Antes que nada decir que el post es largo, estuve bastante tiempo recopilando información, y otro tanto ordenándola un poco para darle forma. Si tienen tiempo lo mejor es ver ver el documental y leer el post para estar bien informado acerca de esto.

Según Wikipedia, se denomina obsolescencia programada u obsolescencia planificada a la determinación, la planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que -tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o por la empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio- éste se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible.
El potencial de la obsolescencia programada es considerable y cuantificable para beneficiar al fabricante, dado que en algún momento fallará el producto y obligará al consumidor a que adquiera otro satisfactor, ya sea del mismo productor (mediante adquisición de una parte para reemplazar y arreglar el viejo producto o por compra de un modelo más nuevo), o de un competidor, factor decisivo también previsto en el proceso de obsolescencia programada.
Para la industria, esta actitud estimula positivamente la demanda al alentar a los consumidores a comprar de modo artificialmente acelerado nuevos productos si desean seguir utilizándolos.
La obsolescencia programada se utiliza en gran diversidad de productos. Existe riesgo de reacción adversa de los consumidores al descubrir que el fabricante invirtió en diseño para que su producto se volviese obsoleto más rápidamente a fin de que los clientes recurran a la competencia y basen su elección en durabilidad y buena calidad del producto.
Como señala Annie Leonard en "La historia de las cosas", la obsolescencia programa "es la elaboración consciente de productos de consumo que se volverán obsoletos en el corto plazo por una falla programada o una deficiencia incorporada".
La motivación económica que los productores tienen para elaborar productos con una vida útil limitada es inducir intencionalmente a los clientes a seguir comprando nuevas versiones de estos productos a medida que falla o muere el anterior. Esto plantea la pregunta de rigor: ¿Por qué el mercado no castiga a los productores que utilizan la obsolescencia programada, y no beneficia a la producción de productos durables? La respuesta está en que el actual sistema de mercado sólo se interesa en el factor precio, y es el precio, es decir un factor financiero, el que regula la totalidad de las economías modernas.
Como las economías modernas se basan en el deuda y el crédito, gran parte de los productos se planifican para durar mientras se siguen pagando, de tal forma de crear una dependencia entre producción, consumo y crédito, donde los flujos financieros se constituyen en el motor central que mueve a la economía, haciendo que el sistema financiero justifique su existencia. La obsolescencia programada, “es el motor secreto de nuestra sociedad de consumo”.
La operación es simple. Basta con la inclusión de pequeñas piezas defectuosas en nuestros ordenadores, lavadoras o televisores, de manera que éstos no tardan demasiado en dar problemas. Así, además de ahorrar material, logran que nos veamos en la necesidad de reparar el daño, con la consiguiente sorpresa que nos llevamos al conocer el precio del arreglo.
Conclusión: acabamos comprando otro. Y eso es precisamente lo que se busca, que cada vez nos duren menos nuestros aparatos o utensilios para así tener que gastar más y más.
Ejemplos como este no hacen más que poner de manifiesto las enormes ansias de poder y de riqueza que podemos llegar a tener muchas veces los humanos.
Este es el auténtico derroche del sistema, y a medida que esto ocurre, en beneficio expreso de las grandes corporaciones, los escasos recursos del planeta se agotan y el medio ambiente se ve afectado por montañas de residuos que deterioran la calidad de vida. Es la gran paradoja del actual modelo capitalista que permite a las empresas producir y vender productos diseñados para fallar en un plazo breve, solo para mantener al sistema artificialmente a flote, con una idea de falso crecimiento, mientras el medio ambiente y los consumidores son los grandes perjudicados.
Documental
El documental “Comprar, tirar, comprar” sobre obsolescencia programada y resultado de una colaboración de varias televisiones de diferentes países, fue premiado recientemente como mejor documental por la Academia de la Televisión. Según la web de TVE, se ha emitido en 12 países, lo han visto unos 12 millones y medio de espectadores y se trata de “un profundo análisis sobre la reducción deliberada de la vida de los productos tecnológicos con el fin de incrementar su consumo”.
