InicioApuntes Y MonografiasIndio Solari, el elegido


Espero que esta vuelta el post tenga mejor suerte (la tercera es la vencida, dicen). Lo siento, principalmente, por algunos comentarios más que interesantes que algunos usuarios habían aportado.

No se trata más que de una opinión sobre un tema de poca trascendencia. No encuentro una sola palabra ofensiva que justifique su eliminación. En caso de que se decida eliminarlo de nuevo, por favor, pido que me manden un mensaje indicándome la causa. De esta manera, me darían la posibilidad de entender sus puntos de vista.






INDIO SOLARI, EL ELEGIDO







El Indio Solari levantó polvo (y barro) en su pasó por Gualeguaychú.

Las opiniones divergen, y lo seguirán haciendo, en torno a sí conserva la mística ricotera o no, si la exención impositiva fue adecuada o no, si la organización, sonido y demás estuvo a la altura de las circunstancias o no, entre otros temas.

Pero resulta más que evidente que estamos ante un fenómeno que podemos calificar de cualquier cosa menos de musical. Intentemos, pues, desenredar la madeja.






LO QUE IMPORTA



La música dista mucho de todo ese movimiento al que nos tiene acostumbrados la figura del Indio Solari. (Algunos dirán que ya desde la época de Los Redonditos de Ricota el fenómeno venía en constante ascenso. Pero es innegable que los Redondos no hubieran llegado a ser lo que fueron sin la figura del Indio).



Si, por ejemplo, a la mayoría de los cientos de miles que concurrieron al hipódromo, se les dijera que el sonido no fue bueno, que la organización tampoco fue buena, etc. creo que la respuesta más recurrente, (y -nos guste o no- la más predecible) sería: "no hubieras ido. Nadie te obligó". Y creo que es en esa respuesta donde encontramos la huella que hemos de hollar.

Queda claro: el sonido, no importa; la organización, no importa; la voz de Indio, no importa; lo que cante o deje de cantar, no importa.

Conclusión: todo aquello que tenga que ver con un cariz estrictamente artístico u organizacional, sencillamente pasa a un segundo plano.






EL TESORO DE LOS INOCENTES



Y creo que, por hoy, no está de más insistir con esto: a muchos les gustaría explicar el fenómeno inscribiéndolo en el marco de una búsqueda artística o intelectual. Pero sabemos que eso no es cierto. Cualquiera, a esta altura, lo sabe, por más urticante que pueda llegar a resultar.

Si alguien busca un desarrollo verdaderamente artístico o intelectual conoce, de sobra, cuales son las limitaciones que la individualidad del Indio acarrea. Está de más decir, por ejemplo, que muchos de los que se tatúan frases del Indio no se desvelan por desanudar las vicisitudes psicológicas o intelectuales que les plantea el día a día y ni se les ocurriría tatuarse una frase de Sartre, Foucault o Kant, es decir, de tipos que merodeaban planteamientos intelectuales más desarrollados y congruentes.



Prefieren, ciertamente, tomar un atajo, aún a sabiendas de que, en definitiva, no existe un sustrato intelectual o psicológico acabado -ni siquiera coherente-, una claraboya al final de tantas frases y posturas recubiertas de humo zigzagueante.

Todo se hunde y naufraga en el ámbito de lo inasequible. El ámbito -vaya paradoja- donde la mística ricotera germina y se mece, desde hace más de treinta años, como la cizaña. "Hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas", escribió Nietzsche. Y hay espíritus siempre dispuestos a arrojarse de cabeza a esas aguas.




Porque, si algo queda claro, es que de aquella siempre vaga pero creíble contracultura que los Redonditos supieron enarbolar como estandarte, hoy sólo queda un desfile trunco, desnudo y obsceno pero inacabable que se abre paso a contraluz de los despojos; una mueca repulsiva capaz de mimetizarse en las tonalidades más contradictorias.

Que alguien me explique, en ese sentido, la relación que existe entre el concepto de contracultura -entendida, mínimamente, como el compromiso íntimo de buscar una experiencia vital que rechace cualquier automatismo o mediación- y éste fenómeno que regala tantas certezas a cambio de sustraernos las dudas; siendo éstas últimas, quizá, el verdadero tesoro de los inocentes.






EL INDIO TRIBUTA



Me permito una breve digresión relacionado con tinte que ha adquirido el arte del Indio Solari en su etapa solista.



