Me bajaba del 143 en la parada de Yupanqui, en Lugano, cruzaba el angosto puente peatonal sobre la Richieri, atravesaba las cuadras y los galpones de CAMEA y finalmente llegaba al largo paredón del colegio secundario donde estudiaba, el Industrial Don Orione, en el Barrio Piedrabuena.
Allí tuve buenos amigos, y uno de ellos fue Christian Álvarez, ya conocido como Pity, con quien compartí la misma División hasta que lo expulsaron, un mes de diciembre, cuando finalizábamos cuarto año.
Era una gran persona, inteligente, rebelde, líder natural y muy audaz. Sus compañeros lo respetaban y lo seguían.
Prueba de Física. Después de cuarenta minutos seguíamos todos con las hojas en blanco, menos Pity, que la tenía muy clara y ya tenía todo resuelto. Arriesgándose increíblemente, nos fue pidiendo, una a una, nuestras hojas, que le fuimos pasando en cadena de manos cada vez que el profesor caminaba a espaldas nuestro, por el pasillo entre los bancos. Poco a poco fue haciendo las pruebas de sus siete u ocho compañeros más íntimos. Ese día zafé gracias a Pity. Muchas otras veces lo hice gracias a Mumra, pero esa es otra historia.
Cuarto año (1988) fue la época que nos encontró más amigos. Creo que Pity y yo batimos el récord de rateadas en colegios secundarios. El libro Guiness debería tener en cuenta estos números. Sin exagerar, durante ese año nos rateamos más de ochenta veces. Cuando digo ratearse hablo de estar adentro de la escuela, de tener puesto el presente y luego escaparse. Nuestra amistad se forjó al calor de esas fugas matinales, siempre él y yo solos, nadie más se animaba a ratearse tanto. Sólo dos o tres veces nos acompañaron Calchi y alguna de las Urracas, o el Turro y el Pulpo. Llegamos a irnos todos los días de la semana. Para nosotros la escuela era querida pero también angustiante. Lo bueno estaba entre nuestros compañeros; lo insoportable estaba en la opresión del claustro, en el tiempo obligatorio, en las cosas que nos enseñaban. Nos rateamos en todas sus variantes. Saltábamos el paredón atrás del Taller y nos rajábamos cada uno a su casa. O nos íbamos a la General Paz. O caminábamos por ahí. O nos quedábamos charlando sentados en el cordón de la vereda. O nos escapábamos en el primer recreo, subíamos a la casa de Pity un par de horas y volvíamos en el segundo. Esa era genial. Escaparse y volver cuando queríamos. Era como una demostración de poder frente a la escuela. Y ojo que nuestro colegio no era una institución liberal, por decirlo de algún modo, todo lo contrario, eran muy estrictos en la disciplina y el adoctrinamiento.
En la casa de él, su abuela, que no cuestionaba nuestra conducta en absoluto, nos esperaba con el desayuno listo. Era una mujer muy dulce y naturalmente amable. Christian la amaba.
Pity abría los cajones y me mostraba pastillas de todos los colores. Yo le quería poner las pilas para que no se zarpe tanto, pero no había caso. Si tenés sobre tu lengua un pequeño cartón no lo tires ni lo escupas, chupalo por favor porque en pocos minutos la psicodelia estará con vos. Pity robaba objetos muy copados. Hola Señor Kioskero, vengo en busca de su dinero, ponga las manos arriba y présteme mucha atención... En su pieza había un semáforo y varios carteles de señalización. Una vez me vendió un stereo que le había encanutado a un auto por ahí. Lo tuve mucho tiempo conectado a unos parlantes que no me acuerdo de dónde los saqué. Y bue. Pity había ensamblado en su cuarto una especie de instalación artística. Había luces conectadas por todos lados, que se encendían y apagaban al compás de la música. También tenía una calavera de mono con lucecitas rojas en los ojos, un flash. Sueño que sueño que estoy soñando y de fondo una música tipo rocanrol, sueño no sé en qué sueño que soy un electrón.
Un día, Pity agarra la guitarra y me dice Chorza, escuchá, y puntea Angie. Eran, creo, sus primeros pasos con la viola. Es increíble que ese chico de 16 años que pulsaba frente a mí aquellos sonidos precarios mientras alucinaba en su cuartito de suburbio bajo los posters de impenetrables Jaggers, Richards, terminara tocando algún día como soporte de los Stones en River Plate. Mire mire qué locura, mire mire qué emoción: esta noche toca el Pity y el año que viene tocan los Stones!
La verdad, si tenemos en cuenta la cantidad de veces que nos escapamos, las veces que nos agarraron fueron muy pocas: solamente cuatro. Descubierto el delito, al otro día entraba el preceptor y decía, con esa voz tan fina y glotal que lo caracterizaba: ¡Incardooona, Áaalvarez, a preceptoriiiía!. Siempre lo mismo, cinco amonestaciones para cada uno. Así, a fin de año llegamos a sumar veinte. Teníamos que cuidarnos.
