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cuentos varios

Arte7/30/2009

Algunos cuentos graciosos, otros no tanto, de mi autoría (espero no ofender a nadie con el lenguaje)


Balas y Acreedores




- No tengo la papusa, como carajo voy a hacer- pensó Richi mientras se acercaba a la oficina de Klapenbach. En la puerta había un oso de 2 metros, visiblemente colocado.
Al intentar accionar el cerrojo, el custodio preguntó, notablemente excitado -¿Qué necesitas pigmeo?
- Vengo.. vengo a hablar con el señor rabino- replicó un asustado Richi al tiempo que se pasaba las sucias manos por la pelada grasienta. - Sentate ahí- dijo Boris Becker (ese era el nombre del oso) señalando un mohoso cajón de frutas con la inscripción de tinta azul borrada que rezaba "bananex".
Richi se desplomó en el asiento intercalando su vista entre el oso y el reloj, que parecía haber acelerado el paso de sus agujas bajo algún inexplicable hechizo.
Cuando por fin se abrió la puerta de aquella oficinita de la calle Gorostiaga al 1700, se vio salir a un viejo judío con el Kipá todavía puesto y la sangre del anterior deudor todavía en las manos. Boris se puso de pie con asombrosa agilidad tomando en cuenta su monumentalidad.
-Acá está el otro paragua señor- dijo, lacónico
-Que pase, que pase, pero rápido porque mi mujer me espera en el palacio de la papa frita a las 9 y no quiero llegar tarde, no sea cosa que la bruja me rompa las pelotas- A este comentario le siguió una franca risa de Boris que fue rápidamente acallado por un golpe de manopla en la cabeza. -Cerrá el pico checo de mierda, o ¿querés cobrar de vuelta?
Aquella escenita terminó por destrozar los nervios de nuestro amigo, que sudaba sin parar.
Richi estaba hasta las manos, no tenía salida, quizá si rogaba piedad, una prórroga, el avaro lo iba a perdonar.
-¿Me trajiste el kilo?
-Hubo un problema señor, mi socio había quedado en entregarme la keta esta tarde pero al parecer el fletero que contrató.. .Nadie lo interrumpió pero la cara que puso el acreedor lo hizo elucubrar un plan que no había tenido en cuenta antes, el marote le laburaba a mil. Lo mato- pensó. Si, si lo mato, pero con qué, ma si con las manos si el viejo este es débil y frágil. Haciendo caso a esta última idea Richi Sobremonte se abalanzó ante el sorprendido judío que nada pudo hacer para salvar su vida.
-Ya está, ya está ahora me tengo que ir a la mierda, por la puerta no, está el oso, por la ventana, si, si me voy por la cornisa, después lo llamo al Juanse que traiga la camioneta y el jueves estoy en asunción.
Lo que no tenía en cuenta era el quilombo que había hecho para matarlo. Inmediatamente después que mató al judío, el oso entró por la puerta y le metió seis balas en el pecho, con tanta suerte que cinco se fueron al carajo, pero una, solo una bastó para matar al ingenuo paraguayo que confundió jugo de tomate con sangre y asesinatos con salsa parissiene.
En cuanto al oso, estaba nervioso, su novio lo quería dejar y el judío... el judío era bastante malhumorado pero no un asesino.




