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Una bromita: Antón Chéjov (1886)

Una Bromita

(Antón Chéjov – 1886)


Un claro mediodía de invierno… El frío es intenso, el hielo cruje, y a Nadeñka, que me tiene agarrado del brazo, la plateada escarcha le cubre los bucles en las sienes y en vello encima de labio superior. Estamos sobre una alta colina. Desde nuestros pies hasta el llano se extiende una pendiente, en la cual el sol se mira como un espejo. A nuestro lao está un pequeño trineo, revestido con un llamativo paño rojo.
-Deslicémonos hasta abajo, Nadeñka Petrovna –le suplico-. ¡Siquiera una sola vez! Le aseguro que llegaremos sanos y salvos.
Pero Nadeñka tiene miedo. El espacio desde sus pequeñas katiuskas hasta el pie de la helada colina le parece un inmenso abismo, profundo y aterrador. Ya sólo al proponerle yo que se siente en el trineo o por mirar hacia abajo se le corta el aliento y está a punto de desmayarse; ¡que no sucederá entonces cuando ella se arriesgue a lanzarse al abismo! Se morirá, perderá la razón.
-¡Le ruego! –le digo-. ¡No hay que tener miedo! ¡Comprenda, de una vez, que es una falta de valor, una simple cobardía!
Nadeñka cede al fin, y advierto por su cara que lo hace arriesgando su vida. La acomodo en el trineo, pálida y temblorosa; la rodeo con un brazo y nos precipitamos al abismo. El trineo vuela como una bala. El aire hendido nos golpea en la cara, brama, silba en los oídos, nos sacude y pellizca furifundo, quiere arrancar nuestras cabezas. La presión del viento torna difícil la respiración. Parece que el mismo diablo nos estrecha entre sus garras y, aullando, nos arrastra al infierno. Los objetos que nos rodean se funden en una sola franja larga que corre vertiginosamente… Un instante más y llegará nuestro fin.
-¡La amo, Nadia! –digo a media voz.
El trineo comienza a correr más despacio, el bramido del viento y el chillar de los patines ya no son tan terribles, la respiración ya no se corta más y, por fin, estamos abajo. Nadeñka llegó más muerta que viva. Está pálida y apenas respira… La ayudo a levantarse.
-¡Por nada en el mundo haría otro viaje! –dice mirándome con ojos muy abiertos y llenos de horror-. ¡Por nada en el mundo! ¡Casi me muero!
Al cabo de un rato vuelve en sí y me dirige miradas inquisitivas: ¿Fui yo quien dijo aquellas tres palabras o simplemente le pareció oírlas en el silbido del remolino? Yo fumo a su lado y examino mi guante con atención.
Me toma del brazo y comenzamos un largo paseo cerca de la colina. El misterio por lo visto no la deja en paz. ¿Fueron dichas aquellas palabras o no? ¿Sí o no? Es una cuestión de amor propio, de honor, de vida, de dicha; una cuestión muy importante, la más importante en el mundo, Nadeñka vuelve a dirigirme su mirada impaciente, triste, penetrante, y contesta fuera de propósito, esperando que yo diga algo. ¡Oh, qué juego de matices hay en este rostro simpático! Veo que está luchando consigo misma, que tiene necesidad de decir algo, de preguntar, pero no encuentra las palabras, se siente cohibida, atemorizada, confundida por la alegría…
-¿Sabe una cosa? –dice sin mirarme.
-¿Qué? –le pregunto.
-Hagamos… otro viajecito.
Subimos por la escalera. Vuelvo a acomodar a la temblorosa y pálida nadeñka en el trineo y de nuevo nos lanzamos en el terrible abismo; de nuevo brama el viento y zumban los patines; y de nuevo, al alcanzar el trineo su impulso más fuerte y ruidoso, digo a media voz:
-¡La amo, Nadia!
Cuando el trineo se detiene, Nadeñka contempla la colina por la que acabamos de descender; luego clava su mirada en mi cara, escucha mi voz, indiferente y desapasionada, y toda su pequeña figura, junto con su manguito y su capucha, expresa un extremo desconcierto. Y su cara refleja una serie de preguntas:
<<¿Cómo es eso? ¿quién ha pronunciado aquellas palabras? ¿Ha sido él o me ha parecido a oírlas y nada más?>>.
La incertidumbre la torna inquieta, la pone nerviosa. La pobre muchacha no contesta mis preguntas, frunce el ceño, está a puno de llorar.
-¿Será hora de irnos a casa? –le pregunto.
-A mí… a mí me gustan estos viajes en trineo –dice, ruborizándose-. ¿Haremos uno más?
Le <<gustan>> estos viajes, pero al sentarse en el trineo, palidece igual que antes, tiembla y contiene el aliento.
