Zoe caminaba atravesando el boulevard, imaginando que los colores de la publicidad desaparecían, preguntándose; tal vez porqué el sinónimo de modernidad es una metrópolis cargada de letreros y paneles publicitarios. Era un pensamiento que le recurría cuando pensaba en el único cafetín al que frecuentaba. Su esperanza residía en volver a su habitación, acabar el día consumiendo la cena de siempre, e intentar no jugar ningún juego nuevo. Porque con la experiencia había aprendido que era fútil. En la facultad, cuando leía a Nietzsche y experimentaba el desistimiento del ‘yo’ humano, y el fin de la historia consumida por el libre mercado, y la evolución forzada del hombre, la hacía sentir, en palabras de los psicoanalistas; la carencia de un sentido de vida, más allá del ámbito científico el cual amaba, quizás fue por ello que se hizo tan amiga de la ahora Señorita Cereza. Su suerte de alter-ego que conspiraba secretamente en hacer perder la cordura a Zoe, cuando confiaban entre tertulias e historias y debates que culminaban en observar el amanecer frío y dorado en los veranos frente al mar pacífico. Tal vez creer que sugiriese una posibilidad de que las ideas que recreaban teóricamente, sobre el viaje en el tiempo, el viaje inter-dimensional, las precauciones a tomar en la construcción de un nuevo mundo, la genética y su papel, los sofismas a los que combatían secretamente, y la habitualidad de las obligaciones o responsabilidades que se adquiría cuando elevaban sus rangos en la sociedad, o por lo menos en la facultad, serían pues, un conjunto genial, en sus circunstancias, pero sabían que todo, pronto quedaría en el olvido, que alguna ves viajarían al extranjero, que se desarrollarían o por lo menos aceptarían el común denominador social y político y científico, con la pesadumbre frente al cambio y la constricción económica para solventar el consumismo presente y lubricar así la maquinaria del libre mercado, enfrentándose a la doctrina machista de servir a una familia, para pasar a servir a miles de personas. Tal ves ello las unía. El creer que la juventud por lo menos escapaba con cada decisión. Ese era un pensamiento muy adolescente, pero si el amor no lo es, cuando se enfrenta a lo anteriormente prohibido, quizás ambas vivieron una escolaridad en el que el lesbianismo era aún condenado por el conservadurismo de la época, y no eran muchos años, para exagerar. “La ciencia tenía sabor a libertad” se habían repetido entre sí mil veces.
Podría afirmarse que un nexo intelectual, más poderosos que el sentimental, las unía, no corporalmente, pero en capacidad creadora eran sin duda excepcionales.