InicioApuntes Y MonografiasAhora que ya no estamos
El chango Agüero, Schopenhauer y el descenso

Ya hay dos que están en las semifinales, y hoy tendremos a otros participantes. Ahora que nosotros no estamos, los miramos con envidia y un poco de nostalgia. Si en lugar de Diego el control antidóping le hubiera tocado a otro, creo que habríamos tenido un lugar en los últimos combates. Una fantasía paranoica: si nadie nos hizo una cama, esta vez el azar, que es la perturbadora cara de Dios, nos jugó en contra. Se cobró aquella mano del ochenta y seis contra Inglaterra y los penales que Goycochea atajó en el noventa. Tantos años de fortuna nos tenían mal acostumbrados y ahora nos cuesta creer que estamos afuera, que nos tiraron al canasto de los papeles inútiles.

Los nuestros ya no velan armas sino recuerdos. Los dos penales no cobrados. Los siglos que tardaban en rematar los delanteros, todo lo que vieron pasar pasar de largo los defensores. Mientras llega Daniel Passarella a formar otro equipo y pelearse con los periodistas, los muchachos volverán a sus rutinas rogando que solo queden en nuestra memoria los buenos momentos. En las esperanza de que el nuevo entrenador los convoque otra vez como si nada hubiera pasado. Sabe lo que se siente al salir a la cancha con la celeste y blanca? Es como llevar a San Martin a babucha. Como dormir en la misma pieza que Belgrano. Soñar la gloria y la eternidad.


Ahora, en la nostalgia de este mundial ajeno, me vuelve a la memoria aquel partido imperfecto en el que evitamos el descenso. Han pasado tantos años y tantas sorpresas después de aquel gol, que ya debería haberlo olvidado. Sería el año sesenta o sesenta y uno pero todavía lo veo clarito como si fuera ayer. El Chango Agüero era un chico bajito, callado y tímido, que venía al Valle para el primer año de profesionalismo. En la cancha parecía otro, cambiaba de estatura, de voz, de mirada, y su infita soledad tucumana se convertía en una muchedumbre de gambetas y toques al milímetro. Yo lo veía aparecer como un espectro entre los criminales del medio y picaba a buscar su pase perfecto. Cuando no llegábamos al arco era por torpeza mía. Las nuestras eran terribles expediciones a la poesía del gol, pero el poeta era él. Cuando digo poeta no pienso en versos coquetos sino en la lóbrega gestualidad de Quevedo y sus paredones de la patria. En Pavese encerrado en el hotel de Turín. En Pasolini aplastado en Ostia, en Alfonsina Storni buscando su última pelota allá en el fondo del mar. Algo de eso había en el Chango Agüero. El pibe no sabía de versos, pero yo necesito ahora del auxilio del Míster Peregrino Fernández para explicar lo que nos inculcaban en aquel tiempo a los que queríamos ser campeones.

El Míster daba las charlas técnicas con la ayuda de un librito de Arthur Schopenhauer y así aprendí algunas cosas que no sabía de mí y de las experiencias que estaba viviendo en mi primera juventud. Ya sé, no es posible que el fútbol, banal y grosero, evoque los misterios de la vida, pero a veces, dentro de la cancha, los remeda mucho. Al menos para un alma sin otra pretensión que vibrar y vibrar antes del reposo definitivo, como la de Peregrino Fernández. Aquel entrenador solía decirnos que sólo el juego de los niños es capaz de remedar, en lo repetitivo y anodina una búsqueda tan grande de la verdad. No sé si pude entenderlo nunca: según él se trataba de comprender los fragmentos para darse cuenta de que es imposible asir la totalidad. Nuestra moral se construye entre los dos arcos. Nos crían en ciertos valores admirables y perversos, y podemos elegir entre ser leales a ellos o a la gente que cruzamos en el camino. El trayecto hacia el gol es en definitiva, una manera de conocimiento, de mirarnos, y de mirar a los demás. Así hablaba el Míster Peregrino Fernández.

