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Las últimas Pigmeas



Hace 48 horas que bordeamos las playas de Middle Andaman. No hemos visto a ningún jarawa. Bajo un sol de justicia, contra el que no tengo protección alguna en el pequeño barco descubierto que nos transporta, escudriño ansiosamente la impenetrable línea vegetal.

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A veces, en algún lugar en el que la vegetación se entrecorta, me parece distinguir algunos cuerpos como fantasmas oscuros que aparecen y desaparecen de inmediato.
Es evidente que están ahí, observándonos. Los integrantes de esta tribu de pigmeos de Asia, los negritos más hostiles hacia los extranjeros, cuidan celosamente las inmediaciones del lugar para que nadie ose a traspasarlas.

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Viven en el archipiélago de las Andamans, un territorio hindú cuyo acceso, pese a estar perdido en el golfo de Bengala, a 1.300 kilómetros de Calcuta, está completamente prohibido por la ley y por las flechas de los jarawas.
Estos extraños seres conservan una forma de vida prácticamente inalterada desde la Edad de Piedra.


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Para convencerles de nuestras intenciones pacíficas, de vez en cuando les mostramos una serie de telas rojas, indicándoles que se trata de regalos para ellos.
Además, a intervalos regulares, lanzamos al aire el grito que los pescadores que operan por esta zona consideran una señal de buena voluntad: "¡Milalé, milalé!". Nuestras voces mueren como la espuma de las olas en las playas, sin que entre la selva se asome ni uno de sus moradores.


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Los pescadores, a los que pude convencer para que me trajesen a estos parajes tan idílicos como recónditos y peligrosos, se alegran abiertamente de que mis repetidos intentos de contactar con los jarawas resulten infructuosos.
Si no fuera por el dinero que les prometí, hace tiempo que habrían dado media vuelta. Y no es que le teman a los guardacostas.

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A los que realmente respetan es a los nativos a los que llamo. El pavor que suscitan los habitantes originales del archipiélago se alimenta de leyendas e historias reales, pasadas o presentes.

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Aislados del mundo por las peligrosas corrientes y las abundantes lluvias de los monzones -las cuales impiden el acceso a las islas desde mayo hasta noviembre-, los negritos han sido descritos durante varios siglos como caníbales.
Una reputación que fue alimentada todavía más por las fechorías que cometían contra ellos los piratas chinos y malayos, quienes acudían a estas islas a aprovisionarse de esclavos.

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Los tremendos atropellos de todos los que fueron víctimas por parte de los piratas suscitaron entre estos pigmeos un odio feroz hacia los extranjeros.
Cualquiera que naufragaba en estos parajes corría el riesgo de ser asesinado y de ver quemados sus huesos para destruir los malos espíritus de los que supuestamente era portador.

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La colonización británica, que comenzó en 1858, dejó las cosas en su sitio y logró despojar a los moradores de estas islas de buena parte de la leyenda que les rodeaba. Pero no consiguió terminar por completo con la hostilidad de los jarawas.
Al contrario, su odio hacia los extranjeros fue a más, entre otras cosas porque, con la instalación de un presidio por parte de los británicos, llegó a sus islas lo peor de la civilización, con su cohorte de males, como las enfermedades, el alcohol y la deforestación.

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Además, bombardeados por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, los negritos asistieron impotentes a la llegada masiva de nuevos colonos hindúes, en su mayoría refugiados de Bengala oriental, malayos y birmanos que afluían constantemente a su archipiélago. La selva fue desapareciendo poco a poco.


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En 1950, el gobierno hindú erigió en reserva a Jarawa, los 265 kilómetros cuadrados que se extienden a lo largo de las costas orientales de South Andaman y Middle Andaman.
Pero no sirvió de nada. Aun así, los jarawas tienen que luchar contra las repetidas embestidas del mundo moderno.

