Son dos trabajos que realicé en un taller de lectura, a ver qué les parece...
Si quieren probar el primero, consiste en empezar a escribir mientras que a cada minuto agregan una palabra que escuchan. Les dejo las que me dieron a mí. Busquen una persona que se las dé cada minuto, para no desconcentrarse.
Con el segundo, simplemente narren el primer recuerdo que tengan.
prohibidos
mariposa
camino
terremoto
angustia
cuarenta silencios
bohemia
árbol
ventana
música
“ESPONTANEIDAD”
Podemos llegar a pensar que las verdades son sublimes, aunque ciertos conocimientos nos sean prohibidos. Vale decir que el conjunto es importante, como una armonía que se manifiesta en la naturaleza, tal como el vuelo de la mariposa, maravilloso ser transfigurado, mutado, o como el andar sensual de la pantera, que se hace camino entre sus presas, así como el terremoto producido por el elefante, bestial animal que arrasa todo a su paso. Y aquellas verdades vedadas pueden producirnos angustia, por ignorancia, por insignificancia, haciéndonos sentir cuarenta silencios de dolor, de dolor de espíritu, por no poder superarnos en nuestros límites. Queda una salida, la bohemia del conocimiento, pero es una fácil; nos quedamos sin verdadero conocimiento, en caso de negar éste. Porque existe. Existe y es. Hay que valorarlo como tal. Así como a un árbol hay que cuidarlo, protegerlo y hacerlo crecer, constantemente hay que hacer fluir el conocimiento por la ventana de la verdad, mostrando en ese salto a la perfección que sólo se puede encontrar en el momento mágico de disfrutar las cosas, como la música.
“INTROSPECCIÓN”
Un día, yendo hacia la terraza, saboreaba la libertad de la altura, disfrutaba cada paso, podía sentir las ansias en las yemas de mis dedos deslizándose por la baranda, y al llegar al último escalón, cuando por fin contemplaba por enésima vez, a los cinco años, la superioridad al mirar al patio, hacia abajo. Tanta superioridad... embriagaba. Tal como el vino. La consecuencia fue equivalente. Quizá confiaba excesivamente en mí mismo y en mis sentidos, y empecé a girar. A girar y a girar de alegría. El imperceptible traspié...
Ya el que giraba no era yo, sino todo lo demás. Quería palpar la baranda, inútilmente. Sólo conseguía colisionar con los infames escalones. ¿Para qué estaban? No cumplían su propósito. No me ayudaban a subir, me hundían cada vez más a moretones y cortes. Probé el sabor de la sangre por primera vez, mientras limaba mis uñas contra los bordes. Ya no era yo, sino un ser indefenso, indefenso contra lo imprevisto. A duras penas me paré a mitad de camino. Me incorporé, pero era tal el mareo que me doblegué frente a los últimos tres escalones. Recién en ese momento tomé conciencia del dolor. Fue cuando pegué el grito: ¡Mamáaaa!