Rafael Cadenas
LITERATURA Y VIDA
Lenguaje
El lenguaje es la vía principal que utiliza la sociedad para perpetuarse en nosotros a través del condicionamiento.
Condicionamiento y lenguaje son inseparables, pero los que se ocupan de estudiar el lenguaje soslayan esta relación. Por ejemplo, el papel del lenguaje en la formación, sostenimiento y desarrollo del yo no ha sido bien investigado. ¿No será que los psicólogos, los lingüistas, los filólogos le tienen miedo a este problema? Porque si el lenguaje es el soporte del yo, el yo puede evaporarse. O en todo caso, está apoyado en una base externa, aunque la pretenda suya, aunque la haya internalizado y sienta que brota de él.
Aprendemos las palabras dentro de un contexto social, ideológico, emotivo. El proceso comienza en la infancia y dura toda la vida, pero pocas veces nos detenemos a examinar la carga que entra en acción cuando hablamos. Somos traídos y llevados por las palabras, aunque tenemos la ilusión de que las manejamos.
Es importante observar este fenómeno: usamos palabras, ideas, imágenes, pero tal vez sean ellas las que nos usen. Es decir, que el imperio sea al revés, aunque un error de óptica nos haga sentirnos dueños de un instrumento que se nos impone. ¿Suena rara esta afirmación? Si somos seres condicionados, no tenemos libertad: nuestro pasado nos domina totalmente y cuando elegimos lo hacemos dentro de una cárcel. La libertad de los existencialistas no es libertad.
Pensar es hablar, o al menos, supone la existencia del lenguaje. El lenguaje silencioso es más importante que el hablado, en un sentido: estamos envueltos por una atmósfera de pensamientos. El pensamiento ejerce una tiranía absoluta sobre nuestra vida. Vivimos dentro de él, circundados por los productos de su incesante actividad. Estamos encerrados en nuestras elaboraciones y la realidad nos llega interpretada, no límpida, como es, como se está dando. La mente, nuestro orgullo, obstruye todo contacto con los seres, las cosas y con nosotros mismos.
La palabra remite a algo. ¿A qué remite la realidad?
La realidad no es un símbolo de nada, la realidad es, la realidad está ahí. “Una rosa es una rosa es una rosa"
Señalamos que la rosa no es el sonido que hacemos al pronunciar la palabra, sino algo que está fuera de nosotros y a lo cual hemos dado un nombre. Más exactamente podríamos decir, mostrándola: esto es esto.
El lenguaje no es ni puede ser un trasunto de la realidad. Supone una selección, un abstraer y hasta una versión. Ahora bien, la realidad es inabarcable. Por ejemplo, carecemos de palabras para todos los colores y tonos, tenemos inmensas dificultades para dar idea de un sabor, los sonidos son indefinibles, y para comunicarnos recurrimos trabajosamente a la comparación. La realidad es también cambiante y todo idioma tiene un elemento de pesada estabilidad que lo hace torpe para adaptarse a la fluidez de las cosas. Pedro es el nombre que está en constante cambio, aunque sea solamente físico. La realidad además es concreta y las palabras son abstracciones, lo cual crea constantes disparidades entre la idea y aquello a que se refiere. De manera que el lenguaje es un instrumento muy limitado frente a la realidad.
El proceso de adquisición del lenguaje por parte del niño se dirige hacia la abstracción. Para él existe la naranja, no conoce la idea de fruto, mucho menos conceptos como nación, continente, humanidad. En su desarrollo hay ganancia y pérdida, pero el acento se suele poner en la primera. La ganancia está en que la capacidad de abstracción hace posible el pensamiento; la pérdida en que toda abstracción es un alejamiento del mundo real.
Nuestra cultura valora mucho el proceso mental; auque resuelva poco, tiene altares para él, y ha puesto en olvido el contacto directo, no mental con el mundo. Probablemente la autonomización de la mente, que se vuelve mundo contra el mundo, sea uno de los factores de la crisis en que ha vivido el hombre.
Si bien el lenguaje es creado por el hombre, el hombre es creado por el lenguaje. Esta afirmación hace inútil toda insistencia en su importancia. Usualmente perdemos de vista este hecho; tendemos a ver en el lenguaje solo un instrumento, y no una morada y hasta un amo del hombre, como lo es el pensamiento. Es que al hombre siempre le gusta ser el que maneja y no le gusta que le digan cosas desagradables, se resiste a verse como ser dominado por fuerzas que escapan a su soberanía: el pasado, el inconsciente, las relaciones que se producen en él; son tantas las fuerzas.
Observen que los llamados patrones de reacción están organizados en torno a palabras. Por ejemplo, cuando oímos algo que choca con la imagen que tenemos de nosotros mismos, una imagen creada también con palabras, nos sentimos molestos. La reacción se produce entre dos imágenes, por vía verbal.
Otros aspectos
El lenguaje da un aura de permanencia a lo pasajero, sustancia a sombras, existencia a lo que ya no es. Hay en él algo de tremendamente momificante. Pienso algo de mí, interviene el lenguaje y fija eso, entonces lo que pudo ser fugaz se instaura, se endurece, se vuelve problema. Es posible que el motivo inicial haya desaparecido, pero el lenguaje lo recrea constantemente. El yo está constituido por este tipo de estratificaciones. ¿Por qué no nos damos cuenta? Tememos que el yo se volatilice y caigamos en la locura. Es probable, mas bien, que se produzca una liberación.
Es importante tener conciencia del grado en que el lenguaje deforma la realidad. No olvidemos que tiene la característica de ser incompleto, tiende a la inexactitud, posee una intencionalidad. Hay que estar atento cuando lo usemos.
También es conveniente tener siempre a la vista las realidades -no verbales- que el lenguaje codifica para evitar que se desvincule de los hechos.
Por último, consideremos que toda verbalización tiene algo de abuso frente a la realidad. Lo que yo piense o diga de una persona, por ejemplo, no es nunca esa persona. Ella es una realidad y mis palabras silenciosas o expresadas forman una imagen, una idea, una opinión.
Una actitud que tome en cuenta estas observaciones nos guarda de identificarnos con nuestras formulaciones, nos mantiene abiertos a lo que existe, nos vuelve atentos a cuanto ocurre.
La semántica general
Esta corriente, sin mucho prestigio académico, fue creada por Alfred Korzibski, y sobre todo sus discípulos han hecho mucho por llevar los problemas del lenguaje y su influencia en nuestra vida al público no especializado.
Para la Semántica General, el lenguaje traza "mapas verbales".
Un mapa no es el territorio, solo representa con signos convencionales. El mapa no representa todo el territorio, es muy esquemático, los detalles no están indicados.
Estas dos afirmaciones de la Semántica General pueden ser aplicadas al lenguaje así:
Una palabra no es lo que ella representa,
Una palabra no representa todos los hechos.
Hablar es ya interpretar el mundo. El contacto viviente con éste queda fuera del dominio verbal. La Semántica General recomienda dejar que nuestra sensibilidad entre en relación con lo percibido antes de expresar cualquier cosa, pues considera que la mente no le da tiempo a los sentidos para recibir sensaciones.
Si nos observamos veremos que nuestra relación con el nivel no verbal es muy pobre. No sabemos mirar, ni oír, ni gustar, ni oler, ni tocar. La mente ya sabe. ¿Para qué el contacto? Es un hecho que nuestra mentalización ha producido un empobrecimiento y hasta una mutilación en nosotros. Nuestros sentidos no se entregan en forma pura a lo que el mundo les ofrece. Mucho antes de Blake "las puertas de la percepción" estaban obstruidas.
Somos, como dice la Semántica General, animales decidores, y desde luego, pensadores. Tratando de acaparar el mundo, nuestro pensamiento lo pierde; lo perdemos en su realidad inmediata, que probablemente sea también la única. Otra idea valiosa de la Semántica es la de que constantemente caemos en "generalizaciones abusivas". Decimos judío, mujer, negro, etc., y atribuimos notas a estas palabras olvidando que son abstracciones, no concreciones. Esta es la orientación intencional. La extensional parte de lo que revelan los hechos; da primacía a éstos, no a nuestros esquemas. La orientación extensional es cautelosa. Evita afirmaciones como ésta: Luis es egoísta. Prefiere decir: En x momento Luis se comportó de manera egoísta.
Solemos generalizar así:
Maria volvió a casa a las tres de la madrugada (expresión de un hecho. Hasta aquí no hay problema)
Habrá andado por ahí en malos pasos. (inferencia totalmente subjetiva)
Es una perdida. Nunca me gustó. Me dio mala espina desde que la vi. (juicio)
Hay una María real y una María que está en la cabeza de quién la juzga.
Nótese la diferencia de estas dos afirmaciones:
He fracasado tres veces (declaración extensional, que tal vez exprese un hecho)
Soy un fracaso (declaración intencional con tinte interpretativo)
La Semántica General nos lleva de nuevo al problema del condicionamiento que se manifiesta en la subjetividad y su incansable empeño en interpretar, colorear, sellar los hechos.
Veamos. El yo es para cada uno de nosotros un medio ambiente al cuál reaccionamos. Diez personas en la calle ven lo que les rodea de diez maneras distintas en su realidad psicológica. ¿Por qué?
La mente de cada persona capta y traduce lo que ve de acuerdo con su mundo interno. "El hombre subjetivo cree que tiene, como amo, el mundo. En realidad es esclavo de las cosas" (Blyth). Reacciona constantemente y se encuentra siempre avasallado por sus reacciones. El hombre de que habla Blyth no es un espécimen raro, todos en mayor o menor grado, somos ese hombre.
El lenguaje sirve para comunicarse, pero lleva en sí la semilla de la incomunicación porque pone en contacto a dos hablantes que tienen cada uno su propia historia.
Si hablo con alguien del Orinoco, con alguien que haya visto este río, su Orinoco no es el mío ni mi Orinoco el suyo, y ninguna de nuestras apropiaciones es el Orinoco.
Caemos otra vez en el problema del autoencierro dentro de nuestro pasado. La verdadera comunicación sería sin ayer ni mañana. ¿Es posible?
En este terreno no cabe ninguna interpretación. Si así fuera, habría tantas verdades como hombres existen, pues cada uno está dispuesto a interpretarla a la menor provocación, y sin haber examinado previamente el instrumento con el cual pretende hacerlo. No duda que sea apto. Esto ha ocurrido a lo largo de la historia. Los pensadores elaboran teorías y teorías que serán sustituidas por otras teorías sin antes haberle pedido sus títulos a la mente con la cual trabajan. Es increíble, pero así ha sucedido. No cometamos más este error. Empecemos por preguntarnos: ¿Está nuestra mente, que es condicionada, mecánica, egocéntrica, en condiciones de abordar este problema? Lo que ella encuentre serán, tal vez, sus propios contenidos, su propio reflejo. Nuestra búsqueda, pues, está viciada de antemano. Lo que la mente produzca no tiene que ver con la verdad. Pero sin la verdad, la vida no tiene valor; es como no haber nacido.
¿Qué haremos?
Nada. No podemos hacer nada, pues cualquiera de nuestros pasos nos retiene en el mismo viejo círculo.
Creo que todos hemos vivido esta experiencia, la inmutilidad del movimiento de nuestra mente que relaciona, realiza combinaciones, extrae conclusiones, para seguir en su repetitiva miseria.
Debo darme cuenta de la ineptitud de la mente para esta empresa, lo que no significa que ella deba ser eliminada. El hombre no puede vivir sin la mente. Espero que esto quede claro para evitar que se me diga que yo planteo la liquidación de la mente. Sólo trato de deslindar terreno.
