ISLA
Sentado al margen del cavilante muelle de vetusta madera, que sube del refractario río hasta el alóctono suelo como las escaleras al cielo tan desesperadas y tan soñadas, dejo a mi mente ser escoltada por el paisaje. Es tan curioso, tan mágico: en la quietud del angosto Felicario, no lejos del bravío Paraná (y algo más allá, anhelante como el deseo de felicidad, el mar dulce más ancho del globo), el paisaje cambia durante el día, como si se tratara de varios bosques isleños franqueados por ríos espejados, que se van sucediendo para maravillar al espectador, e invitándolo a compararlos entre sí: el uno tan africano, el otro tan patagónico.
La mañana despunta fría de luz (pero a la vez, en lo más hondo del alma, quizá tibia), y las pavas del monte se acercan sigilosas hasta el muelle, sin advertirme; tan quieto estoy que me fusiono con la naturaleza isleña, ya soy parte de la hierba, soy susurro de la brisa matinal. Las pavas dan saltitos, trepan y se alborotan: despiertan en mí profundas emociones, me asombran hasta el climax de lo inaudito.
Las sigo con la mirada, mientras se refugian a mis espaldas en lo inexpungable de la fortaleza de lo puro y bienamado que algunos dichosos han nombrado tan sutilmente: monte. Las veo enredarse entre los matorrales del albardón, respingando y trastablillando con una gracia infinita; la brisa sempiterna de la mañana las envuelve, y las devuelve a su lugar.
Más allá, mis ojos se topan con lo inextrincable de los cañaverales ocultos entre zarzas, jacarandáes y fresnos tan altos como la nobleza emocional del poeta. El limo terroso se deja arañar por la hojarasca y las ramas, que oscurecen la luz del sol, mitificando la simpleza de su vida hermosa de agua y brillo de cielo. Pero bajo los árboles de ese virgen manantial de verdor, las sombras parecen prontas a atacar, ocultando misterios; y al mínimo movimiento de un ratón de campo entre la espesura, el explorador menos avezado se dejará asustar, y corriendo volverá al amparo del río, menos amenazante.
Y el río, ¡oh bellas aguas que se alegran al mediodía! Los juncos a mi derecha veo danzar en la unánime canción del viento calmo de la hora en que el sol deposita su fuerza sobre la cabeza misma de un eje; esa musica tan llena de notas, que se dejan escuchar sólo por aquellos que en verdad lo requieren. Y así, quienes tengan la dicha de comprender el significado de tan ancestral composicón, entenderán el baile de los juncos, que viven en la alegría eterna de esa canción: enhiestos y elásticos, verde cuna de insectos.
Y desde lejos, veo la orilla opuesta también rodeada de juncos. Pero los entiendo de un modo diferente, ahora que el mediodía es un recuerdo y el sol comienza su carrera hacia occidente; me parecen una empalizada, la muralla misma de un imperio invicto al hombre. Más allá de los juncos imagino el reposo ancestral y perpetuo de lo natural, el oasis al que pocos o ninguno han tenido la suerte de arribar. Y quienes lo han logrado, no han regresado.
Las aguas reflejan esa muralla de juncos protectores. Profundo espejo, el más bello de la Creación: sobre él reposa el cielo, los árboles, y las criaturas. Y cavilando sobre el vaivén de las corrientes, descubro, de repente, que en el reflejo del agua verde y barrosa se guarda la esencia de todas las cosas que son y que han sido, y también de las que serán. Y cuando ya no exista la materia, prevalecerá ese reflejo perenne, desdibujándose en la marea, inquietándose ante la agilidad de biguaes, garzas y gallaretas.
El espejo se solidifica a la quieta hora en que occidente se hace de sangre, y el cielo de oriente se eleva púrpura, rosado y, finalmente, de un azul tan profundo que las palabras conocidas no lo pueden explicar. Los colores parecen antiguos, como si hubieran estado ahi desde el primer día del mundo, y el dolor por lo que fue y no volverá a ser bajo le cielo se denota en ellos, en lo que algunos llaman melancolía del atardecer.
Bajo la mirada nuevamente al espejo calmo, y descubro en él a los tristes sauces. ¡Ay de los hermosos árboles, que se enamoraron de su reflejo! Descubro que han visto su imagen en el espejo añares atrás, y se han aproximado narcisamente a él; por eso, hoy en día las hojas de los sauces rozan el agua, con miedo a ahogarse, pero incapaces de separarse de la hermosura de su visión. Por eso se burlan de ellos: sauces llorones. (El peligro de todo espejo, la ambivalencia que se convierte en oximorón: la belleza de lo terrible).
Con la sabiduría efímera que sienten los hombres frente al entendimiento doloroso, elevo los ojos nuevamente, y ante ellos veo alzarse una melodía que se entiende con todos los sentidos. Es un susurro: el viento en las copas de los árboles al caer la noche. Las hojas se cuentan secretos en su lenguaje arcaico, que elaboraron antes que los hombres y que las hachas y que las hogueras. Confabulan, se ríen, y en lo más alto un roble grita con su voz potente, recordando que su madera es tan dura como su esencia. Los animales callan, pues la conversación de los árboles es atrapante como una enorme telaraña; y también igualmente atemorizante.
Pero el viento calla, y los árboles se ven obligados a apagar sus voces hasta que él regrese. Entonces, en medio del profundo instante de silencio, ocurre el milagro: alguien enciende una estrella en la cumbre del firmamento. Todas las criaturas junto al río quedan paralizadas por un momento, sujetas a la belleza suprema. La luz se apaga, titila, juega con nosotros acá abajo, tan locos de amor por ella. Entonces comprendo las razones de la poesía, el eterno enamoramiento de ese sutil resplandor: ¿quién podría mantener impasible su corazón ante el coqueteo de una sublime estrella, princesa del firmamento?
Un ejército de ángeles pintores colman la oscuridad de astros suspirantes, y los insectos de la noche elevan sus plegarias hacia ellos. Una aquí, y otra allá, estrellas, y sólo tengo dos ojos para tanta belleza. Pero entonces la diviso: reina de las reinas, infinita poetisa: la Luna, con su cetro de luz en alto y su sonrisa de cráteres bajando hacia mí. El éxtasis no tiene fin, y las palabras de mi mente se apagan. A una orden de la Reina, todos moriríamos para demostrarle nuestro amor.
Y cuando el amor y el dolor se hacen uno, el entendimiento pierde la capacidad de expresarse. Déjenme yacer aquí.