El punto de partida del documental es la siguiente anécdota. En 1972, alguien se dio cuenta de que una lámpara de una estación de bomberos del condado de Livermoore (California), llevaba usándose desde 1901. El libro Guiness de los records declaró a la misma como la bombilla de luz más antigua del mundo que seguía encendida (y que puede verse a través de esta webcam). Y al menos desde 1972 brilla continuamente con una potencia más bien escasa de unos 4W. Un ejemplo claro de que ¡ya no se fabrican bombillas como las de antes!. Y no es el único caso.
Bonita historia. Conclusión equivocada. En los test de longevidad de bombillas se aprecia que su duración es inversamente proporcional a una potencia elevada (en el rango 12-16) del voltaje aplicado. Eso significa que para una disminución de la tensión de tan solo el 5%, la duración de una bombilla aproximadamente se duplicaría. Asumiendo que esa relación de mantiene para tensiones mucho menores tendríamos que, por ejemplo, a la mitad de tensión nominal, la longevidad de la bombilla aumentaría en un factor de al menos 4000 (aprox. 2¹²), equivalente a ¡más de 400 años! si asumimos además una vida media estándar de unas 1000 horas.
No conozco la razón de que la potencia de la histórica lámpara sea de 4 W, pero sus valores nominales de fabricación eran de 30W y 120 V. No cabe duda de que el filamento de carbono de la bombilla habrá ido disminuyendo su sección por evaporación del material y aumentando por tanto su resistencia, algo que explicaría en parte la pérdida de potencia. Pero los valores medidos de la resistencia sólo parecen compatibles con una tensión de alimentación del filamento a unos 60V, o aproximadamente la mitad de su voltaje nominal.

Sin ninguna duda, la famosa bombilla estaba diseñada con la intención de durar. ¿Por qué las bombillas actuales no?.
El documental parece que tiene la respuesta. El cártel de Phoebus, formado en 1924 por Philips, Osram y General Electric con el objetivo de pactar determinados estándares del sector, estableció la fabricación de bombillas de 1000 horas de duración. Aparte de no haber podido localizar explícitamente ese punto de los acuerdos, los objetivos del cártel parecen giran en torno a la mejora de la eficiencia.

Artículo 2 del acuerdo de Phoebus a partir del apéndice 8 del informe de la comisión de la competencia británica sobre la oferta de bombillas en la década de los 50.
Se podían fabricar bombillas más duraderas, pero más caras o menos eficientes. Pensemos que el mayor coste de una bombilla incandescente está en lo que pagamos por su consumo eléctrico y no en su precio, de ahí la importancia de llegar a un compromiso entre eficiencia y longevidad (un ejemplo numérico). Y por si no fuese suficientemente convincente, Eino Tetro, de la universidad de Helsinki y experto en iluminación eléctrica confirma que 1000 horas era un valor óptimo razonable para una bombilla incandescente.
Así que los autores del documental deberían haber empezado al menos en la entrada de wikipedia sobre la bombilla y no conformarse con unos pocos documentos de dudosa credibilidad que además presentan como si de la foto de un ovni se tratase: lejanos y borrosos. El “profundo análisis” queda así reducido a una colección de anécdotas que supuestamente apuntan a una conspiración, pero que se explican fácilmente utilizando las leyes básicas de la electricidad.
A partir de ese momento el documental dejó de captar mi interés.
La leyenda urbana de las medias irrompibles de DuPont, cuyo proceder suena a historia típica de una empresa que se hace con un nuevo producto (el naylon) que podría convertirse en un éxito de ventas y reportarle suculentos beneficios. O el aminomefunciona –es decir, la argumentación a partir de casos particulares– de las baterías de los primeros ipod, no hacen más que confirmar mi sospecha de que las afirmaciones sobre la obsolescencia programada como un recurso general de la industria parecen algo exageradas.