Untitled




Estaba esperando en la esquina convenida. Cansado de mirar el cartel que señalaba las calles Florida y Viamonte, decidió relojearle el orto a una mina que miraba vidrieras a escasos metros. Su miembro comenzaba a erectarse cuando sintió una pesada palmada en el hombro: era ni más ni menos que su "amigo" el pipa.
- ¿Como andas viejito? me pegué un julepe de la puta madre- exclamo con una sonrisa nerviosa nuestro protagonista, "Luigi" Mastropiero.
- Y te asustaste porque le estabas mirando el culo a ese travesti- sorprendido Luigi, giro su cabeza 90 grados para llevarse la desagradable sorpresa de que el objeto de su fantasía era un hombre bastante masculino con una peluca rubia.
- eh...si...- exclamo confundido por lo del travesti y por el miedo que le generaba la transacción que estaba a punto de hacer.- ¿Tenés la plata guachín?- vocifero expectante.
- Si, pasame la coca, rápido, que nos van a ver- Pero era tarde, para el momento en que Luigi había llevado la mano al bolsillo de su pantalón, tres policías se encontraban apuntándole a ambos al grito de "alto".
- ¡La concha de mi madre!- exclamó un sobrecogido Luigi. Era la primera vez que un negocio le salía mal.
De muy mal talante, el grupo de uniformados les solicitó a ambos que pusieran las manos sobre su cabeza y se colocaran contra la pared. No había escapatoria, el arma de uno de los policías se encontraba a unos pocos centímetros de la gigantesca napia del pipa, quizás le hicieran un favor si dispararán al cercenarle esa desagradable protuberancia que tenía por tabique, pero no era momento de pensar en ello. Ambos obedecieron sin renegar. Eran ya las 4am y la calle parecía más desierta que nunca, solo unos pibes se podían divisar a unos cien metros de distancia jalando ran.
Luigi rendido puteaba para sus adentros cuando uno de los policías le susurro al oído:
- ¿Cuánto me pagás maricón?
- ¿Qué? - exclamó sorprendido el tano Luigi.
- ¡Si puto! O me das guita o merca. Sino no te vas.
Las palabras del oficial Ignacio Petoruti fueron una luz al final del camino. Luigi se imaginaba lo peor: un juicio, la cárcel, abusos sexuales una vez preso, y un sin fin de las pesadillas habituales que podría haber tenido cualquier malviviente en esa misma situación. Se trataba simplemente de eso, de renegar parte de mercadería o el dinero a cobrar a cambio de su libertad. Parecía tan simple, tan barato.
El pipa se mantenía en silencio. Miraba al suelo sin siquiera demostrar una pizca de nerviosismo. Estaba duro.
- Me llevo todo giles- dijo Nacho, así lo llamaban sus colegas a Petorutti.
- ...bueno..- atinó a decir Luigi.
- Andate pa- le dijeron al pipa que comenzó a alejarse a paso tranquilo y con una sonrisa en el rostro.
- Vos metete en el auto- le ordenaron al tano que no entendía nada.
- ¿Pero por qué?..Si a él lo dejaron irse- dijo. Los policías rieron y le mandaron a que se arrodille. Era nada menos que una famosa ronda de petardos. Luigi se desesperó, no quería chuparles la verga, pero por otro lado tampoco quería ir a prisión. Se encontraba en una difícil encrucijada. Qué dirían sus colegas si se enterarán. No quería ser la "putita" de la policía.
Por fin lo dejaron irse. Le llamo mucho la atención que hayan dejado ir al pipa. El amargo gusto a traición, y el gusto a leche se conjugaban en su boca. El destino le había jugado una mala pasada, quizás habían acabado sus días como dealer.




Una historia de Película




- ¡La concha de tu re-puta madre!- vociferó (pero en inglés) el pequeño Timmy.
- Chupame un rato la bolsa escrotal pedazo de marica- replicó (en inglés por supuesto), exaltado, su hermano menor Edward, al ver como se derrumbamba el castillo de arena que había construido con mucho tiempo y esmero el primero, y que este supo destruir en cuestión de fracción de segundos.
La escena era hábitual en las playas de Acapulco. Allí solía veranear la numerosa familia Burton.
Y por supuesto que esto sería así, Timmy nunca pudo entender que la arena allí era demasiado fina y que ninguna de sus construcciones podría aguantar el orto de la tía Martha, el viento, el mar, el gigantesco y peludo pie de su madre Amelia, ni tampoco los ataques esquizoides de Edward. Esta desagradable escena sería moneda corriente hasta el año 1978, año en el cual la tía Martha fallece junto con la bonita costumbre de los viajes a Acapulco.
Años más tarde Edward, y su adicción a las metanfetaminas, se encargarían de destruir la cuantiosa fortuna de un ya maduro Tim, pero eso es otra historia.





Untitled II




Había caca por todos lados. Era impresionante.
- ¡Hijo de puta! ¿De donde sacás tanta mierda?- bramó un asqueado Jorge, y arrojó el pañal viejo al cesto de residuos que tenía al lado y que ya rebalsante no pudo contener más basura. Cayó así el pañal en el piso y ocasionó el imaginable desastre. Era un mar de eses con olor putrefacto en el pequeñísimo cambiador que parecía improvisado dentro del baño de "Kansas". El pobre Jorge era el desafortunado protagonista de un cuadro escatológico. Estaba harto.
Cuando por fin culminó con tal ardua tarea debió salir corriendo a uno de los inodoros contiguos para vomitar. Al final había terminado de cambiar a Tiago, su hijo de escasos 9 meses. Marchó por el camino de regreso a su mesa dejando atrás un pesado laburito para el personal de limpieza del restaurante. Se sentó a la mesa y le preguntó a Mirta, su esposa, que deseaba comer. Mirta (aunque su nombre pareciera indicar lo contrario) era una mujer joven, no tan atractiva tal vez, y sin duda no muy alegre.
- No sé, es una cagada todo- suspiró ella, con lo cual lo invadió inevitablemente a Jorge el recuerdo del episodio del baño.
- Mirta...cortala con tu mal humor, te ponés insoportable. Cuesta un huevo este lugar y no hay nada que te guste. ¡No hay mierda que te venga bien!- dijo él, a lo cual el bebe estalló en llanto.
- ¿No ves? lo haces llorar a Tiago. Sos un boludo Jorge. Ahora toda la gente nos mira...y aparte...¿qué es ese olor?...¡que asco! ¡lo limpiaste como el orto!-
Él la chisto despacio y llevándose el dedo índice a los labios le quiso señalar que baje la voz.
- Es impresionante el olor- sollozo Mirta. Y agregó cortante: -compartamos ravioles con salsa filetto. Listo-
Mil puteadas se le cruzaron a Jorge por la cabeza. Pero prefirió callar. Aún sabiendo que ese no era plato para pedir en un lugar donde la especialidad son las carnes, no queriendo comer nada luego de haber vomitado y menos aún ravioles, plato que ya había tenido el placer de degustar durante el almuerzo.
- Bueno- se limitó a contestar entre dientes.
La espera parecía un parto. El silencio era sepulcral cuando por fin llegaron los ravioles.
- ¡A la perinola!- exclamo Jorge - esta picante la salsita eh-
A lo cual Mirta replicó: - Pareces tu viejo hablando así. Cada vez te pareces más al pelotudo ese-. Esa sería la gota que rebalsara el vaso. Jorge tiró con fuerza el asiento hacia atrás y se levantó con ímpetu. Sin mediar palabra abandonó el local de comidas ante la vista atónita del resto de los chismosos comensales que venían siguiendo sus discusiones.
No había nada de que sorprenderse. Era un día más en la vida de Jorge. Se alejó en su automóvil pensando en lo mucho que odiaba a Mirta, en como odiaba a su hijo no deseado, en lo mediocre y vacía que era su vida. Manejó hasta llegar a la costanera. El olorcito de los puestos que vendían choripan lo tentó. Bajó del auto y degustó plácido su último tentempié.