En diciembre, en la última semana de clases, nos regalaron a todos los estudiantes un Rosario. Pity, Calchi y las Urracas bardearon mal. Rompieron los collares y se pusieron a jugar a las bolitas en el patio. Qué pibes. Todos a Dirección, ni siquiera a Preceptoría. Les pusieron cinco amonestaciones a cada uno y con eso Pity llegó a las veinticinco. Lo expulsaron y al año siguiente cursó en el Reconquista de Boedo.
Una de las que más me acuerdo de Pity en el colegio fue cuando le sacó la escalera a nuestro preceptor, que se había subido al techo para buscar una pelota de voley. ¡Áaalvarez, Áaalvarez, la escaleera, vuelva a poner las escaleeera!, gritaba el pobre tipo. Abajo Pity se burlaba de él y le decía No, con el dedo. Nos morimos de la risa. Después de un rato nos fuimos. Nunca nos enteramos cómo hizo para bajar del techo. Al día siguiente, esperábamos represalias, pero no pasó nada; el preceptor jamás mencionó el asunto.
Nuestros últimos años de Secundaria coincidieron con los comienzos de Viejas Locas, banda que no paró de crecer, gracias, entre otras cosas, al boca en boca, a la pintada en aerosol, a la infinidad de calcomanías pegadas en los colectivos.
Las anécdotas son varias y me llegan todas juntas:
Una mañana en la escuela, Pity y yo creamos una suerte de pandilla, la LBA. Decidimos entre los dos a quiénes convocaríamos. Los elegidos, los compañeros más pulentas eran las Urracas (Beto y Edgardo, dos hermanos mellizos de Lugano 1 y 2), el Turro, el Pulpo y Calchi. Tiempo después se incorporó Mumra, aunque nunca fue aceptado plenamente porque no cumplía el requisito de haber sido amonestado al menos una vez. Durante un tiempo, escribimos y pintamos los baños y las aulas con nuestra sigla: LBA, la banda.
***
Fui a muchos de los primeros recitales de Viejas Locas. En Ramos Mejía, en Constitución, en Cemento, etc. Me acompañaban amigos de Celina. Una vez fui con Tuta, otra con Ricky (primer baterista de Villanos), otra con Mariana M... Pity me dedicó temas dos veces. La primera vez (“Este tema es para Chorza”) fue en un pub –no me acuerdo el nombre- en la calle Bernardo de Yrigoyen, en Constitución. Al final de ese concierto, se armó una de las grescas más violentas que vi. Volaba todo, estallaban vidrios, los pibes –no me acuerdo por qué- se dieron a mansalva.
La segunda fue en Lugano (“Este tema es para Chorza, para Mariana y las empanadas de Humita”). Un rato antes, habíamos comido empanadas de humita en el club Riachuelo, en Celina. Pity, Mariana M., y yo.
***
Una noche, en Cemento, los punks nos acosaron. Grave equivocación. Los guachos de Piedrabuena y Celina los fajaron a piñas y cuchillazos. Vaaamos vieejas loo, vaaamos vieejas loo, vaaamos vieejas looo, vaaamos vieejas loo, vieeejas looocas es un sentimieeeento, no se expliiica, se lleva bieen adeeeentro, y por eeso te siiigo a doonde seea, vieejas looocas haasta queee meee mueeera...
***
Un sábado a la tarde en 1990 estábamos armando un partido en la cancha del colegio y nos faltaban jugadores. Nos metimos en el barrio (Piedrabuena) para buscar gente. Lo cruzamos a Pity. Hacía dos años que lo habían echado y no lo veíamos casi nunca, al menos no yo, que, como vivía en Celina, no era su vecino como otros de mis compañeros (la mayoría de Piedrabuena y Lugano). Nos acercamos: estaba re puesto, mal. Me dijo, con tristeza: Chorza, mi abuela se murió. Después agregó: Quiero conseguir la cabeza y ponerla en la mesita de luz. Yo no le dije nada, no lo tomé en serio. Pity siempre decía cosas como esas. Además estaba dado vuelta. Pero lo que me estaba contando era verdad, él quería hacer eso. Tiempo después, en una entrevista que salió publicada en Clarín, dijo:
“Yo tenía una abuela que quería mucho. Un día hicimos un pacto: Ella me pidió que cuando muriera yo hiciese un velador con su cráneo; a cambio le pedí que mandara una señal desde el más allá. Murió y yo no cumplí. Porque era menor y no me dejaban retirar sus restos. Ella sí cumplió.”
***
Una tarde vino a mi casa, en Villa Celina. Arregló un montón de cosas, incluido un ventilador que no me andaba desde hacía tiempo.
