ENTIDADES EN LOS TERRENOS DE LA IGLESIA DE SAN BENITO
Luces, susurros, sombras que provienen de la Iglesia San Benito, del predio donde se encuentra la Embajada de Alemania. Que salen de todos y de ningún lado. Como si dentro del corto espacio que separa a estos dos lugares, se creara un tiempo paralelo, una vía alternativa…de escape, de ida y venida, de fantasmas. Desde 1966 hasta 1983 la Embajada de Alemania tuvo su sede en Maipú 942. En el sitio donde hoy reside, ubicado en Villanueva 1055 y Luis María Ocampo, antes vivió una familia alemana de banqueros, los Tornquist.
Ernesto Tornquist fue un importante empresario argentino que hizo construir la mansión, al lado de la Iglesia. Luego de su muerte en 1908, el terreno fue vendido a la familia Casullo y años más tarde pasó a manos de los Blaquier. Éstos, desaparecieron misteriosamente, con el amparo de la noche. Ningún vecino supo de su paradero. No hubo aviso, carta, ni siquiera un criado que cuidara la casa. Los ecos de su carruaje se perdieron. Días más tarde un monaguillo decidió ingresar. ¿La razón? Un olor extraño se sentía desde el altar de la Iglesia e inundaba los pasillos. ¿La causa? Recostado en el piso frío y silencioso del comedor, estaba el cuerpo de Alfio, el hijo menor de los Blaquier.
El terreno quedó deshabitado por muchos años y los agentes de bienes raíces, no encontraban un dueño potencial para el lugar. La historia del niño Blaquier era famosa en el barrio…y famosas eran también las historias de apariciones, de gritos agudos, de sombras en el enorme jardín. Final y paradójicamente, otros alemanes adquirieron el terrero en 1975. Esta vez, fueron delegados internacionales del país, que con intención de construir la embajada llamaron a un concurso de arquitectos. Pocos se acercaron. La mansión y el fantasma, parecían ser las causas. La obra fue adjudicada al arquitecto Dieter Oesterlen y en 1980 se inició la construcción. En abril de 1983, se inauguró la nueva Embajada.
Pocos metros separan la arboleda de ese sitio, de la piedra fría de la Iglesia San Benito. La creencia general es que las luces y susurros que surgen de los alrededores, no son solo obra del niño Blaquier, sino también de espíritus malignos expulsados por los curas
A pesar que las autoridades de la Iglesia jamás avalaron la versión, lo cierto es que San Benito es conocido como el santo de los moribundos, de las almas en pena, de las causas imposibles, de los envenenados…y de los exorcismos. ¿Coincidencia, sugestión o causalidad? Pregunten a los vecinos del barrio de Palermo que narran una y otra vez esta historia. Pregunten a los devotos de San Benito que encienden velas los 21 de cada mes. O vayan a la Iglesia cuando está atardeciendo, luego de la misa de las 19.30. Extensas bóvedas blancas, altares y pasadillos silenciosos. Solo resta sentarse en un banco…y esperar.
El Dientudo de Ranelagh (Leyenda Urbana de Berazategui)

Este mito tiene lugar en la ciudad bonaerense de Ranelagh (Berazategui), a treinta y cinco kilómetros de Capital Federal, en Julio de 1965; un poblado lugar de hasta el día de hoy muchas bajas construcciones, de calles aún sin pavimentar, de arroyuelos y alrededores oscuros y neblinosos por las noches. Un poblado que durante ocho días con sus noches fue asolado por las terroríficas visitas de un ente bautizado por la prensa como “El Dientudo”.
La descripción es significativa: alto (un metro ochenta centímetros, o más), delgado, cubierto de un bello parduzco, ojos muy brillantes y dos colmillos extraordinariamente largos que le dan su apodo.
Visto por numerosos testigos en horas de la noche, en las cercanías de un desvencijado puentecillo de las proximidades, hirió en sus ataques a un par de lugareños. Pero su objeto de especial atención eran los perros: mató a varios, aparentemente para devorarlos, según evidenciaban sus restos y una noche, un agente de policía apostado de vigilancia (pues superando la aparente incredulidad oficial y periodística, la policía no podía ignorar la masa de testimonios) logró avistarlo y abrir fuego sobre él con su arma reglamentaria. En la mañana siguiente los investigadores hallaron junto a las huellas del ser restos de sangre, indicio de que había sido herido.
A partir de entonces, jamás volvió a ser visto. Y es válida la presunción de la gente del lugar de que fue herido de muerte, cayendo al apestoso arroyo en cuya agreste ribera se cobijaba, para desaparecer.
LAS PINTURAS MALDITAS

Usualmente se dice que el arte vive eternamente, mientras el artista muere. Para el caso de la torre embrujada del barrio de La Boca, la historia no parece ser la misma. Así lo afirman, los vecinos que se persignan al pasar por el edificio que se encuentra en Benito Pérez Galdós 390, en de la ochava de Pérez Galdós, W.Villafañe y Alte.Brown.
La puerta permanece cerrada. Las ventanas canceladas y oscuras, como si nunca sus interiores hubieran visto la luz…o como si no debiera salir algo que reside dentro. En este tétrico edificio estilo Art Noveau, vivió una pintora solitaria llamada Clementina. Disfrutaba del silencio de atelier que daba a la calle y de la luz que entraba por esas mismas ventanas, hoy celladas.
Existen dos versiones sobre lo sucedido con ella. Una incluye duendes endemoniados. Otra, un corazón roto y un amor no corres-pondido. Un periodista fue a hacerle una nota, y ella permitió que obtuviera fotografías de sus obras para luego ponerlas junto a la entrevista. Según dicen, el hombre al relevar los negativos se percató de que en todas las fotos de las pinturas de Clementina, aparecían tres duendes. Volvió al edificio de Galdós, para mostrárselas a la mujer y ésta, horrorizada, pidió que se fuera. Días más tarde, los vecinos comprobaron que Clementina había desaparecido sin dejar rastros de ella…ni de sus pinturas.
O tal vez fue un novio no correspondido, que hizo que la pintora se tire de la torre.
Lo cierto es que los vecinos se hacen la señal de la cruz cuando pasan por el lugar, y por la noche, si uno se acerca lo suficiente al lugar, escucha ruidos extraños en el interior.