Descendemos por tercera vez, y noto cómo está observando mi cara y mis labios. Pero yo me cubro la boca con un pañuelo, toso y al llegar a la mitad de la colina alcanzo a musitar:
-¡La amo, Nadia!
Y el misterio sigue siendo misterio. Nadeñka guarda silencio, piensa algo… Nos retiramos de la pista y ella trata de minorar la marcha, tratando siempre que yo diga aquellas palabras. Veo cómo sufre su corazón y cómo ella se esfuerza para no decir en voz alta:
<<¡No puede ser que las haya dicho el viento! ¡Y no quiero que haya sido el viento!>>.
A la mañana siguiente recibo una esquela: <<Si usted va hoy a la pista de patinaje, venga a buscarme. N.>>. Y a partir de ese día voy con Nadenñka a la pista todos los días y, al precipitarnos hacia abajo en el trineo, cada vez pronuncio a media voz las mismas palabras:
-¡La amo, Nadia!
En poco tiempo, Nadeñka se habitúa a esta frase, como uno se habitúa al vino o a la morfina. Ya no puede vivir sin ella. Es verdad que siempre le da miedo deslizarse por la colina helada, pero ahora el miedo y el peligro otorgan un encanto especial a las palabras de amor, palabras que constituyen un misterio y oprimen dulcemente el corazón. Los sospechosos son siempre los dos: el viento y yo… Ella no sabe quién de los dos le declara su amor, pero ello, por lo visto, ya la tiene sin cuidado; poco importa el recipiente del cual uno bebe, lo esencial es sentirse embriagado.
Una vez al mediodía, fui solo a la pista mezclado con la multitud, vi a Nadeñka acercarse a la colina y buscarme con los ojos… Tímidamente sube la escalera… Le da mucho miedo viajar sola, ¡oh, qué miedo! Está blanca como la nieve y tiembla como si se dirigiera a su propia ejecución. Pero va decidida, sin mirar para atrás.
Por lo visto, ha decidido probar, al fin: ¿Se oyen aquellas sorprendentes y dulces palabras cuando yo no estoy? La veo colocarse en el trineo, pálida, con la boca abierta por el miedo, cerrar los ojos y emprender la marcha, después de despedirse para siempre de la tierra. <<Zsh-zsh-zsh-zsh>>… zumban los patines. Si Nadeñka está oyendo aquellas palabras o no, no lo sé… La veo levantarse del trineo, exhausta, débil. Y se ve por su cara que ella misma no sabe si ha oído algo o no. Mientras estuvo deslizándose hacia abajo, el miedo le quitó la capacidad de escuchar, de distinguir sonidos, de entender…
Y he aquí que llega el primaveral mes de marzo… El sol se torna más cariñoso. Nuestra montaña de hielo se oscurece, pierde su brillo y, por fin, se derrite. Nuestros viajes en trineo se interrumpen. La pobre Nadeñka ya no tiene dónde escuchar aquellas palabras y además no hay quién las pronuncie, puesto que el viento se ha aqueitado y yo estoy a punto de irme a Petersburgo, por mucho tiempo, quizá para siempre.
Unos días antes de mi partida, al anochecer, estoy sentado en el jardín. Este jardín está separado de la casa de Nadeñka por una alta empalizada con clavos… Aún hace bastante frío, en los rincones del patio exterior hay nieve todavía, los árboles parecen muertos; pero ya huele a primavera y los grajos, acomodándose para dormir, desatan su último vocerío de la jornada. Me acerco a la empalizada y durante largo rato miro por una hendidura. Veo a Nadeñka al patio y alzar su triste, acongojada mirada al cielo… El viento de primavera sopla directamente en su pálido y sombrío rostro… Le hace recordar aquel otro viento que brama en la colina dejando oír aquellas tres palabras, y su cara se pone triste, muy tiste, y una lágrima de desliza por su mejilla. La pobre muchacha extiende ambos brazos como suplicando al viento que traiga una vez más aquellas palabras. Y yo, al llegar una ráfaga de viento, digo a media voz:
-¡La amo, Nadia!
¡Por Dios, hay que ver lo que sucede con Nadeñka! Deja escapar un grito y con amplia sonrisa tiende sus brazos hacia el viento, alegre, feliz, tan bella.
Y yo me voy a hacer las maletas…
Esto sucedió hace tiempo. Ahora Nadeñka está casada con el secretario de una institución tutelar y tiene ya tres hijos. Pero nuestros viajes en trineo y las palabras <<La amo, Nadia>>, que le llevaba el viento, no están olvidados, para ella son el recuerdo más feliz, más conmovedor y más bello de su vida…
Mientras que yo, ahora que tengo más edad, ya no comprendo para qué decía aquellas palabras, por qué hacía aquella broma…


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