será un escritor de mayorías. Desgraciadamente murió demasiado temprano para integrar ese fenómeno llamado boom y que todavía no logro explicarme de manera convincente»

Afanados en colmar ese vacío y con la esperanza de corregirlo, los admiradores de Felisberto infunden sospechas al lector reticente, y van tentando su gusto con todos esos recursos que son tan propios de la seducción literaria. De igual forma, las etiquetas de lo imprevisible, del capricho y del fantástico rioplatense aún reciben el saludo de sus editores, quienes las conceptúan como eficaces titulares de contraportada, capaces de publicitar con poderío la obra completa del uruguayo, muy menuda en extensión pero acreedora de una espiral de creciente entusiasmo. Desde un margen paralelo, estudiosos y eruditos, menos empañados por el velo de lo novedoso, han ido acumulando desde hace décadas una bibliografía que sanciona definitivamente el genio de nuestro escritor.

Como es obvio, la identidad de un literato se caracteriza por la fluidez de sus rasgos, modificados por cada lector cuando éste participa en esa comunión que es la lectura. Al igual que sucede entre familiares consanguíneos, también entre los escritores hay herencias, deudas y semejanzas. Todo ello produce muy curiosas organizaciones en las bibliotecas, quizá porque sus propietarios gustan de reconocer ese aire de familia, para luego identificarlo con su personalidad y, de ese modo, hilvanar una trama de preferencias que acaba identificando su propio carácter. Pues bien, pese a la improbable verificación científica de lo antedicho, cabe repasar el viejo álbum para confirmar paralelismos y gestos comunes.








El mundo de Felisberto Hernández está habitado por criaturas extrañas: personas, animales o cosas que rompen los principios de la lógica del sujeto. Estas proyecciones —temores y deseos que adquieren una inquietante autonomía—, seducen al lector a través de un narrador que se debate entre la realidad y los sueños.



HUMO


«El humo tragaba mucha de la poca luz que daban unas lamparillas y mucho del color de los trajes. Además, se tragaba las columnitas en que se apoyaba el palco donde tocábamos nosotros. Éramos tres: “un violín”, “una flauta” y yo. Parecía que también había sido el humo quien hubiera elevado nuestro palco hasta cerca del techo blanco. Como si fuéramos empleados del cielo, enviábamos a través de las nubes de humo aquella música que los de abajo no parecían escuchar. Apenas terminábamos una pieza, nos invadía la conversación de toda aquella gente. Era un murmullo fuerte, uniforme, y en invierno nos llenábamos de modorra.

Nos asomábamos sentados en la baranda del palco y no sé qué hacíamos tanto rato con los ojos sobre las cosas. De pronto mirábamos, simplemente, cómo allá abajo las cabezas se asomaban a los círculos blancos de las mesas de mármol y las manos llevaban hasta cerca de la nariz el café, que se veía como una pequeña mancha negra.»

Tomado de «El comedor oscuro», en Nadie encendía las lámparas (1947),
incluido en el volumen homónimo, Madrid: Cátedra, 1993, p. 164.



MURCIELAGO

«Por esa noche no insistió. Yo me fui a leer a la cama. Él se sentó en la mesa redonda y empezó a escribir y a echar humo sobre el papel. Antes de dormirme pensé en el apodo de Murciélago. Me despertó, al rato, el ruido del fuelle. Mur había abierto apenas la ventana y con el fuelle corría el humo hacia la rendija. Entonces me vino a la memoria algo que decía mi abuela: “Fumaba como un murciélago” y creí comprender el sobrenombre de Mur. Pero pronto hice otras conjeturas.

Vi en los hombros desnudos de él dos mechones de vello tan abultados que parecían charreteras; y la parte de la espalda que dejaba ver la camisilla de verano la tenía cubierta por una capa de pelo bastante espesa. Y yo pensé: “Los murciélagos tienen todo el cuerpo lleno de pelo”. Esto ocurría un viernes por la noche. Al otro día se levantó temprano para ir al banco y al acercarse al espejo para arreglarse la corbata echó el humo en el vidrio; y recién entonces comprendí que el día anterior había echado humo en la puerta de cristales biselados.»

Tomado de «Mur», en Diario del sinvergüenza y Últimas invenciones (1974),
incluido en Narraciones incompletas, Madrid: Siruela, 1990, p. 363.



JOVEN SOÑADA

«En un pedazo grande de sueño, yo me encontraba en un dormitorio y era de noche. La silla en que yo estaba sentado había quedado arrimada a una gran cama, y en esa cama y entre las cobijas estaba sentada una joven. La joven era de esa edad insegura, entre niña y señorita; se movía continuamente y acomodaba y jugaba con cosas que a ella le parecería que a mí me interesaban; a mí me parecía mentira que ella, estando preocupada en cosas de niña y teniendo ese placer que tienen las niñas cuando están acomodando cosas y en continuo movimiento, también sintiera el placer casi puramente espiritual de un amor profundo como el que yo sabía que ella sentía por mí.

A veces parecía que ella se daba cuenta de lo que yo pensaba y que eso lo hacía a propósito: le gustaba que yo la mirara mientras hacía eso.»

Tomado de «Las dos historias», en Nadie encendía las lámparas (1947),
incluido en el volumen homónimo, Madrid: Cátedra, 1993, p. 189.




