InicioApuntes Y MonografiasMi cuento "El Contrabajo"
El Contrabajo

Siempre se me dio por la música, es algo que ya desde chiquito llevaba en mí. Me encantaba sentarme en el Porsche de la casa de mis abuelos, con ellos leyendo el diario y yo, con apenas 8 o 9 años, escuchando tangos de Edmundo Rivero, mi favorito.
Por supuesto que estudiar música era cuestión de tiempo, siempre me atrapo el contrabajo, me parecía un instrumento de gran elegancia, de una versatilidad con la cual yo me sentía cómodo, ya que se podía tocar tanto tango como jazz, mis estilos favoritos. En ese entonces, al ser yo chico, ya con 13-14 años, cuando tenía que tocar, me llevaban, por lo cual, transportarlo (que siempre es el karma de los contrabajistas, al igual que los bateristas quienes padecen el mismo mal) no era un problema.
Los años fueron pasando y yo empecé a gozar una pequeña fama a nivel local, la cual me permitía poder vivir de lo que amaba, que era tocar, de hecho, lo hacía con dos bandas, una de tango y otra de jazz.
Con el paso delos shows me fui haciendo de amigos, pero hubo uno especial con el cual nos hicimos muy compinches de trasnoches, mujeres, tabaco y bebidas. Su nombre era Gonzalo, provenía de una familia muy pudiente de mi ciudad, lo cual le permitía darse algunos lujos que, para ese entonces para alguien de nuestra edad eran difíciles de conseguir, como un departamento en pleno centro, una camioneta, una lancha y varias cosas más que, afortunadamente no influían en su forma de ser, siempre fue el mismo.
Habíamos trabado una gran amistad, siempre iba a los shows en los que yo tocaba (mayormente en el casino) y yo lo correspondía presentándole a algunas de las chicas que venían a bailar, las cuales, al verle su estampa quedaban embelesadas ya que a Gonzalo le daba por vestirse muy bien. Siempre con un gorro a lo Humphrey Bogart, camisa generalmente gris oscura, pantalón de vestir y peinado a la gomina. ¿Yo?, como dice el mito, “escenario mata galán”, por lo cual, con el solo hecho de estar tocando en una banda y de “curtir” escenario, se me hacía fácil conquistar mujeres.
Fue pasando el tiempo y como todas las cosas, con Gonzalo, empezamos a vernos cada vez más espaciadamente, el siguió con su vida y yo con la mía. De hecho, ya entrado el invierno, sufrí una gripe muy fuerte que me llevo a quedarme en cama durante casi más de un mes, por lo cual, eso fue motivo/excusa suficiente como para dejar de vernos, aunque lo que más extrañaba era la noche y sobre todo tocar.
Yo sabía que Gonzalo tenía que hacer unas cosas y que iba a dejar el departamento solo por dos días, lo cual me dio motivo para pensar que esa era mi oportunidad de volver a acercarme a mi amigo a quien tanto extrañaba y con quien tan lindos momentos pase.
El día que se iba, yo estaba sentado en su sillón, lo vi prepararse, vestirse bien arrabalero como lo hacía cuando me iba a ver tocar, camisa negra, chaleco negro, corbata negra, pantalón de vestir negro y, como siempre su gorro negro. Pego una mirada como repasando de no olvidarse nada, se prendió un pucho y se fue.
El departamento era bastante chico pero a mí me gustaba porque era moderno: Al entrar, se accedía a un hall frio, en línea recta venia el dormitorio, junto a este y de manera paralela, se encontraba el baño y luego la cocina, la cual derivaba en un enorme living-comedor el cual tenía un gran ventanal que daba a la calle desde el cual veíamos pasar a las chicas.
Al hacer este recorrido, veo en una esquina algo parecido a un maniquí, tapado por una sabana y con un cartel que decía “No tocar”. En un principio fue fácil para mí seguir con esta directiva ya que había otras cosas con las cuales matar el tiempo, como escuchar música o leer libros tan apasionantes como los que Gonzalo tenia, mis favoritos eran los de Julio Verne.
Las horas fueron pasando y ese cartel de “No tocar”, se hacía cada vez más y más grande hasta que no aguante más y de un tirón quite la sabana…. Ahí estaba, en toda su majestuosidad y elegancia un contrabajo de 4/4, el más lindo que vi en mi vida, lo recorrí con mis manos tratando de no rayarlo, atine a tocar algunas líneas y me sorprendió gratamente que estuviese afinado ya que Gonzalo no tocaba ningún instrumento.
La vista se me perdió en ese océano que era el brillo del mástil, de sus clavijas y de su cuerpo. De repente siento la llave resonar en la cerradura, tape el contrabajo con la sabana que había quedado en el piso y puse el cartel de “No tocar” lo mejor que pude, pero para ser sincero, quedo bastante torcido. Gonzalo entro, colgó su sobretodo, pego una mirada general y ahí fue cuando se quedó congelado mirando al contrabajo, se prendió un cigarrillo, se acercó hasta el instrumento y sutilmente acomodo el cartel.
Salí del departamento sabiendo que no lo iba a ver más a mi querido amigo, que recíprocamente éramos recuerdos de una etapa cumplida, que para siempre iban a quedar en nuestras memorias una sonrisa cuando nos acordemos de tantas macanas juntas que hicimos.
Pero siempre me va a quedar la duda, ¿por qué habrá puesto ese cartel?, ¿para que no lo toque realmente? ¿O tal vez puso el cartel para que yo no pueda resistir la tentación de destaparlo y, así, de manera sutil, hacerme hacer lo que siempre quiso? Que era que yo le quite la sabana y toque ese hermoso contrabajo, probablemente como ritual mágico y musical de nuestra amistad.
En fin, son muchas cosas para pensar y seguramente nunca sepa la verdad. Me voy a casa, me voy a descansar.
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