Sheldon ha elaborado la que es, sin duda alguna, la mejor y más adecuada clasificación de diferencias humanas. Los seres humanos, según él nos lo ha mostrado, varían continuamente entre los extremos viables de un sistema tripolar; y pueden idearse medidas físicas y psicológicas mediante las cuales cualquier individuo dado puede ser situado exactamente en relación con las tres coordenadas. O, expresándolo de otro modo, podemos decir que cualquier individuo dado es una mezcla, en proporciones variables, de tres componentes físicos y tres componentes piscológicos estrechamente relacionados. La fuerza de cada componente puede medirse según procedimientos determinados empíricamente. A los tres componentes físicos Sheldon les da los nombres de endomorfía, mesomorfía y ectomorfía. El individuo con elevado grado de endomorfía es predominantemente blando y redondeado y puede fácilmente llegar a ser muy gordo. El mesomorfo acentuado es duro, huesudo y musculoso. El ectomorfo acentuado es delgado y tiene huesos pequeños y músculos correosos, débiles, no aparentes. El endomorfo tiene un intestino enorme, un intestino que puede tener más del doble, en peso y longitud, que el del extremo ectomorfo. Puede decirse que realmente su cuerpo está construido en torno a su conducto digestivo. El hecho centralmente significativo del físico mesomórfico, en cambio, es la potente musculatura, mientras que el del ectomorfo es el sistema nervioso supersensible y (puesto que la razón de superficie corporal a masa es más alta en los ectomorfos que en cualquiera de los otros tipos) relativamente
indefenso. Con la constitución endomórfica está estrechamente relacionada una trama temperamental que Sheldon llama viscerotonía. Entre los rasgos viscerotónicos, son significativos la afición a comer y, característicamente, a comer en compañía; la afición a las comodidades y los lujos, la afición a las ceremonias; una amabilidad que no distingue y afición a la gente como tal, temor a la soledad y anhelo de compañía; inhibida expresión de las emociones; amor a los niños, en forma de nostalgia hacia el propio pasado y goce intenso de la vida familiar; anhelo de afectos y apoyo social, y necesidad de los otros en momentos de apuro. Al temperamento relacionado con la mesomorfía se le llama samatotonía. En ésta los rasgos dominantes son amor a la actividad muscular, agresividad y avidez de poder; indiferencia al dolor; insensibilidad respecto a los sentimientos ajenos; afición a la lucha y a la competencia; grado elevado de bravura física; sentimiento nostálgico, no por la niñez, sino por la juventud, el período de máxima potencia muscular; necesidad de actividad en momentos de apuro.
Por las antecedentes descripciones se ve cuan inadecuada es la concepción jungiana de la extraversión, como simple antítesis de la introversión. La extraversión no es simple; es de dos clases radicalmente diferentes. Hay la extraversión emotiva, sociable del endomorfo viscerotónico —la persona que está siempre buscando compañía y diciendo a todo el mundo precisamente lo que siente. Y hay la extraversión del musculoso somatotónico —la persona que mira el mundo como lugar donde puede ejercer su poder, donde puede doblegar a la gente a su voluntad y dar forma a las cosas según el anhelo de su corazón. Una es la afable extraversión del corredor de comercio, el rotario campechano, el liberal clérigo protestante. La otra es la extraversión del ingeniero que desfoga su apetito de poder en las cosas, del deportista y el soldadote profesional, del ambicioso director comercial y el político, del dictador, sea en el hogar o al frente de un Estado.
