Acaba el año, acaba una guerra. Los últimos soldados abandonaron Irak el 18 de diciembre. Obama dio la bienvenida a los últimos en regresar a casa el martes siguiente, en la base de Andrews. Atrás quedan 4.747 soldados muertos en el campo de batalla, la mayoría con una edad de 18 a 24 años. El primero fue el marine Jonathan L. Gifford, de 30 años, fallecido en Nasiriyah el 23 de marzo de 2003. El último ha sido el especialista del Ejército de Tierra David E. Hickman, caído el 14 de noviembre, a causa de una bomba colocada en una carretera de Bagdad. Habían pasado ocho años, siete meses y 25 días después del inicio de la guerra. Hickman tenía 23 años.

El féretro de Hickman llega a EE UU (Foto: US Army)
Las circunstancias de las muertes de ambos son un testimonio de la naturaleza cambiante de una guerra que comenzó por vías tradicionales y pasó a convertirse en una gran operación contrainsurgente. Gifford falleció en la batalla de Nasiriya, mientras trataba de asegurar, junto a su batallón, los puentes sobre el Éufrates. Aquella se recuerda como una de las mayores contiendas del inicio de la guerra. Luego llegarían los cercos a Bagdad y a Faluya, y el estancamiento de la guerra.
Entre 2003 y 2007 las muertes de soldados norteamericanos en Irak se mantuvieron en torno a 900 por año. El peor registro fue el de 2007, con 904 fallecidos. La cifra de caídos en el campo de batalla se desplomó dramáticamente el año posterior, hasta 314. En 2009 sólo murieron 149 y, en 2010, 160, según la organización iCasualties.org. Ese es el efecto del rearme ordenado por George W. Bush en 2007. En total, 20.000 soldados adicionales acudieron a Irak, en cinco brigadas, para asegurar Bagdad y la provincia de Al Anbar.

Gifford, a la izquierda; Hickman, a la derecha
Hickman, recientemente, lo mató una bomba improvisada y escondida en la carretera, el arma a la que más recurren ahora los insurgentes en Irak y en Afganistán. En sus últimos años, la guerra ha sido un rosario de ataques que buscaban el desgaste del titán norteamericano. Cualquier recurso ha sido bueno: suicidios con explosivos, tiroteos acometidos por sorpresa, muerte de soldados y civiles por igual. Hickman debería haber regresado a su casa en Carolina del Norte el pasado uno de diciembre. Llegó antes, el día de Acción de Gracias, en un ataúd, entregado a sus padres y a su esposa.

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El ritual es siempre el mismo: dos soldados acuden primero en persona a notificar a los familiares de la muerte del soldado caído. Semanas después llega el féretro, cubierto por una bandera norteamericana. Para la posteridad quedan las estadísticas: la gran mayoría de los soldados caídos tenían entre 24 y 29 años; casi la mitad murió en operaciones bélicas tradicionales y la otra mitad a causa de artefactos explosivos; el Ejército de Tierra se llevó la peor parte, y, dada la prohibición a las mujeres de tomar parte en operaciones de combate, muy pocas fallecieron en Irak.

Peguntada recientemente la madre del primer soldado caído, Gifford, sobre si le parecía que la muerte de su hijo había valido la pena, ésta dijo, con resignación: “eso habría que preguntárselo a los iraquíes”. En realidad, la cifra de fallecidos en Irak, comparada con la de soldados de EE UU, se multiplica por 31. Entre civiles y soldados han fallecido en aquel país 150.000 personas en los casi nueve años de guerra. Con semejantes números, parece adecuado: habría que preguntarles a los iraquíes.

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