Veo que al encararme a un hecho lo hago desde una estructura, desde mi yo, lo mido, lo enjuicio, lo evalúo; todas estas operaciones se realizan en mí, en el sujeto, en una subjetividad, es decir, en una parte de algo que es total. Lo que tiene lugar en una parte, que además contiene una carga no examinada de conocimientos, experiencias, prejuicios ¿será la verdad? Si lo es, se trata de una verdad parcial, traducida, mediatizada. Yo no quiero esa verdad.
¿La verdad no será mas bien "un ver sin distorsión? (Krishnamurti). Se trataría de un ver no mental, pues la mente, al moverse, introduce elementos extraños en la percepción, la percepción misma ya está mentalizada.
Diré algo que puede parecer un disparate: la verdad no es mental. Se muestra cuando la mente ha dejado de enviar su voz. Entonces lo que aparece tiene un brillo propio, un brillo que la mente no le ha prestado. Eso se puede llamar verdad, vida, realidad, como ustedes prefieran.
Sobra decir que este planteamiento está muy alejado de la idea de verdad como conocimiento. Estamos más bien en el plano de la vivencia. Nuestro enfoque no niega el conocimiento. Sólo trata de situarlo en sus límites. La verdad no le pertenece, pues aquello que es ilimitado no puede ser conocido.
Aclaremos algunas afirmaciones. No creo necesario insistir en el problema del condicionamiento, pero sí sobre el carácter mecánico de la mente. Esta opera a lo largo de "vías privilegiadas”, es decir, aquellas -siempre las mismas- que se movilizan ante determinados estímulos y cada vez que los estímulos se repiten. “Nuestros sentidos entran en contacto con algo, la sensación es recibida, llevada al cerebro y el cerebro interpreta según sus patrones de condicionamiento, de reacciones y respuestas, de reflejos conscientes e involuntarios” (Thakar). El proceso es tan poderoso que en muchos casos la mente consciente ni tiene que intervenir. No decimos: voy a enojarme. La ira está ahí, automática, como disparo desde un dispositivo. (Lo que no nos impide considerarnos libres.)
Aunque nos duela, nuestra mente opera así, sobre líneas trazadas, tenaces, invariables.
Este es el esquema:
Llegada de la sensación --> Interpretación de acuerdo con la memoria --> respuesta también conforme a la memoria.
Sobre el carácter egocéntrico de la mente, digamos que no se necesita mucho esfuerzo para descubrirlo. Podemos observarlo cada momento de nuestra vida, en nosotros y en los demás. Es un secreto que está a la vista.
La mente que ha creado al yo -después veremos este punto- está a su servicio.
La palabra al servicio del yo y la palabra al servicio de la verdad.
Probablemente la verdad se inefable, inefable en serio, y la palabra apenas pueda apuntar, humildemente en su dirección. Tampoco esto está a su alcance, pues implica que ella es un punto hacia donde podemos señalar. Sobre la verdad no sabemos nada, pero sí podemos ser veraces. Esta es una bella tarea para la escuela de letras: la veracidad de la palabra, el respeto a la palabra, la adhesión a los hechos, cualesquiera que sean. Hoy este respeto a la palabra es raro en el mundo, y entre nosotros, no se diga. La deformación, el uso arbitrario del lenguaje en relación con lo hechos forma parte de la crisis humana. Como la mente, la palabra esta supeditada al yo. Se mueve de acuerdo con los dictados de la entidad que la utiliza. Para que sirva a la verdad, el yo tiene que dimitir, el yo como núcleo de intereses.
Creemos que una vida sin este centro, una vida que fuera solo vida, sin esa entidad acapadora, fija, opinante, llevaría al desastre, como si no estuviéramos ya instalados en una especie de desastre, pero tan identificados con él que no nos damos cuenta.
¿Cómo puede entonces la palabra expresar la verdad?
La verdad -lo hemos dicho- tal vez no puede ser expresada, pero la palabra así como la mente están llamadas a desempeñar un papel indispensable, un papel negativo, un papel de desenmascaramiento de la ilusión creada por ellas mismas. La mente se engaña constantemente tomando por realidad sus confecciones, pero puede verse a sí misma, descubrir lo falso que fabricamos, despejar la vía. Este me parece su cometido más importante.
Vida
La crisis de nuestra cultura.
¿Dónde buscar la crisis del hombre sino en él, en su psique, en su mente, en su yo? Tratar de verla en otra parte es un desvío del hecho radical de donde brotan todos los productos de la cultura. Resulta tentador colocar afuera lo que está adentro; en esta forma no nos vemos, no vemos la crisis moviéndose en nosotros mismos. Echar la culpa de lo que ocurre a cualquier factor extraño al hombre nos aleja del problema, que es él, con su carga milenaria, consciente e inconsciente, su hábil cerebro, su absurdo rincón psíquico, todo el molde humano. Es este ser “espiritual” al que debemos pedirle cuentas.
La crisis de la cultura y del hombre es la crisis del yo, tal como lo conocemos, aunque separar al hombre de su yo nos parezca difícil.
El hombre ha vivido siempre desde la mente tal como la conocemos, y nunca ha tenido plenitud. La mente es un instrumento indispensable, pero cuando se vive desde ella exclusivamente, limita, produce infelicidad, separa a los seres humanos. Es la mente la que ha creado la llamada incomunicación, que pretendemos resolver desde la misma mente. Estamos en un círculo.
Las religiones le han dicho al hombre que él es parte de la divinidad y los humanismos, que es el rey de la creación, pero cuando este dios o este rey se mira, nota que ha sido engañado y pudiera repetir las palabras de Ricardo II:
<<En nombre de Dios (sentémonos en tierra y narremos tristes historias de reyes desaparecidos...
>>Porque en el círculo hueco que ciñe las sienes mortales de un rey tiene la muerte su corte, y allí triunfa la horrible... concediéndole un soplo, una corta escena para jugar al monarca, hacerse temer y matar con la mirada, ilusionándose con su egoísmo y sus vanos conceptos como si esta carne que sirve de antemural a nuestra vida fuera inexpugnable bronce; y tras haberse divertido así, viene a la postre y con pequeño alfiler atraviesa las paredes de su castillo y "adiós rey"...
>>Vivo de pan como vosotros; como vosotros siento la necesidad, saboreo el dolor, necesito amigos. Siendo, pues, esclavo de todo esto, ¿cómo podéis decirme que soy rey?>> (Acto III)
Sí, este rey no sólo muere, como en la obra de Ionesco, sino que vive asustado, lleno de angustia, sumido en el dolor de su propio encierro.
Quiere ignorar, éste ser sufriente que busca liberarse con su mente, que es la mente el suelo en que nacen, se desarrollan y se alargan sus sufrimientos.
Si echamos una ojeada a la literatura actual veremos que detrás de la angustia que rezuman sus obras más representativas está el miedo a no ser. ¿Que le ha pasado al rey de la creación? Una cosa parece cierta: por esta vía, por la vía que ha seguido el hombre, no se llega a ninguna parte, pues tiene milenios andándola, y hoy todavía no tiene respuesta. ¿No es esto significativo? ¿No habrá un error básico? ¿Un falseamiento en el origen?
Si el sufrimiento es inherente a la condición humana no hay nada que hacer; pero si está ligado a una estructura en el hombre, a una confección suya, quizá pueda hallarse una solución.
Guillent nos decía que la irrupción del no ser en el siglo XX había descalabrado toda la cultura. Pero ¿por qué? Fíjense que la palabra irrupción indica que algo aparece súbitamente. Es decir, el hombre ha vivido tapando el no ser, sin darle cabida, en pelea con él, pelea perdida como lo son todas las luchas que el hombre emprenda contra la realidad, contra lo que es. Sabe teóricamente, lo sabe desde Heráclito, que el no ser está constantemente presente, lo sabe con la cabeza. ¿Cómo puede ser sana una cultura que huya de un hecho como éste, un hecho que el universo se encarga de gritarnos? Tiene que desintegrarse a fuerza de miedo.
El hombre y el problema de la imagen
Imagen es representación. No es la cosa, pero cobra autonomía en la mente y tiende a suplantar la realidad.
La imagen está formada por la memoria sobre la base de la percepción. Yo soy imagen, conozco a alguien y formo una imagen de tal persona -una imagen construye otra imagen-; la relación se hace imaginaria, priva en ella lo que yo pienso de mí, lo que pienso de la otra persona, lo que ella piensa de sí misma y de mí. El contacto se realiza a través de una red de ficciones. Nuestra vida, si no despertamos, transcurre en un plano ilusorio, de ideas, abstracciones, pareceres. Nada sólido, pues sólido, aunque cambiante, es el hecho, no lo que yo piense. La mente ha usurpado el lugar de la vida, que sin embargo sigue su curso independientemente de nuestras proyecciones. Si no nos gusta algo, la raíz de un castaño, por ejemplo, Ese es problema nuestro, no de la cosa.
¨ ¿Por qué le hemos dado tanta importancia a las ideas? La idea de libertad o bondad o amor o cualquier otra carecen de valor; lo que sí tiene importancia es el hecho de que yo sea libre o bueno o que ame. Podemos pasarnos la vida barajando ideas sin ninguna realidad, sin haber sido rozados por algo que no sea una construcción de la mente.
Se ha exagerado el valor de la imaginación. Esta aleja de la realidad; no puede ser nunca un puente. Al contrario, su sobrevaloración trae aparejada una desvalorización de lo real. La mente, que ha podido idear un centauro, no está en capacidad de ver lo maravilloso de un caballo; la mente que crea una “zoología fantástica” es poco apta para apreciar los simples animales; les ha dado la espalda. “Ustedes no están contentos con una nube -lo decía un pensador a una audiencia- , quieren también un ángel encima de ella”.
Permítaseme aclarar que tampoco estamos en una campaña contra la imaginación. Tratamos de ver su puesto en la vida del hombre. Creo que tiene un papel de auxiliar; darle otro mayor no tiene sentido.
La fuerza que moviliza a la imaginación le ha sido sustraída a la realidad. Vean qué ha pasado. La mente está entrenada para elaborar, analizar, proyectarse; en este sentido es un instrumento prodigioso, pero hay algo que no sabe hacer, algo para lo cual tiene una enorme torpeza: no puede quedarse tranquila; siempre está moviéndose, despilfarrándose, operando. Su esencia es el movimiento. Entonces no permite un contacto directo con el mundo, un contacto que sea sin su intervención. Pareciera que el superdesarrollo de la mente se ha efectuado a expensas de la percepción. Esta es una facultad atrofiada, a la que habrá que volver nuestra atención, so pena de convertirnos en homúnculos que piensan y no pueden vivir.
Hay otro aspecto de la imaginación que deseo tocar. En ella el hombre es rey, provisional como todos los reyes, pero rey, sombra que maneja hilos anudados a otras sombras. Se trata de un poder que no por ficticio deja de cumplir alguna finalidad; en la vida no se puede señorear así; el mago tiene que someterse a lo que ella resuelve, no le es posible convertir un árbol en animal.
Por último: la imaginación tiene un héroe, el que la produce. No olvidemos al protagonista. Preguntémosle: si no hubieras hecho un uso desmedido de la imaginación ¿la realidad no tendría, en este momento, una fuerza insólita?
La vida que conocemos
Envuelta en lo que llevamos dicho está la consideración de que nuestra vida es mental, a pesar de que la vida no ha surgido de la mente, sino ésta de la vida.
¿Qué significa eso de mental? Nuestro cuerpo no es mental, la sangre no le pide permiso a la mente para hacer su circulación, la tierra que pisamos no es mental, ni el fuego, ni el agua, ni el aire, la pulsación de todas las cosas no es mental, el universo no es mental, el cerebro mismo no es mental, y sin embargo, la mente se erige en instancia superior que clasifica todo eso, le aplica sus patrones, lo juzga.