Con la cerebrotonía, el temperamento relacionado con el físico ectomórfico, dejamos el afable mundo de Pickwick, el mundo esforzadamente competidor de Hotspur, y pasamos a una clase de universo enteramente diferente y algo inquietante: el de Hamlet e Ivan Kara-mazov. El cerebrotónico extremo es el superatento, supersensible introvertido, más preocupado por lo que ocurre detrás de sus ojos —por las construcciones del pensamiento y la imaginación, por las variaciones del sentimiento y la conciencia— que por el mundo externo, al cual, a sus diferentes modos, el viscerotónico y el somatotónico prestan su principal atención y homenaje. Los cerebrotónicos no sienten, o sienten poco, deseo de dominar, ni sienten tampoco el indistinto afecto del viscerotónico a
la gente como gente; por el contrario, quieren vivir y dejar vivir, y su pasión por su retiro es intensa. El confinamiento solitario, el más terrible castigo que pueda infligirse a la persona blanda, redondeada y afable, no es para el cerebrotónico ningún castigo. Para él, el horror final es la escuela de internos y los cuarteles. En compañía, los cerebrotónicos se sienten nerviosos y tímidos, tensamente inhibidos y de humor impredecible. (Es significativo que ningún cerebrotónico extremo haya sido nunca buen actor.) Los cerebrotónicos detestan el dar portazos o levantar la voz y sufren agudamente con los desenfrenados mugidos y patulleos del somatotónico. Se conducen con contención y, cuando han de expresar sus sentimientos, son sumamente reservados. El chorro emotivo del viscerotónico les choca ofensivamente superficial y aun insincero, y se impacientan con las ceremonias del viscerotónico y su amor al lujo y la magnificencia. No forman hábitos fácilmente y les es difícil adaptar su vida a las rutinas, a que tan naturalmente se prestan los somatotónicos. A causa de su supersensibilidad, los
cerebrotónicos son a menudo sumamente, casi insanamente sexuales; pero pocas veces sienten la tentación de la bebida —pues el alcohol, que eleva la natural acometividad del somatotónico y
aumenta la relajada amabilidad del viscerotónico, meramente les hace sentirse molestos deprimidos. Cada uno a su modo, el viscerotónico y el somatotónico están bien adaptados al mundo en que viven; pero el introvertido cerebrotónico es en cierto modo inconmensurable con las cosas, gente e instituciones que lo rodean. En consecuencia, una proporción notablemente elevada de cerebrotónicos extremos no tienen éxito como ciudadanos normales y pilares medios de la sociedad. Pero si muchos fracasan, muchos también llegan a ser anormales por la parte superior al promedio.
En universidades, monasterios y laboratorios de investigación — dondequiera que se den condiciones protectoras para aquellos cuyos débiles músculos y pequeño vientre no les permite abrirse paso, peleando o comiendo, por entre la ordinaria arrebatiña— el porcentaje de cerebrotónicos que descuellan por sus dotes es casi siempre muy elevado. Dándose cuenta de la importancia de este tipo extremo de ser humano, superrevolucionado y apenas viable, todas las civilizaciones han proveído de uno u otro modo a su protección.
A la luz de estas descripciones podemos comprender más claramente la clasificación que hace el Bhagavad Gita de los caminos de salvación. El sendero de la devoción es el que sigue naturalmente la persona en que es elevado el componente vicerotónico. Su innata tendencia a exteriorizar las emociones que espontáneamente siente respecto a las personas puede ser disciplinada y encauzada de tal modo que una tendencia meramente animal a andar en manada y una benevolencia meramente humana se transformen en caridad —devoción al Dios personal y a la buena voluntad universal y compasión hacia todos los seres sensibles. El sendero de las obras es para aquellos cuya extraversión es de la clase somatotónica, aquellos que en toda circunstancia sienten la necesidad de "hacer algo". En el somatotónico no regenerado este anhelo de acción va siempre asociado a la agresividad, afirmación de sí mismo y avidez de poder. Para el Kshatriya, o gobernante guerrero nato, la tarea, como Krishna la explica a Arjuna, consiste en desembarazarse de esos fatales acompañamientos del amor a la acción, y obrar sin pensar en los frutos del obrar, en un estado de completo desapego al yo. Lo cual, por supuesto, como todo lo demás, se dice mucho más fácilmente que se hace.
Finalmente, hay el camino del conocimiento, mediante la modificación de la conciencia, hasta que deja de ser egocéntrica y llega a centrarse en la Base divina y a unirse con ella. Éste es el camino al que el cerebrotónico extremo se siente naturalmente atraído. Su disciplina especial consiste en la mortificación de su nata tendencia a la introversión por ella misma, al pensamiento, la imaginación y al propio análisis como fines en sí mismos más bien que como medios para la final trascendencia de la fantasía y el razonamiento discursivo, en el acto atemporal de la intuición intelectual pura.Dentro de la población general, la variación, como vimos, es continua, y en la mayor parte de personas los tres componentes están mezclados en proporciones harto iguales. Sin embargo, a pesar de su rareza, la teología y la ética, por lo menos en su aspecto teórico, han sido principalmente dominadas por las tramas ideológicas de esos individuos extremos. La razón de que esto ocurra es sencilla. Cualquier posición extrema es más intransigentemente clara y, por tanto, más fácilmente reconocida y comprendida, que las posiciones intermedias, que son la natural trama ideológica de la persona en que los componentes constitutivos de la personalidad están equilibrados. Debe notarse que estas posiciones intermedias no contienen ni concilian en ningún sentido las posiciones extremas; son meramente otras tramas de pensamiento añadidas a la lista de los sistemas posibles.