PIEDRA FILOSOFAL

«Se estaban haciendo los cimientos para la casa de un hombre bueno. Yo estaba sentado en un montón de piedras. Un poco separadas del montón había dos piedras: una más bien redonda y otra más bien cuadrada. La más bien cuadrada era La Piedra Filosofal. Ésta decía a la otra: “Yo soy el extremo de las cosas. En este planeta hay un extremo de cosas blandas, y es el espíritu del hombre. Yo soy el extremo contrario; el de las cosas duras. Pero uno de los grandes secretos es que no existen cosas duras y cosas blandas simplemente: existe entre ellas una progresión, existen grados.

Suponed que las piedras fueran lo más duro; después están los árboles que son más blandos; después los animales, después los hombres. Pero sería una progresión muy gruesa. Suponed otra menos gruesa, en el mismo hombre, por ejemplo: primero los huesos, después los músculos, después los centros nerviosos, y lo más blando de todo después de una minuciosa progresión hacia lo blando: el espíritu [...]”. Lo más curioso de cuanto conozco son los hombres. Y ellos tienen a su vez la curiosidad como de lo más importante de su condición. Y la curiosidad en lo que se refiere a satisfacerla, es relativa a los sentidos. Además está torturadísima de combinaciones.»

Tomado de «La piedra filosofal», en Libro sin tapas (1929),
incluido en Obras completas, volumen I, México D. F.: Siglo XXI, 1983, pp. 26-27





CIGARRILLO



«Al día siguiente de mañana recordé que la noche anterior había puesto el cigarrillo roto en la mesa de luz. La mesa de luz me pareció distinta: tenía una alianza y una asociación extraña con el cigarrillo. Pero yo quise reaccionar contra mí. Me decidí a abrir el cajón de la mesa de luz y fumarlo como uno de tantos. Lo abrí. Quise sacar el cigarrillo con tanta naturalidad que se me cayó de las manos. Me volvió la obsesión. Volví a reaccionar. Pero al ir a tomarlo de nuevo me encontré con que había caído en una parte mojada del piso.

Esta vez no pude detener mi obsesión; cada vez se hacía más intensa al observar una cosa activa que ahora ocurría en el piso: el cigarrillo se iba ensombreciendo a medida que el tabaco absorbía el agua.»

Tomado de «Historia de un cigarrillo», en Libro sin tapas (1929),
incluido en Obras completas, volumen I, México D. F.: Siglo XXI, 1983, pp. 38-39.









Prólogo a La casa inundada y otros cuentos, por Julio Cortázar

(Editorial Lumen,1975 )


Fragmento del prólogo de Cortázar


Solitario en su tierra uruguaya, Felisberto no responde a influencias perceptibles y vive toda su vida como replegado sobre sí mismo, solamente atento a interrogaciones interiores que lo arrancan a la indiferencia y al descuido de lo cotidiano. No es casual que la abrumadora mayoría de sus relatos haya sido escrita en primera persona (pero Las hortensias, gran excepción, parecería volcarlo igualmente en el personaje central del cuento en lo que toca a las pulsiones más hondas, acaso las más inconfesables dentro del contexto de su ambiente y de su tiempo). Basta iniciar la lectura de cualquiera de sus textos para que Felisberto esté allí, un hombre triste y pobre que vive de conciertos de piano en círculos de provincia, tal como él vivió siempre, tal como nos lo cuenta desde el primer párrafo. Pero apenas lo reconocemos una vez más -buenos días, Felisberto, ¿cómo te irá ahora, tendrás un poco más de dinero, las piezas de tus hoteles serán menos horribles, te aplaudirán esta vez en los teatros o los cafés, te amará esa mujer que estás mirando?-, en ese reconocimiento que solo ha tomado unos pocos párrafos se instala ya lo otro, el salto fulgurante a lo único que vale para él: el extrañamiento, la indecible toma de contacto con lo inmediato, es decir con todo eso que continuamente ignoramos o distanciamos en nombre de lo que se llama vivir.
Ese deslizamiento a la vez natural y subrepticio que de entrada hace pasar un relato gris y casi costumbrista a otros estratos donde está esperando la otredad vertiginosa, sólo puede ser sentido y seguido por lectores dispuestos a renunciar a lo lineal, a la mera rareza de una narración donde suceden cosas insólitas. Si algo tienen los cuentos de Felisberto es que no son insólitos, en la medida en que su infaltable protagonista es también infaltablemente fiel a su propia visión y no hace el menor esfuerzo por explicarla, por tender puentes de palabras que ayuden a compartirla. (.)
Lo que amamos en Felisberto es la llaneza, la falta total del empaque que tanto almidonó la literatura de su tiempo. Totalmente entregado a una visión que lo desplaza de la circunstancia ordinaria y lo hace acceder a otra ordenación de los seres y de las cosas, a Felisberto no se le ocurre nunca reflexionar sobre su país, sobre lo que está sucediendo en el plano histórico, y se diría que su mirada se detiene en las paredes que le rodean, sin esforzarse por extrapolar sus experiencias, por entrar en una estructura de paisaje o de sociedad. Entonces, no paradójicamente aunque algunos puedan pensarlo así, cada uno de sus relatos tiene la terrible fuerza de instalar al lector en el Uruguay de su tiempo, y a mí me basta releerlos para sentirme otra vez en las calles montevideanas, en los cafés y los hoteles y los pueblos del interior donde todo se da como a desgano, como él daría esos conciertos de piano llenos de polillas y cuentas sin pagar y trajes alquilados. ¿Debe pedírsele más a un narrador capaz de aliar lo cotidiano con lo excepcional al punto de mostrar que pueden ser la misma cosa? (.)



CUENTOS DE FELLISBERTO HERNANDEZ







www.felisberto.org.uy

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