Veamos el problema de nuestro aislamiento.
Vamos a usar un esquema.
Hombre - Yo - Entidad -->
-------------------------------------------------
/ condicionada /
/ separada /
/ constituida por pasado y futuro / Cosas
/ alimentada por el pensamiento / Seres
/ con conciencia autocentrada / El mismo
/ sostenida por la imagen /
-------------------------------------------------
El yo es una entidad con todos esos rasgos. Tal vez falten otros. Precisemos. Es condicionada por todo lo adquirido, todo: ideas, prejuicios, creencias. El mismo condicionamiento lo hace entidad separada, como si estuviera dentro de fronteras.
Esa entidad está constituida por pasado y futuro, el presente es un punto de apoyo entre las fuerzas del pasado y las del futuro; el yo no conoce el presente real. Sus dos pilares no existen; el pasado dejó de ser y el futuro no es; de manera que los dos soportes del yo son ficticios, cada uno es un no ser. Ambos existen como imagen, y el futuro es siempre proyectado desde una zona fantasmagórica, el pasado. ¿Qué es lo que hay, entonces? Tampoco queda el presente, pues está envuelto por dos fantasías. Desde el yo, este enfoque produce vértigo, pero cuando no queda nada, entra la realidad, el verdadero presente, que no es un producto de la mente, que no viene de ni va hacia. El pensamiento nutre, sostiene y fija con su flujo esa entidad. ¿Por eso le somos tan adictos?
La conciencia de esa entidad está referida a la entidad misma. Si, como han dicho algunos, se parece a un espejo, se trata de un espejo empañado, un espejo que retiene, guarda, mueve sus imágenes.
Todas estas características están en el plano de la mente y hacen del yo una imagen para sí mismo, una imagen generalmente muy halagadora, que no puede ser lastimada (está dispuesta hasta a matar para preservarse, para defender su prestigio de imagen).
Cuando el hombre entra en contacto con una cosa, con otro ser humano o con él mismo, lo hace a través de esa barrera que hemos visto, y no parece que hubiera otra posibilidad, la posibilidad del suspenso, de que todo eso que está en el marco deje de operar, como si no estuviera allí. No se trata de borrarlo, sino de que ya no gobierne. Entonces el contacto directo es posible, la barrera cae o es perforada. Creo que todos hemos tenido momentos en que los factores que están en nuestro marco habían perdido fuerza. Momentos en que no había propiamente nadie, en que la entidad usufructuaria estaba como suspendida; sólo existía una realidad superior, envolvente, completa: el contacto. No me digan que la ausencia de ese alguien nos vuelve animales. Esto no es verdad; no se preocupan por no agredir; siempre agredimos desde la mente, que crea la idea de sobresalir, dominar, poseer. En su quietud sólo hay quietud.
El contacto con nosotros mismos es el más difícil. Tenemos un estado de ánimo y procuramos interpretarlo de acuerdo con nuestros patrones. En este caso la entidad se vuelve más activa y todo lo que está en su marco entra en acción. No hay realmente un ver sino un afán por parte del que ve en el sentido de operar sobre el fenómeno. Entonces no salimos nunca de la continuidad establecida por nuestro pasado, pues lo que opinemos o hagamos viene de él, aunque nos creamos nuevos.
Tengamos presente que todo lo que el hombre hace, rebota de ese marco. También la literatura en su mayor parte ha surgido de él y no del contacto real a que nos referimos; ha surgido como elaboración, como producto refinado o tosco. Algunos autores han visto el problema; sus planteamientos se acercan a lo que nos interesa. Lawrence, por ejemplo, dice en su ensayo <<Apocalipsis>>:
<<Hemos perdido el cosmos. El sol no nos fortalece ya, ni tampoco la luna...
>>Ahora tenemos que recuperar el cosmos, y eso no puede conseguirse con una treta. El gran sector de respuestas que ha muerto en nosotros tiene que resucitar. Se han necesitado dos mil años para matarlas. ¿Quién sabe cuanto tiempo se necesitar para devolverlas a la vida?
>>Cuando oigo que los modernos se quejan de su soledad, ya sé qué ha sucedido. Han perdido el cosmos. No nos falta nada humano ni personal. Carecemos de vida cósmica, no hay en nosotros luna ni sol.<<
Luego Lawrence señala que esto no se resuelve “yaciendo como cerdos en la playa, sino con una suerte de adoración”, es decir, no comprende que la barrera que ha causado la pérdida del cosmos tiene que caer primero, cosa que no se resuelve volitivamente, tornándonos hacia ésta o aquella adoración. Ninguna ceremonia puede rescatar al individuo de su coraza yoica. Noten la frase “el gran sector de respuestas”, que sería la “antigua conciencia de los sentidos”. Yo no sé si existió esa conciencia de que tanto habla Lawrence. Probablemente los griegos estaban más cerca de la naturaleza que nosotros, más en intimidad con el cosmos, a pesar de nuestros viajes espaciales, pero ya en ellos existía el problema de la separación.
Por su parte, Aldous Huxley, dice en “Las puertas de la percepción”:
“No podemos nunca eximirnos del lenguaje o de los otros sistemas de símbolos; porque gracias a ellos, solamente a ellos, es como hemos podido elevarnos por encima de los brutos, al nivel de los seres humanos. Pero así como somos beneficiarios, podemos también muy fácilmente convertirnos en sus víctimas. Debemos aprender a manejar con eficacia las palabras, pero, al mismo tiempo, debemos preservar y, en caso necesario, intensificar nuestra capacidad para mirar el mundo directamente y no a través de medio semi-opaco de los conceptos, que deforman cualquier hecho determinado dándole el aspecto demasiado conocido de algún marbete genérico o alguna abstracción explicativa.”
No me gusta citar; pero lo que Huxley dice más adelante vale la pena:
“En un mundo donde la educación es predominantemente verbal, las personas muy cultas hallan punto menos que imposible dedicar una seria atención a lo que no sean palabras y nociones. Siempre hay dinero y doctorados para la culta necedad de lo que constituye entre los eruditos el problema mas importante: ¿Quién influyó en quién para decir tal o cual cosa en tal o cual ocasión? Hasta en estos tiempos de tecnología se rinde pleitesía a las humanidades. En cambio, apenas se hace el menor caso a las humanidades no verbales, a las artes de percibir directamente los hechos concretos de nuestra existencia. Es completamente seguro que hallarán aprobación y ayuda financiera, un catálogo, una bibliografía, una edición definitiva de las ipsisima verba de un versificador de tercera clase, un estupendo índice que pone fin a todos los índices, cualquier proyecto genuinamente alejandrino. Pero, si se trata de averiguar cómo usted y yo, nuestros hijos y nuestros nietos podemos hacernos más perceptivos, más intensamente conscientes de la realidad interior y exterior, más abiertos al espíritu, menos propensos a caer, por nuestros vicios psicológicos, físicamente enfermos y más capaces de regular nuestro propio sistema nervioso autónomo; si se trata de cualquier forma de educación verbal que sea más fundamental -y con más posibilidades de uso práctico- que la Gimnasia Sueca, ninguna persona respetable o ninguna universidad o religión que se respete hará absolutamente nada. Los verbalistas temen a los no verbales; los racionalistas temen al hecho concreto no racional; los intelectuales entienden que "lo que percibimos con el ojo (o de cualquier otro modo) nos es extraño como tal y no debe impresionarnos mucho". Además este asunto de la educación en las humanidades no verbales no encaja en ninguno de los casilleros establecidos. No es religión, ni es neurología, ni es gimnasia, ni es moral, ni es civismo. Siendo esto así, el tema, a los efectos académicos y eclesiásticos, no existe y puede ser pasado por alto o dejado, como una sonrisa de superioridad, a quienes son llamados farsantes, charlatanes y aficionados ineptos por fariseos de la ortodoxia verbal.”
Perdonen lo largo de la cita, pero se avenía demasiado con lo que venimos tratando para que no resultara tentadora.
Finalmente, Cyril Connolly, roza nuestro problema en su ensayo “Más allá de las creencias”:
“Sostengo que la condición natural de las cosas creadas es de éxtasis total. La conciencia de sí mismo es resultado de alguna imperceptible desviación en el proceso biológico, desviación que avanza como una corrida en una media y que ahora no se puede detener...
>>Los seres más felices son aquéllos que viven su breve existencia en una instintiva armonía con el universo, inconscientes del papel que en él representan. Pero desde que surgió la conciencia, nuestra última esperanza es desarrollada hasta el grado máximo, en el que hallamos comprendido por completo el mundo circundante; puesto que comprenderlo puede significar modificarlo, encontrar un método para reducir la muerte (casi una bendición, y el origen de toda nuestra dignidad y nuestra tragedia) a algo que podamos soportar.”
Connolly capta el problema de la conciencia, o mejor, de la autoconciencia, pero en lugar de seguirlo hasta la raíz, confía en la adquisición de conocimientos y la afinidad de mentes, como vías idóneas para superarlo. Feliz él, para quien estas viejas vías representan una esperanza. El asunto no es tan fácil. Queda en pie: la conciencia crea todos los problemas y no podemos prescindir de la conciencia. Hay que probar otro enfoque.
La libertad como vida sin mitos
Sobre este punto no quiero extenderme.
Tal vez el mito central de donde brotan todos los demás mitos sea la imagen de nosotros mismos.
Entonces hay que ir de frente hacia ese mito, verlo.
Creo que es posible una vida sin creencias de ningún tipo, sin ideas en las que hayamos delegado nuestro ser, sin opiniones de toda la vida, opiniones que nos acompañen tristemente a los veinte años y a los sesenta.
¿No ven lo terrible que es esto, el hecho de que pensemos hoy sobre nosotros mismos o sobre otro ser humano o sobre cualquier otra cosa como hace cinco o tres años? Todo puede haber cambiado. La mente debe ser fluida (no oportunista, no confundamos).
El más tenaz de los mitos somos nosotros, como actores con un papel que nos hemos asignado.
Una vida que sea sólo vida, sin instancia a la cual remitirla para hallarle un sentido, para justificarla. ¿Toda justificación es ante quién? ¿Ante nosotros? ¿Quienes somos nosotros para volvernos tribunal? ¿De qué está formado ese tribunal? ¿Quién lo nombró? Estas preguntas son interesantes.
No olviden que cada hombre es una autoridad, y los que quieren acabar con las autoridades suelen encontrar muy difícil encontrar la propia. Observen cómo cada uno de nosotros se considera una autoridad; si así no fuera no nos aferraríamos a lo que pensamos. Para nosotros la realidad es otro nombre que le damos a nuestras opiniones.
Acabemos de una vez con esa autoridad, la más tenaz, para estar abiertos. Recuerden el problema de Roquentin. Cómo se retuerce buscándole justificación a la existencia. Pero desde la zona en que brota la pregunta no hay respuesta. Cualquier respuesta de la mente puede ser destruida por la mente misma. La vida es, “la rosa es sin porqué”, decía Angelus Silesius.
A ninguno de los personajes de las obras que hemos leído le es posible vivir sin asidero, sin un “para”. La mente, sin embargo, no deja tranquilos esos asideros. Tal vez éste sea su papel más importante, el papel negativo de que les hablaba.
Pensar negativamente es desaprender.
La mente, en el sentido que le venimos dando a esta palabra, es la sociedad en nosotros.
¿Cómo puede haber ruptura con la sociedad sin ruptura con la mente?
El rebelde que insurge contra la sociedad, pero conserva un altar para su yo, se engaña: sigue en el ámbito de la sociedad de la cual cree haberse separado.
El yo es la primera institución social (Watts). Sin embargo, ésta es la institución que olvidan los que desean un cambio social.