Quizás una de las anécdotas de obsolescencia programada que más ha circulado en la red es la que denuncia un chip que incluían algunas impresoras Epson y que las inutilizaba cuando se alcanzaba un cierto número de copias. Haciéndose eco de la denuncia del documental, la OCU se decidió a utilizar el método experimental para zanjar la cuestión.
“Hemos analizado impresoras multifunción de inyección de tinta, y la verdad es que en este análisis no detectamos la práctica que denuncia el documental. Y eso que algunas impresoras las analizamos usando 40 juegos de cartuchos de tinta por modelo. ¿Podría haber pasado con el 41?, ¿o con otro modelo? Quien sabe.”
Por supuesto no estoy negando que existan casos particulares donde tenga sentido para una empresa la obsolescencia programada. Dos ejemplo podrían ser las continuas actualizaciones de algunos tipos de software o las continuas revisiones en nuevas ediciones de los libros académicos.
Como toda buena historia de conspiraciones, la obsolescencia programada como complot industrial suena perfectamente plausible. Pero existe sin embargo una explicación más sencilla: muchos consumidores prefieren comprar más barato aunque dure menos o actualizarse al último gadget incluso antes de que el anterior deje de funcionar. La industria en algunos sectores tiene que competir fabricando productos con nuevas características demandadas por los usuarios a precios cada vez más bajos en una especie de carrera frenética hacia el made in china generalizado.

Obsolescencia programada, la madre de la basura electrónica

Por estos días se multiplicaron las notas en medios masivos argentinos relacionadas con la basura electrónica, mal que aqueja a los países donde no existen normas ni jurisprudencia clara sobre el manejo y reciclaje de ciertos componentes dañinos para la salud y el medioambiente. El motivo de este aumento de la difusión de esta problemática fue el apoyo al tratamiento de la Ley de Basura Electrónica en el Congreso de la Nación.
Lamentablemente, por cuarto año consecutivo, el proyecto de Ley de Presupuestos Mínimos de Gestión de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE) presentado en 2008 en el Senado, quedó descartado de la agenda parlamentaria del año. Esto significa que el proyecto ya posee media sanción de la Cámara Alta (senadores) pero aún no ha podido convertirse en Ley por no ser tratada en la Cámara de Diputados.
La postergada ley de basura electrónica
Para darle un marco de concepto al tema que queremos tratar y sin limitarlo sólo a Argentina sino tomando como ejemplo su proyecto de Ley, este proyecto establece un sistema de gestión de los residuos electrónicos en todos el país, la separación de la basura domiciliaria por su potencial contaminante y el reciclaje de los componentes de valor para su reingreso al mercado. Además le exige a los fabricantes una resposabilidad extendida por lo que deberían hacerse cargo legal y financieramente de la gestión y tratamiento de sus propios residuos. Al mismo tiempo se le exige al estado la provisión de una infraestructura nacional para transporte, acopio recuperación y reciclado. La falta de compromiso político por no ver la montaña de basura delante de sus casas y el desconocimiento total de los perjuicios que este tipo de basura contaminante provoca en el medio ambiente han sido dos de los principales fundamentos por los cuales la Cámara de Diputados aún no ha tratado este proyecto.
Pero como decíamos, los temas que nos generan los mayores interrogantes son ¿de qué manera la evolución de la tecnología está favoreciendo esta problemática de la basura electrónica? ¿qué posibilidades hay de que la basura electrónica de los países más desarrollados y con leyes de protección del medio ambiente termine en países donde todavía no existe una legislación?
En Argentina, se estima que cada habitante genera al menos 3 kilos de basura electrónica por año, lo que indica que para el final de 2011 se habrán descartado más de 1 millón de computadoras, 10 millones de teléfonos celulares y más de 400 millones de pilas. De este tipo de materiales el 40 % termina en rellenos o basurales, el 50 % sigue siendo almacenado en depósitos o en hogares y solo el 10 % llega a ser recuperado o reciclado. ¿Cuánto tiempo más podremos sostener esos mini basurales dentro de nuestras casas?
