En el asiento de atrás, dos niños absortos: Uno, jugando con algo (al parecer muy interesante) entre sus manos. Otro mira, boca plena de baba, los barriletes sobre mi cabeza.
Una furgoneta color verde rápido, rapidísimo. Alguien de anteojos negros y pelo largo maneja. Quizás hombre, quizás mujer; rubio (o rubia). Al alejarse abre un sendero , dividiendo el polvo como la estela de un barco o de una estrella. Y el polvo se arremolina, parece enfadarse consigo mismo, un genio de humos demasiado orgulloso para brindar deseos.
A lo lejos, un hombre en bicicleta, un anciano por la lentitud de sus movimientos , que pedalea hacia aquí, desaparece en la nube de polvo.
Otro coche. Un hombre en un Polo último modelo. Un…palito? juguetea en sus labios, cada vez que veía (y que viera) un barrilete recordaría que había matado un hombre , que había sufrido (pero había pasado tanto tiempo ya ¿acaso no había pagado por ello?) y por eso no querría arriesgarse y su mirada siempre se dirigiría al frente , para siempre dejaría de distraerse con paisajes laterales donde los niños jugaran , donde los grandes caminaran a sus obligaciones y donde yo esperara.
Ahora la señora del Sierra rojo. Abogada que se miente, como toda su vida. Piensa que hace casi seis meses que no coge con su marido (y se acuerda cuando decía tan candorosamente “hacer el amor” ¿cuantos años tendría?¿diecisiete?¿dieciocho? con el tiempo descubrió que esas cosas no existían) y sabe cual es la razón, cómo se llama , dónde vive... La conoce y se miente. Está tan acostumbrada a mentir a los demás que ya no sabe cuales de las cosas que piensa son verdad y cuales no, pero ni siquiera esto acepta. Sabe que su marido anda con otra, quizás con otras. Lo sabe pero no lo sabe.
Y se acepta
sus otras
respuestas
posibles.
Un chico conduciendo una renoleta , a su lado una chica ¿novia quizás?¿prima? ¿hermana? Ella fuma , el mira hacia delante y recuesta su brazo en la ventanilla. Me recuerda demasiado a mí y a Moira. En una renoleta como esa fuimos a ver al doctor aquel , para que hiciera aquello.
Bocina. La señora del Ford rojo mentira casi atropella al viejito de la bici. La renola ya pasó también por suerte , ahora sólo pavimento parco y agrietado.
A lo lejos se escuchan los gritos de los cadetes de la escuela militar que,
todos al mismo tiempo,
responden consignas milenarias.
Otra furgoneta pasa y casi me pisa y, lo que quizás es peor, me llena de esa agua puerca que corre por las aceras. Ni siquiera tengo la posibilidad de quejarme. El pit bull atado en la caja me ha quitado cualquier deseo de pedir alguna explicación. Me miro, no está tan mal , por suerte pronto llegará. Me sacudo un poco , pero sólo por costumbre , sé que cualquier solución que intente será inútil , solo sacudirme un poco la mancha de lodo...
Mientras tanto pasaran dos o tres automóviles más que no veré. En alguno viajará un político gris preocupado por algún negociado negro.
En otro una amiga de mi ex suegra (la madre de Sabrina, una novia que tuve en quinto año del secundario)
En otro , pasará la mujer de mi vida , sufriendo al lado del hombre equivocado , pensará en que sería bueno tener otra oportunidad, que es tan tonto pensarlo pero...que lindo sería volver el tiempo atrás ¿no? Él sólo aceleraría tratando de que ella deje atrás ese momento de lucidez inútil.
Una vez reincorporado (ya me limpié el barro y la mano huele a húmedo ahora) veo el auto, claramente alquilado , que avanza despacio, con ellos adentro , forasteros seguros , extranjeros de holanda o alemania, blancos y brillantes, contrastando con casi todos acá. El jugaba al tenis y si hubiera sido más consecuente quizás habría ganado uno que otro torneo profesional. Ella es maquilladora, alguna vez trabajó en la televisión de su país. Se conocieron en un viaje al Titicaca. Ambos soñaban con enamorarse de algún latino. Tenían esa imagen del amante latino, de la mujer sensual, pero se conocieron y que se enamoraran fue inevitable. Ahora me miran como buscando una respuesta, pero lo más seguro es que estén perdidos y quieran consultarme algo sobre su ubicación, pero yo los observo fijamente y eso los atemoriza (no se si atemoriza es la palabra) un poco, así que siguen su camino , quizás frenen a preguntarle al viejito de la bici que se acerca a paso de tortuga.
Ahora un Gol, el color es hermoso, es el color que querría para mi coche, si pudiera comprarme uno y si supiera conducir. Un azul marino brillante, creo que un amigo tiene uno de un color igual. Adentro, otra pareja que discute, ambos son tan aburridos, perfectos el uno para el otro. Sin embargo ambos creen que tienen buen humor, sobre todo después de quella vez que se tiraron a la pileta con ropa.
Ahora los chicos en bicicleta , parados sobre los pedales , curvados hacia delante , aprovechando los obvios beneficios de la aerodinamia. Adelante van los más fuertes , los más rudos , los que saben pelear mejor , los caciques , después los indios, que se contentan con pertenecer y nada más, y al último , va uno , solito , seguramente el más frágil y el más tierno.
Me hace acordar a un deseo:
así me gustaría que fuera
mi hijo
o mi hermano.
Sin querer estoy mirando las nubes otra vez. Me resulta difícil concentrarme en la civilización. El viejito de la bici se acerca y pasa junto a mí. Va mirando hacia abajo y yo pienso que siempre debe mirar hacia abajo. Él sólo piensa que con la plata que lleva en el bolsillo podrá comprar eso que su nietita tanto quiere. Durante un instante levanta la cabeza y me mira y hasta siento que se avergüenza ante mí por su felicidad. Quizás debería decirle algo pero creo más en las miradas que en las palabras. De nuevo agacha la cabeza y sigue, cuando yo me haya ido seguro que el estará por acá todavía.
Un instante después el autobús frena
Delante mío
Se abre la puerta y el chofer me mira
Quizás le recuerdo a un amigo
que murió en Malvinas
Y yo…
…nada,
subo,
hacia las estrellas.