Es la institución que quiere cambiar las otras instituciones sin preguntarse si en ella ha habido un cambio profundo y no sólo de ideas.
Es la institución que cuestiona todo, pero se resiste a verse a sí misma.
(Abundan los letreros que gritan: Cambiemos)
Ruptura con la mente para que la mente sea nueva. Este es el problema.
Podemos vivir adorando nuestro yo, aferrarnos a lo que pensamos, a nuestras caras creencias, a nuestras conclusiones sobre las experiencias que hemos tenido, lo que hemos hecho o nos hicieron, a todos los contenidos de nuestra mente, y fundar en todo eso nuestra vida, pero sepamos que construimos con un material que viene del ayer -un material con el que nos hemos asociado-, es decir, sepamos que el edificio se alza sobre lo que ya no es. ¿No se trata entonces de algo que tiene mucho de mítico? Estamos molestando la institución mas celosamente protegida de la sociedad.
Lo que hemos dicho no es una invitación a no pensar; hay que pensar y pensar con lucidez.
Pero observen también que para la mente es fácil analizar, imaginar, rumiar, realizar todas esas operaciones que ya forman un hábito, y muy difícil dejar de hacer estas cosas.
Detenerse, para la mente, es m s difícil que estar activa.
¿No nos indica esto algo muy importante, no les parece significativo que a la mente le resulte casi imposible callar?
Hagámonos otra pregunta: ¿qué papel desempeñan los mitos de que hablamos -las proyecciones- en el hombre?
Un vivir con los hechos excluye toda “mitología”.
La ausencia de “mitología” abre otra dimensión.
Sin embargo, el hombre nunca ha vivido con los hechos, sino con sus interpretaciones.
Hagan este experimento: no interpreten algo que les ocurra.
Literatura:
la literatura como expresión del yo y
la literatura como expresión de la
vida
Tengamos el valor de ver un hecho muy simple: la literatura que leemos o hacemos es producida por un ser condicionado.
Los escritores libres, o que hayan visto su trasfondo, no abundan, y la preferencia del lector por determinados autores indica una afinidad que no tiene nada de misteriosa, entre los dos polos del fenómeno literario. Todos hemos sentido alguna vez, probablemente, que el autor cuya obra leíamos estaba tan confuso como nosotros, tan desasistido frente a la existencia, tan atrapado por su propia mente como nosotros. Ustedes tienen que haber experimentado esto. Terminar un libro y quedarnos como antes de abrirlo nos ha pasado a todos, quedarnos con un sabor de inutilidad en la boca, como si los llamados “creadores” y nosotros habitáramos en el mismo extravío.
Nos gusta un escritor porque nos refleja, nos gusta un ser humano porque piensa como nosotros. Es decir, el proceso sigue dentro del yo: nos gustamos, nos queremos en el escritor o en el ser humano. No hemos salido de la autoexaltación.
Vale la pena considerar esto: la comunidad dentro de la impotencia, dentro de la confusión, entre autores y lectores, y también la arrogancia con que a veces dan vueltas en el laberinto.
Las aversiones y preferencias son dictadas por el yo, desde su pasado. ¿Cómo puede el yo ver la vida? El es ya una plataforma desde la cual emergen las valoraciones. No expresa la vida sino que trata de absorberla interpretándola conforme a sus experiencias, ideas, conclusiones, que no tienen que ver con ella. En el plano del conocimiento, el pasado ha de tomarse en cuenta; en el de la vida es un estorbo.
La literatura que tiene por eje el yo no puede expresar la vida. Cuando la vida llega a la expresión ya ha pasado por un tamiz. Sin este proceso no existiría, pero hay una diferencia entre el hombre que ve su trasfondo y su influencia en él y el hombre para quien ese trasfondo es la realidad.
No sabemos cómo sería una literatura para la cual la realidad tuviera primacía. El realismo de cualquier marca así como todo romanticismo tienen la misma una subjetividad identificada con sus contenidos. No vean en este enfoque la extremada petición de abolir lo que haya de personal en cada hombre, en cada autor. Se trata más bien de un traslado de acento.
Vista desde el yo, la literatura que le dé paso a la realidad, parecería algo muy humilde, tendría una supeditación cierta pobreza, como en algunas obras que la preludian; no mostraría huellas de ningún afán de lucirse.
Sería una literatura que condujera el bullicio de la mente al silencio. Recordemos una frase de Wittgenstein en sus Notebooks: “Estéticamente el milagro es que el mundo exista. Que lo que exista, exista”
La recuperación de la realidad
El yo o la mente han de verse a sí mismos. Este sería el paso previo. Un autoconocimiento por parte del sujeto, pero no estamos en el ámbito del inútil “conócete a ti mismo” que la cultura nos ha estado repitiendo desde la antigüedad. Se trata de un ver (no evaluativo) el funcionamiento del yo. La exigencia tradicional se ha entendido como “introspección para mejorar”. En nuestra proposición no entra esa tontería, que sigue en el campo de la mente y se práctica para mayor gloria del yo. Estamos en otro terreno. Se trataría más bien de una percepción imparcial de nuestros procesos; pues como la dificultad radica en que como somos parte interesada influimos en lo que observamos.
Una vez que el yo con todas sus cargas queridas o rechazadas, se percibe, estamos disponibles para lo real; es más, lo que hemos visto en nosotros forma parte de lo real.
Al escribir hay que utilizar la mente, más cuando la mente se ha visto a sí misma está en una posición distinta, ya no es la misma mente; puede seguir sus movimientos. Es una mente mucho menos propensa al autoengaño. La recuperación de la realidad implica algo así como la aparición de otra mente, una mente que ya no funciona por los canales usados, por los carriles de la reiteración, por las vías muertas que el tiempo ha trazado en ella. Es una mente no mecánica.
Este problema no se lo plantean los llamados “creadores”, cuyas producciones pueden ser muy brillantes, pero están lastradas por el peso de lo que la vida, vivida sin vigilancia, ha ido depositando como residuo en ellos. Yo no niego el valor de sus libros; me limito a señalar la falta de examen radical que se nota en sus creaciones. A pesar de su sencillez, o tal vez por eso mismo, este darse cuenta de uno mismo ha sido puesto en olvido por las grandes figuras de las letras. Es que el problema no tiene que ver con el talento. Casi todos han creado desde una plataforma de religión, nacionalismo, ideología, dando todo eso por sentado. Han partido siempre de supuestos, pero la vida no tiene supuestos, está ahí desplegándose, sin razones.
¿Puede contribuir a rescatarnos la literatura?
La pregunta implica que necesitamos ser rescatados.
Si les parece que la pregunta tiene sentido, hagámonos otra: ¿de qué necesitamos ser rescatados? Tiene que ser de un error, y en tal caso, ¿cuál sería el error?
A mí me parece evidente que el hombre ha vivido siempre en crisis, con dioses o sin dioses, amodorrado o activo, ayer como hoy, y la literatura, por ser tan expresiva, muestra muy bien esa crisis; pero tal vez no le toque resolverla. Pensemos en Lear, en el hombre del subterráneo, en el personaje de La Náusea. Las obras estudiadas presentan el problema, pero nos dejan con la impresión de que el hombre no puede habérselas con él, no puede medirse con la magnitud que lo derriba. Todas estas obras conducen a una calle ciega, y se podrían citar muchísimas otras, sobre todo modernas, que nos llevan a un punto muerto. Ni Shakespeare, ni Dostoievski, ni Sartre, ni nadie nos puede sacar de esta situación desastrosa que hemos convenido en llamar vida. Esta no es tarea para la literatura, ni para ninguna religión o filosofía o sistema.
Recuerden cualquier autor de esta época, Kafka, Camus, Ionesco, Faulkner, Beckett: la derrota es total, y me parece pueril afirmar que ellos reflejan la decadencia de una clase o una sociedad determinada. No encubramos así la crisis humana. Encarémosla en nosotros.
Recapitulación
Nada de lo que hemos tratado en este curso es misterioso. Solo el olvido en que están los problemas que hemos tocado podría facilitar esa impresión. Insisto, para despejar posibles y habituales malentendidos, en que todo cuanto hemos visto es ajeno a ocultismos, escuelas místicas o corrientes metafísicas, así como tampoco tiene que ver con la beatería cientificista. Ninguna de estas cosas ha resuelto el problema del hombre.
¿Por qué seguir recorriendo el viejo sendero?
Puede que muchas de mis afirmaciones choquen con lo que ustedes piensan, con el trasfondo de ustedes, y el movimiento que se produce en ustedes sea de rechazo. Observen eso. Es una ocasión más para el autodescubrimiento. Pregúntense: ¿Por qué reacciono o qué es lo que reacciona en mí? ¿Que parte mía se siente molesta? ¿Qué estoy defendiendo yo? Esto mismo pueden hacerlo frente a un cuadro, un libro, una persona, un incidente. Cualquier hecho puede ayudarnos a descubrirnos, si estamos dispuestos, si no estamos protegiendo nuestra imagen.
Yo no sé cuál será la solución del problema humano; en este curso me he limitado ha hacer un planteamiento radical: las soluciones que el hombre ha inventado no lo han hecho feliz. La ciencia, por ejemplo, ha tenido el inmenso valor de quitarle ilusiones, de apartarlo de falsedades, pero ha creado en él otra teoría beatífica, la idea de que le va a resolver todos sus problemas. La vieja mente, la razón, la ciencia, no han impedido ni están impidiendo hoy el proceso de destrucción del hombre. Más bien, apoyándose en todas sus conquistas, éste vuelve más agudo el proceso.
Tampoco abogamos por ningún irracionalismo. Racionalismo e irracionalismo son opuestos dentro de la mente y nuestro interés se centra en una dimensión no mental.
Quisiera decir algo más sobre la literatura. Creo que hemos puesto la carreta delante del caballo. Hemos buscado plenitud a través de la expresión, cuando la plenitud tiene que estar antes, y expresarse (o no expresarse) después.
Primero tiene que haber algo; luego viene la palabra. Esta por sí sola no podrá salirse nunca de su esfera, apuntar mas allá de sí misma. El decir no conduce a ningún descubrimiento si antes no ha habido descubrimiento. Existe la ilusión en muchos escritores de que mediante la expresión llegarán a algo distinto, algo extraordinario. Me parece que eso precede a la expresión.
Sin embargo, eso que se sale de los casilleros no es algo remoto sino inmediato. Acaso su demasiada cercanía sea lo que impide que lo veamos. Es el hecho mismo de vivir. ¿Qué no hemos ideado para evitar el contacto directo con aquello que nos permite todo, aun los más disparatados desvíos? Alguien preguntaba en el curso qué era la realidad, sin darse cuenta de que la realidad es, básicamente, lo que le permitía a él hacer la pregunta, es decir, algo tan a la mano que no puede separarse un momento de nosotros. Este es el problema; vivimos alejados del hecho primario de vivir; un abismo de distracción nos mantiene en vilo, desconectados en él, y cuanto más culto le rindamos a lo que la mente fragua tanto más nos alejamos del hecho.
Para terminar, una última herejía: la vida no requiere ser expresada. Mucho más importante que toda expresión es ver nuestra atrofia para sentirla totalmente. Todo lo que el hombre crea tiene por base lo dado; pero su atención está volcada sobre sus productos y no sobre aquello que los hace posibles.
La literatura, como todo lo que el hombre realiza, es un “además”, algo que se levanta sobre lo que ya existe, sobre la realidad primaria. Su más alta misión sería conservar vivo en el hombre este su nexo fundamental con esa realidad; pero vemos que no es así, que de más en más, se convierte en la voz del aislamiento. De manera que se vuelve un velo más. Este destino egocéntrico de la literatura no tiene que verse como una fatalidad.