En India, segunda potencia tecnológica del mundo con el 40% del mercado mundial, se relevaron hasta el 2007 cerca de 400 mil toneladas de basura electrónica sin reciclar. Para 2011 esta cifra se multiplicó en diez veces. A estas cifra hay que agregarle unas 50 mil toneladas anuales que llegan de países del primer mundo como Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña, camufladas como “donaciones” a través de ONG aprovechándose de la ambigua legislación hindú que no diferencia entre un “equipo electrónico de segunda mano” funcionando u obsoleto.
Entonces acá aparece la palabra que tanto adoran los fabricantes de tecnología, que tanto nos molesta a los consumidores cuando vemos lo que nos costó comprar un producto para que en poco tiempo ya no nos sirva y que tantos problemas está trayendo y traerá si no se definen pautas para el correcto reciclaje de esta basura electrónica: OBSOLESCENCIA.
¿Se puede evolucionar tecnológicamente sin contaminar?
Por más geeks que podamos ser existe algo que es innegable: la tecnología contamina. Por el momento son muy pocos los productos que han desarrollado algún tipo de método eficiente para reducir la contaminación proveniente de su uso y descarte. Así como los monitores desde hace muchos años poseen normativas de ahorro y eficiencia de consumo, las tintas de los cartuchos de impresoras son no contaminantes y las tendencias Eco Friendly son bien aceptadas por la sociedad, el impacto medioambiental del uso de estos productos tecnológicos es altísimo.
Considerando que la tecnología nació para mejorar nuestra calidad de vida y que en general es creada por personas y equipos con altos estándares de innovación, ¿cuál es el motivo por el que todavía no existe un pensamiento de tecnología amigable con el planeta? Quizás la respuesta sea tan compleja como la de por qué aún no podemos viajar a la velocidad de la luz o teletransportarnos, pero con seguridad, si no buscamos nuevas formas de convivir con nuestro mundo, el cual no fue creado desde un concepto de tecnología no reciclable como el que nosotros los humanos impusimos, la posibilidad de que vivamos con las mayores comodidades brindadas por la tecnología pero sin poder salir a respirar aire puro, cada día se irá convirtiendo en una realidad más cercana.
Basura electrónica: ¿Qué hacer con ella?
Cuando hablamos de basura electrónica – o e-waste-, nos estamos refiriendo a todo aquel producto eléctrico o electrodónico (alimentado por la energía eléctrica) que entró en desuso.
Dentro de esta categoría se incluyen innumerables componentes: maquinaria, televisores, pilas y baterías, electromésticos obsoletos y la lista sigue.
La acumulación de este tipo de desecho se ha incrementado exponencialmente en los últimos años. Con tan sólo pensar en lo rápido que determinados aparatos electrónicos quedan “viejos” en la actualidad, bastará para representarnos el panorama.
Millones de teléfonos celulares se recambian en pocos meses. Luego de tres años de uso las computadoras ya requieren de agregados, modificaciones o su reemplazo completo por otro modelo.
Estos son sólo algunos ejemplos entre muchos. Sucede que un mal tratamiento de este tipo de basura puede ser causa de grandes focos de contaminación por la presencia que generalmente hay en ella de elementos como cadmio, mercurio o plomo.
Una vez que los dispositivos eléctricos se rompen y entran en contacto con el resto de la basura, dichos elementos no sólo tienen la capacidad de afectar gravemente al medioambiente, sino también a la salud de los seres vivos.
Según Greenpeace, ante la falta de programas de reciclado, los residuos suelen terminar en rellenos sanitarios, contaminando el suelo, las napas de agua y el aire, o son incinerados, lo cual provoca la liberación de metales pesados a la atmósfera.
Sumado a ello, estos residuos contienen metales muy valiosos como oro, plata, platino y cobre, que podrían ser reciclados y reutilizados
Por todas estas razones, se torna fundamental comportarse de manera responsable ante el e-waste. Pero muchas veces ocurre que no sabemos qué hacer excactamente con él.