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La administración hindú ha establecido, desde 1975, contactos amistosos con algunos grupos de jarawas, pero, en el fondo, todas las tribus siguen siendo tremendamente reticentes.
Parece incluso que su hostilidad ha aumentado durante estos últimos años, durante los cuales los incidentes se han multiplicado.

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Yo mismo he visto algunos autobuses que se habían atrevido a circular por la pista que atraviesa de norte a sur South Andaman y Middle Andaman, tener que esquivar una lluvia de flechas lanzadas desde las orillas de la selva por los jarawas. Mukeshwar, mi guía, me contó que cinco miembros de su propia familia habían sido sacrificados cuando acampaban en la selva, para intentar poner algunas trampas…

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Lo primero que debo conseguir, si quiero que se acerquen a mí, es demostrarles que no he venido a robarles sus escasos recursos.
En el barco he almacenado 200 nueces de coco, 100 kilos de bananas y dos metros de telas rojas, blancas y amarillas.

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A la mañana del tercer día, cansado de una espera que parece no tener fin, desembarcamos sobre un banco de coral que aflora a unos cuantos metros de la orilla para depositar sobre él algunos frutos. La playa permanece vacía y volvemos hacia el barco.
Entonces salen tres hombres de la selva. Les llamamos. Ellos se arrojan al agua y, en un santiamén, nos dan alcance.


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El más joven, un adolescente, lleva un taparrabos de corteza de árbol, como si fuese una especie de armadura rudimentaria en la que está dibujada una serie de bellos motivos geométricos que protege las partes más vulnerables de su cuerpo.
Sus dos compañeros, que son mayores que él, están completamente desnudos. Sólo llevan unos cordones alrededor de la cintura y del cuello, y que les caen por la espalda. Ninguno de ellos mide más de metro y medio.

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Apenas han subido a bordo, se precipitan sobre las bananas que llevamos, devorándolas como si estuviesen realmente muertos de hambre.
Las presentaciones son inútiles. Hasta ahora no ha habido nadie capaz de descubrir los secretos de su lengua, porque nadie ha vivido nunca entre ellos.

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Algunos antropólogos, como el inglés Radcliffe-Brown, a comienzos del siglo y el italiano Lidio Capriani, en los años 60, así como los antropólogos hindúes de la Indian Anthropological Survey, estudiaron los usos y costumbres de los Onges y de los Grandes Andamaneses, otras dos tribus de negritos que hoy se encuentran perfectamente analfabetos.
En cambio, de los jarawas no se conoce prácticamente nada. Sólo se sabe que siguen viviendo de la caza, de la pesca y de la recolección de frutos silvestres.

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Los propios Onges, acompañantes asiduos de las diversas expediciones de la administración hindú, no han podido hacerse comprender por los jarawas.

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Me encuentro, pues, ante los representantes de los últimos 300 jarawas, pero soy incapaz de comunicarme con ellos si no es a través de gestos y siempre, por supuesto, confiando en que ninguno de mis movimientos sea mal interpretado.
Por ahora, los tres exploradores no dan muestras de agresividad y nos indican, a través de una cascada de palabras extrañas y signos suficientemente explícitos, que podemos seguirlos a tierra.

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En el banco de coral, Mukeshwar enciende unas cuantas ramas con cerillas.
Nuestros pequeños conocimientos antropológicos sobre los negritos sostienen que los pigmeos de Asia ignoran cómo hacer fuego, por eso conservan sus hogueras constantemente encendidas y transportan los tizones con ellos cuando cambian de campamento.

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Pero la demostración apenas suscita su atención, pues están mucho más interesados en observar al blanco que soy yo.

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Llegan dos jóvenes mujeres también desnudas, tocadas sólo con cinturones elaborados con trozos de tejido rojo descolorido.
Quizás sea un material procedente de una antigua expedición hindú o del intercambio con otro grupo jarawa que haya entrado en contacto con los hindúes.