LITERATURA Y VIDA
Lenguaje
El lenguaje es la vía principal que utiliza la sociedad para perpetuarse en nosotros a través del condicionamiento.
Condicionamiento y lenguaje son inseparables, pero los que se ocupan de estudiar el lenguaje soslayan esta relación. Por ejemplo, el papel del lenguaje en la formación, sostenimiento y desarrollo del yo no ha sido bien investigado. ¿No será que los psicólogos, los lingüistas, los filólogos le tienen miedo a este problema? Porque si el lenguaje es el soporte del yo, el yo puede evaporarse. O en todo caso, está apoyado en una base externa, aunque la pretenda suya, aunque la haya internalizado y sienta que brota de él.
Aprendemos las palabras dentro de un contexto social, ideológico, emotivo. El proceso comienza en la infancia y dura toda la vida, pero pocas veces nos detenemos a examinar la carga que entra en acción cuando hablamos. Somos traídos y llevados por las palabras, aunque tenemos la ilusión de que las manejamos.
Es importante observar este fenómeno: usamos palabras, ideas, imágenes, pero tal vez sean ellas las que nos usen. Es decir, que el imperio sea al revés, aunque un error de óptica nos haga sentirnos dueños de un instrumento que se nos impone. ¿Suena rara esta afirmación? Si somos seres condicionados, no tenemos libertad: nuestro pasado nos domina totalmente y cuando elegimos lo hacemos dentro de una cárcel. La libertad de los existencialistas no es libertad.
Pensar es hablar, o al menos, supone la existencia del lenguaje. El lenguaje silencioso es más importante que el hablado, en un sentido: estamos envueltos por una atmósfera de pensamientos. El pensamiento ejerce una tiranía absoluta sobre nuestra vida. Vivimos dentro de él, circundados por los productos de su incesante actividad. Estamos encerrados en nuestras elaboraciones y la realidad nos llega interpretada, no límpida, como es, como se está dando. La mente, nuestro orgullo, obstruye todo contacto con los seres, las cosas y con nosotros mismos.
La palabra remite a algo. ¿A qué remite la realidad?
La realidad no es un símbolo de nada, la realidad es, la realidad está ahí. “Una rosa es una rosa es una rosa"
Señalamos que la rosa no es el sonido que hacemos al pronunciar la palabra, sino algo que está fuera de nosotros y a lo cual hemos dado un nombre. Más exactamente podríamos decir, mostrándola: esto es esto.
El lenguaje no es ni puede ser un trasunto de la realidad. Supone una selección, un abstraer y hasta una versión. Ahora bien, la realidad es inabarcable. Por ejemplo, carecemos de palabras para todos los colores y tonos, tenemos inmensas dificultades para dar idea de un sabor, los sonidos son indefinibles, y para comunicarnos recurrimos trabajosamente a la comparación. La realidad es también cambiante y todo idioma tiene un elemento de pesada estabilidad que lo hace torpe para adaptarse a la fluidez de las cosas. Pedro es el nombre que está en constante cambio, aunque sea solamente físico. La realidad además es concreta y las palabras son abstracciones, lo cual crea constantes disparidades entre la idea y aquello a que se refiere. De manera que el lenguaje es un instrumento muy limitado frente a la realidad.
El proceso de adquisición del lenguaje por parte del niño se dirige hacia la abstracción. Para él existe la naranja, no conoce la idea de fruto, mucho menos conceptos como nación, continente, humanidad. En su desarrollo hay ganancia y pérdida, pero el acento se suele poner en la primera. La ganancia está en que la capacidad de abstracción hace posible el pensamiento; la pérdida en que toda abstracción es un alejamiento del mundo real.
Nuestra cultura valora mucho el proceso mental; auque resuelva poco, tiene altares para él, y ha puesto en olvido el contacto directo, no mental con el mundo. Probablemente la autonomización de la mente, que se vuelve mundo contra el mundo, sea uno de los factores de la crisis en que ha vivido el hombre.
Si bien el lenguaje es creado por el hombre, el hombre es creado por el lenguaje. Esta afirmación hace inútil toda insistencia en su importancia. Usualmente perdemos de vista este hecho; tendemos a ver en el lenguaje solo un instrumento, y no una morada y hasta un amo del hombre, como lo es el pensamiento. Es que al hombre siempre le gusta ser el que maneja y no le gusta que le digan cosas desagradables, se resiste a verse como ser dominado por fuerzas que escapan a su soberanía: el pasado, el inconsciente, las relaciones que se producen en él; son tantas las fuerzas.
Observen que los llamados patrones de reacción están organizados en torno a palabras. Por ejemplo, cuando oímos algo que choca con la imagen que tenemos de nosotros mismos, una imagen creada también con palabras, nos sentimos molestos. La reacción se produce entre dos imágenes, por vía verbal.
Otros aspectos
El lenguaje da un aura de permanencia a lo pasajero, sustancia a sombras, existencia a lo que ya no es. Hay en él algo de tremendamente momificante. Pienso algo de mí, interviene el lenguaje y fija eso, entonces lo que pudo ser fugaz se instaura, se endurece, se vuelve problema. Es posible que el motivo inicial haya desaparecido, pero el lenguaje lo recrea constantemente. El yo está constituido por este tipo de estratificaciones. ¿Por qué no nos damos cuenta? Tememos que el yo se volatilice y caigamos en la locura. Es probable, mas bien, que se produzca una liberación.
Es importante tener conciencia del grado en que el lenguaje deforma la realidad. No olvidemos que tiene la característica de ser incompleto, tiende a la inexactitud, posee una intencionalidad. Hay que estar atento cuando lo usemos.
También es conveniente tener siempre a la vista las realidades -no verbales- que el lenguaje codifica para evitar que se desvincule de los hechos.
Por último, consideremos que toda verbalización tiene algo de abuso frente a la realidad. Lo que yo piense o diga de una persona, por ejemplo, no es nunca esa persona. Ella es una realidad y mis palabras silenciosas o expresadas forman una imagen, una idea, una opinión.
Una actitud que tome en cuenta estas observaciones nos guarda de identificarnos con nuestras formulaciones, nos mantiene abiertos a lo que existe, nos vuelve atentos a cuanto ocurre.
La semántica general
Esta corriente, sin mucho prestigio académico, fue creada por Alfred Korzibski, y sobre todo sus discípulos han hecho mucho por llevar los problemas del lenguaje y su influencia en nuestra vida al público no especializado.
Para la Semántica General, el lenguaje traza "mapas verbales".
Un mapa no es el territorio, solo representa con signos convencionales. El mapa no representa todo el territorio, es muy esquemático, los detalles no están indicados.
Estas dos afirmaciones de la Semántica General pueden ser aplicadas al lenguaje así:
Una palabra no es lo que ella representa,
Una palabra no representa todos los hechos.
Hablar es ya interpretar el mundo. El contacto viviente con éste queda fuera del dominio verbal. La Semántica General recomienda dejar que nuestra sensibilidad entre en relación con lo percibido antes de expresar cualquier cosa, pues considera que la mente no le da tiempo a los sentidos para recibir sensaciones.
Si nos observamos veremos que nuestra relación con el nivel no verbal es muy pobre. No sabemos mirar, ni oír, ni gustar, ni oler, ni tocar. La mente ya sabe. ¿Para qué el contacto? Es un hecho que nuestra mentalización ha producido un empobrecimiento y hasta una mutilación en nosotros. Nuestros sentidos no se entregan en forma pura a lo que el mundo les ofrece. Mucho antes de Blake "las puertas de la percepción" estaban obstruidas.
Somos, como dice la Semántica General, animales decidores, y desde luego, pensadores. Tratando de acaparar el mundo, nuestro pensamiento lo pierde; lo perdemos en su realidad inmediata, que probablemente sea también la única. Otra idea valiosa de la Semántica es la de que constantemente caemos en "generalizaciones abusivas". Decimos judío, mujer, negro, etc., y atribuimos notas a estas palabras olvidando que son abstracciones, no concreciones. Esta es la orientación intencional. La extensional parte de lo que revelan los hechos; da primacía a éstos, no a nuestros esquemas. La orientación extensional es cautelosa. Evita afirmaciones como ésta: Luis es egoísta. Prefiere decir: En x momento Luis se comportó de manera egoísta.
Solemos generalizar así:
Maria volvió a casa a las tres de la madrugada (expresión de un hecho. Hasta aquí no hay problema)
Habrá andado por ahí en malos pasos. (inferencia totalmente subjetiva)
Es una perdida. Nunca me gustó. Me dio mala espina desde que la vi. (juicio)
Hay una María real y una María que está en la cabeza de quién la juzga.
Nótese la diferencia de estas dos afirmaciones:
He fracasado tres veces (declaración extensional, que tal vez exprese un hecho)
Soy un fracaso (declaración intencional con tinte interpretativo)
La Semántica General nos lleva de nuevo al problema del condicionamiento que se manifiesta en la subjetividad y su incansable empeño en interpretar, colorear, sellar los hechos.
Veamos. El yo es para cada uno de nosotros un medio ambiente al cuál reaccionamos. Diez personas en la calle ven lo que les rodea de diez maneras distintas en su realidad psicológica. ¿Por qué?
La mente de cada persona capta y traduce lo que ve de acuerdo con su mundo interno. "El hombre subjetivo cree que tiene, como amo, el mundo. En realidad es esclavo de las cosas" (Blyth). Reacciona constantemente y se encuentra siempre avasallado por sus reacciones. El hombre de que habla Blyth no es un espécimen raro, todos en mayor o menor grado, somos ese hombre.
El lenguaje sirve para comunicarse, pero lleva en sí la semilla de la incomunicación porque pone en contacto a dos hablantes que tienen cada uno su propia historia.
Si hablo con alguien del Orinoco, con alguien que haya visto este río, su Orinoco no es el mío ni mi Orinoco el suyo, y ninguna de nuestras apropiaciones es el Orinoco.
Caemos otra vez en el problema del autoencierro dentro de nuestro pasado. La verdadera comunicación sería sin ayer ni mañana. ¿Es posible?
En este terreno no cabe ninguna interpretación. Si así fuera, habría tantas verdades como hombres existen, pues cada uno está dispuesto a interpretarla a la menor provocación, y sin haber examinado previamente el instrumento con el cual pretende hacerlo. No duda que sea apto. Esto ha ocurrido a lo largo de la historia. Los pensadores elaboran teorías y teorías que serán sustituidas por otras teorías sin antes haberle pedido sus títulos a la mente con la cual trabajan. Es increíble, pero así ha sucedido. No cometamos más este error. Empecemos por preguntarnos: ¿Está nuestra mente, que es condicionada, mecánica, egocéntrica, en condiciones de abordar este problema? Lo que ella encuentre serán, tal vez, sus propios contenidos, su propio reflejo. Nuestra búsqueda, pues, está viciada de antemano. Lo que la mente produzca no tiene que ver con la verdad. Pero sin la verdad, la vida no tiene valor; es como no haber nacido.
¿Qué haremos?
Nada. No podemos hacer nada, pues cualquiera de nuestros pasos nos retiene en el mismo viejo círculo.
Creo que todos hemos vivido esta experiencia, la inmutilidad del movimiento de nuestra mente que relaciona, realiza combinaciones, extrae conclusiones, para seguir en su repetitiva miseria.
Debo darme cuenta de la ineptitud de la mente para esta empresa, lo que no significa que ella deba ser eliminada. El hombre no puede vivir sin la mente. Espero que esto quede claro para evitar que se me diga que yo planteo la liquidación de la mente. Sólo trato de deslindar terreno.