En primer término, es importante que aprovechemos por entero la vida útil de los aparatos. Esto requiere de cierta conciencia medioambiental que nos permita renunciar a tener siempre lo último y más novedoso. Por ejemplo, si tu teléfono celular te parece que se está quedando atrás tecnológicamente, pero sigue cumpliendo sus funciones como lo que es -un teléfono-, no lo cambies.
Por otro lado, cuando un un dispositivo eléctrico o electrónico efectivamente deja de funcionar, antes de tirarlo, podés intentar arreglarlo.
Si esto no es posible, es muy importante no mezclarlo con la basura común que generamos a diario.
Muchos de sus componentes pueden ser reciclados y otros necesitan un tratamiento especial que impida que sus elementos liberen contaminantes.
A continuación, te damos una lista de empresas argentinas a las que podés recurrir si no sabés qué hacer con tu e-waste:
Escrap: Esta red de operadores del mercado de residuos y subproductos de la Argentina favorece el encuentro entre quienes necesiten desprenderse de dispositivos electrónicos obsoletos, y aquellas personas, empresas, gobiernos u ONGs que pueden valorizar el residuo mediante su reuso, reciclado o recupero de materias primas.
Su misión es promover el uso sustentable de los aparatos eléctricos y electrónicos a lo largo de su ciclo de vida, desde su producción a su disposición final.
Para ello, como se informa desde la misma empresa, se “desarrolla y promueve herramientas, procedimientos y procesos de mercado que permitan la reutilización, el reciclado y otras formas de valorización” de estos residuos, para “reducir su eliminación o disposición final en rellenos sanitarios o de seguridad”.
www.escrap.com.ar
Para contactarte con Escarp, podés hacerlo al (+54 11) 4743 9217 – 15 4158 2535, o escribir a [email protected]
Red Reciclar - EcoValor: Red Reciclar. Ecovalor: Está integrada por empresas dedicadas al reuso de aparatos eléctricos, electrónicos y electrodomésticos.
Su objetivo es llegar con niveles de calidad y garantía a sectores de la sociedad que no tienen acceso al mercado. También a empresas operadoras que reciben y certifican la disposición final de aquellas partes y componentes que no pueden reusarse, cerrando el ciclo limpio del reciclado con reuso.
Su mail es [email protected]
Cooperativa La toma del Sur: Constituida por un grupo de trabajadores que han quedado desocupados, dicha cooperativa se dedicó desde un inicio al reciclado de botellas, cartones y todo tipo de papel.
Posteriormente, incorporaron el lavado de silo bolsa. Según su página web, “este es un material de polietileno de alta (80 % de material virgen) que los filmeros utilizan como materia prima para la elaboración de las bolsas de consorcio”.
Ya desde 2007, la cooperativa se inició en la recuperación de elementos electrónicos. Hoy, ofrece un servicio de recepción y recolección de materiales post-consumo y rezagos varios (electrónicos, plásticos, vidrios, papel, madrea, metales, hierro, etc)
“Siendo coherentes con la consigna inicial de no descartar nada, de progresar siempre, de obtener trabajo digno, decidimos aprovechar una nueva oportunidad que se nos presentaba, la recuperación de productos electrónicos y la deposición final de residuos electrónicos, entregando si es necesario un certificado de deposición final”, informa la citada página.
Para contactarte con La toma del sur, podés llamar al 4229-9947 – 15-6473-9748, o escribir a [email protected]
Industrias Dalafer: Este empresa retira materiales Scrap en todo el país, asegurando a sus clientes y proveedores el tratamiento de los mismos, extendiendo certificado de disposición final.
“Disponemos de una planta industrial de 7.500 m2 de los cuales 5.000 m2 son cubiertos con una importante inversión en tecnología de punta, para el reciclaje de residuos industriales que permiten desarrollar procesos limpios, sin contaminación del medio ambiente”, se detalla en su página web.
El contacto de la empresa son los siguientes teléfonos: 4270-9828 / 4115-0439.
Bueno, hasta acá llegué por ahora. Si encuentro más info la agrego y por supuesto, espero los comentarios!!