La Construcción de un sistema completo de metafísica, ética y psicología es una tarea que nunca podrá ser realizada por un solo individuo, por la suficiente razón de que es un individuo con una clase particular de constitución y temperamento y, por tanto, capazde conocer sólo según el modo de propio ser. De ahí las ventajas inherentes a lo que podría llamarse el modo antológico de abordar
la verdad.
indefenso. Con la constitución endomórfica está estrechamente relacionada una trama temperamental que Sheldon llama viscerotonía. Entre los rasgos viscerotónicos, son significativos la afición a comer y, característicamente, a comer en compañía; la afición a las comodidades y los lujos, la afición a las ceremonias; una amabilidad que no distingue y afición a la gente como tal, temor a la soledad y anhelo de compañía; inhibida expresión de las emociones; amor a los niños, en forma de nostalgia hacia el propio pasado y goce intenso de la vida familiar; anhelo de afectos y apoyo social, y necesidad de los otros en momentos de apuro. Al temperamento relacionado con la mesomorfía se le llama samatotonía. En ésta los rasgos dominantes son amor a la actividad muscular, agresividad y avidez de poder; indiferencia al dolor; insensibilidad respecto a los sentimientos ajenos; afición a la lucha y a la competencia; grado elevado de bravura física; sentimiento nostálgico, no por la niñez, sino por la juventud, el período de máxima potencia muscular; necesidad de actividad en momentos de apuro.
Por las antecedentes descripciones se ve cuan inadecuada es la concepción jungiana de la extraversión, como simple antítesis de la introversión. La extraversión no es simple; es de dos clases radicalmente diferentes. Hay la extraversión emotiva, sociable del endomorfo viscerotónico —la persona que está siempre buscando compañía y diciendo a todo el mundo precisamente lo que siente. Y hay la extraversión del musculoso somatotónico —la persona que mira el mundo como lugar donde puede ejercer su poder, donde puede doblegar a la gente a su voluntad y dar forma a las cosas según el anhelo de su corazón. Una es la afable extraversión del corredor de comercio, el rotario campechano, el liberal clérigo protestante. La otra es la extraversión del ingeniero que desfoga su apetito de poder en las cosas, del deportista y el soldadote profesional, del ambicioso director comercial y el político, del dictador, sea en el hogar o al frente de un Estado.
Con la cerebrotonía, el temperamento relacionado con el físico ectomórfico, dejamos el afable mundo de Pickwick, el mundo esforzadamente competidor de Hotspur, y pasamos a una clase de universo enteramente diferente y algo inquietante: el de Hamlet e Ivan Kara-mazov. El cerebrotónico extremo es el superatento, supersensible introvertido, más preocupado por lo que ocurre detrás de sus ojos —por las construcciones del pensamiento y la imaginación, por las variaciones del sentimiento y la conciencia— que por el mundo externo, al cual, a sus diferentes modos, el viscerotónico y el somatotónico prestan su principal atención y homenaje. Los cerebrotónicos no sienten, o sienten poco, deseo de dominar, ni sienten tampoco el indistinto afecto del viscerotónico a
la gente como gente; por el contrario, quieren vivir y dejar vivir, y su pasión por su retiro es intensa. El confinamiento solitario, el más terrible castigo que pueda infligirse a la persona blanda, redondeada y afable, no es para el cerebrotónico ningún castigo. Para él, el horror final es la escuela de internos y los cuarteles. En compañía, los cerebrotónicos se sienten nerviosos y tímidos, tensamente inhibidos y de humor impredecible. (Es significativo que ningún cerebrotónico extremo haya sido nunca buen actor.) Los cerebrotónicos detestan el dar portazos o levantar la voz y sufren agudamente con los desenfrenados mugidos y patulleos del somatotónico. Se conducen con contención y, cuando han de expresar sus sentimientos, son sumamente reservados. El chorro emotivo del viscerotónico les choca ofensivamente superficial y aun insincero, y se impacientan con las ceremonias del viscerotónico y su amor al lujo y la magnificencia. No forman hábitos fácilmente y les es difícil adaptar su vida a las rutinas, a que tan naturalmente se prestan los somatotónicos. A causa de su supersensibilidad, los
cerebrotónicos son a menudo sumamente, casi insanamente sexuales; pero pocas veces sienten la tentación de la bebida —pues el alcohol, que eleva la natural acometividad del somatotónico y
aumenta la relajada amabilidad del viscerotónico, meramente les hace sentirse molestos deprimidos. Cada uno a su modo, el viscerotónico y el somatotónico están bien adaptados al mundo en que viven; pero el introvertido cerebrotónico es en cierto modo inconmensurable con las cosas, gente e instituciones que lo rodean. En consecuencia, una proporción notablemente elevada de cerebrotónicos extremos no tienen éxito como ciudadanos normales y pilares medios de la sociedad. Pero si muchos fracasan, muchos también llegan a ser anormales por la parte superior al promedio.