Veo que al encararme a un hecho lo hago desde una estructura, desde mi yo, lo mido, lo enjuicio, lo evalúo; todas estas operaciones se realizan en mí, en el sujeto, en una subjetividad, es decir, en una parte de algo que es total. Lo que tiene lugar en una parte, que además contiene una carga no examinada de conocimientos, experiencias, prejuicios ¿será la verdad? Si lo es, se trata de una verdad parcial, traducida, mediatizada. Yo no quiero esa verdad.
¿La verdad no será mas bien "un ver sin distorsión? (Krishnamurti). Se trataría de un ver no mental, pues la mente, al moverse, introduce elementos extraños en la percepción, la percepción misma ya está mentalizada.
Diré algo que puede parecer un disparate: la verdad no es mental. Se muestra cuando la mente ha dejado de enviar su voz. Entonces lo que aparece tiene un brillo propio, un brillo que la mente no le ha prestado. Eso se puede llamar verdad, vida, realidad, como ustedes prefieran.
Sobra decir que este planteamiento está muy alejado de la idea de verdad como conocimiento. Estamos más bien en el plano de la vivencia. Nuestro enfoque no niega el conocimiento. Sólo trata de situarlo en sus límites. La verdad no le pertenece, pues aquello que es ilimitado no puede ser conocido.
Aclaremos algunas afirmaciones. No creo necesario insistir en el problema del condicionamiento, pero sí sobre el carácter mecánico de la mente. Esta opera a lo largo de "vías privilegiadas”, es decir, aquellas -siempre las mismas- que se movilizan ante determinados estímulos y cada vez que los estímulos se repiten. “Nuestros sentidos entran en contacto con algo, la sensación es recibida, llevada al cerebro y el cerebro interpreta según sus patrones de condicionamiento, de reacciones y respuestas, de reflejos conscientes e involuntarios” (Thakar). El proceso es tan poderoso que en muchos casos la mente consciente ni tiene que intervenir. No decimos: voy a enojarme. La ira está ahí, automática, como disparo desde un dispositivo. (Lo que no nos impide considerarnos libres.)
Aunque nos duela, nuestra mente opera así, sobre líneas trazadas, tenaces, invariables.
Este es el esquema:
Llegada de la sensación --> Interpretación de acuerdo con la memoria --> respuesta también conforme a la memoria.
Sobre el carácter egocéntrico de la mente, digamos que no se necesita mucho esfuerzo para descubrirlo. Podemos observarlo cada momento de nuestra vida, en nosotros y en los demás. Es un secreto que está a la vista.
La mente que ha creado al yo -después veremos este punto- está a su servicio.
La palabra al servicio del yo y la palabra al servicio de la verdad.
Probablemente la verdad se inefable, inefable en serio, y la palabra apenas pueda apuntar, humildemente en su dirección. Tampoco esto está a su alcance, pues implica que ella es un punto hacia donde podemos señalar. Sobre la verdad no sabemos nada, pero sí podemos ser veraces. Esta es una bella tarea para la escuela de letras: la veracidad de la palabra, el respeto a la palabra, la adhesión a los hechos, cualesquiera que sean. Hoy este respeto a la palabra es raro en el mundo, y entre nosotros, no se diga. La deformación, el uso arbitrario del lenguaje en relación con lo hechos forma parte de la crisis humana. Como la mente, la palabra esta supeditada al yo. Se mueve de acuerdo con los dictados de la entidad que la utiliza. Para que sirva a la verdad, el yo tiene que dimitir, el yo como núcleo de intereses.
Creemos que una vida sin este centro, una vida que fuera solo vida, sin esa entidad acapadora, fija, opinante, llevaría al desastre, como si no estuviéramos ya instalados en una especie de desastre, pero tan identificados con él que no nos damos cuenta.
¿Cómo puede entonces la palabra expresar la verdad?
La verdad -lo hemos dicho- tal vez no puede ser expresada, pero la palabra así como la mente están llamadas a desempeñar un papel indispensable, un papel negativo, un papel de desenmascaramiento de la ilusión creada por ellas mismas. La mente se engaña constantemente tomando por realidad sus confecciones, pero puede verse a sí misma, descubrir lo falso que fabricamos, despejar la vía. Este me parece su cometido más importante.
Vida
La crisis de nuestra cultura.
¿Dónde buscar la crisis del hombre sino en él, en su psique, en su mente, en su yo? Tratar de verla en otra parte es un desvío del hecho radical de donde brotan todos los productos de la cultura. Resulta tentador colocar afuera lo que está adentro; en esta forma no nos vemos, no vemos la crisis moviéndose en nosotros mismos. Echar la culpa de lo que ocurre a cualquier factor extraño al hombre nos aleja del problema, que es él, con su carga milenaria, consciente e inconsciente, su hábil cerebro, su absurdo rincón psíquico, todo el molde humano. Es este ser “espiritual” al que debemos pedirle cuentas.
La crisis de la cultura y del hombre es la crisis del yo, tal como lo conocemos, aunque separar al hombre de su yo nos parezca difícil.
El hombre ha vivido siempre desde la mente tal como la conocemos, y nunca ha tenido plenitud. La mente es un instrumento indispensable, pero cuando se vive desde ella exclusivamente, limita, produce infelicidad, separa a los seres humanos. Es la mente la que ha creado la llamada incomunicación, que pretendemos resolver desde la misma mente. Estamos en un círculo.
Las religiones le han dicho al hombre que él es parte de la divinidad y los humanismos, que es el rey de la creación, pero cuando este dios o este rey se mira, nota que ha sido engañado y pudiera repetir las palabras de Ricardo II:
<<En nombre de Dios (sentémonos en tierra y narremos tristes historias de reyes desaparecidos...
>>Porque en el círculo hueco que ciñe las sienes mortales de un rey tiene la muerte su corte, y allí triunfa la horrible... concediéndole un soplo, una corta escena para jugar al monarca, hacerse temer y matar con la mirada, ilusionándose con su egoísmo y sus vanos conceptos como si esta carne que sirve de antemural a nuestra vida fuera inexpugnable bronce; y tras haberse divertido así, viene a la postre y con pequeño alfiler atraviesa las paredes de su castillo y "adiós rey"...
>>Vivo de pan como vosotros; como vosotros siento la necesidad, saboreo el dolor, necesito amigos. Siendo, pues, esclavo de todo esto, ¿cómo podéis decirme que soy rey?>> (Acto III)
Sí, este rey no sólo muere, como en la obra de Ionesco, sino que vive asustado, lleno de angustia, sumido en el dolor de su propio encierro.
Quiere ignorar, éste ser sufriente que busca liberarse con su mente, que es la mente el suelo en que nacen, se desarrollan y se alargan sus sufrimientos.
Si echamos una ojeada a la literatura actual veremos que detrás de la angustia que rezuman sus obras más representativas está el miedo a no ser. ¿Que le ha pasado al rey de la creación? Una cosa parece cierta: por esta vía, por la vía que ha seguido el hombre, no se llega a ninguna parte, pues tiene milenios andándola, y hoy todavía no tiene respuesta. ¿No es esto significativo? ¿No habrá un error básico? ¿Un falseamiento en el origen?
Si el sufrimiento es inherente a la condición humana no hay nada que hacer; pero si está ligado a una estructura en el hombre, a una confección suya, quizá pueda hallarse una solución.
Guillent nos decía que la irrupción del no ser en el siglo XX había descalabrado toda la cultura. Pero ¿por qué? Fíjense que la palabra irrupción indica que algo aparece súbitamente. Es decir, el hombre ha vivido tapando el no ser, sin darle cabida, en pelea con él, pelea perdida como lo son todas las luchas que el hombre emprenda contra la realidad, contra lo que es. Sabe teóricamente, lo sabe desde Heráclito, que el no ser está constantemente presente, lo sabe con la cabeza. ¿Cómo puede ser sana una cultura que huya de un hecho como éste, un hecho que el universo se encarga de gritarnos? Tiene que desintegrarse a fuerza de miedo.
El hombre y el problema de la imagen
Imagen es representación. No es la cosa, pero cobra autonomía en la mente y tiende a suplantar la realidad.
La imagen está formada por la memoria sobre la base de la percepción. Yo soy imagen, conozco a alguien y formo una imagen de tal persona -una imagen construye otra imagen-; la relación se hace imaginaria, priva en ella lo que yo pienso de mí, lo que pienso de la otra persona, lo que ella piensa de sí misma y de mí. El contacto se realiza a través de una red de ficciones. Nuestra vida, si no despertamos, transcurre en un plano ilusorio, de ideas, abstracciones, pareceres. Nada sólido, pues sólido, aunque cambiante, es el hecho, no lo que yo piense. La mente ha usurpado el lugar de la vida, que sin embargo sigue su curso independientemente de nuestras proyecciones. Si no nos gusta algo, la raíz de un castaño, por ejemplo, Ese es problema nuestro, no de la cosa.
¨ ¿Por qué le hemos dado tanta importancia a las ideas? La idea de libertad o bondad o amor o cualquier otra carecen de valor; lo que sí tiene importancia es el hecho de que yo sea libre o bueno o que ame. Podemos pasarnos la vida barajando ideas sin ninguna realidad, sin haber sido rozados por algo que no sea una construcción de la mente.
Se ha exagerado el valor de la imaginación. Esta aleja de la realidad; no puede ser nunca un puente. Al contrario, su sobrevaloración trae aparejada una desvalorización de lo real. La mente, que ha podido idear un centauro, no está en capacidad de ver lo maravilloso de un caballo; la mente que crea una “zoología fantástica” es poco apta para apreciar los simples animales; les ha dado la espalda. “Ustedes no están contentos con una nube -lo decía un pensador a una audiencia- , quieren también un ángel encima de ella”.
Permítaseme aclarar que tampoco estamos en una campaña contra la imaginación. Tratamos de ver su puesto en la vida del hombre. Creo que tiene un papel de auxiliar; darle otro mayor no tiene sentido.
La fuerza que moviliza a la imaginación le ha sido sustraída a la realidad. Vean qué ha pasado. La mente está entrenada para elaborar, analizar, proyectarse; en este sentido es un instrumento prodigioso, pero hay algo que no sabe hacer, algo para lo cual tiene una enorme torpeza: no puede quedarse tranquila; siempre está moviéndose, despilfarrándose, operando. Su esencia es el movimiento. Entonces no permite un contacto directo con el mundo, un contacto que sea sin su intervención. Pareciera que el superdesarrollo de la mente se ha efectuado a expensas de la percepción. Esta es una facultad atrofiada, a la que habrá que volver nuestra atención, so pena de convertirnos en homúnculos que piensan y no pueden vivir.
Hay otro aspecto de la imaginación que deseo tocar. En ella el hombre es rey, provisional como todos los reyes, pero rey, sombra que maneja hilos anudados a otras sombras. Se trata de un poder que no por ficticio deja de cumplir alguna finalidad; en la vida no se puede señorear así; el mago tiene que someterse a lo que ella resuelve, no le es posible convertir un árbol en animal.
Por último: la imaginación tiene un héroe, el que la produce. No olvidemos al protagonista. Preguntémosle: si no hubieras hecho un uso desmedido de la imaginación ¿la realidad no tendría, en este momento, una fuerza insólita?
La vida que conocemos
Envuelta en lo que llevamos dicho está la consideración de que nuestra vida es mental, a pesar de que la vida no ha surgido de la mente, sino ésta de la vida.
¿Qué significa eso de mental? Nuestro cuerpo no es mental, la sangre no le pide permiso a la mente para hacer su circulación, la tierra que pisamos no es mental, ni el fuego, ni el agua, ni el aire, la pulsación de todas las cosas no es mental, el universo no es mental, el cerebro mismo no es mental, y sin embargo, la mente se erige en instancia superior que clasifica todo eso, le aplica sus patrones, lo juzga.
