HUERFANA. Martha y las sandalias de su madre. Las calzó el día de la muerte de la mujer y la imagen es un símbolo de la lucha de los chicos contra el sida. Más de 15 millones de menores de 15 años perdieron a uno de sus padres a causa del mal.
El día antes del funeral de su madre, Martha estrenó un vestido amarillo con flores anarajnadas. Jugaba en el patio de su casa cuando su tía la llamó. Ella entró a la única habitación y nadie supo si entendió que la mujer acababa de morir. La chica sólo atinó a poner sus pies en las sandalias gastadas de su mamá y salió taconeando: eran demasiado grandes para ella.
La fotógrafa Betty Udersen de “The Seattle Times” le tomó la foto en el momento exacto en que se sentó en la vereda de su casa con las sandalias varios números más grandes. Ese momento está ahora en uno de los paneles que más visitantes atrae en la Conferencia Internacional de Sida.
Bajo la foto, hay un par de sandalias marrones y gastadas. Pocos las ven. No tienen dueño y son el símbolo de los chicos que, como Martha, son los huérfanos del HIV. Más de 15 millones en todo el mundo.
Ruth, la madre de Martha, accedió a compartir su historia con la periodista Paula Brock en 2002. Hacía dos semanas que la mujer estaba en cama. Tenía dos hijos: Martha, de 6 años, y Tafadzwa, de 4. Vivían en Zimbabwe.
Ruth tenía 24 años, un gran dolor de cabeza que no la dejaba en paz y una tos que sonaba horrible. Dos años antes, su marido, había muerto de tuberculosis y sida.
Richard era camionero y tenía 30 años cuando conoció a Ruth. Por casarse con ella le pagó a su familia política una cantidad relativamente pequeña de dinero.
La mujer tenía 17 y su marido le pareció alegre, buen mozo y con una conversación encantadora. A los dos años de casados, nació Martha, la primera hija. Dos años después llegó el varón, Tafadzwa. A las pocas semanas del nacimiento del bebé, Ruth y Richard se enfermaron de tuberculosis. Y también descubrieron que, desde hacía años, vivían con HIV.
Ruth respondió al tratamiento. Pero Richard empeoró. Estuvo casi un año en cama hasta que murió en 2000. Su familia le echó la culpa a Ruth por haberlo contagiado. Pero la verdad era otra: Richard había tenido muchas relaciones sexuales con mujeres sin usar preservativo antes y después de casarse. El la había infectado a ella. El casamiento no fue barrera contra el contagio. Para muchas mujeres esa es la historia de su vida. Y también la de su muerte.
Ruth volvió a caer enferma dos años después. Dolor de cabeza, vómitos y tos. Esta vez, tuvo que pedir ayuda a su madre, Amai Caty. Una mujer de 58 que se encargó de cuidar y cocinar para su hija y sus dos nietos.
La agonía de Ruth fue lenta. “¿Quién cuidará de mis hijos?” se preguntaba durante el último tiempo, adivinando su muerte. Sabía que Martha y Tafadzwa iban a crecer en una tierra donde la mayoría de los adolescentes están demasiados expuestos a la epidemia que estaba terminando con su vida. Las estadísticas dicen que la mitad de los 40 millones de personas que viven con HIV son jóvenes y que muchos son del continente africano. Su abuela es una de las cientos que se se hicieron cargo de sus nietos porque sus hijos murieron por alguna enfermedad relacionada con el sida. Son conocidas como “las abuelas”, un grupo que reunió en Toronto a trescientas mujeres que manifestaron el primer día del Congreso.
Ruth murió al final de un día de 2002. El mismo día en que Martha se puso las sandalias demasiado grandes y quedó registrada como una de las huérfanas de los 15 millones que hay a causa del HIV. Chicos y chicas que demasiado pronto deben ponerse los zapatos de sus padres para andar solos por el mundo.
Escrito en SALUD
«https://ugc.kn3.net/s/http://www.youtube.com/v/riG9_QRcmf0
link:
El día antes del funeral de su madre, Martha estrenó un vestido amarillo con flores anarajnadas. Jugaba en el patio de su casa cuando su tía la llamó. Ella entró a la única habitación y nadie supo si entendió que la mujer acababa de morir. La chica sólo atinó a poner sus pies en las sandalias gastadas de su mamá y salió taconeando: eran demasiado grandes para ella.
La fotógrafa Betty Udersen de “The Seattle Times” le tomó la foto en el momento exacto en que se sentó en la vereda de su casa con las sandalias varios números más grandes. Ese momento está ahora en uno de los paneles que más visitantes atrae en la Conferencia Internacional de Sida.
Bajo la foto, hay un par de sandalias marrones y gastadas. Pocos las ven. No tienen dueño y son el símbolo de los chicos que, como Martha, son los huérfanos del HIV. Más de 15 millones en todo el mundo.
Ruth, la madre de Martha, accedió a compartir su historia con la periodista Paula Brock en 2002. Hacía dos semanas que la mujer estaba en cama. Tenía dos hijos: Martha, de 6 años, y Tafadzwa, de 4. Vivían en Zimbabwe.
Ruth tenía 24 años, un gran dolor de cabeza que no la dejaba en paz y una tos que sonaba horrible. Dos años antes, su marido, había muerto de tuberculosis y sida.
Richard era camionero y tenía 30 años cuando conoció a Ruth. Por casarse con ella le pagó a su familia política una cantidad relativamente pequeña de dinero.
La mujer tenía 17 y su marido le pareció alegre, buen mozo y con una conversación encantadora. A los dos años de casados, nació Martha, la primera hija. Dos años después llegó el varón, Tafadzwa. A las pocas semanas del nacimiento del bebé, Ruth y Richard se enfermaron de tuberculosis. Y también descubrieron que, desde hacía años, vivían con HIV.
Ruth respondió al tratamiento. Pero Richard empeoró. Estuvo casi un año en cama hasta que murió en 2000. Su familia le echó la culpa a Ruth por haberlo contagiado. Pero la verdad era otra: Richard había tenido muchas relaciones sexuales con mujeres sin usar preservativo antes y después de casarse. El la había infectado a ella. El casamiento no fue barrera contra el contagio. Para muchas mujeres esa es la historia de su vida. Y también la de su muerte.
Ruth volvió a caer enferma dos años después. Dolor de cabeza, vómitos y tos. Esta vez, tuvo que pedir ayuda a su madre, Amai Caty. Una mujer de 58 que se encargó de cuidar y cocinar para su hija y sus dos nietos.
La agonía de Ruth fue lenta. “¿Quién cuidará de mis hijos?” se preguntaba durante el último tiempo, adivinando su muerte. Sabía que Martha y Tafadzwa iban a crecer en una tierra donde la mayoría de los adolescentes están demasiados expuestos a la epidemia que estaba terminando con su vida. Las estadísticas dicen que la mitad de los 40 millones de personas que viven con HIV son jóvenes y que muchos son del continente africano. Su abuela es una de las cientos que se se hicieron cargo de sus nietos porque sus hijos murieron por alguna enfermedad relacionada con el sida. Son conocidas como “las abuelas”, un grupo que reunió en Toronto a trescientas mujeres que manifestaron el primer día del Congreso.
Ruth murió al final de un día de 2002. El mismo día en que Martha se puso las sandalias demasiado grandes y quedó registrada como una de las huérfanas de los 15 millones que hay a causa del HIV. Chicos y chicas que demasiado pronto deben ponerse los zapatos de sus padres para andar solos por el mundo.
Escrito en SALUD
«https://ugc.kn3.net/s/http://www.youtube.com/v/riG9_QRcmf0
link: