Chipá y tortas fritas
- ¿no te hacés unas tortas fritas negra?- le dijo un hambriento Bob a su esposa Claudia.
Es que allá en el altiplano era costumbre, con la llegada de la tarde, degustar algunos de los platos típicos de la zona para luego seguir trabajando algunas horas hasta la caída del sol.
- Iba a hacer chipá- replicó apática Claudia. Un gesto adusto brotó del arrugado rostro de Bob.
A pesar del poco tiempo que llevaban de matrimonio, él -que otrora rezara que los tiempos habían cambiado- extrañaba su vida de excesos. A pesar de sus esfuerzos, su estomago seguía prefiriendo el alcohol y no el aceite del chipá, sus pulmones el aire de la marihuana y no el de las sierras.
La familia de Claudia Mamani era muy tradicional. Lo que en un principio le resultó pintoresco, era ahora aburrido, horrendo. Tal vez eran muy distintos. Uyuní nunca sería como la siempre despierta Nueva York, ni los pechos de Claudia -por más exuberantes que fuesen- se comparaban a los de las groupies veinteañeras.
Una delgada linea separaba la vida de familia de los placeres hedonistas. Estaba confundido. Se comenzó a inquietar. Cada vez más. Los nervios lo llevaron de paseo por sus más terribles pesadillas durante los períodos de abstinencia. Un tormenta se desataba dentro dentro de él. Imágenes fauvistas flotaban en alucinaciones de lo más delirantes. Se fundían retratos hilarantes en un torrente de lagrimas. Tenía la boca seca, pero su frente sudaba a mares. Sus pupilas dilatadas apenás podían encontrar rumbo a través de las luces brillantes.
Aspiro fuerte y todo volvió a ser como debía.
Empanadas de Carne Dulce
- Estoy harto de esta comida de mierda Marta - dijo Hugo, un amante de los buenos platos y gran degustador de cuanta comida existiese sobre la tierra.
- Pero Huguito...los hice con mucho cariño..pensé que te iban a gustar..- exclamó entre lagrimas ella. Pero a Hugo no se le movió un pelo. Ya llevaba 30 años soportando ese variopinto de inmundicias incomibles que Marta daba en llamar cena. La escena era repetida. Esto realmente lo estaba alterando.
Durante el mediodía la historia era otra. Hugo almorzaba en una pequeña parrilla en el microcentro. La especialidad de la casa era la colita de cuadril sasonada con el aderezo especial del lugar: sin duda un manjar en comparación a los malolientes preparados de su esposa.
Y así fué. Hastiado de vivir en ese infierno, aquel martes Hugo comentó decidido:
- Dejá Marta, hoy cocino yo- Lo dijo en un tono afable, muy suave. Extraño.
Empandas de carne dulce sería el plato.
Lentamente se dispuso a preparar lo necesario para su cocción. Le tomó algún tiempo conseguir los ingredientes, pero todo valdría la pena al probar de ese único y sabroso menú. Marta por supuesto estaba invitada a la comida. Hugo al fin pudo disfrutar una buena cena. Tal vez esta sería la primera de muchas bonitas comidas.
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