El relato es extraído del facebook de revista pelo y pertenece a Ruben Omar Insaurralde.
Allí tuve buenos amigos, y uno de ellos fue Christian Álvarez, ya conocido como Pity, con quien compartí la misma División hasta que lo expulsaron, un mes de diciembre, cuando finalizábamos cuarto año.
Era una gran persona, inteligente, rebelde, líder natural y muy audaz. Sus compañeros lo respetaban y lo seguían.
Prueba de Física. Después de cuarenta minutos seguíamos todos con las hojas en blanco, menos Pity, que la tenía muy clara y ya tenía todo resuelto. Arriesgándose increíblemente, nos fue pidiendo, una a una, nuestras hojas, que le fuimos pasando en cadena de manos cada vez que el profesor caminaba a espaldas nuestro, por el pasillo entre los bancos. Poco a poco fue haciendo las pruebas de sus siete u ocho compañeros más íntimos. Ese día zafé gracias a Pity. Muchas otras veces lo hice gracias a Mumra, pero esa es otra historia.
Cuarto año (1988) fue la época que nos encontró más amigos. Creo que Pity y yo batimos el récord de rateadas en colegios secundarios. El libro Guiness debería tener en cuenta estos números. Sin exagerar, durante ese año nos rateamos más de ochenta veces. Cuando digo ratearse hablo de estar adentro de la escuela, de tener puesto el presente y luego escaparse. Nuestra amistad se forjó al calor de esas fugas matinales, siempre él y yo solos, nadie más se animaba a ratearse tanto. Sólo dos o tres veces nos acompañaron Calchi y alguna de las Urracas, o el Turro y el Pulpo. Llegamos a irnos todos los días de la semana. Para nosotros la escuela era querida pero también angustiante. Lo bueno estaba entre nuestros compañeros; lo insoportable estaba en la opresión del claustro, en el tiempo obligatorio, en las cosas que nos enseñaban. Nos rateamos en todas sus variantes. Saltábamos el paredón atrás del Taller y nos rajábamos cada uno a su casa. O nos íbamos a la General Paz. O caminábamos por ahí. O nos quedábamos charlando sentados en el cordón de la vereda. O nos escapábamos en el primer recreo, subíamos a la casa de Pity un par de horas y volvíamos en el segundo. Esa era genial. Escaparse y volver cuando queríamos. Era como una demostración de poder frente a la escuela. Y ojo que nuestro colegio no era una institución liberal, por decirlo de algún modo, todo lo contrario, eran muy estrictos en la disciplina y el adoctrinamiento.
En la casa de él, su abuela, que no cuestionaba nuestra conducta en absoluto, nos esperaba con el desayuno listo. Era una mujer muy dulce y naturalmente amable. Christian la amaba.
Pity abría los cajones y me mostraba pastillas de todos los colores. Yo le quería poner las pilas para que no se zarpe tanto, pero no había caso. Si tenés sobre tu lengua un pequeño cartón no lo tires ni lo escupas, chupalo por favor porque en pocos minutos la psicodelia estará con vos. Pity robaba objetos muy copados. Hola Señor Kioskero, vengo en busca de su dinero, ponga las manos arriba y présteme mucha atención... En su pieza había un semáforo y varios carteles de señalización. Una vez me vendió un stereo que le había encanutado a un auto por ahí. Lo tuve mucho tiempo conectado a unos parlantes que no me acuerdo de dónde los saqué. Y bue. Pity había ensamblado en su cuarto una especie de instalación artística. Había luces conectadas por todos lados, que se encendían y apagaban al compás de la música. También tenía una calavera de mono con lucecitas rojas en los ojos, un flash. Sueño que sueño que estoy soñando y de fondo una música tipo rocanrol, sueño no sé en qué sueño que soy un electrón.
Un día, Pity agarra la guitarra y me dice Chorza, escuchá, y puntea Angie. Eran, creo, sus primeros pasos con la viola. Es increíble que ese chico de 16 años que pulsaba frente a mí aquellos sonidos precarios mientras alucinaba en su cuartito de suburbio bajo los posters de impenetrables Jaggers, Richards, terminara tocando algún día como soporte de los Stones en River Plate. Mire mire qué locura, mire mire qué emoción: esta noche toca el Pity y el año que viene tocan los Stones!
La verdad, si tenemos en cuenta la cantidad de veces que nos escapamos, las veces que nos agarraron fueron muy pocas: solamente cuatro. Descubierto el delito, al otro día entraba el preceptor y decía, con esa voz tan fina y glotal que lo caracterizaba: ¡Incardooona, Áaalvarez, a preceptoriiiía!. Siempre lo mismo, cinco amonestaciones para cada uno. Así, a fin de año llegamos a sumar veinte. Teníamos que cuidarnos.