Veamos el problema de nuestro aislamiento.
Vamos a usar un esquema.
Hombre - Yo - Entidad -->
-------------------------------------------------
/ condicionada /
/ separada /
/ constituida por pasado y futuro / Cosas
/ alimentada por el pensamiento / Seres
/ con conciencia autocentrada / El mismo
/ sostenida por la imagen /
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El yo es una entidad con todos esos rasgos. Tal vez falten otros. Precisemos. Es condicionada por todo lo adquirido, todo: ideas, prejuicios, creencias. El mismo condicionamiento lo hace entidad separada, como si estuviera dentro de fronteras.
Esa entidad está constituida por pasado y futuro, el presente es un punto de apoyo entre las fuerzas del pasado y las del futuro; el yo no conoce el presente real. Sus dos pilares no existen; el pasado dejó de ser y el futuro no es; de manera que los dos soportes del yo son ficticios, cada uno es un no ser. Ambos existen como imagen, y el futuro es siempre proyectado desde una zona fantasmagórica, el pasado. ¿Qué es lo que hay, entonces? Tampoco queda el presente, pues está envuelto por dos fantasías. Desde el yo, este enfoque produce vértigo, pero cuando no queda nada, entra la realidad, el verdadero presente, que no es un producto de la mente, que no viene de ni va hacia. El pensamiento nutre, sostiene y fija con su flujo esa entidad. ¿Por eso le somos tan adictos?
La conciencia de esa entidad está referida a la entidad misma. Si, como han dicho algunos, se parece a un espejo, se trata de un espejo empañado, un espejo que retiene, guarda, mueve sus imágenes.
Todas estas características están en el plano de la mente y hacen del yo una imagen para sí mismo, una imagen generalmente muy halagadora, que no puede ser lastimada (está dispuesta hasta a matar para preservarse, para defender su prestigio de imagen).
Cuando el hombre entra en contacto con una cosa, con otro ser humano o con él mismo, lo hace a través de esa barrera que hemos visto, y no parece que hubiera otra posibilidad, la posibilidad del suspenso, de que todo eso que está en el marco deje de operar, como si no estuviera allí. No se trata de borrarlo, sino de que ya no gobierne. Entonces el contacto directo es posible, la barrera cae o es perforada. Creo que todos hemos tenido momentos en que los factores que están en nuestro marco habían perdido fuerza. Momentos en que no había propiamente nadie, en que la entidad usufructuaria estaba como suspendida; sólo existía una realidad superior, envolvente, completa: el contacto. No me digan que la ausencia de ese alguien nos vuelve animales. Esto no es verdad; no se preocupan por no agredir; siempre agredimos desde la mente, que crea la idea de sobresalir, dominar, poseer. En su quietud sólo hay quietud.
El contacto con nosotros mismos es el más difícil. Tenemos un estado de ánimo y procuramos interpretarlo de acuerdo con nuestros patrones. En este caso la entidad se vuelve más activa y todo lo que está en su marco entra en acción. No hay realmente un ver sino un afán por parte del que ve en el sentido de operar sobre el fenómeno. Entonces no salimos nunca de la continuidad establecida por nuestro pasado, pues lo que opinemos o hagamos viene de él, aunque nos creamos nuevos.
Tengamos presente que todo lo que el hombre hace, rebota de ese marco. También la literatura en su mayor parte ha surgido de él y no del contacto real a que nos referimos; ha surgido como elaboración, como producto refinado o tosco. Algunos autores han visto el problema; sus planteamientos se acercan a lo que nos interesa. Lawrence, por ejemplo, dice en su ensayo <<Apocalipsis>>:
<<Hemos perdido el cosmos. El sol no nos fortalece ya, ni tampoco la luna...
>>Ahora tenemos que recuperar el cosmos, y eso no puede conseguirse con una treta. El gran sector de respuestas que ha muerto en nosotros tiene que resucitar. Se han necesitado dos mil años para matarlas. ¿Quién sabe cuanto tiempo se necesitar para devolverlas a la vida?
>>Cuando oigo que los modernos se quejan de su soledad, ya sé qué ha sucedido. Han perdido el cosmos. No nos falta nada humano ni personal. Carecemos de vida cósmica, no hay en nosotros luna ni sol.<<
Luego Lawrence señala que esto no se resuelve “yaciendo como cerdos en la playa, sino con una suerte de adoración”, es decir, no comprende que la barrera que ha causado la pérdida del cosmos tiene que caer primero, cosa que no se resuelve volitivamente, tornándonos hacia ésta o aquella adoración. Ninguna ceremonia puede rescatar al individuo de su coraza yoica. Noten la frase “el gran sector de respuestas”, que sería la “antigua conciencia de los sentidos”. Yo no sé si existió esa conciencia de que tanto habla Lawrence. Probablemente los griegos estaban más cerca de la naturaleza que nosotros, más en intimidad con el cosmos, a pesar de nuestros viajes espaciales, pero ya en ellos existía el problema de la separación.
Por su parte, Aldous Huxley, dice en “Las puertas de la percepción”:
“No podemos nunca eximirnos del lenguaje o de los otros sistemas de símbolos; porque gracias a ellos, solamente a ellos, es como hemos podido elevarnos por encima de los brutos, al nivel de los seres humanos. Pero así como somos beneficiarios, podemos también muy fácilmente convertirnos en sus víctimas. Debemos aprender a manejar con eficacia las palabras, pero, al mismo tiempo, debemos preservar y, en caso necesario, intensificar nuestra capacidad para mirar el mundo directamente y no a través de medio semi-opaco de los conceptos, que deforman cualquier hecho determinado dándole el aspecto demasiado conocido de algún marbete genérico o alguna abstracción explicativa.”
No me gusta citar; pero lo que Huxley dice más adelante vale la pena:
“En un mundo donde la educación es predominantemente verbal, las personas muy cultas hallan punto menos que imposible dedicar una seria atención a lo que no sean palabras y nociones. Siempre hay dinero y doctorados para la culta necedad de lo que constituye entre los eruditos el problema mas importante: ¿Quién influyó en quién para decir tal o cual cosa en tal o cual ocasión? Hasta en estos tiempos de tecnología se rinde pleitesía a las humanidades. En cambio, apenas se hace el menor caso a las humanidades no verbales, a las artes de percibir directamente los hechos concretos de nuestra existencia. Es completamente seguro que hallarán aprobación y ayuda financiera, un catálogo, una bibliografía, una edición definitiva de las ipsisima verba de un versificador de tercera clase, un estupendo índice que pone fin a todos los índices, cualquier proyecto genuinamente alejandrino. Pero, si se trata de averiguar cómo usted y yo, nuestros hijos y nuestros nietos podemos hacernos más perceptivos, más intensamente conscientes de la realidad interior y exterior, más abiertos al espíritu, menos propensos a caer, por nuestros vicios psicológicos, físicamente enfermos y más capaces de regular nuestro propio sistema nervioso autónomo; si se trata de cualquier forma de educación verbal que sea más fundamental -y con más posibilidades de uso práctico- que la Gimnasia Sueca, ninguna persona respetable o ninguna universidad o religión que se respete hará absolutamente nada. Los verbalistas temen a los no verbales; los racionalistas temen al hecho concreto no racional; los intelectuales entienden que "lo que percibimos con el ojo (o de cualquier otro modo) nos es extraño como tal y no debe impresionarnos mucho". Además este asunto de la educación en las humanidades no verbales no encaja en ninguno de los casilleros establecidos. No es religión, ni es neurología, ni es gimnasia, ni es moral, ni es civismo. Siendo esto así, el tema, a los efectos académicos y eclesiásticos, no existe y puede ser pasado por alto o dejado, como una sonrisa de superioridad, a quienes son llamados farsantes, charlatanes y aficionados ineptos por fariseos de la ortodoxia verbal.”
Perdonen lo largo de la cita, pero se avenía demasiado con lo que venimos tratando para que no resultara tentadora.
Finalmente, Cyril Connolly, roza nuestro problema en su ensayo “Más allá de las creencias”:
“Sostengo que la condición natural de las cosas creadas es de éxtasis total. La conciencia de sí mismo es resultado de alguna imperceptible desviación en el proceso biológico, desviación que avanza como una corrida en una media y que ahora no se puede detener...
>>Los seres más felices son aquéllos que viven su breve existencia en una instintiva armonía con el universo, inconscientes del papel que en él representan. Pero desde que surgió la conciencia, nuestra última esperanza es desarrollada hasta el grado máximo, en el que hallamos comprendido por completo el mundo circundante; puesto que comprenderlo puede significar modificarlo, encontrar un método para reducir la muerte (casi una bendición, y el origen de toda nuestra dignidad y nuestra tragedia) a algo que podamos soportar.”
Connolly capta el problema de la conciencia, o mejor, de la autoconciencia, pero en lugar de seguirlo hasta la raíz, confía en la adquisición de conocimientos y la afinidad de mentes, como vías idóneas para superarlo. Feliz él, para quien estas viejas vías representan una esperanza. El asunto no es tan fácil. Queda en pie: la conciencia crea todos los problemas y no podemos prescindir de la conciencia. Hay que probar otro enfoque.
La libertad como vida sin mitos
Sobre este punto no quiero extenderme.
Tal vez el mito central de donde brotan todos los demás mitos sea la imagen de nosotros mismos.
Entonces hay que ir de frente hacia ese mito, verlo.
Creo que es posible una vida sin creencias de ningún tipo, sin ideas en las que hayamos delegado nuestro ser, sin opiniones de toda la vida, opiniones que nos acompañen tristemente a los veinte años y a los sesenta.
¿No ven lo terrible que es esto, el hecho de que pensemos hoy sobre nosotros mismos o sobre otro ser humano o sobre cualquier otra cosa como hace cinco o tres años? Todo puede haber cambiado. La mente debe ser fluida (no oportunista, no confundamos).
El más tenaz de los mitos somos nosotros, como actores con un papel que nos hemos asignado.
Una vida que sea sólo vida, sin instancia a la cual remitirla para hallarle un sentido, para justificarla. ¿Toda justificación es ante quién? ¿Ante nosotros? ¿Quienes somos nosotros para volvernos tribunal? ¿De qué está formado ese tribunal? ¿Quién lo nombró? Estas preguntas son interesantes.
No olviden que cada hombre es una autoridad, y los que quieren acabar con las autoridades suelen encontrar muy difícil encontrar la propia. Observen cómo cada uno de nosotros se considera una autoridad; si así no fuera no nos aferraríamos a lo que pensamos. Para nosotros la realidad es otro nombre que le damos a nuestras opiniones.
Acabemos de una vez con esa autoridad, la más tenaz, para estar abiertos. Recuerden el problema de Roquentin. Cómo se retuerce buscándole justificación a la existencia. Pero desde la zona en que brota la pregunta no hay respuesta. Cualquier respuesta de la mente puede ser destruida por la mente misma. La vida es, “la rosa es sin porqué”, decía Angelus Silesius.
A ninguno de los personajes de las obras que hemos leído le es posible vivir sin asidero, sin un “para”. La mente, sin embargo, no deja tranquilos esos asideros. Tal vez éste sea su papel más importante, el papel negativo de que les hablaba.
Pensar negativamente es desaprender.
La mente, en el sentido que le venimos dando a esta palabra, es la sociedad en nosotros.
¿Cómo puede haber ruptura con la sociedad sin ruptura con la mente?
El rebelde que insurge contra la sociedad, pero conserva un altar para su yo, se engaña: sigue en el ámbito de la sociedad de la cual cree haberse separado.
El yo es la primera institución social (Watts). Sin embargo, ésta es la institución que olvidan los que desean un cambio social.