En universidades, monasterios y laboratorios de investigación — dondequiera que se den condiciones protectoras para aquellos cuyos débiles músculos y pequeño vientre no les permite abrirse paso, peleando o comiendo, por entre la ordinaria arrebatiña— el porcentaje de cerebrotónicos que descuellan por sus dotes es casi siempre muy elevado. Dándose cuenta de la importancia de este tipo extremo de ser humano, superrevolucionado y apenas viable, todas las civilizaciones han proveído de uno u otro modo a su protección.
A la luz de estas descripciones podemos comprender más claramente la clasificación que hace el Bhagavad Gita de los caminos de salvación. El sendero de la devoción es el que sigue naturalmente la persona en que es elevado el componente vicerotónico. Su innata tendencia a exteriorizar las emociones que espontáneamente siente respecto a las personas puede ser disciplinada y encauzada de tal modo que una tendencia meramente animal a andar en manada y una benevolencia meramente humana se transformen en caridad —devoción al Dios personal y a la buena voluntad universal y compasión hacia todos los seres sensibles. El sendero de las obras es para aquellos cuya extraversión es de la clase somatotónica, aquellos que en toda circunstancia sienten la necesidad de "hacer algo". En el somatotónico no regenerado este anhelo de acción va siempre asociado a la agresividad, afirmación de sí mismo y avidez de poder. Para el Kshatriya, o gobernante guerrero nato, la tarea, como Krishna la explica a Arjuna, consiste en desembarazarse de esos fatales acompañamientos del amor a la acción, y obrar sin pensar en los frutos del obrar, en un estado de completo desapego al yo. Lo cual, por supuesto, como todo lo demás, se dice mucho más fácilmente que se hace.
Finalmente, hay el camino del conocimiento, mediante la modificación de la conciencia, hasta que deja de ser egocéntrica y llega a centrarse en la Base divina y a unirse con ella. Éste es el camino al que el cerebrotónico extremo se siente naturalmente atraído. Su disciplina especial consiste en la mortificación de su nata tendencia a la introversión por ella misma, al pensamiento, la imaginación y al propio análisis como fines en sí mismos más bien que como medios para la final trascendencia de la fantasía y el razonamiento discursivo, en el acto atemporal de la intuición intelectual pura.Dentro de la población general, la variación, como vimos, es continua, y en la mayor parte de personas los tres componentes están mezclados en proporciones harto iguales. Sin embargo, a pesar de su rareza, la teología y la ética, por lo menos en su aspecto teórico, han sido principalmente dominadas por las tramas ideológicas de esos individuos extremos. La razón de que esto ocurra es sencilla. Cualquier posición extrema es más intransigentemente clara y, por tanto, más fácilmente reconocida y comprendida, que las posiciones intermedias, que son la natural trama ideológica de la persona en que los componentes constitutivos de la personalidad están equilibrados. Debe notarse que estas posiciones intermedias no contienen ni concilian en ningún sentido las posiciones extremas; son meramente otras tramas de pensamiento añadidas a la lista de los sistemas posibles.
La Construcción de un sistema completo de metafísica, ética y psicología es una tarea que nunca podrá ser realizada por un solo individuo, por la suficiente razón de que es un individuo con una clase particular de constitución y temperamento y, por tanto, capazde conocer sólo según el modo de propio ser. De ahí las ventajas inherentes a lo que podría llamarse el modo antológico de abordar
la verdad.