La jefa de Estado, conocida por su defensa de los derechos humanos, no dijo nada sobre las atrocidades del régimen castrista
Con mucha buena voluntad, se podría pensar que el silencio de la presidenta argentina sobre las atrocidades del gobierno de Cuba contra los derechos humanos fue parte de una estrategia tendiente a lograr cierta flexibilidad de las autoridades de la isla para permitir que la médica Hilda Molina pueda, tarde o temprano, visitar a su familia en la Argentina.
Lo cierto es que no puede dejar de llamar la atención que una jefa de Estado de un país democrático, que además se jacta de ser una celosa defensora de los derechos humanos, nada haya dicho, durante su visita oficial a Cuba, sobre las flagrantes violaciones a las libertades esenciales que se cometen en el país caribeño.
La cautela y el hermetismo en la información oficial que caracterizaron la presencia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en La Habana parecen dar cuenta de una estrategia diplomática de bajo perfil, matizada con algunos guiños públicos de la mandataria a su par cubano, Raúl Castro, y con demandas a los Estados Unidos para que, en la nueva era política iniciada con la asunción de Barack Obama, se ponga fin al embargo contra la isla.
Si de estos gestos dependiera la suerte de la doctora Hilda Molina, quien desde hace 15 años reclama infructuosamente a las autoridades de su país que se la deje salir de Cuba para poder conocer a sus nietos argentinos, algo de lo anterior podría ser comprensible.
Pero la triste realidad indica que, al menos por ahora, el sueño de Hilda Molina y de quienes defienden la libertad no parece cercano. Y que, de poder concretarse, no dependerá tanto de los buenos oficios de la Presidenta y de la Cancillería argentina, como de otros factores vinculados con la política doméstica en Cuba y con eventuales negociaciones entre este país y los Estados Unidos.
Más que lamentable es que la dictadura castrista pretenda condicionar a acuerdos de esa clase una apertura que devuelva elementales derechos a su población y, especialmente, a quienes disienten con el régimen,
El forzado retiro de Fidel Castro y su reemplazo por su hermano Raúl permitieron alentar algunas esperanzas sobre una lenta reversión de la triste situación en materia de libertades civiles y políticas. Sin embargo, no se ha advertido en los últimos tiempos progreso alguno.
No hace mucho tiempo, Cuba resolvió adherir a las disposiciones del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas, aprobado por la comunidad internacional en 1976. Ese pacto garantiza expresamente, entre otros derechos, que toda persona tiene el derecho inalienable de salir libremente de cualquier país, incluido al propio. Pese a eso, el gobierno cubano sigue burlándose de esas normas que garantizan cuestiones tan básicas.
El de Hilda Molina es tan sólo un caso entre miles. El año pasado, el régimen castrista le negó a la joven blogger cubana Yoani Sánchez el permiso de viajar a Madrid para recibir el trascendente Premio Ortega y Gasset al periodismo digital. Esta escritora efectuó ayer, en un artículo para lanacion.com una crítica lectura sobre el viaje de la presidenta argentina a su país.
Todos tenemos la alternativa de esperar que, aun con su actual régimen autoritario, pronto se produzcan cambios en Cuba, que favorezcan las libertades hoy conculcadas. Pero mientras no haya señales concretas de que eso pueda producirse, ningún sentido tiene callarse frente a la injusticia y la barbarie, o visitar a quien, como Fidel Castro, más allá de su papel en la gesta que protagonizaron los cubanos 50 años atrás, sigue siendo el símbolo de una dictadura.
Con mucha buena voluntad, se podría pensar que el silencio de la presidenta argentina sobre las atrocidades del gobierno de Cuba contra los derechos humanos fue parte de una estrategia tendiente a lograr cierta flexibilidad de las autoridades de la isla para permitir que la médica Hilda Molina pueda, tarde o temprano, visitar a su familia en la Argentina.
Lo cierto es que no puede dejar de llamar la atención que una jefa de Estado de un país democrático, que además se jacta de ser una celosa defensora de los derechos humanos, nada haya dicho, durante su visita oficial a Cuba, sobre las flagrantes violaciones a las libertades esenciales que se cometen en el país caribeño.
La cautela y el hermetismo en la información oficial que caracterizaron la presencia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en La Habana parecen dar cuenta de una estrategia diplomática de bajo perfil, matizada con algunos guiños públicos de la mandataria a su par cubano, Raúl Castro, y con demandas a los Estados Unidos para que, en la nueva era política iniciada con la asunción de Barack Obama, se ponga fin al embargo contra la isla.
Si de estos gestos dependiera la suerte de la doctora Hilda Molina, quien desde hace 15 años reclama infructuosamente a las autoridades de su país que se la deje salir de Cuba para poder conocer a sus nietos argentinos, algo de lo anterior podría ser comprensible.
Pero la triste realidad indica que, al menos por ahora, el sueño de Hilda Molina y de quienes defienden la libertad no parece cercano. Y que, de poder concretarse, no dependerá tanto de los buenos oficios de la Presidenta y de la Cancillería argentina, como de otros factores vinculados con la política doméstica en Cuba y con eventuales negociaciones entre este país y los Estados Unidos.
Más que lamentable es que la dictadura castrista pretenda condicionar a acuerdos de esa clase una apertura que devuelva elementales derechos a su población y, especialmente, a quienes disienten con el régimen,
El forzado retiro de Fidel Castro y su reemplazo por su hermano Raúl permitieron alentar algunas esperanzas sobre una lenta reversión de la triste situación en materia de libertades civiles y políticas. Sin embargo, no se ha advertido en los últimos tiempos progreso alguno.
No hace mucho tiempo, Cuba resolvió adherir a las disposiciones del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas, aprobado por la comunidad internacional en 1976. Ese pacto garantiza expresamente, entre otros derechos, que toda persona tiene el derecho inalienable de salir libremente de cualquier país, incluido al propio. Pese a eso, el gobierno cubano sigue burlándose de esas normas que garantizan cuestiones tan básicas.
El de Hilda Molina es tan sólo un caso entre miles. El año pasado, el régimen castrista le negó a la joven blogger cubana Yoani Sánchez el permiso de viajar a Madrid para recibir el trascendente Premio Ortega y Gasset al periodismo digital. Esta escritora efectuó ayer, en un artículo para lanacion.com una crítica lectura sobre el viaje de la presidenta argentina a su país.
Todos tenemos la alternativa de esperar que, aun con su actual régimen autoritario, pronto se produzcan cambios en Cuba, que favorezcan las libertades hoy conculcadas. Pero mientras no haya señales concretas de que eso pueda producirse, ningún sentido tiene callarse frente a la injusticia y la barbarie, o visitar a quien, como Fidel Castro, más allá de su papel en la gesta que protagonizaron los cubanos 50 años atrás, sigue siendo el símbolo de una dictadura.