Es la institución que quiere cambiar las otras instituciones sin preguntarse si en ella ha habido un cambio profundo y no sólo de ideas.
Es la institución que cuestiona todo, pero se resiste a verse a sí misma.
(Abundan los letreros que gritan: Cambiemos)
Ruptura con la mente para que la mente sea nueva. Este es el problema.
Podemos vivir adorando nuestro yo, aferrarnos a lo que pensamos, a nuestras caras creencias, a nuestras conclusiones sobre las experiencias que hemos tenido, lo que hemos hecho o nos hicieron, a todos los contenidos de nuestra mente, y fundar en todo eso nuestra vida, pero sepamos que construimos con un material que viene del ayer -un material con el que nos hemos asociado-, es decir, sepamos que el edificio se alza sobre lo que ya no es. ¿No se trata entonces de algo que tiene mucho de mítico? Estamos molestando la institución mas celosamente protegida de la sociedad.
Lo que hemos dicho no es una invitación a no pensar; hay que pensar y pensar con lucidez.
Pero observen también que para la mente es fácil analizar, imaginar, rumiar, realizar todas esas operaciones que ya forman un hábito, y muy difícil dejar de hacer estas cosas.
Detenerse, para la mente, es m s difícil que estar activa.
¿No nos indica esto algo muy importante, no les parece significativo que a la mente le resulte casi imposible callar?
Hagámonos otra pregunta: ¿qué papel desempeñan los mitos de que hablamos -las proyecciones- en el hombre?
Un vivir con los hechos excluye toda “mitología”.
La ausencia de “mitología” abre otra dimensión.
Sin embargo, el hombre nunca ha vivido con los hechos, sino con sus interpretaciones.
Hagan este experimento: no interpreten algo que les ocurra.
Literatura:
la literatura como expresión del yo y
la literatura como expresión de la
vida
Tengamos el valor de ver un hecho muy simple: la literatura que leemos o hacemos es producida por un ser condicionado.
Los escritores libres, o que hayan visto su trasfondo, no abundan, y la preferencia del lector por determinados autores indica una afinidad que no tiene nada de misteriosa, entre los dos polos del fenómeno literario. Todos hemos sentido alguna vez, probablemente, que el autor cuya obra leíamos estaba tan confuso como nosotros, tan desasistido frente a la existencia, tan atrapado por su propia mente como nosotros. Ustedes tienen que haber experimentado esto. Terminar un libro y quedarnos como antes de abrirlo nos ha pasado a todos, quedarnos con un sabor de inutilidad en la boca, como si los llamados “creadores” y nosotros habitáramos en el mismo extravío.
Nos gusta un escritor porque nos refleja, nos gusta un ser humano porque piensa como nosotros. Es decir, el proceso sigue dentro del yo: nos gustamos, nos queremos en el escritor o en el ser humano. No hemos salido de la autoexaltación.
Vale la pena considerar esto: la comunidad dentro de la impotencia, dentro de la confusión, entre autores y lectores, y también la arrogancia con que a veces dan vueltas en el laberinto.
Las aversiones y preferencias son dictadas por el yo, desde su pasado. ¿Cómo puede el yo ver la vida? El es ya una plataforma desde la cual emergen las valoraciones. No expresa la vida sino que trata de absorberla interpretándola conforme a sus experiencias, ideas, conclusiones, que no tienen que ver con ella. En el plano del conocimiento, el pasado ha de tomarse en cuenta; en el de la vida es un estorbo.
La literatura que tiene por eje el yo no puede expresar la vida. Cuando la vida llega a la expresión ya ha pasado por un tamiz. Sin este proceso no existiría, pero hay una diferencia entre el hombre que ve su trasfondo y su influencia en él y el hombre para quien ese trasfondo es la realidad.
No sabemos cómo sería una literatura para la cual la realidad tuviera primacía. El realismo de cualquier marca así como todo romanticismo tienen la misma una subjetividad identificada con sus contenidos. No vean en este enfoque la extremada petición de abolir lo que haya de personal en cada hombre, en cada autor. Se trata más bien de un traslado de acento.
Vista desde el yo, la literatura que le dé paso a la realidad, parecería algo muy humilde, tendría una supeditación cierta pobreza, como en algunas obras que la preludian; no mostraría huellas de ningún afán de lucirse.
Sería una literatura que condujera el bullicio de la mente al silencio. Recordemos una frase de Wittgenstein en sus Notebooks: “Estéticamente el milagro es que el mundo exista. Que lo que exista, exista”
La recuperación de la realidad
El yo o la mente han de verse a sí mismos. Este sería el paso previo. Un autoconocimiento por parte del sujeto, pero no estamos en el ámbito del inútil “conócete a ti mismo” que la cultura nos ha estado repitiendo desde la antigüedad. Se trata de un ver (no evaluativo) el funcionamiento del yo. La exigencia tradicional se ha entendido como “introspección para mejorar”. En nuestra proposición no entra esa tontería, que sigue en el campo de la mente y se práctica para mayor gloria del yo. Estamos en otro terreno. Se trataría más bien de una percepción imparcial de nuestros procesos; pues como la dificultad radica en que como somos parte interesada influimos en lo que observamos.
Una vez que el yo con todas sus cargas queridas o rechazadas, se percibe, estamos disponibles para lo real; es más, lo que hemos visto en nosotros forma parte de lo real.
Al escribir hay que utilizar la mente, más cuando la mente se ha visto a sí misma está en una posición distinta, ya no es la misma mente; puede seguir sus movimientos. Es una mente mucho menos propensa al autoengaño. La recuperación de la realidad implica algo así como la aparición de otra mente, una mente que ya no funciona por los canales usados, por los carriles de la reiteración, por las vías muertas que el tiempo ha trazado en ella. Es una mente no mecánica.
Este problema no se lo plantean los llamados “creadores”, cuyas producciones pueden ser muy brillantes, pero están lastradas por el peso de lo que la vida, vivida sin vigilancia, ha ido depositando como residuo en ellos. Yo no niego el valor de sus libros; me limito a señalar la falta de examen radical que se nota en sus creaciones. A pesar de su sencillez, o tal vez por eso mismo, este darse cuenta de uno mismo ha sido puesto en olvido por las grandes figuras de las letras. Es que el problema no tiene que ver con el talento. Casi todos han creado desde una plataforma de religión, nacionalismo, ideología, dando todo eso por sentado. Han partido siempre de supuestos, pero la vida no tiene supuestos, está ahí desplegándose, sin razones.
¿Puede contribuir a rescatarnos la literatura?
La pregunta implica que necesitamos ser rescatados.
Si les parece que la pregunta tiene sentido, hagámonos otra: ¿de qué necesitamos ser rescatados? Tiene que ser de un error, y en tal caso, ¿cuál sería el error?
A mí me parece evidente que el hombre ha vivido siempre en crisis, con dioses o sin dioses, amodorrado o activo, ayer como hoy, y la literatura, por ser tan expresiva, muestra muy bien esa crisis; pero tal vez no le toque resolverla. Pensemos en Lear, en el hombre del subterráneo, en el personaje de La Náusea. Las obras estudiadas presentan el problema, pero nos dejan con la impresión de que el hombre no puede habérselas con él, no puede medirse con la magnitud que lo derriba. Todas estas obras conducen a una calle ciega, y se podrían citar muchísimas otras, sobre todo modernas, que nos llevan a un punto muerto. Ni Shakespeare, ni Dostoievski, ni Sartre, ni nadie nos puede sacar de esta situación desastrosa que hemos convenido en llamar vida. Esta no es tarea para la literatura, ni para ninguna religión o filosofía o sistema.
Recuerden cualquier autor de esta época, Kafka, Camus, Ionesco, Faulkner, Beckett: la derrota es total, y me parece pueril afirmar que ellos reflejan la decadencia de una clase o una sociedad determinada. No encubramos así la crisis humana. Encarémosla en nosotros.
Recapitulación
Nada de lo que hemos tratado en este curso es misterioso. Solo el olvido en que están los problemas que hemos tocado podría facilitar esa impresión. Insisto, para despejar posibles y habituales malentendidos, en que todo cuanto hemos visto es ajeno a ocultismos, escuelas místicas o corrientes metafísicas, así como tampoco tiene que ver con la beatería cientificista. Ninguna de estas cosas ha resuelto el problema del hombre.
¿Por qué seguir recorriendo el viejo sendero?
Puede que muchas de mis afirmaciones choquen con lo que ustedes piensan, con el trasfondo de ustedes, y el movimiento que se produce en ustedes sea de rechazo. Observen eso. Es una ocasión más para el autodescubrimiento. Pregúntense: ¿Por qué reacciono o qué es lo que reacciona en mí? ¿Que parte mía se siente molesta? ¿Qué estoy defendiendo yo? Esto mismo pueden hacerlo frente a un cuadro, un libro, una persona, un incidente. Cualquier hecho puede ayudarnos a descubrirnos, si estamos dispuestos, si no estamos protegiendo nuestra imagen.
Yo no sé cuál será la solución del problema humano; en este curso me he limitado ha hacer un planteamiento radical: las soluciones que el hombre ha inventado no lo han hecho feliz. La ciencia, por ejemplo, ha tenido el inmenso valor de quitarle ilusiones, de apartarlo de falsedades, pero ha creado en él otra teoría beatífica, la idea de que le va a resolver todos sus problemas. La vieja mente, la razón, la ciencia, no han impedido ni están impidiendo hoy el proceso de destrucción del hombre. Más bien, apoyándose en todas sus conquistas, éste vuelve más agudo el proceso.
Tampoco abogamos por ningún irracionalismo. Racionalismo e irracionalismo son opuestos dentro de la mente y nuestro interés se centra en una dimensión no mental.
Quisiera decir algo más sobre la literatura. Creo que hemos puesto la carreta delante del caballo. Hemos buscado plenitud a través de la expresión, cuando la plenitud tiene que estar antes, y expresarse (o no expresarse) después.
Primero tiene que haber algo; luego viene la palabra. Esta por sí sola no podrá salirse nunca de su esfera, apuntar mas allá de sí misma. El decir no conduce a ningún descubrimiento si antes no ha habido descubrimiento. Existe la ilusión en muchos escritores de que mediante la expresión llegarán a algo distinto, algo extraordinario. Me parece que eso precede a la expresión.
Sin embargo, eso que se sale de los casilleros no es algo remoto sino inmediato. Acaso su demasiada cercanía sea lo que impide que lo veamos. Es el hecho mismo de vivir. ¿Qué no hemos ideado para evitar el contacto directo con aquello que nos permite todo, aun los más disparatados desvíos? Alguien preguntaba en el curso qué era la realidad, sin darse cuenta de que la realidad es, básicamente, lo que le permitía a él hacer la pregunta, es decir, algo tan a la mano que no puede separarse un momento de nosotros. Este es el problema; vivimos alejados del hecho primario de vivir; un abismo de distracción nos mantiene en vilo, desconectados en él, y cuanto más culto le rindamos a lo que la mente fragua tanto más nos alejamos del hecho.
Para terminar, una última herejía: la vida no requiere ser expresada. Mucho más importante que toda expresión es ver nuestra atrofia para sentirla totalmente. Todo lo que el hombre crea tiene por base lo dado; pero su atención está volcada sobre sus productos y no sobre aquello que los hace posibles.
La literatura, como todo lo que el hombre realiza, es un “además”, algo que se levanta sobre lo que ya existe, sobre la realidad primaria. Su más alta misión sería conservar vivo en el hombre este su nexo fundamental con esa realidad; pero vemos que no es así, que de más en más, se convierte en la voz del aislamiento. De manera que se vuelve un velo más. Este destino egocéntrico de la literatura no tiene que verse como una fatalidad.