MI PROPIO CUENTO DE NAVIDAD
"SUCEDIÓ EN NAVIDAD"
Recuerdo aquel día como si fuese ayer. Era Navidad y habíamos decidido pasar las fiestas en el pueblo, como de costumbre. Yo, por mi parte, estaba encantada de ir; podría patinar en la pista que teníamos y así entrenar para la competición. Mi hermana era la única disgustada por la noticia, ella prefería pasar la Navidad en Valencia con sus amigos. Nunca le habían gustado las fiestas familiares y no creía en la magia de la Navidad. Era muy independiente y no le gustaba que le dijesen lo que tenía que hacer. Siempre decía las cosas como las pensaba y no le importaba lo que los demás pensaran de ella. Yo era diferente, me encantaba rodearme de tanta gente, me gustaba dormirme con la intriga de ver el regalo, despertarme a media noche e ir corriendo a ver si ya estaban puestos debajo de aquel enorme y hermoso árbol que año tras año ponía mi tía con toda la ilusión y las ganas del mundo. Me dejaba envolver por la magia navideña, no me importaba que los demás me dijesen que nada de aquello era realidad, que todo era fantasía; en mi interior sabía que todo existía, que aquella magia existía, que era de verdad y gracias a ella mi corazón latía muy fuerte, revivía cada 25de diciembre.Mi hermana conmigo era diferente, yo era la única que sabía como era en el fondo. Bastaba una mirada para entendernos, ella conocía mis secretos y yo los suyos. Siempre estaba a mi lado cuando la necesitaba. Al reír su risa era mi acompañante y su hombro era el lugar donde lloraba cuando de mis ojos brotaban lágrimas y más lágrimas. Ella siempre me cuidaba y se preocupaba por mí, era quien me mimaba, quien me daba esos besos de esa forma que sabía que no me gustaba pero ella lo hacía y yo me reía. Sus brazos eran los que tan fuerte me abrazaban cuando lo necesitaba y los que me hacían cosquillas y lograban transformar una lágrima en una sonrisa. En el fondo yo sabía que ella sí creía en la magia, que allá en el fondo de su corazón le gustaba abrir los regalos y que ella sentía la misma intriga y dolor de barriga por los nervios de los regalos que yo. Para los demás ella era la dura y para mí la mejor hermana y amiga que jamás nadie podrá tener, aquella por la que hubiese dado mi propia vida. Al llegar al pueblo vi la pista de hielo que pisé por primera vez a los 4 años, aquella pista que me regaló el patinaje, aquella pista que me enseño que el frío y el hielo podían ser dulces y acogedores, aquella pista que pasó a ser el centro de mi vida. Yo no me acuerdo, pero mi madre siempre me cuenta que la primera vez que me puse los patines estaba horrorizada, me pesaban los pies y tenía frío, pero al deslizarme por aquella pista todas esas malas sensaciones desparecieron y en su lugar fueron apareciendo sentimientos muy especiales. Desde aquella vez nunca me separé de mis patines y ahora aunque esa niña haya crecido sigo patinando en secreto, he enseñado a mi hija a patinar y le gusta tanto como a mí. Aunque hayan pasado muchas cosas desde aquellos años, sigo sintiendo la misma sensación cuando patino. Sigo sintiéndome tan libre y feliz al hacer esas piruetas y sigo sintiendo que nada existe, solo la pista y yo al deslizarme suavemente. Sigo amando el patinaje.Retrocedamos otra vez, al llegar al pueblo me sentí tan feliz y afortunada por poder compartir la Navidad con gente querida como todos los años. Las fiestas iban sucediendo de forma normal, sonrisas, regalos, abrazos, familia, patinaje… y el malhumor de mi hermana por estar allí. Me sabía mal que estuviese triste y enfadada en unas fechas tan señaladas como estas y le propuse algo: volver a patinar juntas, como cuando éramos pequeñas. Ella aceptó y empezamos a hacer piruetas y a reírnos. Todo iba bien hasta que desgraciadamente ocurrió algo que cambiaría mi vida para siempre. En el centro de la pista habíamos colocado otro patín para que señalase el centro y hacer competiciones, en una pirueta mi hermana cayó mal y se dio en toda la cabeza contra la hoja del patín. Fui corriendo a ayudarla, chorreaba sangre y más sangre de su cabeza, yo no podía dejar de llorar. Le dije: “Es Navidad, la magia te ayudará ya verás. Todo irá bien, vale?” Ella sonrió y contestó: “No, me voy a ir. Gracias, te quiero”.Y le dije: “Yo también te quiero”. Entonces cerró los ojos y se fue. Han pasado quince años y no puedo evitar que al contarlo mis ojos se inunden de lágrimas. Durante años me castigué a mi misma y me reproché el no poder hacer nada para salvar a mi hermana. Me sentía culpable por su muerte y dejé el patinaje, ya que no era capaz de pisar una pista y no ver la imagen de mi hermana tirada en el suelo y saliéndole sangre de la cabeza. Maldije el patinaje, maldije la Navidad y me maldije a mi misma. Pensaba que si no le hubiese propuesto patinar juntas no hubiese pasado nada, las fiestas hubieran pasado como siempre, mi hermana estaría triste pero la tendría a mi lado. Durante estos años la he extrañado mucho y todavía la sigo extrañando. Echo de menos su risa, su pelo rizado, sus secretos, su llanto, echo de menos a mi cómplice, a mi hermana, a mi amiga. Con el tiempo la vida me ha hecho ver que no hay culpables ni responsables en esta historia, que las cosas pasaron porque tenían que pasar, simplemente. Y me ha hecho ver que mi hermana no murió aquella tarde. Mi hermana no se fue de mi vida. Al largo de estos años ha estado a mi lado, a cada minuto, a cada instante. Me ha ayudado a superar mis peores momentos y ha reído conmigo cuando he estado feliz. Y todavía la sigo sintiendo, en mi corazón, muy dentro de mí. No hay momento en que no le dé gracias a la vida por haber tenido a mi hermana. Ah, y decir que retomé mi camino y con él mi sueño: el patinaje. Recuperé la fe y volví a creer en la magia de la Navidad. Tuve a mi hija y le inculque esa magia, la magia que me hizo ver que las personas jamás mueren mientras haya alguien que las siga recordando.
Pavono