Untitled III




Nunca termino de entender como había llegado allí, pero ya no había nada para hacer. No tenía ante quien recurrir. Se sintió solo y entregado a un milagro. Abandonado. Repasaba en su cabeza sus memorias más alegres intentando relajarse. ¿Lo recibiría El en persona como le habían dicho? ... ¿lo recibiría alguien acaso? La ansiedad era incontenible. El siempre había sido un hombre muy relajado y tranquilo, confiado -tal vez demasiado- amante de los placeres mundanos, de la buena vida. Era frio, envuelto por una coraza que parecía hacerlo indestructible. Pero esta situación lo superaba, era más de lo que podía soportar. Ahogado en recuerdos imploraba por una nueva chance.
El epígrafe al pie de la estatua parecía rezar orgulloso acerca de su ceguera. Las piernas podrían haber caminado solas si no fuese porque se encontraban atadas. Tres gigantescos mástiles de acero, estandartes de un sistema asesino, parecían acercársele sin que él pudiera moverse, lo miraban con ojos siniestros. Abrieron paso y el torrente comenzó a fluir por las raíces de un joven pero muy dañado roble. Sentía el cauce de los ríos inundados, y una sensación de calor y somnolencia lo recorrían. El público allí presente parecía disfrutar el espectáculo. Todo comenzó a hacerse más confuso. Intentaba resistir pero comenzó a nublarse. Fue allí cuando su confianza se quebró. - Juro que yo no fui - fue lo último que balbuceo con lágrimas en los ojos. -...yo no fui.


UNTITLED 4

Como un torbellino feroz, las huestes de aquella deidad majestuosa acechaban intempestivamente el sueño dorado de aquel ingenuo creyente, que veía sus utópicas fantasías de sueños reducidas a cenizas. Nunca más pronunciaría aquel extraño navegante las melodiosas ideas de su pretendido salvador, que humillado a la luz de la más terminante verdad se escondió en las húmedas alcantarillas de la ignorancia. Así decían ellos por lo menos. Todo estaba perdido. La contienda siempre había sido dispareja pero ahora era insostenible. Las rodillas le temblaban y la frente le sudaba profusamente cuando al fin decidió incorporarse a la otrora ajena masa uniforme de rostros grises y palabras vacías, que ya no lo miraba con desdén y profiriendo insultos a su paso, que ya no intentaba acallarlo porque sus palabras no eran peligrosas, no eran dañinas. Así fue como lentamente se acercó temeroso a aquella multitud que lo esperaba con brazos abiertos y porque no también una risita ponzoñosa. Humillado se internó rápidamente en el gentío para desviar la atención de su humanidad. No quería pelear, no más, se justificó diciéndose a sí mismo que adoptaba el camino correcto, que había madurado, que ya no sería un paria. Pero dentro, muy dentro, su corazón batía una tonada distinta. Se estaba resignando. ¿Todo aquello era cierto o era solo el fruto de una elucubración mas en contra de la verdad suprema que quería salir a la luz a pesar de la constante represión de estos idiotas frenéticos? Demasiada confusión para una mente cansada, demasiado para un cuerpo extenuado y un corazón abatido. No quería pensar más, ya no. ¿Para qué? Nadie más parecía hacerlo. Fue así como aquella fuente inagotable de magnificencia, aquella llama que había dado por llamar justicia se desvaneció para él, se desvaneció para todos.


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