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Mientras los hombres palpan mis brazos y toda mi fisonomía, las mujeres inspeccionan mi mochila y se divierten imitando al unísono el ruido de mis cámaras fotográficas.
Después, examinan mis piernas. Un análisis aliñado de comentarios y risas sonoras, con diversos gestos de sorpresa.

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Esta parte de mi anatomía parece apasionar decididamente a la pequeña asamblea. Supongo que la sorna está causada por mi pilosidad, dado que sus cuerpos, perfectamente lisos, carecen de vello.
Durante tres jornadas voy a ser, pues, objeto de una curiosidad sin límites.

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Cuando volvemos al cuarto día, tras haber pasado la noche en el barco anclado a unos cientos de metros de la reserva jarawa, hay una decena de ellos esperándonos en el arrecife de coral. Les ofrecemos tejidos con los que envuelven sus hirsutos cabellos.

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Algunos nos dan collares y brazaletes de fibra vegetal. El jovencito que vino a nuestro encuentro se despoja de su taparrabos de cáscara y me lo presenta como un regalo del que me siento honrado. Tras el intercambio danzan y dan rienda suelta a su alegría.

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Con todos esto gestos, casi me veo obligado a olvidar los relatos de violencia que circulan sobre ellos. De hecho, y como posible muestra, ninguno lleva arco.
Sin embargo, a medida que pasa el tiempo y aumenta el número de ellos, mis compañeros se muestran cada vez más nerviosos.

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Al tercer día, son ya 36 a nuestro alrededor. Los niños asaltan la embarcación y descargan las nueces de coco que reúnen en pesados racimos por medio de fibras arrancadas de los árboles.
Después, todo el mundo se arroja al agua para darse un baño colectivo junto a unas cuantas tortugas que nadan en la cercanía.

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Terminado el baño, se reanuda el coloquio. A pesar de que no entiendo ni papa de lo que dicen, los jarawas son realmente incansables en el uso de la palabra, hablan sin cesar e incluso me dirigen grandes discursos.
Unos tras otros, todos los viejos vienen hacia mí y me abrazan.


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Más tarde, dos negritos me invitan a seguirles hacia la playa, en dirección a su campamento en la selva.
Esta invitación desencadena una fuerte discusión entre mis compañeros de expedición, quienes se niegan categóricamente a aventurarse entre la vegetación y me amenazan con abandonarme allí, al tiempo que repiten -una vez más- que los riesgos son demasiado grandes.
¿Quién puede asegurar que, en el campamento, los demás jarawas serán tan acogedores con nosotros que, a fin de cuentas, somos intrusos?

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Así que no tengo más remedio que seguir a mis compañeros de expedición.
Y al despedirnos, nuevos abrazos preceden nuestra marcha.


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En el camino de vuelta hacia Port-Blair, la capital andamanesa, tomamos rumbo hacia una pequeña isla en la que Mukeshwar supone que viven incontables tortugas marinas.
Pero, llegados cerca del lugar, vemos surgir una embarcación que nos cierra el camino y, a bordo de la misma, algunos hombres armados con kalashnikovs.

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Varias ráfagas disparadas sin otro preámbulo nos disuaden definitivamente de proseguir en esa dirección. Más tarde descubriremos que se trata de contrabandistas birmanos, los peores enemigos de los jarawas.
Hombres que, cada vez con más frecuencia, multiplican las incursiones en su territorio con objeto de cazar tortugas o cortar, con total impunidad, los árboles de madera preciosa.
Y, claro, tienen la seguridad de que, ante sus kalashnikovs, las flechas de los nativos son completamente impotentes.

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Apenas llegamos a Port-Blair, los guardacostas lanzaron una vasta operación contra estos bandidos birmanos que merodeaban en torno al territorio.
Gracias a ellos, hay que decirlo, no pude volver a ver a los jarawas durante toda mi estancia en el archipiélago de las Andamans.




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