Como introducción presento una imagen para algunos conocida:



Este poco simpático logo, sorpresivamente, lo encontramos entre los dibujitos del Indio:



El logo, dos caños, cuatro monos... Qué imaginación tiene el Indio... De la nada construye ciudades... ¿O no? Definitivamente, pareciera que no.

El logo que el artista traza es el Sigilo de Baphomet. Resumidamente, si te cae bien satán, en lugar de una cruz usas ese circulito.

Lo sorprendente es que, desde Luzbelito a esta parte, el artista no ha escatimado esfuerzos en enseñarnos su vocación. Del Indio podemos decir que le gusta cifrar casi todo: desde un estornudo hasta el puré del mediodía. Todo, menos su filiación por el ocultismo o la magia.

Que quede bien claro: no estoy en condiciones de decir de qué tipo de filiación se trata; si es meramente literaria o si conlleva algún tipo de compromiso.

Lo que sí puedo afirmar es que la relación se ha extendido bastante más de lo que suele durar una curiosidad.






INCONDICIONALES



Retomemos el carril. Los seguidores no dirigen la mirada a esos pormenores. Por el contrario, es normal escuchar, entre los concurrentes a los recitales del Indio, infatigables y extasiadas letanías: "es inexplicable", "es la mayor emoción de mi vida", etc.

Esas frases no las encontramos, por lo general, en el ámbito más íntimo en que tiende a desarrollarse, naturalmente, una expresión artística. O, si se las escucha, atento a la peculiaridad del arte, quedan reducidas a unos pocos espectadores que, por alguna delicada conexión con el autor -una lumbre solidaria- llegan a compartir el basamento de la obra.

Pero no es normal que a la salida, por ejemplo, de una muestra escultórica, pictórica o de un bar donde tocó una banda, la mayor parte de los concurrentes gorjeen bravamente: "es inexplicable", "es la mayor emoción de mi vida", etc. Y, más aún, no sería normal si al momento de plantearles que la organización o la calidad artística quizá no fue del todo buena, te contesten: "no hubieras venido".

¿Dónde encontramos este tipo de frases, entonces?






A PUNTO CALENTITO



Una primera aproximación podría ser la de citar a Emile Durkheim y su definición de "euforia colectiva": miles o millones de personas dispuestas a ceder su individualidad para fundirse en un todo signado por un patrón compartido de matriz absolutamente irracional.



Pero, la respuesta quedaría incompleta sin la necesaria extrapolación del fenómeno a un perímetro decididamente religioso. El perímetro del fanatismo religioso, que entierra sus raíces en la penumbra del ser humano primario (y reitero por última vez, a riesgo de aburrir mortalmente al lector: el que quiere intelecto prefiere un libro, no una frase incisiva o un recital estridente -lo siento por aquellos que bogan por la supuesta racionalidad reverberante que mueve a tantas personas-).



"Si parasen para razonar por un segundo, toda la representación perdería el control..." Esta frase la acuñó Theodor Adorno, ciertamente en otro contexto (para nada análogo al del recital), pero nos permitimos la indiscreción de tomarla prestada para enclavarla en el presente.



Quizá algunos hayan escuchado algo sobre el festival religioso más grande del mundo que se celebra en Kumbhamela (India), donde en casi dos meses se dan cita más de 70 millones de personas,



Muchos de los asistentes pasan por instancias que difícilmente soportarían en sus vidas diarias (viajar atiborrados en trenes, sumergirse en aguas heladas e inmundas, vivir días en viviendas improvisadas, etc). Una súbita alquimia de toneladas de material orgánico.

Pero si a cualquiera le preguntáramos si les parece que la organización falla, por ejemplo, de seguro encontraríamos la misma respuesta que la emitida por los asistentes al recital de Gualeguaychú: "no hubieras venido". Por lo visto, la organización puede fallar, pero el oráculo no...



"Es maravilloso el poder de una fe como esta, que puede hacer que multitud tras multitud de viejos y débiles, jóvenes y frágiles, emprendan sin titubear ni quejarse un viaje tan increíble y soporten los sufrimientos consecuentes sin lamentarse".



Esto lo escribió Mark Twain a propósito de la mentada festividad religiosa en la India. Pero lo podría haber firmado cualquier testigo de la mentada festividad religiosa del Indio ("el pesado vino cuya aspereza mitigaba la miel", escribió Borges).

Festividad que, detrás de tanta apelación a la democracia, se acrecenta desprovista de la subjetividad que deshace el lastre del fanatismo, ofendiendo, así, a la dignidad de la persona.






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