En diciembre, en la última semana de clases, nos regalaron a todos los estudiantes un Rosario. Pity, Calchi y las Urracas bardearon mal. Rompieron los collares y se pusieron a jugar a las bolitas en el patio. Qué pibes. Todos a Dirección, ni siquiera a Preceptoría. Les pusieron cinco amonestaciones a cada uno y con eso Pity llegó a las veinticinco. Lo expulsaron y al año siguiente cursó en el Reconquista de Boedo.
Una de las que más me acuerdo de Pity en el colegio fue cuando le sacó la escalera a nuestro preceptor, que se había subido al techo para buscar una pelota de voley. ¡Áaalvarez, Áaalvarez, la escaleera, vuelva a poner las escaleeera!, gritaba el pobre tipo. Abajo Pity se burlaba de él y le decía No, con el dedo. Nos morimos de la risa. Después de un rato nos fuimos. Nunca nos enteramos cómo hizo para bajar del techo. Al día siguiente, esperábamos represalias, pero no pasó nada; el preceptor jamás mencionó el asunto.
Nuestros últimos años de Secundaria coincidieron con los comienzos de Viejas Locas, banda que no paró de crecer, gracias, entre otras cosas, al boca en boca, a la pintada en aerosol, a la infinidad de calcomanías pegadas en los colectivos.
Las anécdotas son varias y me llegan todas juntas:
Una mañana en la escuela, Pity y yo creamos una suerte de pandilla, la LBA. Decidimos entre los dos a quiénes convocaríamos. Los elegidos, los compañeros más pulentas eran las Urracas (Beto y Edgardo, dos hermanos mellizos de Lugano 1 y 2), el Turro, el Pulpo y Calchi. Tiempo después se incorporó Mumra, aunque nunca fue aceptado plenamente porque no cumplía el requisito de haber sido amonestado al menos una vez. Durante un tiempo, escribimos y pintamos los baños y las aulas con nuestra sigla: LBA, la banda.
***
Fui a muchos de los primeros recitales de Viejas Locas. En Ramos Mejía, en Constitución, en Cemento, etc. Me acompañaban amigos de Celina. Una vez fui con Tuta, otra con Ricky (primer baterista de Villanos), otra con Mariana M... Pity me dedicó temas dos veces. La primera vez (“Este tema es para Chorza”) fue en un pub –no me acuerdo el nombre- en la calle Bernardo de Yrigoyen, en Constitución. Al final de ese concierto, se armó una de las grescas más violentas que vi. Volaba todo, estallaban vidrios, los pibes –no me acuerdo por qué- se dieron a mansalva.
La segunda fue en Lugano (“Este tema es para Chorza, para Mariana y las empanadas de Humita”). Un rato antes, habíamos comido empanadas de humita en el club Riachuelo, en Celina. Pity, Mariana M., y yo.
***
Una noche, en Cemento, los punks nos acosaron. Grave equivocación. Los guachos de Piedrabuena y Celina los fajaron a piñas y cuchillazos. Vaaamos vieejas loo, vaaamos vieejas loo, vaaamos vieejas looo, vaaamos vieejas loo, vieeejas looocas es un sentimieeeento, no se expliiica, se lleva bieen adeeeentro, y por eeso te siiigo a doonde seea, vieejas looocas haasta queee meee mueeera...
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Un sábado a la tarde en 1990 estábamos armando un partido en la cancha del colegio y nos faltaban jugadores. Nos metimos en el barrio (Piedrabuena) para buscar gente. Lo cruzamos a Pity. Hacía dos años que lo habían echado y no lo veíamos casi nunca, al menos no yo, que, como vivía en Celina, no era su vecino como otros de mis compañeros (la mayoría de Piedrabuena y Lugano). Nos acercamos: estaba re puesto, mal. Me dijo, con tristeza: Chorza, mi abuela se murió. Después agregó: Quiero conseguir la cabeza y ponerla en la mesita de luz. Yo no le dije nada, no lo tomé en serio. Pity siempre decía cosas como esas. Además estaba dado vuelta. Pero lo que me estaba contando era verdad, él quería hacer eso. Tiempo después, en una entrevista que salió publicada en Clarín, dijo:
“Yo tenía una abuela que quería mucho. Un día hicimos un pacto: Ella me pidió que cuando muriera yo hiciese un velador con su cráneo; a cambio le pedí que mandara una señal desde el más allá. Murió y yo no cumplí. Porque era menor y no me dejaban retirar sus restos. Ella sí cumplió.”
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Una tarde vino a mi casa, en Villa Celina. Arregló un montón de cosas, incluido un ventilador que no me andaba desde hacía tiempo.
El relato es extraído del facebook de revista pelo y pertenece a Ruben Omar Insaurralde.