Tal vez tuviera razón o simplemente ensayaba una filosofía de frontera. Igual que el Chango escapaba de algo y buscaba refugio en la Patagonia. Cuando no estaba enseñándonos a patear de chanfle o a achicar espacios, se sentaba en un banco de la plaza a leer poesía trágica y ensayos del romántico Schopenhauer.
De ahí sacaba ideas para las charlas técnicas que tanto daban que hablar en el pueblo. A pleno sol, mientras masticábamos un limón, nos explicaba que hay adversarios y amigos, pizpiretas y amantes, pero también contingencias y azares. Igual que en el breve lapso de la vida, decía, hacemos un aprendizaje inútil. Jugar, fantasear, crear de la nada, sorprendernos con una esfera que viene y va y en el camino pierde su nombre.
Cuál es el nuestro? Se preguntó un día. Qué somos en esa tormenta que estalla frente al arco? Acaso el primer hombre y el último? Creo que en su grandilocuencia se refería a la desazón, al odio, a la dicha, a lo permanente y lo efímero. Algunos muchachos se reían de él porque estábamos a punto de irnos al descenso, pero el Míster tenía vocación socrática. Nos enseñaba que lo permanente son los golpes, la marca, el orsay, la represión, y ponía como ejemplo que los defensores aparecen siempre más grandes y feos de lo que son porque ellos nos marcan los límites.

Algo nos quedó de su discurso alucinado. A poco de dejar Cipolletti, el Chango Agüero se gambeteó a cuatro tipos que lo agarraban de la camisa y le mentaban a la madre. El último le mordió una oreja pero el siguió. Mi flojera moral me hizo creer que no pasaba y lo dejé solo, mal perfilado, trastabillando frente al arquero. Yo tendría que haber ido a buscar el pase por el medio para abrirle al menos una puerta, pero me pareció que era hombre muerto. El arquero pegó uno de esos gritos que habrían oído las mujeres carapálidas a la llegada del malón y se le echó encima. Un back que volvía se le tiró con los tapones de punta y del choque salieron unos crujidos que parecían de uan cabaña azotada por un huracán. En medio del entrevero quedaba un hueco chiquito por el que apenas hubiera pasado una gallina y por ahí la metió el Chango. No para el arco, porque no tenía ángulo, sino hacia atrás, dando vueltas, mal parida y venenosa. Una pelota dividida, para que yo cargue y la pelee. Eso hice: encandilado por el sol fui a chocar con un defensor, a ver si lo podía desplazar. Todo pasó en cinco segundos pero para mí dura una eternidad. Alcancé a tocarla con la punta del zapato para la entrada de Carlitos Cansino, entreala mustio y elegante que detestaba a Schopenhauer porque lo consideraba un filósofo desalmado. Cansino nos miró con aire despectivo, y le devolvió un centro al Chango Agüero que había zafado de su marca. Lo dejó solo, a dos metros del arco y nunca supimos que pasó. El chango se tiró en palomita, cabeceó y todos vimos la comba que hizo la pelota antes de estallar. Fue un ruido seco, ridículo, y la pelota cayó inerte, y desinflada, sobre la raya de gol. Parecía un bombero aplastado, una tortuga dormida.

Nunca supimos si fue gol. El Míster Peregrino Fernández, para influir en el fallo, entró a la cancha gritando gol como un loco. Se arrodillaba y se persignaba como si estuviera en San Cayetano. El referí vino corriendo a ver que pasaba y antes de decidir se paró a amonestarnos a todos: al Chango, a Carlitos, al Míster, y a mí. Después los contrarios y él se inclinaron hacia el objeto inerte con mucho cuidado, como si temieran encontrarse con una araña pollito. La pelota estaba descosida y medio despanzurrada cubriendo la raya desteñida. Nadie la tocaba. "Es medio gol", dijo el referí y esperó la aprobación general. "La rompió, golazó!" gritó Peregrino Fernández y empezó la discusión. El Chango fue el único que interpretó las lecciones de Schopenhauer: se abrió paso entre los otros y con la punta del zapato empujó el cuero al otro lado de la raya. Enseguida se acercó al referí con las manos en la espalda y le dijo: "Vea: parece que en ocasiones que a la par queremos y no queremos una cosa, y que, en consecuencia, el mismo acontecimiento nos regocija y entristece simultáneamente". El referí lo escuchó boquiabierto y ahí nomás convalidó el gol. Tiempo después, al recordar el partido, el Míster nos explicó que la primera dificultad que encontramos para reconocernos a nosotros mismos es que nos resulta imposible recordar nuestra propia imagen frente al espejo. Según él, así hablaba el filósofo y por eso nos salvamos del descenso.


Cuento de Osvaldo Soriano.
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